El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) Los hombres de la Sierpe
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Los hombres de la Sierpe

El barco de Geir se llamaba la Sierpe , y los hombres que lo remaban eran, para bien y para mal, lo más parecido a una familia que Geir había tenido nunca, y de los cuarenta que se sentaban a sus bancos no iban a volver al Loira ni cinco.

Pero eso Geir no lo sabía aquella tarde, la última en tierra, cuando los conoció uno a uno reunidos en torno a los fuegos de la isla, comiendo y bebiendo la víspera de la partida, y se los presentaron como a la gente con la que iba a vivir, y a remar, y quizá a morir, en los meses que venían.

Steinar era el cabeza, el styrimaðr, el que mandaba el barco bajo el jarl, porque era el más viejo y el que más sabía de mar, y los demás lo respetaban con ese respeto áspero que se tienen los hombres que se juegan la vida juntos.

Estaba Ketil el timonel, casi tan viejo como Steinar, un hombre flaco y silencioso que tenía las manos como raíces de tanto agarrar la caña, y del que se decía que era capaz de oler un banco de arena en la niebla; iba a llevar la Sierpe por todo aquel viaje, y la iba a llevar bien, hasta el final, hasta el sitio donde ya no servía saber de mar.

Estaba Halvar, joven, grande, ruidoso, el que reía más fuerte y bebía más y presumía más, un buen muchacho en el fondo, de los que se hacen querer y se hacen matar por lo mismo, por no saber medirse.

Estaba Snorri, su inseparable, más callado, más torcido, que seguía a Halvar en todas y le reía las gracias.

Estaban los hermanos Torvald y Vékel, de un fiordo del norte, que habían bajado al Loira el año anterior y hablaban poco y peleaban mucho.

Estaba Refil el Tuerto, y un mozo aún más joven que Geir al que llamaban el Cachorro y cuyo nombre verdadero nadie usaba.

Y estaban los otros, hasta cuarenta, cada uno con su historia, su fiordo, su hambre, su razón para estar allí; todos pobres, todos jóvenes o endurecidos, todos subidos al mismo barco por el mismo cuento de la ciudad de plata.

Geir los miraba aquella tarde, a la luz de los fuegos, comiendo cordero robado y bebiendo cerveza, cantando, fanfarroneando, jugando a los dados el oro que aún no habían cogido, y sentía por ellos lo que se siente por los suyos: una mezcla de cariño y de fastidio, de pertenencia.

Eran su gente. Bastos, ruidosos, crueles a veces sin pensarlo y generosos otras sin pensarlo tampoco, capaces de partirle la cara a un hombre por una palabra y de darle la mitad de su pan al día siguiente.

Geir había crecido entre ellos. No conocía otra cosa.

Y aquella tarde, la última en tierra, no se le pasó por la cabeza, ni una vez, que aquella manada ruidosa y viva que cantaba en torno al fuego iba a quedar, en menos de dos años, repartida entre el fondo del mar y la arena de orillas extranjeras.

No se le pasó que de los cuarenta de la Sierpe iba a ser él, el callado, el del cuento del árbol, casi el único que viera otra vez la luz tras la peor de las travesías.

Aquella tarde solo eran su gente, vivos, cantando, y Geir cantó con ellos, y bebió, y jugó a los dados, y fue, por última vez sin sombra, uno más de los lobos del Loira la víspera de partir.

Lo que cantaban, sobre todo, era la ciudad de plata.

La cantaban con detalles que cada boca añadía a su gusto, una ciudad que crecía y se enriquecía con cada cuerno de cerveza: que las mujeres llevaban ajorcas de oro en los tobillos y campanillas que sonaban al andar; que los tejados eran de cobre y al sol cegaban; que había un mercado techado donde se vendía la seda al peso, como en el norte se vende el bacalao; que el río que subía a ella estaba siempre tibio, y que las norias, unas ruedas de madera más altas que una casa, sacaban el agua del río cantando.

Era una ciudad imposible, levantada con palabras en la oscuridad por hombres que no la habían visto, y a la que todos juraban, entre risas, hundirse el primer día.

Y Geir escuchaba, y bebía, y por dentro, sin decírselo a nadie, notaba aquella espina que ya conocía: que en todos aquellos cantos de la ciudad de plata, nadie, ni una sola vez, cantaba el final.

Porque la hueste de hacía quince años había subido el río y tomado la ciudad, eso lo cantaban todos.

Pero a esa hueste le había pasado algo después, y de ese después no cantaba nadie.

Geir lo sabía a medias, por retazos, por bocas de viejos que no cantaban y que, cuando se les preguntaba, torcían el gesto y cambiaban de tema.

Sabía que la primera hueste no había vuelto entera, ni mucho menos.

Que algo terrible había ocurrido en una llanura junto a la ciudad, algo de caballería y de fuego.

Que habían colgado a hombres del norte de los árboles del sur, en hileras, como fruta, y habían mandado sus cabezas a no se sabía qué reyes.

Que de los que bajaron, muchos, muchísimos, no subieron.

La ciudad de plata se cantaba; las hileras de ahorcados, no.

Y a Geir, aquella noche, oyendo a sus cuarenta hermanos de la Sierpe cantar una ciudad sin final, se le ocurrió por primera vez, con una claridad que casi le dio frío a pesar del fuego, que un cuento al que le falta el final no es un cuento entero: es un anzuelo.

Y que ellos, los dos mil, eran los peces.