XXXI
Dos semanas después de la marcha de Murchadh MacThane, la aldea decidió celebrar el matrimonio de su laird como si el invierno no tuviera derecho alguno sobre Ironhold.
Fiona no supo quién había dado la orden, si es que alguien la había dado.
Al caer la tarde, cuando la nieve comenzaba a descender sobre los tejados de la aldea y el cielo se cerraba en una oscuridad azulada sobre las murallas, el patio exterior del castillo ya estaba lleno de mesas largas, barriles de cerveza, cestos de pan, mantas de lana y hombres arrastrando troncos enteros hacia las hogueras.
Más abajo, entre las casas de piedra, brillaban otros fuegos, y el olor a cordero asado, humo, cerveza caliente y nieve derretida subía por la ladera hasta mezclarse con la música de las gaitas, los tambores pequeños y las voces de un pueblo entero dispuesto a fingir, aunque fuera por una noche, que no había amenazas al este ni inviernos capaces de doblegar al norte.
Aoife apareció junto a ella en la escalinata principal con los brazos cruzados bajo el pecho y una expresión de absoluta desaprobación que no engañaba a nadie, porque la cocinera había pasado dos días organizando aquella fiesta mientras fingía que todo le parecía una pérdida de tiempo.
Había corderos girando sobre espetones, ollas de caldo junto a las hogueras, panes redondos cubiertos con paños limpios y barriles suficientes para hundir a medio clan antes de medianoche.
—No pongáis esa cara de sorpresa, mi señora —gruñó Aoife sin mirarla—. La gente del norte necesita tres cosas para sobrevivir al invierno: fuego, comida y una excusa para beber. Vos les habéis dado las tres.
Fiona miró el patio lleno de vida y sintió algo cálido expandiéndosele bajo las costillas.
Los niños corrían entre las mesas, las mujeres reían mientras repartían cuencos de guiso, los hombres se agrupaban alrededor de las hogueras con jarras en la mano y varias muchachas comenzaban ya a bailar al ritmo de la música, levantándose las faldas lo justo para no pisar barro ni nieve.
Todo parecía demasiado grande, demasiado vivo, demasiado hermoso después de los días de tensión que habían seguido a la visita de Murchadh.
—Nadie me dijo que esto era por nosotros —murmuró Fiona.
Aoife soltó un bufido.
—Si se lo hubiesen dicho, habríais intentado prohibirlo por pudor, y si se lo hubiesen dicho al laird , habría mandado a todos a trabajar por no saber qué hacer con tanto afecto junto. Así que se ha hecho sin preguntar, como deben hacerse las cosas importantes.
Fiona sonrió, aunque la sonrisa se le quedó suspendida en la boca cuando vio a Lachlan junto a uno de los barriles principales, rodeado por Iain, Hamish, Cathal y varios hombres del clan que parecían estar disfrutando demasiado de algo que él acababa de decir.
Su esposo llevaba el jubón oscuro sin abrochar del todo, la capa echada sobre un hombro y el cabello negro algo revuelto por el viento.
Sostenía una jarra de cerveza en la mano derecha y, por la forma en que la levantó hacia Iain antes de beber, Fiona comprendió con una claridad terrible que aquella no era su primera jarra.
Tampoco parecía la segunda.
—Aoife —dijo sin apartar la mirada de su esposo—, ¿cuánto ha bebido?
La cocinera contempló al laird durante un segundo y se encogió de hombros.
—Lo suficiente para sonreír a la gente sin parecer que planea matarla.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
Fiona bajó despacio el primer escalón mientras Lachlan levantaba la cabeza, como si hubiera sentido su presencia antes incluso de verla.
En cuanto la encontró, algo le cambió en el rostro.
No fue la sonrisa contenida que a veces le dedicaba en la intimidad de la alcoba ni aquella curva breve que intentaba esconder delante del clan.
Fue una sonrisa abierta, lenta, torpe de cerveza y de felicidad, que le transformó toda la cara hasta hacerlo parecer más joven, menos cargado de sombras, casi el hombre que quizá habría sido si el norte no le hubiese exigido convertirse en piedra demasiado pronto.
El corazón de Fiona tropezó dentro del pecho.
Lachlan levantó la jarra hacia ella.
—¡Mi esposa!
Varias cabezas se volvieron de golpe hacia la escalinata, y antes de que Fiona pudiera pensar en retroceder, medio patio empezó a gritar su nombre, a golpear las mesas con las jarras y a pedirle que bajara.
Aoife le dio un empujón nada sutil en la espalda y Fiona no tuvo más remedio que descender entre risas, nieve y olor a carne asada, intentando conservar una dignidad que empezó a perderse en cuanto Lachlan avanzó hacia ella con paso demasiado seguro para un hombre que había bebido tanto.
La alcanzó al pie de la escalinata y le rodeó la cintura con un brazo antes de atraerla contra su cuerpo, sin pedir permiso, sin importarle que todo el patio estuviera mirando.
Fiona apoyó una mano en su pecho para marcar distancia, aunque él bajó la cabeza hasta rozarle la sien con la boca y soltó una risa grave que le vibró contra la piel.
—Estáis preciosa.
—Estáis borracho.
—También.
La respuesta fue tan sincera que Fiona no pudo evitar reír, y aquel sonido pareció entusiasmarlo.
Lachlan la miró como si acabara de descubrir un tesoro en mitad del patio, apretó un poco más el brazo alrededor de su cintura y volvió la cabeza hacia sus hombres con una expresión orgullosa que hizo que Fiona presintiera el desastre antes de que comenzara.
—¿La veis? —preguntó Lachlan, alzando la voz lo justo para que lo oyera todo el círculo cercano—. Esta es mi esposa.
—Lo sabemos, mi laird —respondió Hamish con absoluta seriedad, aunque los ojos le brillaban de risa—. La habéis presentado varias veces desde que empezó la noche.
—No las suficientes.
Cathal soltó una carcajada y Fiona intentó taparle la boca a su esposo con la mano, pero Lachlan le atrapó los dedos y se los besó con una solemnidad absurda antes de dejarla todavía más roja.
—No hagáis esto —le advirtió ella entre dientes.
—¿Qué cosa?
—Hablar.
—Mujer, si me prohibís hablar en mi propia fiesta, el clan pensará que me gobernáis.
—El clan ya lo sabe —dijo Cathal.
Los hombres rugieron de risa y Lachlan señaló a su hermano con la jarra como si aquello fuese una acusación grave.
—Callad, traidor.
Fiona habría querido mantener la compostura, aunque era imposible.
Lachlan tenía las mejillas algo encendidas por la cerveza y el frío, la mirada más brillante de lo habitual y una felicidad tan evidente que le dolía mirarlo.
No había visto nunca a aquel hombre así, rodeado por su gente, sin la coraza habitual, sin el peso de Murchadh, sin la sombra de la frontera clavada entre los hombros.
Esa noche parecía capaz de respirar sin contar las salidas, sin medir los peligros, sin vigilar cada puerta.
El clan también lo veía.
Quizá por eso reían tanto.
Quizá por eso nadie intentaba detenerlo.
Las gaitas cambiaron de ritmo y varias parejas comenzaron a bailar cerca de la hoguera más grande.
El fuego subió con un rugido alegre cuando Fiona se volvió hacia las llamas, y durante un instante se quedó inmóvil al comprender que aquella respuesta no nacía del miedo ni de la rabia, sino de la felicidad pura que le llenaba el pecho.
Las chispas ascendieron hacia la noche entre copos de nieve y nadie sospechó nada, porque todo Ironhold estaba lleno de hogueras, antorchas, braseros y voces encendidas por la bebida.
—Hasta las llamas celebran —gritó un hombre del pueblo, echando otro tronco al fuego.
Fiona tragó una risa nerviosa. Lachlan, que seguía sujetándola por la cintura, bajó la mirada hacia ella.
—Estáis contenta.
—Y vos estáis demasiado atento para estar tan borracho.
—Estoy borracho, no muerto.
Aquello le arrancó otra risa, y Lachlan pareció tomar aquella risa como permiso para besarla delante de todos.
No fue un beso largo, aunque sí lo bastante firme para que los hombres del clan golpearan las mesas y las mujeres gritaran desde el otro lado de la hoguera.
Fiona se separó con el rostro ardiendo, mientras Lachlan la contemplaba con aquella satisfacción masculina que empezaba a ser peligrosa para su paciencia.
—Vais a arrepentiros mañana —murmuró ella.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque mañana seguiréis siendo mi esposa.
Cathal soltó un gemido dramático desde la mesa cercana.
—Alguien quite al laird de la cerveza antes de que empiece a recitar.
—¿Recitar? —preguntó Fiona, alarmada.
Hamish asintió con la cabeza, disfrutando demasiado.
—Su padre cantaba. Él amenaza con discursos.
—No amenazo —dijo Lachlan—. Cumplo.
Fiona abrió la boca para suplicarle que no, aunque el daño ya estaba hecho.
Lachlan soltó su cintura solo para subirse a uno de los bancos largos con una agilidad sorprendente para un hombre en su estado, y antes de que ella pudiera atraparlo, levantó la jarra hacia el patio.
La música fue bajando poco a poco al notar que el laird iba a hablar, y en cuestión de segundos decenas de ojos se volvieron hacia él.
—No —susurró Fiona.
Aoife apareció a su lado con una jarra de cerveza en la mano.
—Sí.
—Aoife, haced algo.
—Estoy haciendo algo. Estoy mirando.
Lachlan alzó la jarra bajo la nieve, con el fuego iluminándole el rostro y el clan entero atento a cada palabra.
Durante un instante pareció el laird de siempre, alto, oscuro, imponente, con aquella presencia capaz de someter el patio entero sin necesidad de gritar.
Después sonrió hacia Fiona y el hechizo se rompió de la forma más peligrosa posible.
—Mi clan decidió celebrar mi matrimonio sin pedirme permiso, lo cual demuestra que Aoife manda más que yo en este castillo y que todos vosotros tenéis muy poco respeto por la autoridad de vuestro laird .
El patio rugió de risa y Aoife levantó la jarra como si aceptara el cumplido.
—Pero os perdono —continuó Lachlan, señalando a los hombres con la cerveza—, porque habéis elegido una buena razón para beber. La mejor razón, quizá, desde que tengo memoria.
Fiona sintió que la sonrisa se le deshacía poco a poco cuando la mirada de Lachlan volvió a buscarla. Ya no había solo humor en aquellos ojos. Había una emoción torpe, demasiado abierta por la cerveza, que él jamás se habría permitido mostrar con tanta claridad en otro momento.
—Mi esposa llegó a Ironhold en una tormenta —dijo, y su voz, aunque arrastraba un poco las palabras, conservaba esa hondura grave que hacía callar a todos—. Llegó enfadada, empapada, orgullosa y con una mirada capaz de hacer que un hombre sensato montara a caballo y huyera hacia el sur.
Las carcajadas estallaron alrededor de las hogueras y Fiona se llevó una mano a la frente.
—Y yo —prosiguió Lachlan, apuntándose a sí mismo con la jarra— no soy un hombre sensato.
—¡Eso lo sabemos! —gritó Cathal.
—Callad o cuento lo vuestro con la hija del molinero.
Cathal se atragantó con la cerveza y el patio estalló de nuevo. Fiona intentó aprovechar la risa general para acercarse al banco y tirar de la manga de Lachlan, aunque él le atrapó la mano, se la besó y continuó como si ella no estuviera intentando sabotearlo.
—La vi por primera vez y pensé dos cosas. La primera, que era demasiado hermosa para traer paz a mi vida. La segunda, que seguramente iba a darme más problemas que todos mis enemigos juntos.
—¡Y acertasteis! —gritó Aoife.
—Acerté —admitió Lachlan, solemne—. Pero también me equivoqué, porque no me dio problemas. Me dio hogar.
El patio se calmó un poco. Fiona dejó de intentar bajarlo.
El fuego de la hoguera más cercana creció con un chasquido cálido, y varias chispas ascendieron hacia la nieve como si el cielo se llenara de pequeñas estrellas anaranjadas. Nadie pareció extrañarse. Todos estaban mirando al laird .
Lachlan bajó los ojos hacia ella y se llevó la jarra al pecho.
—Y también me besó en el establo.
La calma duró menos de un segundo. Fiona se lanzó a taparle la boca, pero Lachlan giró la cabeza y la esquivó con una torpeza triunfal.
—¡No, mujer, el clan debe saberlo!
—¡El clan no necesita saber nada!
—¡El clan necesita saber que su laird fue derrotado en un establo por una MacLeod pelirroja!
El ruido fue tan enorme que los caballos del establo relincharon a lo lejos. Los hombres gritaban, las mujeres reían, Cathal golpeaba la mesa como si aquello fuese lo mejor que había oído en años y Aoife parecía al borde de llorar de pura diversión.
Fiona intentó agarrarle la pierna para obligarlo a bajar.
—Lachlan, por piedad.
—No hubo piedad en aquel beso.
—¡Por Dios!
—No invoquéis a Dios, esposa, porque bastante trabajo tuvo esa noche impidiendo que yo hiciera una locura.
—¿Qué locura? —gritó alguien.
Lachlan levantó la jarra con orgullo.
—¡Hacedla mi esposa allí mismo!
El patio entero se vino abajo.
Fiona escondió el rostro entre las manos, aunque por debajo de la vergüenza le subía una felicidad tan intensa que las hogueras volvieron a crecer con fuerza alrededor del patio.
Las llamas se elevaron a la vez, rugiendo sobre los troncos, y varios hombres vitorearon creyendo que alguien había echado más leña.
—¡Más fuego! —gritó un anciano—. ¡Que esta noche se vea Ironhold desde el mar!
Lachlan bajó por fin del banco, no porque hubiera terminado, sino porque Fiona consiguió tirar de él con suficiente fuerza como para hacerlo reír contra su hombro.
Cayó al suelo con una estabilidad dudosa, aunque enseguida la rodeó con ambos brazos y la sostuvo como si fuese ella quien pudiera perder el equilibrio.
—Me vais a matar de vergüenza —murmuró Fiona contra su pecho.
—No puedo morir avergonzado por amar a mi esposa.
La frase no fue gritada. Solo la oyó ella. Y quizá por eso le dolió más.
Fiona levantó la cabeza y lo encontró mirándola con la risa todavía en la boca y una ternura tan abierta que la dejó sin aire.
Detrás de ellos, la música volvió a empezar, las gaitas subieron el ritmo y varias parejas comenzaron a girar alrededor de la hoguera.
Lachlan le ofreció la mano con una inclinación torpe de cabeza.
—Bailad conmigo.
—No creo que podáis hacerlo recto.
—Entonces bailaremos torcido.
Fiona quiso negarse, aunque ya estaba sonriendo cuando tomó su mano.
Lachlan la arrastró hacia el círculo junto al fuego y la hizo girar con menos elegancia que entusiasmo, provocando nuevas carcajadas cuando casi chocó con Hamish y tuvo que sujetarla de la cintura para no arrastrarla con él.
Fiona reía tanto que podía respirar, y cada vez que lo hacía, las llamas parecían elevarse más, felices con ella, escondidas entre las hogueras de la fiesta y el humo de los corderos que seguían girando sobre las brasas.
Por primera vez desde que llegó a Ironhold, su fuego no parecía un peligro.
Parecía celebración.
Y Lachlan, borracho, desvergonzado y feliz, no dejó de mirarla ni un instante mientras bailaban entre nieve, música y llamas.