XXXI
El amanecer llegó cubierto por una niebla húmeda que descendía lentamente entre las almenas de Ironhold y apagaba el color del cielo hasta convertirlo en una masa gris azulada sobre las montañas del norte.
El invierno todavía no había cerrado del todo los pasos altos, aunque el frío de aquella mañana tenía ya la dureza de las jornadas largas, esas en las que los hombres comenzaban a hablar menos y a acercarse más al fuego sin darse cuenta.
Fiona abrió los ojos despacio y, todavía atrapada entre el calor de las mantas y el sueño, extendió la mano hacia el lado derecho del lecho buscando a Lachlan. Sus dedos solo encontraron las sábanas frías.
Aquello bastó para despertarla del todo.
Se incorporó despacio entre las pieles y el cabello rojo le cayó sobre los hombros mientras observaba la alcoba todavía sumida en la penumbra gris del amanecer.
El fuego seguía vivo en la chimenea del muro norte y el olor a madera quemada llenaba la estancia, mezclándose con el perfume limpio del jabón que Aoife utilizaba para lavar las sábanas del castillo.
Lachlan estaba junto a la ventana. Vestido y listo para marcharse.
La espada descansaba apoyada contra el marco de piedra y él permanecía inmóvil frente al cristal empañado observando el patio de Ironhold bajo la niebla de la mañana.
Llevaba el jubón negro ajustado hasta el cuello, las botas altas de viaje y el tartán oscuro cruzado sobre un hombro, aunque algo en su postura seguía transmitiendo tensión.
No parecía un hombre preparado para partir, sino un hombre obligado a hacerlo.
Fiona apartó las mantas y apoyó los pies descalzos sobre las pieles gruesas del suelo. El frío le recorrió inmediatamente las piernas desnudas bajo la camisa de dormir mientras avanzaba hacia él.
—Lleváis despierto mucho rato.
La voz le salió todavía cargada de sueño.
Lachlan volvió la cabeza hacia ella y Fiona sintió el cambio inmediato en sus ojos al verla acercarse. Ahora la miraba como un hombre que había descubierto demasiado tarde lo fácil que sería perder aquello que más ama.
—No conseguía dormir —murmuró él.
Fiona se detuvo justo delante.
—Eso explica por qué os movisteis toda la noche como un oso atrapado.
Una sombra de sonrisa cruzó lentamente la boca masculina. Muy leve, muy cansada, aunque real.
Ella levantó una mano y le acomodó distraídamente el borde del tartán sobre el hombro.
—Solo vais a marcharos cuatro días.
—Uno de ida, dos allí y uno de vuelta.
—Lo habéis contado demasiadas veces desde ayer.
Lachlan soltó aire por la nariz antes de bajar la mirada hacia ella.
—No me gusta dejaros aquí.
Fiona apoyó ambas manos sobre el pecho masculino y sintió el corazón de su esposo latiendo fuerte bajo el jubón de viaje.
—Ironhold está lleno de hombres armados.
—Lo sé.
—Y Morag vigila este castillo mejor que veinte soldados juntos.
Aquello consiguió arrancarle otra pequeña sonrisa.
Morag llevaba dos días persiguiendo a Lachlan por los corredores con caldo caliente, mantas y órdenes constantes de «dejar de mirar a vuestra esposa como un condenado antes de partir a la guerra».
La anciana parecía divertirse muchísimo observando cómo el laird del norte era incapaz de alejarse de ella, cuando había sido un hombre sin raíces en sus propias tierras.
Lachlan apoyó entonces ambas manos sobre la cintura de su esposa y terminó atrayéndola lentamente hacia sí hasta dejarla completamente pegada a su cuerpo.
—No es Ironhold lo que me preocupa.
La respuesta salió grave, baja y demasiado sincera. Fiona levantó lentamente la cabeza.
—Entonces ¿qué os preocupa?
Lachlan tardó varios segundos en responder. La miraba de esa forma intensa y silenciosa que conseguía desordenarle completamente el pecho, como si estuviera intentando memorizarle el rostro antes de marcharse.
—No estar aquí contigo.
Dios…
Aquello le dolió de una forma absurda. Porque él ni siquiera intentaba esconderlo. No estaba hablando como un laird. Ni como un esposo protector. Ni como un hombre orgulloso.
Estaba hablando como alguien que no quería alejarse de ella.
Fiona deslizó lentamente las manos hasta la barba oscura todavía húmeda del agua fría con la que seguramente se había lavado antes del amanecer.
—Voy a seguir aquí cuando regreséis.
Lachlan cerró los ojos un instante al sentirle las manos sobre el rostro.
—Eso espero.
—No sois muy tranquilizador para ser un hombre del norte.
—No estoy tranquilo.
La sinceridad de aquella frase le atravesó el pecho. Antes de que pudiera responder nada, Lachlan inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la de ella. Fiona sintió inmediatamente cómo él buscaba el calor de su cuerpo casi de forma inconsciente.
—No me gusta marcharme sabiendo que no voy a veros hasta dentro de cuatro noches —murmuró él.
Fiona soltó una pequeña risa temblorosa.
—Eso ha sonado muy parecido a que me echáis de menos antes incluso de haberos ido.
La boca de él se curvó.
—No os acostumbréis demasiado.
—Demasiado tarde.
Aquello sí consiguió arrancarle una risa baja, grave, cálida, y Fiona sintió algo derritiéndosele dentro del pecho al escucharla.
Le gustaba muchísimo cuando Lachlan se reía porque parecía otro hombre, más joven, menos endurecido por el norte y por todos los años que había pasado creyendo que debía soportarlo todo solo.
Él le acarició el cabello antes de bajar la mirada hacia sus labios.
Entonces la besó. Despacio al principio. Como si realmente intentara marcharse con aquel momento grabado dentro del cuerpo.
Fiona le rodeó inmediatamente el cuello con ambos brazos y sintió cómo Lachlan profundizaba el beso casi al instante, atrayéndola con más fuerza contra él.
El frío del amanecer desapareció enseguida bajo el calor de sus manos, el olor a cuero húmedo y el modo en que él parecía besarla como si estuviera intentando convencerse de que debía salir de aquella alcoba.
La respiración comenzó a romperse lentamente entre ambos.
Lachlan le deslizó una mano por la espalda hasta la cintura y Fiona terminó atrapada entre su cuerpo y el muro de piedra junto a la ventana mientras el beso se volvía cada vez más profundo, más necesitado, más difícil de terminar.
Entonces alguien golpeó la puerta. Tres veces.
Iain.
— Laird .
Lachlan no se apartó. Fiona soltó una pequeña risa jadeante contra su boca e intentó separarse de él.
—Os esperan.
—Que esperen.
Aquello consiguió hacerla reír de verdad.
—Lachlan…
Otro golpe en la puerta.
—Mi señor, si no pensáis salir nunca de esa alcoba, avisad para que mande guardar los caballos.
Fiona terminó apartándose lo justo para esconder la sonrisa contra el cuello de su esposo mientras Lachlan cerraba los ojos con visible resignación.
—Algún día voy a matar a ese hombre.
La voz de Iain llegó desde el otro lado de la puerta.
—No hoy, espero. Hace demasiado frío para morir en el patio.
Fiona soltó otra risa y Lachlan volvió a besarla enseguida, esta vez más breve, aunque mucho más intenso. Cuando se separaron ambos respiraban algo más rápido de lo normal.
Él le sostuvo el rostro entre las manos durante un instante más. Como si le costara físicamente soltarla. Después dio un paso atrás. Esta vez sí se marchó. Sin volver la cabeza.
Sin mirar atrás.
Como un hombre que sabía que, si lo hacía, no conseguiría salir de Ironhold.
Fiona permaneció inmóvil en mitad de la alcoba varios segundos más, escuchando el sonido de sus pasos alejándose por el corredor de piedra.
Luego se dirigió hacia la ventana.
El patio hervía ya de movimiento bajo la niebla del amanecer. Los hombres del clan preparaban las monturas mientras el portón del muro sur comenzaba a abrirse lentamente y el viento húmedo del norte se colaba dentro del castillo.
Lachlan apareció abajo junto al ruano oscuro y montó de un solo movimiento mientras Iain seguía hablando a su lado, seguramente burlándose todavía de él.
Incluso desde la altura de la alcoba Fiona pudo ver cómo su esposo buscaba instintivamente la ventana antes de marcharse.
Y cuando sus miradas se encontraron a través de la niebla gris del amanecer, Fiona levantó lentamente la mano hacia él.
El corazón le golpeaba fuerte dentro del pecho.
—Amor mío… —susurró contra el cristal frío—. Que el fuego te acompañe.
En el mismo instante en que las palabras abandonaron sus labios, una ráfaga cálida atravesó la alcoba y las llamas de la chimenea crecieron detrás de ella con un rugido suave y dorado, como si el propio fuego hubiese escuchado la orden.