La costa de los reyes pequeños
La primera sangre la derramaron en una costa de montes verdes donde los reyes eran pequeños y pobres y peleaban como perros flacos, y a Geir le tocó matar allí, por primera vez, a un hombre que iba a recordar, y no sintió nada de lo que le habían dicho que iba a sentir.
Era una tierra de cristianos, de las del norte de aquel país de sol al que bajaban, una franja verde y mojada de peñascos y de rías y de aldeas de piedra escondidas en los pliegues de los montes, donde, decían los que sabían, había más santos que soldados, más iglesias que castillos, y poco oro, pero donde la gente, pobre y dura, no se dejaba coger sin morder.
Hastein no quería entretenerse allí; aquel norte verde y pobre no era su presa, su presa era el sur de oro, el río ancho, la ciudad de plata.
Pero la flota necesitaba agua, y carne fresca, y los hombres, después de una semana de mar, necesitaban pisar tierra y romper algo, que un lobo mucho tiempo en el agua se enrabia.
Y así que se probó una playa, una sola, al pie de una de aquellas rías.
Y les salió cara, la playa. Los del lugar los esperaban.
Habían visto las velas desde los montes, habían tocado a rebato en alguna iglesia escondida, y cuando los botes de la flota tocaron la arena, en lo alto de unas peñas que cerraban la cala había hombres, no muchos, un puñado, pero con piedras, y con flechas, y con una rabia de gente de su tierra que conocía cada roca y cada sendero y que hacía pagar caro cada paso.
No era una batalla; era una emboscada en una cuesta, fea, sucia, sin sitio para la fuerza ni para el número, donde los del norte subían a tropezones por un terreno que no conocían, bajo las piedras que caían de arriba, y los del lugar aparecían y desaparecían entre las rocas y la maleza como si la tierra se los tragara y los escupiera.
Murieron tres de la flota en aquella cuesta absurda, por nada, por un puñado de cabras y unos sacos de centeno; tres hombres del norte que habían cruzado el mar para morir bajo una piedra tirada por un pastor en una cala sin nombre.
Geir subió la cuesta con los de la Sierpe , con el corazón en la boca, resbalando en la hierba mojada, y a media subida, de detrás de una peña, le salió un hombre.
Un mozo, en realidad, casi de su edad, o más joven, con una cara de niño asustado y una hoz de segar hierba en las manos, una hoz, no un arma, un apero de campo, y se le vino encima con ella levantada como si fuera a segar, gritando algo en su lengua dura que Geir no entendió y que no necesitaba entender, porque el miedo no tiene idioma.
Y Geir, por puro susto, porque el cuerpo hizo lo que tenía aprendido sin preguntarle a la cabeza, le metió el hacha.
De abajo arriba, sin pensar, casi sin querer, y la hoja le entró al mozo por debajo de las costillas.
Y el mozo se paró en seco, con la hoz todavía en alto, y puso una cara de sorpresa, de no entender, de niño al que le han hecho daño sin motivo, y soltó la hoz, y se cayó hacia atrás en la hierba, y se quedó allí, encogiéndose despacio sobre la herida, sangrando en el verde, mirando a Geir con unos ojos que tardaron en apagarse más de lo que Geir habría querido.
Geir se quedó parado, con el hacha goteando, mirándolo morir.
Era un muchacho que defendía sus cabras.
Eso era todo. Un muchacho de un caserío pobre que había subido a la peña con sus vecinos a tirar piedras a los lobos del mar, y que se había topado de frente con uno, y al que el lobo había abierto en canal con un hachazo de abajo arriba.
No había gloria en aquello. No había nada de lo que cantaban las canciones.
No estaba el subidón de la sangre, la embriaguez de la matanza, el orgullo del guerrero que los hombres describían en torno al fuego.
Estaba un mozo muerto en la hierba mojada, con cara de no entender, y estaba Geir, de pie, con el hacha goteando, sintiendo lo mismo que había sentido los primeros días de mar: ganas de vomitar.
Y Steinar, que pasó a su lado subiendo la cuesta, le dio una palmada fuerte en la nuca, una palmada casi cariñosa, de las pocas que daba, y le dijo, sin pararse, «ya eres un hombre, chico», y siguió subiendo.
Geir asintió, como se asiente a las cosas que dicen los mayores, y en cuanto Steinar le dio la espalda, se apartó dos pasos y vomitó en la hierba, junto al muchacho que acababa de matar, la bilis y el pan y la vergüenza, sin que nadie lo viera, o eso creyó él.
Volvieron al mar aquella misma tarde, con tres muertos menos y un puñado de cabras y unos sacos de grano, un mal negocio que hasta Hastein reconoció como mal negocio, y siguieron bajando hacia el sur, hacia el oro de verdad.
Y la costa fue cambiando despacio, día a día, bajo un cielo cada vez más alto y más azul: el verde mojado de los reyes pequeños se fue secando, los peñascos se hicieron arena, los montes se alejaron de la orilla, el aire se llenó de aquel olor seco y resinoso que ya no era una promesa lejana sino una presencia, y el sol, que en el norte era un huésped que pasaba de visita, empezó a quedarse, pesado, blanco, alto, cociendo a los hombres del hielo bajo sus cotas de cuero y de hierro.
Se quitaban capas. Buscaban la sombra de la vela en las horas muertas.
Bebían el agua tibia de los barriles con una sed nueva, una sed del sur.
Estaban entrando en la tierra del oro, y lo notaban en la piel antes de verlo.
Y la hueste, cada noche, en torno a los fuegos de las escalas, se ponía más ruidosa, más segura, más hambrienta, como un animal que huele ya, cerca, la sangre de la presa.
Solo Geir, o eso le parecía a Geir, miraba aquella costa que se doraba con un punto de algo que no era hambre.
Porque era la costa del cuento. La del manco.
La tierra de olivos y de sol donde un lobo, una vez, hacía mucho, había plantado un árbol y había sido feliz.
Estaba allí, debajo de aquel sol blanco, en alguna parte de aquella orilla que se acercaba cada día, un olivo viejo, una tumba, una aldea de gente mestiza, la prueba de que el cuento del manco había sido verdad.
Y Geir, remando hacia el sur entre dos mil hombres que iban a coger, sin saberlo todavía, sin poder saberlo, iba también, él solo entre los dos mil, a buscar aquel árbol.