Hastein y el de Hierro
Los dos hombres que mandaban la flota más grande del mundo no se parecían en nada, y esa era, decían los veteranos que sabían de estas cosas, la razón de que la flota fuera tan temible: que tenía dos cabezas, y las dos cortaban, pero cortaban distinto.
A Björn lo llamaban Costado de Hierro, y los hombres contaban de él cosas que no podían ser ciertas y que sin embargo, viéndolo, a nadie se le ocurría poner en duda: que las hojas le resbalaban en la piel sin morderla; que había salido entero de batallas de las que no salía nadie; que su madre, que era una völva, una mujer sabia, lo había bañado de recién nacido en un caldo de hierbas y de sangre que lo hizo invulnerable al hierro, y que de ahí le venía el nombre.
Era un hombre grande, de los más grandes que Geir había visto, con una barba rubia que empezaba a encanecer y unos ojos azules y quietos que no parecían mirar nada en concreto y lo miraban todo.
Se movía despacio, con la economía de los hombres muy fuertes, que no tienen que apresurarse por nada porque saben que llegarán igual.
Y cuando hablaba a la hueste lo hacía en frases cortas, separadas por silencios, frases que sonaban a hacha cayendo sobre un tronco.
La gente lo seguía como se sigue a una fuerza de la naturaleza, sin pedirle que pensara, sin esperar de él astucia ni discurso, solo que estuviera delante, grande e invulnerable, cuando llegara el momento de partir cabezas.
Y a ese momento, decían, nadie llegaba como Costado de Hierro.
El otro era Hastein, y a Hastein Geir lo entendió la primera vez que lo vio hablar, y lo que entendió no le gustó, y con los meses descubriría que había hecho bien en no fiarse.
Porque Hastein no era una fuerza de la naturaleza.
Hastein era listo, y la suya era la peor clase de inteligencia, la que no cree en nada.
Era un hombre seco, enjuto, de mediana edad, sin una onza de grasa, con la cara curtida y unos ojos rápidos y oscuros que no paraban quietos, que pesaban a cada hombre que tenían delante y le ponían precio en un instante, como un tratante pesa un buey.
Hablaba bien, con una gracia fría, con una ironía que hacía reír a la hueste sin que la hueste se diera cuenta de que casi siempre se estaba riendo de sí misma.
Costado de Hierro creía en los dioses, en la gloria, en el hacha, en el salón de los muertos; era un creyente, un hombre antiguo y entero, y por eso era limpio, casi inocente, dentro de su ferocidad.
Hastein no creía en nada de eso. Geir lo vio enseguida.
No creía ni en los dioses ni en la gloria ni en el destino ni en el honor; creía en el botín, que se cuenta y se pesa, y en su propia astucia, que nunca le había fallado.
Y usaba todo lo demás, los dioses y la gloria y el honor y hasta a Costado de Hierro, como usaba el viento: para mover la flota a donde él quería llevarla.
La víspera de zarpar, los dos hablaron a la hueste reunida en la playa de la isla, bajo un cielo bajo de nubes rápidas que el viento del oeste arrastraba sobre el río.
Costado de Hierro habló primero, y habló poco, como siempre.
—Abajo —dijo, y señaló el sur con el hacha, sin levantar la voz, y aun así lo oyeron los dos mil— hay una ciudad que ya cogimos una vez.
Y hay diez más que no hemos cogido todavía.
El sur es rico, y el sur es blando. Bajamos, cogemos, y volvemos.
El que vuelva, volverá rey. El que no vuelva, cenará esta noche misma en el salón de Odín, con los que cayeron antes que él.
—Hizo uno de sus silencios—. No hay mala suerte en este viaje.
Solo hay dos maneras buenas de acabarlo.
Rico, o sentado a la mesa de los dioses.
Elegid la que queráis; las dos son de hombre.
—Y se sentó, y la hueste rugió de un extremo a otro de la playa, porque era exactamente, palabra por palabra, lo que la hueste quería oír.
Hastein habló después, y habló distinto, y Geir, entre el ruido, aguzó el oído, porque ya había aprendido que cuando el listo abría la boca convenía escuchar.
—Mi hermano de proa tiene razón, como siempre —dijo, con su media sonrisa, dejando que la ironía de «mi hermano de proa» pasara casi inadvertida—, y por eso lo quiero a él delante y a mí detrás: él parte cabezas, yo cuento las que quedan.
Bajaremos como bajó la primera hueste, hace quince años, por los mismos mares, al mismo río, a la misma ciudad de plata que os han cantado vuestros padres.
—Hizo una pausa, y los ojos rápidos pasaron despacio por encima de los hombres, pesándolos—.
Pero os voy a decir una cosa que mi hermano no os ha dicho, porque a él no le importa y a mí sí.
La primera hueste bajó hace quince años.
Quince años son muchos años. Una tierra a la que entraste una vez por una puerta abierta puede tener, la segunda vez, la puerta cerrada, y un perro grande detrás de la puerta.
Las ciudades aprenden, hermanos. Los reyes aprenden.
El que nos enseñó a nosotros el camino de su casa, ha tenido quince años para cambiar la cerradura.
—Levantó una mano para acallar el murmullo que empezaba—.
No os digo esto para asustaros. Os lo digo para que, cuando encontremos la puerta cerrada, y a lo mejor la encontramos, no os quedéis mirándola como bueyes esperando que se abra sola, sino que busquéis otra.
Siempre hay otra puerta. Siempre. El que sabe buscar la otra puerta vuelve rico.
El que se empeña en derribar con la cabeza la primera, vuelve colgado de un árbol, como volvieron tantos de la primera vez, los que no os cantan en las canciones.
—Y sonrió, ancho, y abrió los brazos—. Yo soy de los que buscan la otra puerta.
Seguidme a mí el día que la de mi hermano no se abra, y os llevaré a casa ricos y vivos, que es mejor que ricos y muertos, diga lo que diga Odín.
La hueste rió, y vitoreó, y se tomó a broma lo de la puerta cerrada, porque una hueste de dos mil hombres camino del oro no quiere oír hablar de puertas cerradas.
Pero Geir no se rió. Se quedó frío en mitad del ruido, porque Hastein acababa de decir, con su voz de gracia, envuelta en chiste para que no doliera, la única verdad que nadie había cantado en aquellas hogueras: que el sur había aprendido, que la puerta podía estar cerrada, que la ciudad de plata podía no estar ya donde la ponían los cantos.
Lo había dicho el más listo de los dos mil, lo había dicho riéndose, y los dos mil se lo habían tomado a broma.
Y Geir, mirando la cara curtida del jugador a la luz de las hogueras, pensó una cosa que lo desasosegó: que un hombre que ve el peligro con tanta claridad, que sabe que la puerta puede estar cerrada y con un perro detrás, y que aun así baja, y aun así arrastra a dos mil hombres detrás de él, no es un hombre prudente.
Es un jugador. Y los jugadores, eso lo sabía Geir hasta con veinte años y sin haber jugado nunca a nada serio, ganan muchas manos, muchísimas, una detrás de otra.
Hasta que pierden la última, que es la única que cuenta.
Aquella noche se hizo el sacrificio que pedían los dioses para un viaje tan grande, y Geir no quiso mirar y miró, porque no mirar habría sido marcarse delante de todos, y vio lo que se hace en esas noches y que no hace falta contar aquí.
Cuando todo acabó y la hueste se fue retirando a dormir su última noche en tierra firme, Geir bajó solo a la orilla del río, se agachó en el barro frío, y metió la mano en el agua del Loira: parda, lenta, fría, agua de río del norte, la única clase de agua que conocía.
No supo por qué lo hizo. Lo entendió después, con los meses.
Que fue una despedida. Que algo en él sabía, sin saberlo, que era la última vez que tocaba un agua conocida, y que todo lo que tocara a partir del día siguiente sería agua extraña, agua del sur, agua que no había tocado ningún hombre de los suyos, agua que iba a llevárselos a casi todos.
Sacó la mano, se la secó en el muslo del calzón, y subió a dormir entre los cuarenta de la Sierpe , con los dos cuentos dentro y el frío del río en los dedos, mientras la lluvia volvía a empezar, mansa, sobre la flota más grande del mundo.