El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) Los de la Sierpe
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Los de la Sierpe

En los días que siguieron a la noticia, Geir no fue capaz de trabajar, y se pasaba las horas en el cerro, mirando hacia el sur, hacia el mar que no veía, poniéndoles cara, uno a uno, a los que habían ardido en el Estrecho, porque una flota que arde es un número, y un número no se llora, pero los hombres de la Sierpe tenían nombre, y a los nombres sí se los llora.

Pensó en Ketil, el timonel viejo, el que olía los bancos de arena en la niebla, el que lo había llevado limpio por la barra del río grande cuando otros encallaron.

Lo imaginó al timón hasta el final, en el Estrecho, entre el fuego, gobernando la Sierpe con sus manos de raíz mientras el agua ardía a su alrededor, buscando con el ojo de siempre un paso que aquella vez no existía, muriendo de pie junto a la caña, como había vivido, porque un timonel no suelta la caña ni cuando ya no hay adónde ir.

Y le dolió Ketil, su saber inútil, su oficio entero tragado por el fuego.

Pensó en Snorri, y por Snorri, raro es decirlo, no sintió pena sino algo parecido al alivio, un alivio triste.

Porque Snorri buscaba la muerte desde la isla donde mataron a Halvar, su sombra, su hermano, y no la había encontrado, y la muerte que no se encuentra es la peor de las cargas.

En el Estrecho la encontró al fin. Geir lo imaginó tirándose al fuego casi con ganas, corriendo al encuentro de su mitad muerta, reuniéndose por fin con Halvar de la única manera que sabía, y pensó que para Snorri el fuego del Estrecho no había sido un castigo sino un descanso, el final de una espera, y que ojalá, dondequiera que fueran los lobos al morir, Halvar lo estuviera esperando con una de aquellas risas suyas, grandes, para que Snorri dejara, por fin, de buscar.

Y pensó en el Cachorro. El más joven de la Sierpe , más joven que el propio Geir, un crío al que Geir había intentado proteger durante todo el viaje como a un hermano pequeño, apartándolo de lo peor, enseñándole a cuidarse, queriendo, sin decirlo, que aquel al menos volviera vivo a casa.

Y no sabía Geir qué había sido del Cachorro, si había ardido con los demás o si era uno de los pocos, de la veintena de hombres en dos o tres cascos chamuscados, que escaparon por el paso hacia el norte y la vida.

Y se aferró a esa esperanza, a la de que el Cachorro fuera uno de los que se salvaron, porque un hombre necesita salvar a alguien, aunque sea en la imaginación, aunque sea sin saberlo; y quiso creer, sin manera de saberlo nunca, que el crío había vuelto al Loira, y había contado el desastre, y había vivido, y había tenido hijos, y se había muerto viejo en el norte contándoles a unos nietos cómo de joven cruzó las Columnas de Hércules y volvió. Quiso creerlo. Le hizo falta creerlo.

Y los lloró a todos, en aquel cerro del interior, a Ketil y a Snorri y a Halvar y al Cachorro y a Torvald y a Vékel y a Refil que ya había caído en la montaña, a los cuarenta de la Sierpe y a los dos mil de la flota, y sobre todos a Steinar, que se los había llevado a todos al fuego por no bajarse del barco.

Y entendió, llorándolos, que aquel era el sentido último de su vida robada: ser el que se acordara.

El único de la Sierpe que quedaba para ponerles cara, para llorarlos por su nombre, para que no fueran solo un número en una crónica.

Los lobos que ardieron no tenían a nadie que los llorara, porque los lobos no dejan a nadie detrás, esa es su maldición.

Geir sí había dejado algo detrás, una orilla, una gente, una memoria.

Y desde esa orilla, él solo, lloró a la flota entera, que era lo único que un hombre podía hacer ya por dos mil muertos que se creyeron dioses: acordarse de que habían sido hombres, con nombre, y que se llamaban Ketil, y Snorri, y Halvar, y el Cachorro, y Steinar.