El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXXIV
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La conversación continuó alrededor del fuego como si nada hubiera cambiado.

Grant seguía bebiendo cerveza y burlándose de Fraser, Sinclair maldecía cada vez que alguno golpeaba la mesa demasiado fuerte y varios sirvientes entraban y salían de la sala oeste cargando bandejas de carne asada mientras el calor de la chimenea volvía el aire casi irrespirable.

Pero Lachlan había dejado de escuchar.

Continuaba sentado exactamente igual que antes, con una mano descansando cerca de la copa y la mirada aparentemente fija en el fuego, aunque en realidad ya no veía las llamas ni a los lairds sentados alrededor de la mesa.

Veía a su esposa y a sus cuñadas. Y hombres buscando mujeres capaces de hacer cosas que el resto no comprendía.

Aquello bastaba.

No necesitaba historias completas ni nombres antiguos para entender el peligro.

Iain lo observó y sintió cómo algo incómodo comenzaba a invadir a su laird . Había visto a Lachlan furioso, herido y preparado para matar. Incluso lo había visto regresar cubierto de sangre después de una emboscada en el paso alto sin perder aquella calma brutal que parecía acompañarlo siempre.

Pero aquello era distinto. Porque Lachlan estaba demasiado quieto. Y cuando un hombre como él se quedaba tan inmóvil, normalmente significaba que ya había tomado una decisión.

Cinaed terminó su copa.

—Las Highlands olvidan demasiado rápido ciertas historias.

—Las Highlands olvidan lo que no les interesa —gruñó Fraser.

—Ese suele ser el principio de muchos errores.

Grant resopló por la nariz.

—O el principio de dejar de vivir asustados por cuentos.

Cinaed no respondió.

Solo volvió la vista hacia el fuego.

La sala quedó en silencio unos segundos mientras las llamas crepitaban dentro de la chimenea y el calor seguía aplastando el aire bajo las vigas de madera oscurecidas por el humo.

Entonces Lachlan se puso en pie.

Solo dejó la copa sobre la mesa y se incorporó con una calma tan medida que durante un instante nadie pareció encontrar extraño el movimiento.

—Me retiraré a mis aposentos —dijo.

Grant levantó inmediatamente una ceja.

—¿Tan pronto? Empiezo a pensar que vuestra esposa os tiene peor domado de lo que parecía.

Aquello arrancó varias risas alrededor de la mesa. Incluso Sinclair sonrió. Lachlan sostuvo la mirada de Grant sin molestarse en responderle enseguida.

—Mi esposa tiene mejores conversaciones que vosotros.

—Eso no es difícil.

Las carcajadas volvieron a llenar la estancia. Iain ya se había separado del muro antes incluso de que Lachlan terminara de hablar. Se colocó detrás de él automáticamente, como si fueran a retirarse a descansar.

Sinclair también se puso en pie.

—Os acompaño, MacThane. Necesito aire antes de terminar estrangulando a Fraser con mis propias manos.

—Sería una pérdida para las ovejas —gruñó Grant.

—Y para vuestro hígado —añadió Fraser.

Las voces quedaron atrás cuando los tres hombres abandonaron finalmente la sala oeste.

El corredor exterior estaba mucho más fresco. Las antorchas sujetas a los muros proyectaban sombras temblorosas sobre la piedra y, desde alguna parte del castillo, llegaba el sonido apagado de varios hombres riendo cerca de las cocinas inferiores.

Sinclair esperó hasta alejarse lo suficiente antes de hablar.

—Ahora decidme qué ocurre de verdad.

Lachlan continuó avanzando varios pasos más antes de detenerse junto a una ventana estrecha desde la que podía verse parte del patio interior del Sinclair. Las antorchas del muro sur se agitaban bajo el viento y varios mozos corrían entre los establos llevando cubos de agua y mantas secas.

—Me marcho esta noche —determinó.

Sinclair soltó una exhalación incrédula.

—¿Estáis loco?

—Iain lleva preguntándomelo desde que llegamos.

—Y con razón. Los caminos estarán hechos barro antes de medianoche.

—Aun así, marcharé.

Sinclair observó el rostro de Lachlan varios segundos. No vio miedo. No vio duda. Solo aquella firmeza fría y silenciosa que convertía a Lachlan MacThane en un hombre difícil de mover una vez tomaba una decisión.

—¿El motivo? —preguntó al final.

Iain respondió antes.

—Mi señor lleva pocas nupcias con su esposa y no soporta un lecho frío más tiempo del necesario.

El Sinclair lo miró un instante y después soltó una carcajada grave que resonó por todo el corredor.

—Ah, muchacho… —negó con la cabeza mientras seguía riendo—. Todo eso cambia con los años.

—Eso espero —respondió Iain con absoluta seriedad—, porque si no terminaré cabalgando detrás de él hasta mi muerte.

Incluso Lachlan permitió que una sombra mínima de humor le cruzara la expresión. Muy poca. Demasiado breve. Sinclair terminó secándose la barba con una mano antes de volver a mirarlo.

—Entonces al menos dejadme ofreceros caballos frescos antes de que vuestra fiebre matrimonial mate a medio clan MacThane de agotamiento.

—Os lo agradeceré.

—¿Cuántos hombres?

—Solo los míos.

Sinclair asintió despacio.

—Haré preparar el portón norte.

Lachlan guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—No habléis de mi marcha hasta el amanecer.

La sonrisa del Sinclair desapareció un instante.

—Tan serio es.

Lachlan no respondió. Y aquello bastó. El anfitrión inclinó la cabeza.

—Tendré los caballos preparados.

Iain descendió hacia el patio para reunir a los hombres del clan MacThane mientras Sinclair desaparecía por otra galería en dirección a los establos.

Lachlan permaneció unos segundos completamente solo junto a la ventana estrecha.

El castillo seguía lleno de vida debajo de él.

Hombres cruzando el patio. Antorchas agitándose sobre las murallas.

Sirvientes entrando y saliendo de las cocinas.

Y, aun así, todo aquello empezó a parecerle absurdamente lejano.

Su cabeza ya estaba en Ironhold.

Pensó en Fiona dormida junto al fuego de la alcoba.

Y algo frío se le instaló lentamente en el pecho al imaginar hombres como Ròric Cinaed acercándose demasiado a su esposa o a las hermanas de esta.

No permitiría aquello.

Descendió hacia el patio. El aire nocturno golpeó su rostro en cuanto atravesó el arco principal del corredor y el olor a barro húmedo, caballo y humo llenó sus pulmones.

Los hombres del clan MacThane ya esperaban junto al portón norte con las capas ajustadas y los caballos preparados bajo la luz temblorosa de las antorchas.

Iain apareció junto a él mientras terminaba de colocarse los guantes.

—Todo listo.

—¿Los caminos?

—Una mierda.

—Perfecto.

Iain resopló por la nariz.

—Algún día vais a terminar matándonos a todos.

—No esta noche.

—Eso decís siempre.

Sinclair apareció poco después desde los establos acompañado por dos mozos que llevaban las riendas de varios caballos frescos.

—Si el paso medio empeora, deteneos hasta el alba.

—No lo haré.

—Ya imaginaba esa respuesta.

Le tendió entonces una pequeña bolsa de cuero.

—Carne seca, sal y yesca. El orgullo sirve de poco cuando el frío os atraviesa el pecho.

Lachlan aceptó la bolsa.

—Os debo una.

—Espero que no penséis pagarla invitándome a vuestro castillo mientras seguís en plena fiebre matrimonial.

Iain soltó una pequeña carcajada.

—Por favor, no le deis ideas.

Sinclair volvió a reír antes de golpearle el hombro a Lachlan con firmeza.

—Marchad entonces, MacThane. Y procurad no romperos el cuello antes de llegar junto a vuestra esposa.

El portón norte comenzó a abrirse lentamente bajo el sonido grave de las cadenas. La noche esperaba al otro lado.

Lachlan montó sin volver la vista hacia el Sinclair. Iain hizo lo mismo inmediatamente detrás de él y los cuatro hombres del clan cerraron la pequeña columna mientras el viento recorría el paso abierto del portón.

—Ironhold —ordenó.

Y espoleó el caballo hacia la oscuridad.