XXXVI
El sol ya se había elevado sobre el mar cuando Fiona despertó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil bajo las mantas, todavía envuelta en el calor de la alcoba y en el recuerdo del cuerpo de su esposo sobre el suyo durante la noche.
Las brasas de la chimenea seguían vivas bajo la ceniza y una luz gris azulada atravesaba las ventanas altas del dormitorio, extendiéndose lentamente sobre la piedra y los muebles de roble.
Pero él ya no estaba en la cama.
Fiona abrió los ojos del todo.
El lado izquierdo seguía caliente todavía, señal de que se había marchado hacía poco, y eso bastó para que una inquietud lenta comenzara a instalarse bajo sus costillas.
La noche anterior había intentado ignorarlo, había permitido que el cansancio, el deseo y la necesidad de su marido llenaran la alcoba sin hacer preguntas, pero aquella sensación seguía allí.
Porque había regresado demasiado pronto.
Y porque durante horas lo había sentido abrazándola como si temiera perderla.
Se incorporó despacio y se cubrió con una bata ligera antes de abandonar la habitación.
Ironhold despertaba lentamente alrededor de ella.
Varias doncellas cruzaban los corredores transportando cubos de agua caliente, el olor a pan recién hecho comenzaba a subir desde las cocinas inferiores y algunas voces masculinas resonaban amortiguadas desde el patio central, donde seguramente los hombres ya entrenaban pese al frío de la mañana.
Pero él no estaba allí.
Lo encontró finalmente en uno de los corredores altos del ala oeste, el más alejado del ruido del castillo. Aquel tramo terminaba en una abertura estrecha desde la que podía verse el mar extendiéndose hasta el horizonte, inmenso y gris bajo el cielo de otoño.
Permanecía inmóvil frente al muro de piedra, con las manos apoyadas sobre el borde y la mirada perdida en la lejanía. El viento del mar atravesaba el corredor y agitaba el cabello oscuro de su esposo mientras la luz del amanecer perfilaba la dureza de sus hombros.
Fiona se detuvo unos segundos contemplándolo. Parecía tranquilo. Sin embargo, empezaba a descubrir que la calma de aquel hombre muchas veces era precisamente lo más peligroso.
Se acercó despacio hasta quedar detrás de él y le rodeó la cintura con ambos brazos, apoyando la mejilla entre sus omóplatos.
Él cerró los ojos un instante al sentirla.
Después se giró hacia ella y la abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cabello rojo como si necesitara respirar allí unos segundos antes de hablar.
Fiona le rodeó el cuello con suavidad.
—¿Qué os preocupa?
Él no respondió enseguida. Ella sintió cómo tomaba aire antes de apartarse para mirarla. Los ojos grises seguían cargados de algo oscuro, algo que llevaba horas intentando ordenar dentro de sí.
—En el consejo… Ròric Cinaed contó una historia que me preocupó.
Fiona notó inmediatamente cómo el cuerpo se le tensaba entre sus brazos.
—¿Qué historia?
Su esposo no se separó de ella mientras hablaba. Mantenía ambas manos alrededor de su cintura, como si necesitara seguir tocándola incluso para pronunciar aquellas palabras.
—El padre de Cinaed raptó hace años a una mujer que, según cuentan, poseía dones extraños. Al parecer, estaba convencido de que esos poderes lo ayudarían a convertirse en el dueño de todo el norte.
El viento atravesó otra vez el corredor y levantó varios mechones del cabello de Fiona. Ella guardó silencio.
—Esa mujer escapó estando embarazada y consiguió esconderse durante mucho tiempo —continuó él—. Cuando la encontraron, ya no conservaba aquellos poderes. Según Cinaed… los heredó su hija.
Fiona se apartó despacio, lo suficiente para caminar hacia el muro abierto y quedarse mirando el mar.
Las olas golpeaban muy abajo contra las rocas negras y el viento húmedo parecía llegar desde un lugar infinitamente lejano. Fiona se abrazó a sí misma mientras observaba el horizonte y el miedo apareció en su rostro.
Él la contempló varios segundos antes de acercarse hasta quedar detrás de ella. La rodeó con ambos brazos y apoyó el mentón sobre su cabello.
—Tengo miedo de que descubra que vos y vuestras hermanas también tenéis dones y decida ir a por vosotras olvidando a esa mujer —confesó en voz baja.
Fiona cerró los ojos un instante. El mar rugía abajo, inmenso y constante, y durante varios segundos ninguno de los dos habló.
Después ella rompió el silencio sin apartar la vista del horizonte.
—Aunque la encuentre… no hallará poderes en ella.
El abrazo alrededor de su cintura se tensó. Él la giró despacio para verla mejor.
—¿Por qué?
Fiona levantó finalmente los ojos hacia los suyos.
—Porque los heredaron sus tres hijas.
El viento atravesó el corredor en ese mismo instante, haciendo agitar violentamente una de las antorchas apagadas del muro y levantando el cabello rojo alrededor del rostro de Fiona.
No hizo falta nada más. Lo supo. Comprendió que la mujer de aquella historia era la abuela de Fiona. Entendió que la hija nacida de aquella huida había sido Margaid. Y concluyó también que las tres hermanas MacLeod eran exactamente aquello que Ròric Cinaed llevaba años buscando.
Dios…
La respiración se le endureció de golpe. La atrajo hacia su pecho y la abrazó con una fuerza casi brutal, como si el simple hecho de sostenerla así pudiera mantener el peligro lejos de ella.
Fiona escondió el rostro contra él y notó cómo el corazón de su esposo golpeaba con fuerza bajo la tela oscura del jubón.
—No dejaré que nada ni nadie os haga daño —dijo con voz grave—. Tendrán que atravesarme antes de acercarse a vos.
Ella cerró los ojos un instante. Aquello debería haberle dado paz; aun así, no era suficiente.
—No puedo confiar solo en vuestra protección —susurró al final.
Él se apartó para mirarla.
—Necesito informar a mis hermanas de que las buscan. Necesito contarles quién mató a mi abuela.
El laird frunció lentamente el ceño.
—¿Vuestra madre no lo sabe?
Fiona negó despacio.
—Mi abuela jamás desveló quién fue su captor.
Cuando descubrió que estaba embarazada, escapó y terminó escondiéndose en una cabaña situada dentro de las tierras de mi padre.
Nadie sabía que vivía allí hasta que un día él cabalgó hacia esa zona y encontró el cuerpo sin vida de mi abuela… y a mi madre herida junto a ella.
El silencio cayó entre ambos.
El viento seguía entrando desde el mar y el olor a sal impregnaba el corredor mientras Fiona permanecía inmóvil entre sus brazos, intentando contener el miedo que amenazaba con subirle lentamente por el pecho.
—No quería que esto alcanzara Ironhold —confesó en voz baja.
Aquello le atravesó el alma. Su esposo le tomó el rostro entre ambas manos y apoyó la frente contra la suya.
—Vos sois Ironhold.
Fiona sintió cómo algo se quebraba dentro de ella al escucharlo.
Él respiró hondo una vez antes de mirar hacia el mar, como si ya estuviera calculando caminos, tiempos y hombres capaces de protegerlas. Cuando volvió a hablar, la decisión ya estaba tomada.
—Preparad un arcón de viaje —determinó con firmeza—. Partimos hoy.
Fiona lo miró en silencio y comprendió entonces que ya no existía regreso posible hacia la paz que habían conocido hasta ese momento.