El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXXVIII
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XXXVIII

El comedor grande todavía conservaba la claridad del atardecer cuando las puertas se cerraron tras ellos.

Fuera, el viento recorría las almenas de Dun Ailean con una fuerza húmeda y constante, haciendo vibrar las antorchas sujetas a los muros exteriores mientras el mar golpeaba los acantilados bajo el castillo con un rugido profundo, antiguo, casi interminable.

Dentro de la estancia, sin embargo, el calor del fuego conseguía aliviar la tensión que parecía haberse instalado sobre la mesa desde el mismo instante en que Fiona había cruzado nuevamente las puertas de su hogar.

Callum ocupaba la cabecera. Margaid permanecía sentada a su derecha con las manos descansando sobre el regazo y aquella serenidad contenida que siempre había conseguido imponer calma incluso durante los inviernos más duros.

Las tres hermanas se sentaban juntas al otro lado de la mesa y Lachlan frente a MacLeod, todavía cubierto con la ropa del viaje y el cansancio adherido a los hombros como una segunda piel.

Nadie habló de inmediato.

El fuego crepitaba detrás de ellos y las sombras de las llamas se extendían sobre las paredes de piedra, oscilando al ritmo del viento que recorría las torres del castillo.

Fue Callum quien terminó rompiendo el silencio.

—Ahora vais a decirme qué sucede.

La voz sonó tranquila, aunque Fiona percibió enseguida la tensión escondida bajo aquella calma. Su padre observaba a cada uno de los presentes como un hombre que ya había comprendido que algo peligroso acababa de entrar en Dun Ailean.

Lachlan tomó aire antes de comenzar a hablar.

No lo hizo deprisa ni intentó suavizar nada.

Les contó lo ocurrido en el Sinclair, la reunión de lairds y la conversación nacida después del consenso, cuando los hombres bebían junto al fuego y las lenguas comenzaban a relajarse bajo la cerveza y el cansancio del viaje.

Habló de Ròric Cinaed, del padre del laird y de la obsesión enfermiza que aquel hombre había desarrollado décadas atrás con una mujer a la que consideraba poderosa.

Mientras avanzaba el relato, el comedor pareció volverse cada vez más silencioso.

Roselyn había dejado de moverse por completo, Isla mantenía la vista fija sobre las llamas, Fiona observaba a su madre y Margaid permanecía inmóvil, con una quietud tan perfecta que resultaba más inquietante que cualquier sobresalto.

—Esa mujer escapó estando embarazada —continuó Lachlan—. Cuando lograron encontrarla, los dones habían desaparecido. Según Cinaed, los heredó la hija nacida durante la huida.

Nadie respondió.

El viento golpeó una de las ventanas altas del comedor y el rumor del mar pareció ascender todavía más cerca del castillo.

Callum volvió la cabeza hacia su esposa. No necesitó preguntar. La expresión de Margaid bastaba.

MacLeod apoyó ambas manos sobre la mesa y permaneció así varios segundos, respirando despacio, como si intentara contener algo mucho más peligroso que la rabia.

—¿Sabe quiénes sois? —preguntó Lachlan fin.

—No —respondió Margaid.

—La única persona que siempre ha sabido la verdad ha sido mi esposo. Cuando nacieron mis hijas, evitamos que se hablara sobre lo que ocurría cuando ellas estaban presentes.

—El busca una mujer.

—En ninguna de las historias que contó mi madre hablaba de un nacimiento de tres. El mío, tal vez, halla sido el primero en nuestra estirpe.

—Tres poderes divididos en mujeres distintas… —reflexionó Lachlan mirando a su esposa y cuñadas—. Ha de haber un motivo para ello.

—Los poderes en una sola mujer es peligroso, si se dividen, el riesgo de controlar las fuerzas es menor.

—Tal vez la abuela invocó a las fuerzas para que no volviera a suceder otra situación como la de ella —intervino Isla.

—Lo único que puedo contaros de ella es que se pasaba las noches ocultando tres piedras de diferentes  colores bajo su almohada —confesó Margaid.

—¿Qué colores? —pregunto Fiona.

—Cobrizo, negro y amarillo.

Las hermanas se miraron entre sí, incluso Lachlan las miró para confirmar lo que todos pensaban: el color de las piedras era iguales al de sus cabellos.

Isla volvió la vista hacia su madre y una ráfaga descendió por la chimenea, haciendo vacilar las velas repartidas sobre la mesa. Fiona sintió el calor creciendo detrás de ella y las llamas comenzaron a elevarse dentro del hogar. Y Roselyn hizo que las piedras desprendieran agua.

Callum se puso en pie. No parecía asustado sino devastado

Observó a sus hijas durante varios segundos mientras el viento seguía golpeando las ventanas y el fuego crecía detrás de ellas como si el propio castillo hubiera despertado junto a las tres hermanas.

—Toda mi vida creyendo que había conseguido daros un hogar seguro… —murmuró.

Fiona sintió aquellas palabras en el pecho. Porque era verdad.

Habían cambiado de hogar, habían aprendido a esconderse y habían vivido fingiendo normalidad entre hombres incapaces de comprender aquello que corría por la sangre de las MacLeod. Aun así, el pasado había terminado encontrándolas.

Roselyn levantó la vista.

—Si ese hombre aparece en Dun Ailean…

La silla de Lachlan raspó la piedra cuando se puso en pie. El sonido bastó para que toda la sala callara. No levantó la voz y tampoco le hizo falta, porque había algo en la firmeza de su expresión capaz de imponer silencio incluso a las hijas de Margaid.

—No terminaréis esa frase.

Roselyn sostuvo su mirada varios segundos.

—¿Esperáis que permanezcamos quietas mientras nos cazan?

—Espero que sobreviváis.

La respuesta cayó sobre la mesa con una dureza tranquila que apagó cualquier reacción.

Lachlan sostuvo la mirada de las tres hermanas una por una.

—Ese hombre no sabe quiénes sois, no sabe dónde está vuestra madre y tampoco imagina que existan tres hijas. Mientras eso continúe así, seguís teniendo ventaja.

El viento comenzó a debilitarse, la humedad dejó de avanzar sobre la mesa e incluso el fuego descendió poco a poco dentro de la chimenea.

Margaid cerró los ojos un instante. Porque el laird tenía razón y eso era lo que más miedo le daba.

—Si utilizáis vuestros dones delante de hombres equivocados, las historias volverán a despertar —continuó él—. Y entonces todo aquello que vuestra madre ha protegido durante veinte años desaparecerá.

El silencio regresó al comedor.

Roselyn relajó las manos, Isla apartó la vista hacia las llamas y Fiona observó a su esposo, comprendiendo con una emoción difícil de sostener que ya no intentaba proteger solo a su mujer.

Ahora protegía a todas.

Callum también lo comprendió.

Observó al esposo de su hija durante varios segundos y, por primera vez desde que aquel hombre había puesto un pie en Dun Ailean meses atrás, dejó de verlo solo como el compañero de Fiona.

Ahora veía algo distinto: un hombre dispuesto a enfrentarse al mundo entero antes de permitir que alguien dañara a su familia.

Margaid se puso en pie. Nadie habló. Caminó hacia la chimenea y permaneció varios segundos observando las llamas mientras el viento seguía recorriendo las torres del castillo. Cuando volvió a hablar, la voz sonó más cansada de lo habitual, más antigua.

—Pasé veinte años enseñándoos a esconder vuestras habilidades para que pudierais vivir entre hombres normales.

Roselyn bajó la cabeza, Isla apretó los labios y Fiona sintió cómo los ojos empezaban a humedecérsele.

Margaid guardó silencio antes de continuar.

—El mundo nunca perdona aquello que teme.

Las palabras quedaron suspendidas sobre el comedor mientras el fuego crepitaba detrás de ella.

—Vuestra abuela lo comprendió demasiado tarde.

Cuando descubrió que estaba embarazada, huyó sabiendo que jamás volvería a tener una vida tranquila.

Vivió escondiéndose, ocultando su sangre y enseñándole a mi madre a hacer lo mismo, porque sabía que hombres como Cinaed jamás dejarían de perseguir aquello que deseaban poseer.

Callum cerró una mano alrededor del respaldo de la silla. La mandíbula se le endureció.

El viento golpeó otra vez las ventanas. Más fuerte esta vez.

Fiona sintió el brazo de su esposo rodeándole la cintura y comprendió que él también acababa de entenderlo. No buscaban una bruja. Buscaban un linaje.

Margaid volvió entonces la vista hacia sus hijas. Las observó una por una, despacio, como si intentara grabarlas dentro de sí. Después contempló las llamas varios segundos antes de hablar.

—Hoy descansaremos todos.

Nadie se movió. Nadie habló.

Sin embargo, Fiona sintió cómo el pecho comenzaba a tensársele, porque conocía demasiado bien aquella voz. Margaid ya había tomado una decisión.

—Mañana, antes del alba, debemos subir a la colina.

El silencio cayó sobre el comedor con una pesadez casi insoportable.

Nadie preguntó a qué colina se refería. Nadie necesitó hacerlo. Todos sabían qué descansaba allí y todos comprendieron también lo que aquello significaba.

La tumba de la abuela. El origen de todo.

Fuera, el mar siguió golpeando los acantilados bajo Dun Ailean mientras el viento recorría las torres del castillo y el fuego descendía dentro de la chimenea.

Y la familia MacLeod comprendió que el pasado acababa de encontrarlos.