El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXXII
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XXXII

La niebla comenzó a espesarse poco antes del mediodía.

Descendía con lentitud desde las montañas altas del paso del lobo y se deslizaba entre los árboles desnudos como un animal silencioso y húmedo, tragándose el sendero bajo una masa gris que olía a tierra mojada y a invierno temprano.

Los caballos resoplaban vapor blanco con más fuerza a cada tramo del camino y el sonido de los cascos quedaba amortiguado sobre el barro oscuro del sendero.

Iain avanzaba medio cuerpo por detrás de Lachlan, con el tartán empapado en los bordes inferiores y una mano apoyada cerca de la empuñadura de la espada. Vigilaba el bosque por costumbre, aunque la mayor parte de su atención llevaba toda la mañana fija en el hombre que cabalgaba delante de él.

Lachlan seguía igual que al salir de Ironhold, con la mandíbula tensa, los hombros rígidos y la mirada clavada en el camino como si galopar más rápido pudiera acercarlo antes de vuelta al castillo.

No había mencionado a Fiona ni una sola vez desde el amanecer, aunque tampoco hacía falta.

Iain llevaba demasiados años a su lado para necesitar palabras.

El segundo del clan escupió la raíz amarga que llevaba masticando desde primera hora y volvió la cabeza hacia el bosque cubierto de niebla.

—Si esta maldita niebla sigue cerrándose así, vamos a llegar al Sinclair con el culo congelado y los caballos medio muertos.

Lachlan no apartó la vista del sendero.

—Eso os pasa por hablar demasiado.

—Eso me pasa por acompañaros desde hace horas sin que os hayáis permitido respirar tranquilo ni una sola vez.

Aquello consiguió que el laird girara la cabeza hacia él. Muy poco. Pero suficiente para que Iain supiera que había acertado.

—Estoy respirando.

—Sí, claro. Igual que un hombre al que arrastran a su ejecución.

Uno de los muchachos del clan soltó una risa breve desde la parte trasera de la columna y Lachlan negó despacio con la cabeza mientras el caballo descendía una pendiente embarrada.

—Empiezo a sospechar que todos en Ironhold os habéis puesto de acuerdo para burlaros de mí.

—No todos. Morag estaba demasiado ocupada metiendo pan y carne seca en vuestra alforja mientras repetía que os veía más flaco desde que os casasteis.

Aquello sí consiguió arrancarle una exhalación parecida a una risa, breve, grave y cansada. Iain la oyó y sonrió para sí.

Mucho mejor.

Porque cuando Lachlan permanecía demasiado tiempo encerrado dentro de su propia cabeza, el norte entero terminaba pagándolo.

La columna continuó avanzando entre la niebla durante otra media hora. A ambos lados del sendero, los árboles desnudos se balanceaban bajo el viento húmedo y varias aves negras levantaron el vuelo desde una zona pantanosa al escuchar acercarse a los caballos. El aire olía a lluvia cercana.

Lachlan veía el camino. Su cabeza seguía en Ironhold.

En Fiona sentada frente al tocador al amanecer, con el cabello rojo cayéndole sobre los hombros mientras intentaba bromear para esconder lo poco que le gustaba verlo marcharse. Todavía sentía el calor de sus manos sobre el rostro y el sabor del último beso pegado a la boca como una maldita condena.

Dios…

Aquello empezaba a resultarle ridículo incluso a él mismo. Treinta años viviendo solo, marchando durante semanas enteras sin volver la cabeza hacia ningún castillo y ahora cuatro días lejos de su esposa parecían suficientes para ponerle el cuerpo entero de mal humor.

Iain debió notar algo en su expresión porque volvió a acercarse.

— Laird.

—¿Qué?

—Si seguís poniendo esa cara, el Sinclair va a pensar que os obligaron a venir encadenado.

—Quizá lo hicieron.

—No. Encadenado hablaríais menos.

Lachlan resopló por la nariz y el gesto hizo sonreír otra vez a Iain. El sendero comenzó entonces a ensancharse lentamente y la niebla se abrió lo suficiente para mostrar el castillo levantándose sobre la colina del este.

El Sinclair.

No era tan grande como Ironhold, aunque seguía siendo una fortaleza poderosa.

Las murallas exteriores estaban construidas con piedra oscura del valle bajo y dos torres redondas protegían el portón principal, sobre el que ondeaba el estandarte azul y plata del clan Sinclair golpeado por el viento húmedo del norte.

Varias columnas de humo escapaban ya de las chimeneas superiores. El consejo de lairds había comenzado a reunirse.

Iain contempló el castillo con expresión resignada.

—Ahí lo tenéis. Demasiadas horas a caballo para terminar escuchando a viejos discutir sobre ovejas y límites de tierra.

—Hablad más bajo. Igual os hacen sentaros en la mesa principal.

—Antes me corto la lengua.

El portón exterior comenzó a abrirse despacio cuando los centinelas reconocieron el tartán MacThane bajo la niebla. El sonido grave de las cadenas resonó por todo el patio interior mientras varios hombres del clan Sinclair descendían los escalones del muro norte para recibirlos.

El primero en acercarse fue un hombre alto, ancho de hombros y barba gris recortada con cuidado. Debía rondar los cincuenta años, aunque seguía moviéndose con la firmeza de alguien acostumbrado a llevar espada desde niño.

Ewan Sinclair.

Sus ojos claros se posaron inmediatamente sobre Lachlan.

—MacThane.

Lachlan desmontó del caballo de un solo movimiento antes de inclinar la cabeza.

—Sinclair.

El otro hombre sonrió levemente.

—Creí que la niebla os retrasaría hasta mañana.

—Iain amenazó al clima durante medio camino.

—Y parece que el clima le teme más que vuestros enemigos.

Iain desmontó detrás de su laird mientras varios mozos se acercaban ya para tomar las riendas de las monturas.

—El clima me respeta porque yo sí tengo sentido común. A diferencia de algunos lairds del norte que creen que dormir es una pérdida de tiempo.

Sinclair soltó una carcajada breve.

—Vos debéis de ser Iain.

—Por desgracia para mi paciencia, sí.

—Mi padre habló mucho del segundo del clan MacThane.

—Espero que para bien.

—Dijo que sobrevivir junto a tu laird requería una paciencia cercana a la santidad.

Lachlan lanzó una mirada seca hacia ambos mientras comenzaba a quitarse los guantes húmedos.

—Veo que el vino todavía no ha empezado y ya estáis todos insoportables.

Eso hizo reír incluso a varios hombres del Sinclair que cruzaban el patio cargando barriles de cerveza y sacos de avena hacia los almacenes interiores.

El castillo entero hervía de movimiento bajo la niebla.

Guerreros de distintos clanes ocupaban el patio y las galerías superiores; algunos entrenaban junto al muro oeste pese al frío, otros discutían alrededor de braseros encendidos mientras mozos y sirvientas corrían de un lado a otro preparando comida para más de cien hombres.

Lachlan observó una de las chimeneas principales expulsando humo oscuro hacia el cielo gris.

Pensó en Fiona.

La imaginó sentada junto al fuego de Ironhold con Morag insistiendo en servirle más desayuno mientras ella fingía molestarse. Imaginó sus manos acercándose distraídamente a las llamas y el calor respondiendo a sus emociones sin que lo notara ya.

El pecho volvió a tensársele. Iain lo vio de reojo.

Claro que lo vio.

Por eso se acercó un poco más a él cuando un grupo de hombres Fraser pasó demasiado cerca del laird .

No dijo nada .

Solo ocupó su sitio junto a Lachlan, vigilando alrededor mientras Sinclair continuaba hablando.

—Vuestra alcoba está preparada en la torre este. Habrá comida caliente dentro de media hora y el consenso comenzará antes del anochecer. Los Grant llegaron ayer. Los Fraser hace dos horas y los Gordon siguen sin aparecer, aunque eso tampoco sorprende a nadie.

Lachlan asintió.

—¿Muchos hombres?

—Demasiados egos y poco entendimiento, como siempre.

Iain soltó una risa nasal.

—Entonces el consejo marcha bien.

Sinclair volvió la cabeza hacia uno de sus hombres.

—Llevad las monturas del clan MacThane al establo norte. Quiero esos animales secos y alimentados antes de la caída del sol.

—Sí, mi laird .

El viento húmedo atravesó el patio justo cuando otro grupo de caballos apareció bajo la niebla exterior. Las conversaciones cercanas bajaron de volumen. No mucho. Solo lo suficiente para notarlo.

Iain levantó automáticamente la cabeza. Sinclair dejó de hablar y varios hombres del patio volvieron discretamente la vista hacia el portón.

Otra columna acababa de llegar.

Cinco jinetes. Caballos negros. Tartán oscuro y un estandarte azul profundo ondeando sobre el grupo mientras atravesaban lentamente el patio interior.

Lachlan observó la entrada en silencio.

El hombre que encabezaba la columna desmontó despacio bajo la niebla. Era alto, más mayor que él y llevaba una cadena de plata pesada descansando sobre el pecho oscuro del jubón.

No parecía impresionante ni peligroso.

Aun así, algo en la forma en que el patio reaccionó a su llegada hizo que Lachlan lo siguiera observando unos segundos más.

Sinclair soltó aire lentamente por la nariz.

—Ròric Cinaed.

Uno de los hombres Fraser murmuró algo por lo bajo a su compañero mientras varios guerreros del Sinclair descendían ya a recibir al recién llegado.

Iain cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Ese es el hombre que lleva diez años discutiendo por tierras del valle bajo?

—Por tierras, ganado, rutas y cualquier cosa que le permita seguir respirando —gruñó Sinclair—. Cinaed jamás ha sabido abandonar una obsesión.

Lachlan volvió la cabeza hacia él.

—¿Qué obsesión?

Sinclair guardó silencio un instante demasiado largo. El viento húmedo hizo ondear otra vez el estandarte azul profundo del Cinaed mientras el hombre comenzaba a subir lentamente los escalones del patio principal.

—Hay hombres que pasan la vida buscando oro —dijo al final, con la mirada todavía fija en el recién llegado—. Ròric Cinaed lleva veinte años buscando fantasmas.

El comentario quedó suspendido entre ellos mientras la niebla seguía descendiendo sobre el castillo.

Lachlan volvió a fijarse en el hombre del este profundo. Sin saber por qué, sintió una incomodidad lenta instalándose bajo las costillas mientras veía a Ròric Cinaed desaparecer bajo las galerías interiores.