El cuento del manco
El viejo se llamaba Authun y le faltaba el brazo derecho desde el codo, y decía que se lo había dejado en el este, en un río de nombre impronunciable, defendiendo una mercancía que ni siquiera era suya.
No remaba ya, no cogía ya, no servía para la guerra ni para casi nada de lo que servía un hombre en el Loira.
Servía para lo que sirven los viejos mancos en una comunidad de lobos: para contar.
Y contaba bien, mejor que nadie, con una voz lenta y un sentido del silencio que sabía dónde callar para que el que escuchaba se inclinara hacia delante.
Se sentaba junto al fuego de la casa común en las noches largas del invierno, cuando el río se helaba en las orillas y no se podía salir a la mar, y los niños se le pegaban como las moscas a la miel, y él, a cambio de un cuerno de cerveza caliente y de que alguien lo escuchara, les abría el mundo entero: el este de los ríos largos y las ciudades de cúpulas; el oeste de las islas verdes y los monjes ricos; el norte del hielo y de los osos blancos; y el sur, el sur sobre todo, el sur del sol y del oro, del que volvían tan pocos y del que se contaban tantas cosas.
Geir, de niño, había sido uno de aquellos que se le pegaban al manco.
Pasaba las noches de invierno sentado en el suelo de tierra batida, con la espalda contra la pared de troncos y los ojos fijos en la boca desdentada del viejo, viajando, sin moverse, a todos los sitios del mundo a los que un crío pobre del Loira no iría jamás.
Tenía Geir trece o catorce años la noche que Authun contó el cuento que no se le olvidó.
Los demás cuentos del manco eran de coger.
De tesoros enterrados, de reyes degollados en sus salas, de monjes que escondían el oro de sus iglesias en los pozos y se dejaban matar antes de decir dónde, de mujeres robadas que se hacían reinas.
Cuentos para hacer de un niño un lobo, que era para lo que servían, lo supiera el manco o no.
Pero aquella noche Authun venía de otra parte.
Venía de la última ruta de su vida, una que había hecho ya viejo y manco, embarcado de favor con unos mercaderes, viviendo de contar de sala en sala; y de un salón de un rey lejano donde estuvo de paso traía un cuento recién oído que, dijo, lo había dejado pensando, cosa rara en un viejo que ya casi no pensaba.
—En aquel salón —contó Authun, la voz más lenta que de costumbre, el muñón apoyado en la rodilla, los ojos en el fuego— había llegado, poco antes de que yo pasara, un hombre del sur.
Un enviado de un rey moreno de una tierra de sol, mandado al norte a hablar con nuestros reyes de cosas de reyes, treguas y rescates y comercio.
Un poeta, dicen que era, además de embajador; un hombre fino, viejo ya, de los que matan con la lengua y se ríen mientras lo hacen.
Y aquel hombre del sur, una noche, entre el humo y la cerveza y los guerreros borrachos, contó en el salón una historia que se quedó pegada a las vigas de madera y que aún andaba fresca, de boca en boca, cuando yo pasé, medio en burla, medio en otra cosa que no era burla.
Los niños callaban. Geir, más que ninguno.
—Contó —siguió el manco— que muchos años atrás un jarl de los nuestros, uno del norte, de los de verdad, cruzó el mar con su hueste y bajó al sur a coger, como bajamos todos.
Subió un río ancho y caliente. Tomó una ciudad.
Quemó. Cogió. Mató. Lo de siempre, lo que se cuenta en todos estos cuentos.
Pero a aquel jarl, en aquella tierra de olivos y de sol, le pasó una cosa que no le pasa casi a nadie de los nuestros: se cansó.
—Authun dejó caer la palabra y la dejó sonar—.
Se cansó de coger. En mitad de la mejor razzia de su vida, cuando más oro tenía delante, se cansó.
Y cuando la guerra se le torció, como se tuercen todas, y la hueste se le rompió y la mitad de los suyos acabaron mal, aquel jarl, en vez de volver al norte con lo que pudiera salvar, o en vez de seguir cogiendo de orilla en orilla hasta que el mar se lo tragara, que son las dos únicas cosas que sabe hacer un hombre del norte, hizo la tercera, la que no sabe hacer ninguno.
—Levantó el muñón, despacio, como si señalara algo en el aire, por encima del fuego—.
Se quedó. Rindió el hierro a los del sur.
Se hizo de su dios y de su tierra. Y plantó un árbol.
Un olivo, que es un árbol del sur, retorcido y gris, que da un fruto pequeño y amargo del que aquella gente saca un aceite con el que cocina y se alumbra.
Plantó un olivo, el jarl, con sus propias manos de matar, y se quedó allí, en la otra orilla del mundo, a cuidar de aquel árbol y de la gente de aquella tierra y de los hijos que tuvo con una mujer del sur, y allí seguía, contaba el del sur, viejo ya, vivo, a la sombra del árbol crecido.
Y el poeta del sur dijo, en aquel salón lleno de guerreros del norte, que aquel hombre, el jarl que se hizo hortelano, era feliz.
Que cambió el hacha por el árbol, y que era feliz.
Hubo risas. Geir las recordaba bien. Los hombres mayores que escuchaban desde sus bancos, los padres y los tíos y los hermanos grandes de los niños del suelo, se rieron, igual que se habían reído, contaba Authun, los guerreros de aquel salón del norte al oír al poeta.
Un jarl que planta un árbol. Un lobo que se hace hortelano.
Un hombre del hacha que cambia el hierro por una azada.
Era la cosa más ridícula que se podía contar junto a un fuego de gente que vivía de coger, una historia para reírse, un chiste largo.
Y Geir recordaba las risas. Y recordaba, sobre todo, que el viejo Authun no se rió.
—¿Y por qué no te ríes tú, manco? —le había preguntado uno de los hombres, picado, quizá, por aquel no reírse—. Es un buen chiste. Un jarl hortelano.
—Porque he visto morir a mucho lobo —dijo Authun, despacio, y se quedó mirando el fuego con su único brazo cruzado sobre el pecho, y la sala se calló un poco, porque cuando el manco bajaba la voz así era que iba a decir algo verdadero—.
He visto morir a muchos, cogiendo. En ríos del este, en playas del oeste, en mares sin nombre, lejos de casa, por un oro que no llegaron a gastar.
Yo dejé un brazo en uno de esos ríos, defendiendo, ya os lo he dicho, una mercancía que ni era mía.
Y os voy a decir una cosa: nunca, en toda mi vida, en todas mis rutas, he oído que ninguno de aquellos hombres, ninguno, fuera feliz.
Que volvieran ricos, sí. Que volvieran con gloria, con un brazo de menos, con un cuento que contar.
Pero felices, no. Esa palabra no se dice de nosotros.
No la usamos. No la merecemos, a lo mejor.
Y aquel hombre del sur la dijo, la dijo en serio, de un lobo que plantó un árbol y rindió el hierro.
Por eso no me río, mocoso. Porque a lo mejor el ridículo, el jarl hortelano, el blando, fue el único de todos nosotros que acertó, y los que nos reímos somos los que no lo entendemos.
Aquello fue todo. No hubo más cuento aquella noche; el manco se quedó callado mirando el fuego, y los hombres volvieron a sus cervezas algo incómodos, y los niños, defraudados de que el cuento no tuviera batalla ni tesoro, se fueron dispersando.
Authun se murió un par de inviernos después, de la tos, en su jergón, sin gloria, sin canción, como mueren los viejos mancos que ya no sirven.
Nadie cantó por él, y Geir, que ya era casi un hombre, fue de los pocos que ayudaron a enterrarlo en la tierra helada de la orilla.
El cuento de la ciudad de plata se lo sabían todos y lo cantaban todos y había llenado el río de barcos.
El cuento del lobo que plantó un árbol no se lo sabía nadie, no lo cantaba nadie, y se habría perdido del todo, como se perdió el manco, si no se le hubiera quedado clavado, sin él quererlo ni saber para qué, a un niño que escuchaba sentado en el suelo de tierra.
Seis años después, en el espigón del Loira, con la flota más grande del mundo apuntando al sur bajo la llovizna, Geir tenía los dos cuentos dentro.
El de la plata, brillante, ruidoso, el que lo había subido al barco con los demás.
Y el del árbol, callado, terco, gris como un olivo, que no sabía aún para qué le servía ni qué hacía allí, pero que aquella mañana, mirando las velas, se le había subido a la garganta y no se le bajaba.
Y Geir no podía saberlo todavía. Pero iba a tardar un año entero, y una catástrofe, y un mar de fuego, en entender que de los dos cuentos que llevaba dentro, el que iba a salvarle la vida era el que no cantaba nadie.