Mar abierto
Los primeros días Geir vomitó hasta la bilis, como medio barco, colgado de la borda, mientras Steinar se reía de él sin una gota de compasión y le decía que un hombre que no ha echado las tripas por la regala no ha navegado de verdad, que aquello le pasaba a todos la primera vez en mar gruesa y que se le quitaría en cuanto el cuerpo aprendiera.
Y el cuerpo aprendió, como aprende a todo, y al cabo de unos días el estómago se le asentó y pudo comer otra vez el pescado seco y el pan duro mojado en cerveza, y remar su turno, y dormir su turno enrollado en una piel mojada en el fondo del barco, con el agua del mar entrando por todas partes y el frío metido en los huesos.
Pero cuando se le quitaron las náuseas, quedó la otra cosa, la que no se quita: el miedo callado del mar.
De noche, sobre todo, cuando la oscuridad borraba unas naves de otras y cada barco quedaba solo en mitad de la nada, con el agua negra golpeando el casco a un palmo de la cara del que dormía, y el viento silbando en la jarcia, y la Sierpe crujiendo en todas sus cuadernas como si fuera a abrirse, Geir entendía, por fin, en el cuerpo y no en la cabeza, por qué los del norte enterraban a sus muertos en barcos.
Porque el mar y la muerte eran la misma cosa: una inmensidad indiferente que te tenía en la palma de la mano, abierta, y que podía cerrarla cuando quisiera, sin avisar, sin rabia, sin razón.
Solo cerrarla, y tragarte a ti y a tu barco y a tu oro y a tu nombre sin que el agua, al día siguiente, guardara la menor señal de que habías existido.
Iban hacia el sur, bordeando a distancia una costa que se adivinaba a veces a babor, una línea oscura y lejana de tierra, y Ketil el timonel, que olía los bancos de arena y leía las nubes, los llevaba con una seguridad que tranquilizaba a Geir más que cualquier dios.
La flota se mantenía junta de día, dispersa de noche, y cada amanecer se contaba con la vista, mástil a mástil, y cada amanecer estaban todos, las sesenta y dos quillas, porque el mar, de momento, los dejaba pasar.
Hacía frío todavía, el frío del norte que habían embarcado en los huesos, pero un frío que iba cediendo día a día, casi sin notarse, a medida que bajaban.
Y una mañana, a la altura de una costa de montes verdes y rías hondas que se metían tierra adentro, Geir notó por primera vez, en el aire, algo nuevo: un olor distinto, seco, resinoso, a monte caliente, que el viento de tierra traía sobre el agua.
El olor del sur, todavía lejano, todavía una promesa.
La flota más grande del mundo bajaba hacia él, junta, ordenada, hambrienta, sin saber, ninguno de los dos mil, que de los que olían aquel olor por primera vez aquella mañana no volvería a oler el del norte ni uno de cada tres.