XXIX
El sello rojo permaneció sobre la mesa del gran salón durante toda la tarde como una herida abierta en mitad de Ironhold, y Fiona supo desde el primer instante que algo había cambiado dentro del castillo incluso antes de escuchar el nombre de Murchadh MacThane en voz alta.
Bastó observar a Lachlan mientras rompía el lacre frente al fuego y recorría el contenido de la carta con aquellos ojos oscuros cada vez más inmóviles, porque el hombre que unas horas antes la había cargado al hombro delante de media aldea parecía haber desaparecido en cuanto aquel mensaje cruzó las puertas del norte.
El silencio fue lo primero que la inquietó.
No uno absoluto, porque Ironhold jamás callaba del todo; siempre había pasos atravesando galerías, hombres entrando desde el patio principal, leña crujiendo dentro de las chimeneas y el sonido constante de las olas chocando en las piedras.
Sin embargo, aquella tarde el castillo respiraba diferente.
Los hombres hablaban más bajo, Cathal observaba demasiado a su hermano y hasta Aoife, que normalmente continuaba insultando a medio mundo, aunque estuviera derrumbándose el techo sobre su cabeza, dejó de gruñir varios segundos cuando vio el sello sobre la mesa.
Ella permaneció junto a la chimenea observando a Lachlan mientras él seguía leyendo sin mover prácticamente un músculo.
La nieve húmeda todavía se derretía sobre los hombros de su capa de caza y una gota de agua descendió lentamente por el cuero oscuro antes de caer sobre la piedra.
Nadie parecía dispuesto a romper el silencio que se había instalado alrededor del laird.
Lachlan terminó doblando la carta despacio y la dejó sobre la mesa.
—Hoy antes del anochecer.
La voz salió completamente plana.
Cathal soltó una respiración baja antes de apoyar ambas manos sobre la madera.
—¿Cuántos hombres?
—No suficientes.
Aquello consiguió arrancar una sonrisa torcida al segundo de los MacThane, aunque duró poco. Fiona observó el sello rojo otra vez y sintió una incomodidad extraña creciendo lentamente bajo las costillas.
—¿Es vuestro tío?
Lachlan levantó la mirada hacia ella un instante, aunque fue suficiente para que Fiona comprendiera que acababa de tocar una herida muchísimo más profunda de lo que había imaginado. No había miedo en aquellos ojos. Había algo peor.
Cathal recogió entonces varios pergaminos de la mesa y murmuró algo sobre revisar las guardias antes de abandonar el salón. Los hombres comenzaron a moverse otra vez alrededor de ellos, aunque la tensión permaneció instalada dentro de Ironhold como humo espeso entre las piedras.
Lachlan seguía sin apartar la vista del fuego.
Fiona esperó unos segundos antes de acercarse despacio hacia él.
—¿Debo preocuparme?
La mandíbula masculina se tensó.
—No mientras permanezcáis dentro del castillo.
Aquello no respondía a la pregunta y los dos lo sabían. Fiona observó el perfil de su esposo mientras el fuego iluminaba parcialmente su rostro y comprendió entonces que estaba conteniéndose de una manera distinta a las veces anteriores.
No era la tensión de un guerrero antes de una batalla ni la calma peligrosa que precedía a la violencia. Aquello parecía más profundo, más antiguo, como si el simple nombre de Murchadh hubiera abierto dentro de él una puerta que llevaba años intentando mantener cerrada.
—Lachlan.
Él cerró los ojos un instante antes de mirarla.
—Mi tío no viene a Ironhold por cortesía familiar, Fiona.
—Eso ya lo había imaginado.
La comisura de la boca masculina se movió, aunque aquello no llegó a convertirse en una sonrisa.
—Murchadh no hace nada que no le beneficie de algún modo.
El fuego rugió dentro de la chimenea mientras el viento golpeaba las murallas exteriores del castillo.
Fiona observó la forma en que Lachlan apoyaba ambas manos sobre la mesa, completamente inmóvil, y comprendió que incluso aquel gesto escondía tensión.
Sus nudillos estaban demasiado rígidos. Sus hombros también.
—¿Os hizo daño?
El silencio posterior se volvió tan espeso que Fiona creyó durante un instante que Lachlan no respondería. Después él soltó una respiración baja y apoyó lentamente la mirada sobre las llamas.
—Mi tío cree que el afecto vuelve débiles a los hombres.
Aquello no era exactamente una respuesta, aunque decía demasiado.
Fiona permaneció callada mientras Lachlan seguía observando el fuego.
—Cuando mi padre murió, Murchadh pensó que Ironhold terminaría en sus manos. Yo tenía quince inviernos y decidió encargarse personalmente de mi educación.
La forma en que pronunció aquella última palabra consiguió que el frío se extendiera lentamente por el pecho de Fiona. Educación. Como si incluso ahora le costara llamar a aquello por su verdadero nombre.
—¿Qué hizo?
La mandíbula masculina volvió a tensarse.
—Lo necesario para convertir un muchacho en alguien capaz de conservar sus territorios.
Fiona observó las cicatrices que asomaban sobre el cuello de su esposo, la rigidez constante de sus hombros y aquella manera suya de permanecer siempre alerta incluso dentro de su propio hogar. De pronto comenzaban a encajar demasiadas cosas.
Lachlan soltó una respiración larga antes de enderezarse finalmente.
—No quiero hablar más de él.
Aquello sí sonó a orden, aunque no dura. Peor. Cansada.
Fiona comprendió entonces que estaba acercándose a heridas que ni siquiera el propio Lachlan parecía capaz de tocar demasiado tiempo, así que no insistió.
Se limitó a acercarse un poco más y colocar la mano sobre la suya, sintiendo cómo los dedos masculinos reaccionaban inmediatamente cerrándose alrededor de los suyos con un movimiento instintivo, como si incluso en mitad de aquella tensión el cuerpo su marido siguiera buscándola antes de pensar.
La idea le apretó suavemente el pecho.
El resto de la tarde transcurrió bajo una tensión cada vez más visible dentro de Ironhold.
Los hombres revisaban armas en el patio principal, Cathal discutía órdenes con los guardias y varios sirvientes comenzaron a moverse por el castillo con esa rapidez silenciosa que aparece cuando una casa importante espera problemas.
Fiona observó gran parte de aquello desde las galerías superiores mientras la nieve comenzaba a caer otra vez sobre los muros exteriores y el cielo se oscurecía lentamente sobre el norte.
Ironhold se preparaba.
Y aquello la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Aoife apareció a media tarde cargando una bandeja con pan y caldo antes de dejarla prácticamente a la fuerza en manos de Fiona.
—Comed.
—No tengo hambre.
—Eso nunca ha detenido a nadie en esta cocina.
Fiona casi sonrió al escucharla. Aoife observó entonces el patio principal a través de una de las ventanas estrechas y resopló suavemente.
—Vuestro esposo tenía un hermano que decidió quedarse con ese malhechor.
Fiona volvió inmediatamente la cabeza hacia ella.
—¿Hermano?
La cocinera apoyó las manos sobre las caderas.
—Sí, el joven Ewan. Pero…—guardó silencio un instante antes de continuar—. No pudo soportar la educación que ese bastardo les ofreció. No duró ni dos inviernos. Esa fue la razón por la que su marido regresó a Ironhold y decidió ser responsable de estas tierras.
—¿Con tan solo diecisiete años?
—Tuvo que hacerse un hombre, milady .
Aquello consiguió revolverle algo incómodo dentro del pecho, porque sí, eso era exactamente lo que estaba ocurriendo. Fiona comenzaba a comprender que el hombre que aterrorizaba a medio norte había aprendido aquella quietud mucho antes de convertirse en laird.
Aoife tomó entonces una de las manzanas de la bandeja y volvió a dejarla sobre la mesa con gesto brusco.
—Murchadh MacThane nunca trae nada bueno detrás.
Después se marchó. Sin añadir nada más.
La noche cayó temprano sobre Ironhold y el viento comenzó a golpear las murallas con fuerza cuando finalmente escucharon los cuernos.
El sonido grave atravesó el castillo de una punta a otra y varios hombres cruzaron inmediatamente el patio principal hacia el portón exterior.
Fiona salió hacia la galería superior casi al mismo tiempo que Cathal descendía las escaleras de piedra y abajo, junto a las puertas abiertas, Lachlan esperaba completamente inmóvil con la capa negra agitándose alrededor de sus piernas.
El cuerno volvió a sonar. Luego, aparecieron.
Nueve jinetes descendiendo lentamente entre la nieve, oscuros contra el blanco del camino y avanzando con la calma de hombres acostumbrados a entrar armados en territorio enemigo.
El que cabalgaba delante llevaba el mismo cabello oscuro que Lachlan, aunque más corto y atravesado por varias hebras grises en las sienes.
No parecía especialmente grande desde aquella distancia ni brutal en el sentido evidente de la palabra.
Y quizá por eso mismo resultaba todavía peor.
Porque incluso antes de verle el rostro completo, Fiona sintió peligro. No el peligro salvaje de un guerrero enfurecido.
Algo mucho más frío e inteligente.
Los caballos atravesaron el portón exterior y el patio quedó en completo silencio mientras los hombres desmontaban uno a uno.
El desconocido permaneció varios segundos sobre la montura observando Ironhold antes de bajar al suelo y quitarse los guantes despacio, como si estuviera entrando en una casa que ya conocía demasiado bien.
A continuación, levantó la mirada y encontró a Fiona.
Aquello le heló la sangre.
Porque no había sorpresa en los ojos de aquel hombre, ni curiosidad ni interés evidente. Solo observación. Una mirada calculadora que recorrió su rostro un instante antes de descender hacia el cabello rojo, como si estuviera midiendo algo en silencio.
Evaluando.
La sensación consiguió tensarle lentamente la espalda.
Murchadh MacThane apartó entonces la mirada hacia Lachlan y una pequeña sonrisa apareció en su boca. No cálida. No amable. Peor. Educada.
—Sobrino.
La voz grave atravesó el patio como acero envuelto en terciopelo. Lachlan no se movió.
—Tío.
Ni un hombre respiraba alrededor de ellos.
Fiona observó la quietud absoluta entre ambos y comprendió entonces que aquello iba muchísimo más allá de una visita familiar, porque Murchadh MacThane acababa de cruzar las puertas de Ironhold con la misma calma con la que otros hombres entraban en territorio enemigo antes de una guerra.