XXX
La cena comenzó tarde, cuando la nieve ya golpeaba las murallas de Ironhold con tanta fuerza que el viento hacía vibrar las contraventanas y se colaba por las rendijas de piedra como un silbido oscuro atravesando el castillo entero.
Fuera, el norte era una tormenta blanca de hielo y humo; dentro, las antorchas agitaban sus llamas sobre los muros del gran salón y proyectaban sombras enormes que se deslizaban sobre la piedra, deformando columnas, tapices y rostros bajo aquella luz inquieta que parecía respirar junto al fuego de la gran chimenea.
Fiona comprendió desde el instante en que cruzó las puertas que aquella no era una cena familiar, sino una medición de fuerzas preparada bajo el techo de Ironhold.
La mesa principal había sido colocada sobre la tarima elevada desde la que los lairds de los MacThane gobernaban al clan en tiempos de guerra o invierno.
Lachlan ocupaba el gran asiento tallado de su familia y Fiona se sentaba a su derecha como señora de aquellas tierras, mientras Cathal y varios hombres importantes del clan permanecían algo más abajo.
Murchadh MacThane ocupaba un asiento frente a ellos, no a la misma altura, aunque tampoco lo bastante lejos como para parecer un invitado menor.
Todo en aquella disposición hablaba de jerarquía, territorio y poder, y ella sospechó que el tío de Lachlan lo había comprendido en cuanto cruzó las puertas del castillo.
Los sirvientes llenaban copas y retiraban platos vacíos bajo la mirada constante de los hombres del clan.
Nadie hablaba demasiado. El ruido habitual de Ironhold parecía haberse apagado desde la llegada de Murchadh y hasta el fuego de la gran chimenea sonaba extraño aquella noche, rugiendo a intervalos irregulares detrás de la mesa principal mientras las llamas se retorcían sobre los troncos consumidos.
Lachlan permanecía inmóvil a su lado. No parecía enfadado ni incómodo, aunque precisamente aquello conseguía inquietarla más.
Su marido se había convertido en piedra desde que su tío había cruzado las puertas del castillo y Fiona empezaba a comprender que aquella quietud no era natural, sino aprendida.
Había algo contenido en él, algo viejo y peligroso que parecía despertar cada vez que Murchadh abría la boca.
Incluso el modo en que observaba a su tío resultaba distinto; no había desafío evidente en sus ojos ni necesidad de demostrar fuerza. Lachlan lo vigilaba como un hombre acostumbrado a esperar el golpe antes incluso de que el otro moviera la mano.
La mano masculina descansaba cerca de la copa, relajada en apariencia, aunque Fiona alcanzaba a percibir la tensión escondida bajo aquella calma.
Nadie más parecía notarlo.
Ella sí.
Murchadh, por el contrario, parecía cómodo bajo el techo de Ironhold. Comía despacio, hablaba poco y observaba demasiado. No necesitaba levantar la voz para dominar el salón; bastaba con aquella mirada fría recorriendo la mesa mientras los hombres evitaban sostenerle los ojos demasiado tiempo.
Fiona comprendió enseguida que aquel hombre no poseía la brutalidad evidente de otros guerreros del norte. Resultaba mucho peor contemplar aquella calma elegante con la que parecía capaz de sonreír mientras destruía algo delante de todos.
Aoife apareció con una nueva bandeja de carne asada y dejó el plato frente a Cathal con más fuerza de la necesaria antes de retirarse hacia las cocinas.
La cocinera ni siquiera intentaba ocultar la hostilidad cada vez que pasaba junto a Murchadh y Fiona sospechó que aquella mujer llevaba años deseando lanzarle aceite hirviendo encima.
El hombre no pareció darle importancia, o quizá sí y no le importó.
El silencio se prolongó varios minutos más hasta que Murchadh dejó finalmente la copa sobre la mesa.
—Así que era cierto.
La voz grave atravesó el salón sin necesidad de alzarse. Fiona sintió enseguida cómo varios hombres levantaban la cabeza mientras el tío de Lachlan observaba directamente a su sobrino.
—Tomasteis una MacLeod por esposa.
Nadie se movió. El viento rugió contra las murallas exteriores y una de las antorchas crepitó con fuerza sobre la pared de piedra. Lachlan sostuvo la mirada de su tío sin cambiar un músculo del rostro.
—Y volvería a hacerlo.
La respuesta cayó sobre la mesa con una calma tan firme que Fiona sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Murchadh apoyó ambos brazos sobre el asiento antes de volver a hablar.
—Vuestro padre se revolvería en su tumba viendo sangre MacLeod sentada en la mesa de Ironhold.
El salón entero se tensó de golpe. Los hombres dejaron de comer, Cathal levantó la mirada y Aoife quedó inmóvil junto a una de las columnas mientras Fiona comprendía que el tío de Lachlan acababa de cruzar una línea que nadie en aquella sala se habría atrevido a tocar.
El fuego rugió dentro de la chimenea y varias llamas crecieron entre la leña antes de descender otra vez. Fiona sintió el calor subiéndole por el pecho mientras observaba a Murchadh sostener aquella expresión tranquila, como si acabara de comentar el tiempo.
Ahora entendía.
Aquel hombre disfrutaba provocando. No necesitaba gritar ni humillar abiertamente a nadie; le bastaba con encontrar la herida correcta y presionar despacio.
Lachlan seguía inmóvil junto a ella, aunque Fiona alcanzó a notar cómo el aire alrededor de su esposo parecía endurecerse.
—Mi padre lleva muerto muchos inviernos —dijo finalmente Lachlan—. Haríais bien en no utilizar su nombre dentro de mi salón.
No levantó la voz. No hizo falta. El gran salón entero pareció quedarse todavía más quieto mientras Murchadh observaba a su sobrino varios segundos antes de beber un pequeño trago de cerveza.
—Los hombres muertos suelen tener opiniones útiles.
—No tanto como los vivos que saben cuándo cerrar la boca.
Aquello sí sonó peligroso. Muy peligroso.
Cathal dejó la copa sobre la mesa mientras varios hombres intercambiaban miradas tensas. Fiona observó a Lachlan de reojo y sintió algo extraño apretándole lentamente el pecho, porque empezaba a comprender el verdadero peso de aquella escena.
No estaba viendo simplemente a dos hombres discutiendo.
Estaba viendo al muchacho que Lachlan había sido enfrentarse otra vez al hombre que lo había obligado a sobrevivir solo durante media vida.
Y aun así seguía sentado recto en su lugar de la mesa, sin bajar la mirada ni retroceder un solo instante.
Murchadh soltó una pequeña risa baja.
—El norte os ha endurecido.
—No fue el norte.
La frase cayó tan fría que incluso las antorchas parecieron vibrar sobre los muros. Murchadh sostuvo la mirada de Lachlan varios segundos más antes de volver la cabeza hacia Fiona.
—¿Y vos qué opináis de todo esto, mi señora? —preguntó mientras hacía un pequeño gesto alrededor del salón—. ¿También creéis que unir clanes mantendrá la paz en estas tierras?
Fiona sintió inmediatamente el cambio en Lachlan. La mano masculina buscó la suya debajo de la mesa y entrelazó los dedos con firmeza antes incluso de que ella respondiera.
No había romanticismo en aquel gesto, sino control, calma y una forma silenciosa de pedirle que no dejara que Murchadh la arrastrara hacia donde deseaba.
Fiona bajó la mirada hacia sus manos unidas y algo cálido le atravesó el pecho al comprender que Lachlan ya conocía perfectamente cada reacción de su cuerpo.
Él también estaba notando el calor creciente bajo su piel; lo sabía por la temperatura de sus dedos, por el modo en que las velas comenzaban a agitarse alrededor del salón y por aquella sensación sofocante que empezaba a instalarse bajo el techo de Ironhold.
Murchadh seguía observándola.
Esperando.
Midiendo .
Fiona volvió la cabeza hacia él.
—La paz nunca depende de un solo clan.
—No —respondió Murchadh—. Depende del miedo.
Las palabras quedaron suspendidas sobre la mesa mientras el viento golpeaba otra vez las murallas exteriores del castillo.
Fiona sintió la presión de los dedos de Lachlan alrededor de su mano, tranquila, firme, intentando contener algo que ambos empezaban ya a notar.
Durante un instante estuvo a punto de obedecer.
Sin embargo, volvió a mirar a Murchadh, volvió a escuchar el desprecio escondido en cada frase dirigida hacia su esposo y la rabia regresó de golpe, no por ella, sino por Lachlan y por la forma en que aquel hombre parecía decidido a reducirlo delante de todos.
La vela más cercana tembló.
Muy poco.
La mano de su marido se tensó alrededor de la suya mientras el calor comenzaba a extenderse por el gran salón. Uno de los hombres situados más abajo se aflojó la piel que llevaba sobre los hombros. Otro volvió la cabeza hacia la chimenea frunciendo el ceño, porque aquello no era normal.
Fuera nevaba.
Y, sin embargo, dentro del salón el aire empezaba a sentirse demasiado cálido.
El fuego rugió otra vez, más fuerte. Las llamas crecieron entre los troncos y varias antorchas vibraron al mismo tiempo sobre los muros.
Las sombras comenzaron a deformarse sobre la piedra mientras la temperatura subía alrededor de la mesa principal como si el invierno hubiese desaparecido tras las puertas del castillo.
Cathal levantó enseguida la cabeza hacia la chimenea.
Aoife murmuró algo en gaélico desde el fondo del salón.
Uno de los hombres soltó una respiración incómoda antes de mirar hacia las ventanas.
—Es el viento —dijo alguien más abajo.
Pero otro respondió enseguida:
—No hay viento suficiente para esto.
Y entonces cayó el silencio, porque todos sabían que aquello no era el viento.
Murchadh también. Fiona lo vio en sus ojos. No miedo. Todavía no.
Incomodidad.
La primera verdadera incomodidad desde que había llegado a Ironhold.
La cera comenzó a deslizarse demasiado rápido por uno de los candelabros y las llamas de las antorchas se inclinaron al mismo tiempo, proyectando sombras enormes detrás de Fiona mientras el calor seguía creciendo dentro del salón.
Lachlan acarició los dedos de su esposa debajo de la mesa, calmándola sin palabras, y aquello consiguió romperle algo dentro del pecho a Fiona, porque comprendió de pronto algo terrible.
Lachlan había vivido toda su vida luchando solo.
Sobreviviendo solo.
Defendiéndose solo.
Incluso rodeado de hombres.
Incluso siendo laird.
Y ahora seguía sentado junto a ella soportando el veneno de Murchadh con aquella calma inmóvil que seguramente había aprendido siendo un muchacho.
La rabia terminó de incendiarle la sangre.
—La familia permanece unida cuando llegan tiempos difíciles —dijo Fiona sin apartar la mirada de Murchadh—. Los MacLeod cuidamos de nuestra sangre, mi señor, y quien pretenda amenazar a uno de los nuestros termina enfrentándose al resto.
El fuego respondió a sus palabras.
Las llamas rugieron dentro de la chimenea y varias antorchas del salón crecieron al mismo tiempo mientras el calor aumentaba de golpe bajo el techo de Ironhold.
Las sombras comenzaron a moverse sobre los muros como figuras fantasmales agitándose entre humo y piedra y uno de los sirvientes dejó caer una copa al suelo cuando las antorchas del corredor exterior vibraron violentamente detrás de las puertas abiertas.
Entonces alguien apareció en la entrada del salón.
Uno de los guardias.
Respiraba agitado.
—Mi señor… las antorchas del patio…
Nadie respondió, porque incluso desde el interior alcanzaban a ver la luz rojiza agitándose Fuera de forma antinatural, las llamas de los braseros rugiendo bajo la nieve y las antorchas exteriores inclinándose contra el viento como si todo Ironhold respirara al mismo ritmo que la rabia de Fiona.
Murchadh observó lentamente las llamas.
Después volvió a mirarla a ella.
Y Lachlan comprendió exactamente lo que estaba viendo su tío. No una muchacha enfadada ni una esposa obediente.
Fuego.
Fiona estaba defendiendo a su esposo delante del clan entero y el castillo respondía a esa furia como si Ironhold hubiese decidido ponerse de pie junto a ella.
La idea golpeó a Lachlan con una fuerza brutal, porque nadie había hecho jamás algo así por él.
Nadie.
El calor seguía creciendo dentro del salón y varios hombres comenzaron a levantarse incómodos mientras el aire se volvía casi sofocante. Fuera seguía nevando.
Dentro parecía verano.
Murchadh apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—La paz en estas tierras siempre es momentánea.
Dicho esto, abandonó el salón.
Fiona sintió otra oleada de calor atravesándole el cuerpo y una de las velas creció tanto que la llama se inclinó peligrosamente sobre el mantel.
Lachlan reaccionó enseguida. Se levantó del asiento y tiró suavemente de Fiona hacia él antes de rodearla con ambos brazos, atrayéndola contra su pecho con una firmeza que consiguió cortar el aire ardiente que seguía creciendo alrededor de ella.
La mano masculina subió hacia su nuca mientras el otro brazo se cerraba sobre su cintura, fuerte y protector, como si estuviera sujetando una tormenta entre las manos.
—Respirad, mo chridhe —murmuró contra su cabello mientras las llamas seguían agitándose detrás de ellos—, o tendré que explicar mañana por qué mi esposa decidió incendiar Ironhold antes de la primavera.
Aquello consiguió romper parte de la rabia de Fiona. Solo un poco. Lo suficiente.
El fuego respondió inmediatamente a su voz y las llamas comenzaron a descender despacio dentro de la chimenea mientras las antorchas dejaban de rugir con tanta violencia.
Lachlan siguió abrazándola contra él y Fiona cerró los ojos un instante al sentir el olor familiar de cuero, humo y frío atrapado todavía en la ropa de su esposo.
Entonces todo el clan lo comprendió.
Por primera vez en toda su vida, el laird MacThane ya no estaba solo.