El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXVIII #2
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XXVIII #2

Morag soltó una respiración resignada.

—Ahí viene vuestro marido como si el castillo estuviera ardiendo.

Y quizá para Lachlan había sido exactamente eso.

Había regresado de la caza, seguramente con barro en las botas y frío en los huesos, esperando encontrar a su esposa dentro de Ironhold, y en cuanto alguien le informó de que Fiona había bajado a la aldea, debió de molestarse en entregar la pieza cobrada antes de volver a montar y salir tras ella.

Lachlan desmontó antes de que el caballo se detuviera del todo y cruzó directamente hacia ellas mientras varias personas de la plaza se apartaban de su camino.

Fiona intentó mantener la compostura, aunque el cuerpo le reaccionó de esa forma absurda que ya no conseguía controlar cada vez que su esposo aparecía con aquella expresión de tormenta contenida.

—Mi señora.

La voz grave le recorrió la espalda.

— Laird.

Lachlan observó la cesta de comida, las hierbas recogidas, las botas embarradas de Fiona y la distancia hasta el castillo antes de volver a mirarla.

—Cathal dijo que habíais bajado a la aldea.

No hacía falta añadir nada más. Fiona entendió el resto en la tensión de su mandíbula y en la mano que se posó enseguida en la parte baja de su espalda para hacerla avanzar junto a él. Había vuelto, no la había encontrado y había salido a buscarla. Nada más. Nada menos.

—Solo íbamos a regresar al castillo —dijo ella.

Lachlan gruñó algo ininteligible y empezó a caminar a su lado, con Morag y las muchachas varios pasos por detrás. El viento soplaba con más fuerza en aquella zona y Fiona tuvo que sujetarse la capucha cuando una ráfaga fría le soltó varios mechones de la trenza.

—¿Cómo ha ido la caza? —preguntó, intentando no sonreír demasiado.

—Mal.

—¿No encontrasteis nada?

—Encontré un castillo sin mi esposa.

Fiona bajó la mirada para ocultar la sonrisa, aunque notó que Lachlan la observaba de reojo y que algo parecido a una curva mínima aparecía en su boca antes de desaparecer.

El problema llegó unos metros más adelante.

El deshielo había convertido parte del camino en un barrizal imposible y uno de los carros había dejado un enorme charco atravesando prácticamente todo el sendero.

Varias ruedas habían removido la nieve húmeda hasta transformarla en una mezcla oscura de barro y agua helada que amenazaba directamente el bajo de su vestido.

Morag siguió caminando unos pasos más allá murmurando algo sobre hombres incapaces de mantener limpio un camino durante el invierno, mientras las muchachas intentaban sujetar las cestas sin hundirse demasiado.

Fiona levantó la falda buscando dónde apoyar la bota cuando una voz masculina sonó frente a ella.

—Permitidme ayudaros, mi señora.

Uno de los hombres del pueblo, joven y claramente nervioso por estar dirigiéndose directamente a la esposa del laird, acababa de tenderle respetuosamente la mano desde el otro lado del barrizal.

El muchacho ni siquiera parecía atreverse a sostenerle demasiado tiempo la mirada, y Fiona alcanzó a sonreír, agradecida por el gesto, mientras comenzaba a extender la mano hacia él.

No llegó a tocarlo, porque el cuerpo de Lachlan se tensó a su lado de una forma tan inmediata que Fiona comprendió el desastre justo un segundo antes de que ocurriera.

Morag también lo vio venir, porque cerró los ojos lentamente con la resignación de una mujer agotada de convivir con hombres incapaces de comportarse con normalidad.

La mano de Lachlan se cerró alrededor de su cintura y, un instante después, ella soltó un jadeo escandalizado al verse levantada del suelo y colocada sobre el hombro del laird de Ironhold como si no pesara absolutamente nada.

Las carcajadas comenzaron alrededor antes de que Lachlan terminara de cruzar el barrizal. Él avanzaba con una tranquilidad insultante sobre el barro, mientras Fiona golpeaba inútilmente su espalda y las muchachas tenían que trotar detrás de ellos para seguir el ritmo de aquellas zancadas.

—¡Lachlan!

—No pienso permitir que terminéis cubierta de barro delante de media aldea.

—¡Bajadme inmediatamente, laird !

—No.

La respuesta fue tan tranquila que las risas aumentaron. Fiona sintió las mejillas ardiéndole mientras intentaba incorporarse lo suficiente para fulminarlo con la mirada, algo bastante difícil estando colgada sobre el hombro de un highlander completamente satisfecho consigo mismo.

—¡Todo el mundo está mirando!

—Exacto.

Antes de alejarse demasiado, Lachlan se detuvo y volvió la cabeza hacia el muchacho que seguía inmóvil junto al barro, y la diversión desapareció de su rostro con tanta rapidez que el silencio cayó sobre la plaza casi de inmediato.

—Recordad bien quién es vuestra señora —dijo con esa calma peligrosísima que utilizaba antes de partirle la cara a alguien—. La esposa de vuestro laird y la dueña de Ironhold.

El muchacho tragó saliva y bajó la cabeza.

—Sí, mi señor.

Solo entonces Lachlan retomó el camino como si nada extraño acabara de ocurrir, con Fiona todavía sobre el hombro y medio pueblo fingiendo que no se estaba riendo de la nueva señora de Ironhold.

—Os odio profundamente —murmuró ella contra su espalda.

La risa grave de Lachlan vibró directamente contra su cintura.

—Mentís fatal.

—Lachlan MacThane, bajadme ahora mismo.

—Dejad de retorceros o terminaré llevándoos así hasta el castillo.

Fiona volvió a moverse intentando recuperar algo de dignidad y Lachlan respondió dándole una sonora palmada en el culo que le arrancó un jadeo escandalizado y dejó a las muchachas completamente rojas detrás de ellos, mientras Morag lloraba de risa.

—Sois un salvaje.

—Y vos sois mi esposa.

La respuesta llegó tan rápida y segura que el corazón de Fiona tropezó dentro del pecho incluso en mitad de la humillación.

Cuando Lachlan decidió por fin bajarla al suelo varios metros más arriba, ella se volvió hacia él con intención de asesinarlo con la mirada, aunque el efecto quedó arruinado al descubrir la expresión absurdamente satisfecha del laird de Ironhold, que la observaba como si cargarla al hombro delante de media aldea hubiese sido una decisión razonable, necesaria y, además, muy divertida.

Fiona abrió la boca para decirle exactamente lo que pensaba de él, de su orgullo y de sus formas de oso del norte, pero uno de los guardias del castillo descendía ya por el sendero hacia ellos con el rostro tenso y una urgencia que borró la risa de Lachlan antes de que ella pudiera pronunciar palabra.

El viento pareció enfriarse alrededor.

—Mi señor —dijo el hombre al detenerse frente a ellos—. Ha llegado un mensajero del este.

Fiona vio cómo la mano de Lachlan, todavía apoyada en su cintura, se quedaba inmóvil.

—¿Qué sello?

El guardia tragó saliva.

—Rojo, mi señor.

La paz recién nacida de aquella mañana se quebró en silencio, sin estruendo, sin gritos, sin que la aldea comprendiera todavía lo que acababa de llegar a las puertas de Ironhold.

Fiona solo necesitó mirar el rostro de su esposo para saber que el invierno, el barro y las risas del pueblo acababan de quedar atrás, porque algo mucho más oscuro que la nieve se acercaba desde el este.