XXXVII
Cabalgaron durante tres días.
No hubo descanso verdadero entre Ironhold y Dun Ailean, solo pequeñas detenciones junto a los arroyos, cambios rápidos de caballo y algunas horas robadas al sueño mientras la primevera comenzaba a despertar en las Highlands.
La niebla descendía sobre los valles al amanecer y el viento llegaba desde las montañas con un frío húmedo que terminaba pegándose a la piel incluso junto al fuego.
Fiona habló durante el trayecto. Cabalgaba sobre la yegua gris con el chal verde de Dun Ailean sujeto sobre los hombros y la mirada fija en el sendero.
Algunas veces levantaba la cabeza al escuchar caballos a lo lejos y otras permanecía inmóvil, perdida dentro de pensamientos que ya ni siquiera intentaba ocultar.
Su esposo la observaba sin parar. No de forma evidente. Nunca lo hacía.
Aun así, Fiona notaba cómo el caballo negro aparecía siempre un poco más cerca cuando el camino se volvía estrecho, cómo él comprobaba en silencio que el fuego nocturno quedara protegido del viento o cómo terminaba cubriéndole las manos con su propia capa cuando el frío comenzaba a entumecerle los dedos durante las madrugadas.
No pronunciaba grandes promesas ni intentaba tranquilizarla.
Solo permanecía cerca, siempre cerca, y aquello le dolía todavía más, porque una parte de Fiona no conseguía dejar de pensar que había arrastrado el peligro hasta Ironhold, hasta él y hasta todos los hombres que ahora cabalgaban alrededor suyo sin comprender realmente aquello de lo que intentaban protegerlas.
El tercer día, poco después del mediodía, divisaron finalmente las torres de Dun Ailean al otro lado del valle.
El castillo MacLeod se alzaba sobre la colina rocosa igual que siempre, orgulloso y firme frente al mar del sur. El humo ascendía desde varias chimeneas y las banderas verdes del clan se agitaban bajo el viento húmedo que llegaba desde los acantilados.
Fiona sintió cómo el pecho le apretaba al verlo.
Hogar.
No había comprendido cuánto necesitaba regresar hasta aquel instante.
La columna descendió despacio por el sendero de piedra mientras el olor a sal y humo comenzaba a envolverlos poco a poco.
Más abajo, cerca de las murallas, varios perros empezaron a ladrar al reconocer los caballos y algunos hombres del clan levantaron inmediatamente la vista hacia el camino principal.
Las puertas de Dun Ailean permanecían abiertas, como siempre durante el día y, aun así, Fiona sintió algo parecido al alivio atravesándole el cuerpo cuando cruzaron al fin el portón.
El patio estaba lleno de vida. Dos muchachos entrenaban junto al muro sur con espadas de madera, varios hombres descargaban sacos de grano cerca de las cocinas y el olor a pan recién hecho llegaba desde el edificio inferior donde las mujeres del castillo trabajaban desde el amanecer.
Aileas apareció la primera. Salió casi corriendo desde la cocina pequeña con harina todavía sobre los brazos y el delantal mal colocado sobre las faldas.
—¡Santa madre bendita…!
Fiona tuvo tiempo de desmontar antes de que la mujer la abrazara con fuerza.
—¿Qué hacéis aquí? ¡Pensábamos que tardaríais unas semanas más!
Fiona sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Yo también lo creí.
Bridie apareció detrás de Aileas secándose las manos contra el delantal mientras varios muchachos del patio empezaban a recoger los caballos del clan MacThane.
Entonces Roselyn salió al corredor este. Llevaba un vestido azul oscuro ajustado a la cintura y el cabello recogido en una trenza alta que dejaba el rostro completamente despejado. Se quedó inmóvil un instante al ver a su hermana cruzando el patio junto al laird del norte.
Después comenzó a bajar las escaleras.
Isla apareció detrás de ella casi de inmediato, con el cabello claro suelto sobre los hombros y una expresión de sorpresa que desapareció en cuanto vio el rostro de Fiona, porque ambas comprendieron al instante que algo iba mal.
Roselyn fue la primera en llegar hasta ella.
—¡Fiona!
Ella tuvo tiempo de responder antes de que la joven la abrazara con fuerza.
Y, en el mismo instante en que Isla se unió al abrazo, el ambiente del patio cambió alrededor de ellas.
Primero fue el viento. Descendió desde las almenas con una fuerza repentina, haciendo agitar violentamente las banderas del clan y obligando a varios hombres a sujetarse los tartanes.
Después llegó la humedad, una llovizna fina que empezó a caer sobre la piedra del patio pese a que el cielo continuaba despejado sobre Dun Ailean.
Las antorchas sujetas a los muros vacilaron al mismo tiempo. Los perros dejaron de ladrar y, desde el interior del castillo, detrás de las ventanas altas del salón principal, el fuego de la gran chimenea rugió con tanta fuerza que varios sirvientes se volvieron sobresaltados.
Lachlan observó a las tres hermanas en silencio.
Dios santo.
Si otros hombres hubieran visto aquello…
El pensamiento le atravesó el pecho con una dureza tan brutal que sintió el impulso inmediato de apartarlas del centro del patio y esconderlas del resto del mundo, porque ahora comprendía algo que antes jamás había entendido realmente.
Aquellas mujeres eran peligrosas y, al mismo tiempo, terriblemente vulnerables.
Fiona empezó entonces a reír. Era una risa pequeña, húmeda y cansada contra el hombro de sus hermanas, pero bastó para que algo dentro en el corazón de su esposo terminara de quebrarse.
Roselyn se apartó para mirarla.
—Está lloviendo.
—Lo veo.
—Y hace viento —añadió Isla mientras apartaba el cabello claro de su rostro.
Roselyn soltó aire por la nariz.
—Eso es culpa tuya.
—No es verdad.
—Estamos las tres juntas —susurró Fiona al final.
Ninguna volvió a hablar. Permanecieron abrazadas mientras la llovizna seguía cayendo suavemente sobre el patio de Dun Ailean y el viento recorría las almenas como si el propio castillo respirara alrededor de ellas.
Margaid apareció entonces en el corredor superior. No descendió inmediatamente. Primero observó el patio desde arriba: las tres hermanas abrazadas, la lluvia imposible, el viento recorriendo las murallas y el laird del norte inmóvil junto a los caballos.
Y entonces el miedo le atravesó el pecho.
Porque comprendió que algo había alcanzado por fin a sus hijas.
Comenzó a bajar las escaleras despacio y el patio entero pareció calmarse alrededor suyo.
Incluso los hombres dejaron de hablar cuando la señora de las tierras cruzó el último tramo de piedra con el chal verde oscuro descansando sobre los hombros y aquella serenidad antigua que siempre había hecho callar incluso a los guerreros más orgullosos del clan.
Fiona levantó la cabeza al verla. Roselyn se tensó e Isla dejó de sonreír.
Margaid no preguntó nada. No necesitó hacerlo.
Sus ojos encontraron los del laird MacThane y permanecieron allí varios segundos. Él sostuvo aquella mirada sin apartarse y ella comprendió enseguida que no habían regresado hasta Dun Ailean por nostalgia familiar.
Habían traído algo más. Algo peligroso.
Cruzó el patio directamente hacia él.
— Laird .
— Milady .
—¿Es grave?
Lachlan inclinó la cabeza.
—Sí.
Margaid cerró los ojos un instante, solo uno, antes de dar un paso hacia atrás.
La llovizna seguía cayendo sobre el patio. Y entonces comprendió otra cosa. Las tres habían dejado de contenerse.
El miedo le atravesó el pecho tan rápido que casi le costó respirar, porque aquello significaba que sus hijas empezaban a olvidar la prudencia que llevaba veinte años enseñándoles. Se volvió inmediatamente hacia Aileas.
—Preparad el comedor grande.
La mujer parpadeó confundida.
—¿El comedor del consejo?
—Sí.
No hizo falta añadir nada más. Aileas inclinó la cabeza y desapareció enseguida hacia las cocinas.
Callum regresó al castillo poco después. había cruzado el portón cuando vio a Lachlan esperándolo junto al patio interior y supo con rapidez que algo serio ocurría. No era solo por la presencia de Lachlan. Era la expresión de Fiona, la mirada de Margaid y el extraño silencio de Roselyn e Isla.
Demasiadas cosas fuera de lugar.
Desmontó despacio y caminó directamente hacia ellos.
—Lachlan.
—Callum.
MacLeod le sostuvo la mirada varios segundos antes de hablar otra vez.
—¿Qué ocurrió?
Lachlan no respondió y aquello bastó. Callum miró entonces hacia Fiona. Ella intentó mantener la calma, aunque él la conocía demasiado bien para ver el miedo escondido bajo la serenidad.
Algo frío empezó a instalarse dentro de su pecho.
—Entremos —ordenó finalmente.
Y mientras el viento seguía recorriendo las torres de Dun Ailean y la lluvia fina desaparecía despacio sobre el patio, Fiona comprendió que, cuando aquella noche terminara, ninguna de ellas volvería a ser simplemente una MacLeod más.