XXXIII
El ambiente dentro del gran salón se volvió más pesado a medida que avanzaba la tarde. Había demasiado humo acumulándose bajo las vigas, demasiados hombres encerrados alrededor del fuego y demasiadas horas escuchando discusiones que llevaban generaciones repitiéndose entre clanes vecinos.
Lachlan llevaba rato cansado de aquello.
No porque el consenso careciera de importancia.
Varias cuestiones la tenían. Las enfermedades que se extendían entre el ganado del valle bajo preocuparían antes del invierno y los Gordon seguían insistiendo en mover las rutas comerciales hacia el este, algo que terminaría provocando problemas con los Fraser mucho antes de la primavera.
Sin embargo, aquella tarde ninguno de los hombres presentes parecía dispuesto a dejar de escuchar su propia voz.
Lachlan permanecía sentado en silencio la mayor parte del tiempo, con la espalda recta, una mano alrededor de la copa y la mirada fija en quien hablaba.
Parecía tranquilo, aunque en realidad estaba observándolo todo: quién bebía demasiado, quién evitaba ciertas preguntas, quién fingía reír mientras tensaba la mandíbula y quién callaba cuando otro hombre tomaba la palabra.
Gobernar un clan no consistía únicamente en sostener una espada. También era aprender a leer hombres antes de que esos hombres se convirtieran en un problema.
Detrás de él, Iain seguía de pie junto al muro como correspondía al segundo del clan MacThane. Llevaba horas sin moverse, aunque sus ojos recorrían sin desacando el salón mientras vigilaba conversaciones, entradas y movimientos alrededor de su laird . No hablaba. Solo observaba, igual que Lachlan.
El Gordon pelirrojo golpeó finalmente la mesa con frustración.
—Si los Fraser siguen moviendo el ganado hacia el río bajo, tendremos problemas antes de la nieve.
—El río bajo pertenece a Fraser desde hace tres generaciones —gruñó el hombre aludido.
—Pertenece a quien pueda defenderlo.
Aquello arrancó varias risas cansadas alrededor de la mesa principal. Sinclair terminó vaciando la copa antes de martillear la madera con los nudillos.
—Por el amor de Dios, lleváis hablando de ovejas desde el mediodía.
—Porque son buenas ovejas —protestó Fraser.
—Si vuelvo a escuchar una sola palabra más sobre ganado, prenderé fuego al valle entero y así ninguno tendrá que seguir contándolas.
Las carcajadas resonaron esta vez con más fuerza e incluso Lachlan soltó aire por la nariz, algo parecido a una risa breve y controlada que Iain alcanzó a escuchar detrás de él.
Mucho mejor.
Porque cuando Lachlan permanecía demasiado tiempo encerrado dentro de su propia cabeza, el norte entero terminaba notándolo.
Los sirvientes comenzaron entonces a entrar al salón para retirar platos vacíos, mapas manchados de vino y varias jarras derramadas sobre la mesa principal mientras los lairds empezaban a levantarse de los bancos.
La lluvia seguía golpeando los ventanales altos del Sinclair y el cielo se había oscurecido tanto que las antorchas del patio ya estaban encendidas.
El anfitrión descendió finalmente de la mesa principal mientras ajustaba el broche de plata del tartán sobre el hombro.
—La sobremesa será en la sala oeste. Solo unos pocos.
Grant levantó con rapidez la cabeza.
—Ah, por fin una reunión donde podamos beber sin escuchar hablar de ovejas.
—No prometo nada —gruñó Sinclair—. Fraser parece enamorado de ellas.
—Porque alguien en este castillo debe tener criterio.
Otra ronda de risas atravesó el salón. Lachlan se puso en pie despacio y sintió un leve crujido recorriéndole la espalda después de tantas horas sentado. Iain se acercó por detrás.
—Tenéis cara de querer arrojaros desde la torre más alta de este lugar.
—Estoy valorando opciones.
—Pues procurad elegir una donde yo no tenga que bajar a recoger vuestro cadáver.
Lachlan volvió la cabeza hacia él.
—Cada día sois más insoportable.
—Cada día paso más tiempo rodeado de lairds . Algo termina pudriéndose en el alma.
Eso sí consiguió arrancarle una pequeña exhalación divertida, breve y controlada, aunque suficiente para que Iain supiera que todavía seguía teniendo paciencia para soportar una noche más de política, cerveza y hombres hablando demasiado alto.
El corredor oeste estaba mucho más silencioso que el salón principal.
Las voces quedaban amortiguadas tras los gruesos muros de piedra mientras varios sirvientes cruzaban delante de ellos transportando bandejas de carne asada y enormes jarras oscuras hacia las salas privadas del castillo.
El calor aumentaba cuanto más se acercaban al ala oeste y la chimenea de la sala ya debía de estar encendida.
Iain caminaba detrás de Lachlan con la misma atención constante de siempre. Permanecía cerca de su señor, observando hombres y recordándole al resto del mundo que MacThane jamás estaba solo.
La sala oeste era pequeña comparada con el gran salón del Sinclair, aunque mucho más cálida.
El fuego rugía dentro de una enorme chimenea de piedra y varias velas gruesas iluminaban las paredes con una luz anaranjada que hacía danzar las sombras entre las vigas oscuras del techo.
La estancia olía a humo, carne asada, cerveza negra y lluvia secándose sobre cuero mojado.
Había menos hombres allí: Sinclair, Grant, Fraser, un Gordon enorme sentado cerca del fuego y Ròric Cinaed.
Lachlan lo observó mientras ocupaba lentamente su sitio en la mesa.
El hombre seguía sin parecer amenazador.
No tenía el aspecto brutal de ciertos guerreros del norte ni la arrogancia de los jóvenes que necesitaban demostrar cada momento cuánto podían beber o matar.
Lo inquietante en Cinaed era otra cosa: la calma, la forma silenciosa y cansada en que contemplaba el fuego mientras giraba la copa entre las manos, como si llevase demasiados años persiguiendo algo que el resto había decidido olvidar.
Iain ocupó su lugar detrás del hombro derecho de Lachlan y empezó a vigilar. Siempre atento a quién bebía más rápido, quién levantaba demasiado la voz y quién observaba a su laird más de la cuenta.
La cerveza comenzó a correr enseguida. También la carne.
La conversación tardó poco en relajarse bajo el calor del fuego y el alcohol.
Grant empezó hablando de una pelea ocurrida el verano anterior durante un festival del valle bajo y Fraser terminó defendiendo a gritos que los Gordon no sabían criar caballos ni, aunque Dios mismo les sujetara las riendas.
Las carcajadas llenaron varias veces la sala e incluso Sinclair terminó golpeando la mesa con la copa mientras negaba con la cabeza.
—El día que los Gordon aprendan a criar algo que no sea problemas, levantaré una iglesia en mitad del valle.
—Entonces ahorraos la piedra —gruñó Grant—. Saldrá más barato.
Lachlan escuchaba. Eso era todo.
Atendía mientras bebía despacio y seguía el avance de la noche alrededor de la mesa. El fuego rugía dentro de la chimenea, la lluvia golpeaba las ventanas y las velas proyectaban sombras largas sobre los hombres.
Cinaed seguía callado. Hasta que Grant volvió la cabeza hacia él.
—Decidme una cosa, Ròric… ¿seguís persiguiendo fantasmas?
La pregunta arrancó algunas sonrisas cansadas alrededor de la mesa. Cinaed no respondió enseguida. Bebió primero y después dejó la copa sobre la madera con una lentitud extraña.
—No persigo fantasmas.
—Claro que sí —resopló Fraser—. Lleváis media vida haciéndolo.
—Media vida no basta para abandonar ciertas cosas.
La frase cayó sobre la sala mientras el fuego crepitaba detrás del hombre. Todos se mantuvieron en silencio. Grant terminó sirviéndose más cerveza antes de volver a apoyarse sobre la silla.
—Mi esposa sigue diciendo que estáis maldito.
—Vuestra esposa cree que los cuervos anuncian tormentas.
—A veces acierta.
Eso arrancó algunas risas. No a Cinaed. Él continuaba observando las llamas como si estas tuvieran la obligación de hablarle.
—Mi padre cometió un error hace muchos años —dijo finalmente—, uno que todavía no he conseguido reparar.
Gordon dejó de comer, Fraser levantó la cabeza y Sinclair permaneció quieto junto al fuego mientras la sala iba quedándose más silenciosa alrededor de aquella conversación.
—La mujer que vivió con él, esa que decían tener poderes —murmuró Grant a todos los presentes por si no conocían la historia.
Lachlan siguió completamente inmóvil, solo escuchando.
—¿Seguís creyendo que dejó descendencia? —prosiguió Grant.
—De mi padre. Él se encargó de que la tuviera. Pero la muy maldita se escapó. Cuando la encontré, ya no los tenía. Su hija los había heredado —explicó apretando los puños.
—Con lo cual, tenéis una medio hermana con poderes —intervino Fraser con burla.
—Una bastarda que encontraré —aseguró solemne.
Otra vez silencio. Cinaed cogió su copa y la giró sin apartar la mirada del licor.
—El día que la atrape, sufrirá las consecuencias de su traición.
Algo cambió entonces en el rostro de Lachlan, muy poco, tan poco que cualquier otro hombre de la sala quizá no habría llegado a notarlo. Pero Iain sí, porque llevaba quince años viendo esa cara antes de una batalla: la mandíbula endureciéndose lentamente, la mirada fija y el cuerpo inmóvil.
Cinaed siguió hablando.
—La última pista apareció hace dos inviernos en el sur. Un hombre habló de una joven capaz de hacer arder una chimenea sin tocar el fuego.
Grant soltó aire lentamente.
—Y todavía seguís creyendo esas historias.
—He visto demasiadas cosas para dejar de creerlas.
La lluvia golpeó con más fuerza los ventanales del Sinclair.
Lachlan dejó la copa sobre la mesa despacio, demasiado despacio, mientras una sensación fría comenzaba a extenderse bajo sus costillas pese al calor brutal de la sala oeste.
No pensó en leyendas, ni en descendencias, ni en historias antiguas.
Su mente se centró en Fiona, en Roselyn y en Isla.
En las llamas moviéndose alrededor de su esposa, el agua inundando el salón y en el viento levantándose en el interior.
Y, de pronto, comprendió algo que no le gustó en absoluto.
Si hombres como Ròric Cinaed descubrían que existían más mujeres con dones, jamás dejarían de buscarlas.