XXXV
Lachlan cruzó el corredor del segundo piso sin hacer ruido.
El castillo entero dormía todavía bajo ese silencio espeso que precedía al amanecer y solo algunas brasas seguían vivas dentro de los soportes de hierro sujetos a los muros. Las antorchas nocturnas se habían consumido casi por completo y el aire olía a piedra fría, humo viejo y madera húmeda.
Iain se detuvo detrás de él.
—¿Queréis que despierte a Mhairi para el agua caliente?
Lachlan negó con la cabeza.
—No.
—¿Y comida?
—Después.
Iain observó a su laird durante un instante largo.
Llevaban horas cabalgando casi sin detenerse y el barro del paso medio seguía seco sobre las botas y el borde de las capas.
Lachlan tenía el cabello húmedo pegado a la nuca, la barba oscurecida por el cansancio y los ojos de un hombre que llevaba demasiadas horas pensando cosas que no deseaba pensar.
Pero ya estaban en Ironhold y aquello parecía sostenerlo de pie.
Iain inclinó la cabeza.
—Descansad entonces.
Él no respondió. Se limitó a abrir la puerta de la alcoba grande y entrar en silencio.
El calor suave de la habitación lo envolvió al instante.
Las brasas de la chimenea seguían vivas bajo la ceniza y una única vela permanecía consumiéndose sobre el pequeño banco junto al muro oeste, proyectando una luz cálida y temblorosa sobre la estancia.
El aire olía a lavanda seca, lana limpia y humo apagado.
A hogar.
La cama grande estaba medio cubierta por las mantas gruesas del invierno temprano y Fiona dormía de lado, de espaldas a la puerta, con el cabello rojo extendido sobre la almohada como una sombra cobriza bajo la luz de la vela.
Lachlan se quedó quieto un instante.
Dios…
El pecho le dolió de una forma extraña al verla allí, dormida, completamente ajena a hombres como Ròric Cinaed y a las historias que podían arrastrar consigo.
Ella seguía en paz, segura, respirando tranquila bajo las mantas de Ironhold mientras él traía consigo el peso de una amenaza que todavía no sabía cómo nombrar.
Cerró la puerta con cuidado y empezó a desvestirse despacio.
La espada fue lo primero. Luego el cinturón, el jubón pesado del viaje y las botas cubiertas de barro.
Cada movimiento le recordaba el cansancio acumulado en el cuerpo.
Tenía las piernas rígidas del galope, los hombros tensos y las manos heladas pese al calor de la alcoba.
Incluso desabrocharse la camisa terminó costándole más de lo normal por culpa de los dedos entumecidos.
Fiona se movió entre las mantas. Lachlan se quedó quieto.
Ella no despertó. Solo soltó una respiración más profunda antes de acomodarse otra vez sobre la almohada.
Él terminó de quitarse la ropa restante y cruzó finalmente la alcoba hacia la cama.
Las mantas se hundieron cuando se deslizó junto a ella.
El frío de su cuerpo debió alcanzarla al instante.
Fiona abrió los ojos antes incluso de girarse.
—Lachlan… —murmuró con voz dormida.
Él no respondió enseguida. Se acercó más porque necesitaba sentirla.
Fiona terminó de despertarse poco a poco al notar el cuerpo helado de su esposo pegándose al suyo bajo las mantas. Soltó una pequeña exhalación sorprendida y levantó inmediatamente una mano hacia su rostro.
—Dios mío… estáis congelado.
Aquello casi consiguió hacerlo sonreír.
Casi.
Ella se acercó sin pensarlo siquiera, buscando calentarlo con el propio cuerpo mientras le rodeaba el cuello con los brazos.
Lachlan cerró los ojos un instante al sentir el calor de Fiona envolviéndolo y hundió el rostro contra su cuello, permaneciendo así varios segundos, inmóvil, respirando el olor de su piel, de su cabello y de las mantas calientes de Ironhold como un hombre que acababa de regresar de demasiado lejos.
Fiona empezó a acariciarle la nuca.
—Habéis llegado demasiado pronto —susurró todavía medio dormida—. Pensé que regresaríais dentro de dos días.
—Lo sé.
La voz le salió grave, cansada y más ronca de lo habitual.
Ella se apartó para mirarlo mejor en la penumbra y algo dentro de Fiona se tensó al instante.
Conocía demasiado ya a su esposo para no ver lo que escondía detrás del agotamiento.
La mandíbula seguía dura pese al cansancio, los ojos demasiado despiertos para un hombre que acababa de cruzar medio norte sin descanso y, sobre todo, aquella necesidad casi desesperada con la que continuaba pegado a ella, como si el viaje entero hubiera sido soportable únicamente porque terminaba allí, en aquella cama, tocándola.
—¿Qué ocurrió? —preguntó en voz baja.
Lachlan sostuvo su mirada unos segundos demasiado largos antes de apartarle un mechón de cabello del rostro con una lentitud extraña.
—No que sea importante ahora mismo.
Fiona supo inmediatamente que mentía; aun así, no insistió. Le pasó la palma por la mejilla áspera y acercó la boca a la suya.
Lachlan la besó al instante, no despacio ni con paciencia, sino como un hombre que llevaba demasiado tiempo pensando en estar a su lado, añorándola.
Fiona soltó una respiración suave contra sus labios al sentir cómo él le sujetaba la cintura y la acercaba más bajo las mantas.
El beso sabía a frío, cansancio y necesidad contenida, y algo dentro de ella comprendió enseguida que su esposo no había cabalgado dos días enteros únicamente porque la echaba de menos.
Había algo más que todavía no quería contarle.
Lachlan volvió a besarla una y otra vez mientras las manos parecían incapaces de quedarse quietas sobre ella. Le acarició la espalda bajo el camisón fino de dormir, le recorrió la cintura y terminó sujetándole la nuca mientras la besaba con una intensidad que empezaba a quitarle el aire.
Fiona se acercó todavía más a él.
El cuerpo seguía frío por el viaje, aunque debajo de aquella piel helada podía sentir la tensión acumulada de un hombre que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose únicamente por voluntad.
—Esposo… —susurró contra su boca.
Lachlan cerró los ojos un instante al escucharla llamarlo así. Después volvió a besarla. Más lento esta vez. Más profundo. Como si necesitara convencerse de que ella seguía allí.
Fiona le hundió los dedos en el cabello húmedo y lo sintió temblar cuando le rozó la nuca. Aquello terminó de romper algo dentro de ella.
Dios. Estaba agotado.
Le pasó una mano por la espalda desnuda, notando los músculos tensos bajo la piel y el cansancio duro acumulado en cada movimiento.
—Debisteis descansar en el camino.
—Quería llegar.
La respuesta fue inmediata y sincera. Fiona sintió cómo el pecho le apretaba suavemente al escucharlo.
Lachlan apoyó la frente contra la suya y permaneció así unos segundos largos, respirando cerca de su boca mientras las brasas crepitaban suavemente dentro de la chimenea. Después volvió a besarla y esta vez Fiona sintió claramente cómo el beso cambiaba.
La necesidad seguía allí y el cansancio también, aunque ahora había hambre.
No brutal ni salvaje. Era una necesidad más profunda, más peligrosa incluso, porque no nacía solo del deseo.
Necesitaba tocarla, besarla y sentirla debajo de él después de dos días enteros cabalgando con pensamientos que todavía no sabía cómo poner en palabras.
Le subió lentamente el camisón por el muslo y Fiona arqueó la espalda al sentir la mano grande y áspera recorriéndole la piel caliente bajo las mantas.
—Os he echado de menos —murmuró él contra su cuello.
Aquello la desarmó porque jamás decía ese tipo de cosas.
Fiona le rodeó el rostro con ambas manos y lo besó con suavidad esta vez, dejando que el cuerpo de su esposo encontrara poco a poco la calma dentro del suyo.
No hubo prisa. Solo respiraciones entrecortadas, besos largos y manos buscándose bajo las mantas mientras el fuego crepitaba suavemente al otro lado de la habitación.
Lachlan se movía sobre ella con una mezcla extraña de desesperación y cuidado, como si una parte de él quisiera perder completamente el control mientras la otra siguiera recordando constantemente que era Fiona.
Su esposa. La mujer que dormía a su lado, la mujer que calentaba su cuerpo helado en mitad de la noche sin hacer preguntas, la mujer a la que ahora sentía amenazada, aunque todavía no comprendiera del todo por qué.
Fiona notó cómo le temblaba la respiración cuando le besó la mandíbula áspera por el viaje.
—Amor mío… —susurró.
Aquello terminó de destruirle cualquier distancia.
Lachlan escondió el rostro contra su cuello y la abrazó con fuerza antes de volver a besarla con más deseo, más ansiedad. Fiona sintió el peso de su cuerpo, el agotamiento duro en cada movimiento y también aquella necesidad feroz de sentirse vivo junto a ella.
Lo dejó hacer…
Lo dejó besarla como si necesitara borrar dos días enteros de miedo y cansancio. Lo dejó tocarla como si quisiera memorizar cada parte de ella antes de contarle algo capaz de romper la paz de aquella alcoba.
Cuando Lachlan terminó entrando en ella, lo hizo con un gemido bajo y contenido contra su cuello, como un hombre que llevaba demasiado tiempo deseando regresar exactamente a ese lugar.
Fiona lo rodeó inmediatamente con las piernas y le pasó ambas manos por la espalda mientras él permanecía inmóvil unos segundos, respirando con dificultad.
Dios…
La sensación de ella alrededor suyo terminó de vaciarle la cabeza.
Lachlan empezó a moverse despacio al principio, todavía agotado por el viaje, besándole la garganta, la clavícula y la boca entre respiraciones cada vez más pesadas. Fiona se aferró a sus hombros y lo sintió perder poco a poco el control contenido con el que había entrado en la cama.
Porque ya no estaba cabalgando. Ya no estaba escuchando historias sobre mujeres perseguidas. Ya no estaba imaginando hombres acercándose demasiado a su esposa.
Ahora estaba allí. Con Fiona debajo de él, caliente, viva y suya.
Dios lo ayudara, porque jamás había necesitado tanto a otro ser humano.
Mucho después, cuando Fiona terminó dormida contra su pecho y las brasas de la chimenea empezaban a apagarse despacio, él seguía despierto. Tenía un brazo rodeándole la cintura y la mirada fija en la oscuridad del techo de roble.
No podía dormir porque al amanecer tendría que destruir la paz de aquella habitación.
Y por primera vez en muchos años, Lachlan MacThane descubrió que existían verdades que preferiría no pronunciar jamás.