XXVIII
El cielo seguía cubierto cuando Fiona descendió hacia la aldea acompañada por Morag y dos muchachas del castillo, ambas cargadas con cestas vacías para las hierbas que Aoife había decidido necesitar con urgencia, aunque Fiona sospechaba que la cocinera mayor utilizaba cualquier excusa razonable para obligar a medio Ironhold a moverse antes de que la humedad del invierno terminara instalándose en los huesos de todos.
La nieve acumulada durante los últimos días empezaba a derretirse sobre los caminos y el aire olía a humo húmedo, tierra removida y mar lejano mientras avanzaban por el sendero que bajaba desde el castillo hacia las primeras casas de piedra.
Fiona se ajustó mejor la capa alrededor de los hombros y levantó la mirada hacia las murallas, visibles todavía desde la colina, con los estandartes negros agitándose sobre las torres y las chimeneas soltando humo gris hacia un cielo bajo que parecía prometer más lluvia antes del anochecer.
Aquel paisaje seguía siendo duro, frío y poco dispuesto a ofrecer belleza sencilla, aunque cada día le resultaba menos extraño.
Ya reconocía el sendero por el que bajaban las mujeres al lavadero, la pendiente donde los niños resbalaban cuando nadie los vigilaba y el muro bajo junto al cual solía dormir un perro enorme que no se movía ni, aunque pasara por delante el propio laird .
Todo aquello, de una manera lenta y silenciosa, empezaba a pertenecerle un poco.
—Las raíces más fuertes crecen cerca del arroyo —explicó Morag mientras apartaba con el bastón una rama húmeda del camino—, aunque si Aoife vuelve a mandarme a recoger hierbas en pleno invierno terminaré echándola al mar y diciendo que la confundí con un saco de avena.
Una de las muchachas, Elspeth, soltó una pequeña carcajada y enseguida bajó la cabeza como si no estuviera segura de tener permiso para reírse delante de Fiona.
La otra, Mairead, llevaba la cesta más grande contra la cadera y caminaba con una seriedad tan exagerada que parecía estar participando en una ceremonia religiosa en lugar de bajar a buscar plantas entre barro y nieve.
—Aoife dice que exageráis —murmuró Elspeth.
—Ella cree que todos sobrevivimos gracias a sus sopas y a sus amenazas, y quizá tenga razón, pero no pienso concedérselo en voz alta porque luego nadie la soportaría.
Fiona sonrió mientras descendían hacia la plaza.
Le gustaban aquellas conversaciones sencillas, el frío en las mejillas, el roce de las capas agitándose con el viento y la sensación de caminar entre mujeres que ya no la observaban como a una extranjera llegada para ocupar un lugar incómodo.
Ahora conocía nombres, rostros y pequeñas costumbres.
Sabía qué anciana añadía miel al pan cuando creía que nadie miraba, qué niño robaba manzanas del patio de servicio para dárselas después a los perros del establo y qué hombres del pueblo fingían no tener miedo de Aoife, aunque bajaran la voz cada vez que la cocinera aparecía por la puerta de las cocinas.
La aldea bullía suavemente bajo el cielo cuando llegaron a las primeras casas.
Varias mujeres lavaban ropa cerca de los barriles de agua, los hombres descargaban sacos desde un carro cubierto de barro y nieve derretida, y el olor a pan recién hecho escapaba desde una vivienda cercana, mezclándose con el humo de las chimeneas y el sonido de un martillo golpeando madera en la parte baja del molino.
Fiona respiró despacio, sintiendo que aquella vida común, tan áspera y real, le llenaba el alma con una calma que no había esperado encontrar en el norte.
—Mi señora.
Fiona levantó la cabeza.
La madre del niño con el agua dentro caminaba hacia ella con una cesta pequeña entre las manos y el rostro todavía demasiado emocionado para alguien que llevaba toda la mañana intentando aparentar normalidad.
A su lado venía el pequeño, bien envuelto en una manta de lana, con las mejillas de nuevo sonrosadas y una mirada curiosa que no se parecía en nada a la inmovilidad terrible con la que Fiona lo recordaba.
El pequeño sujetaba un trozo de pan en una mano y miraba a la esposa del laird con esa mezcla de vergüenza y fascinación con la que los niños observan a los adultos que han aparecido en mitad de una historia que no entienden del todo.
Fiona sintió que el alivio le subía desde el vientre hasta la garganta.
La mujer se detuvo frente a ella y bajó ligeramente la cabeza antes de hablar, aunque sus ojos, húmedos todavía, se desviaron un instante hacia las casas cercanas, como si midiera quién podía escuchar.
—Buenos días, milady . Fue una suerte encontrarla para que me indicara qué rezos debía hacer para salvar a mi niño.
Fiona comprendió enseguida el cuidado de aquellas palabras. No había milagros allí, ni fuego, ni manos capaces de arrancar el agua de unos pulmones pequeños. Solo una madre que había orado durante mucho tiempo y una aldea entera dispuesta a repetir la misma mentira si alguien preguntaba.
—Entonces diría que se está recuperando como debe —respondió Fiona con una sonrisa suave.
El niño se escondió un poco detrás de la falda de su madre, aunque siguió mirándola con aquellos ojos redondos.
Fiona se inclinó hacia él, no tanto como para asustarlo, y observó el color de su rostro, la respiración más firme, el movimiento inquieto de las manos.
El alivio volvió a extenderse dentro de ella con una fuerza casi dolorosa.
—¿Habéis comido? —preguntó.
El pequeño asintió sin hablar.
—Demasiado —dijo su madre con una risa temblorosa—. Pan, caldo, leche y medio dulce de miel que no era para él.
—Eso también es buena señal.
La mujer levantó entonces la cesta hacia Fiona.
Dentro había varias manzanas pequeñas, pan todavía caliente envuelto en tela y un tarro diminuto de miel sujeto con una cuerda fina.
No era un regalo grande, aunque estaba colocado con tanto cuidado que Fiona entendió al instante cuánto significaba para aquella casa desprenderse de él en pleno invierno.
—No es mucho, mi señora, aunque quería agradeceros vuestra ayuda.
Fiona abrió inmediatamente la boca para negarse, porque aceptar comida de una familia que seguramente tendría que contar cada hogaza hasta la primavera le parecía casi indecente, pero Morag le dio un codazo seco en las costillas antes de que pudiera pronunciar palabra.
—Las gracias no se rechazan en estas tierras —murmuró la anciana, sin molestarse en bajar la voz—. Se aceptan, se bendicen y se llevan al castillo para que Aoife decida si las manzanas sirven para algo más que para atraer moscas.
Fiona cerró la boca y Mairead tomó la cesta con una solemnidad repentina, como si acabaran de entregarle una reliquia.
La madre del niño pareció relajarse un poco al ver aceptado el regalo y bajó los hombros, agradecida quizá no solo por la salvación de su hijo, sino porque nadie la obligara a explicar más de lo que podía decir.
—Mi esposo dice que Ironhold tiene suerte de teneros —añadió con la voz más baja.
Aquello dejó a Fiona sin respuesta durante un instante, porque la mujer no hablaba como alguien que agradecía una ayuda puntual, sino como una vecina que reconocía a su señora.
El viento agitó varias hebras de cabello rojo alrededor de su rostro y Fiona sintió que algo cálido y vulnerable.
Hacía unas semanas nadie en el norte la habría mirado así.
Ahora empezaban a confiar en ella, a protegerla incluso, y aquella idea resultaba tan hermosa como aterradora.
—Yo también tengo suerte de estar aquí —respondió al fin.
Morag hizo un ruido bajo, casi un resoplido, aunque no dijo nada.
Elspeth se limpió discretamente el rabillo de un ojo con el dorso de la mano y el niño, después de mirar a su madre como si pidiera permiso, dio un paso rápido hacia Fiona y le tocó la manga con los dedos antes de volver corriendo a esconderse detrás de la falda materna.
Fiona tuvo que respirar hondo para no emocionarse.
La mujer se retiró poco después y Morag las condujo hacia la parte baja de la aldea, donde el arroyo descendía junto al muro del molino y varias plantas resistentes crecían entre piedra húmeda y raíces oscuras.
Durante un rato trabajaron en silencio, llenando las cestas con hojas amargas, pequeñas raíces pálidas y unas hierbas que Morag juraba útiles para el pecho, aunque Elspeth aseguró en voz muy baja que sabían exactamente igual que lamer una puerta vieja.
Fiona se rio, y aquella risa pareció integrarse sin esfuerzo en el ruido común de la aldea.
Las mujeres saludaban al pasar, los hombres inclinaban la cabeza con respeto y las muchachas caminaban un poco más cerca de ella que al principio, como si ya no estuvieran acompañando a una señora distante, sino a alguien cuya presencia les resultaba cómoda.
Cuando terminaron de recoger las hierbas, Mairead cargaba la cesta del regalo, Elspeth llevaba la de raíces y Morag avanzaba delante de todas con el bastón hundiéndose en el barro, maldiciendo al invierno, a Aoife y al arroyo por ese orden.
—Todo el mundo os mira diferente ahora —murmuró Elspeth mientras retomaban el sendero que atravesaba la plaza.
Fiona volvió la cabeza hacia ella.
—¿Diferente cómo?
La joven dudó unos segundos antes de responder.
—Como si hubierais nacido en este suelo.
Fiona no tuvo tiempo de contestar, porque el sonido de un caballo descendiendo con demasiada rapidez por el camino hizo que varias personas levantaran la cabeza al mismo tiempo.
Ella también miró hacia la ladera y lo vio aparecer desde la parte alta, todavía cubierto con la capa oscura de caza, el caballo avanzando sobre la nieve húmeda mientras el viento agitaba el tejido negro alrededor de sus hombros.
Incluso desde lejos resultaba imposible no sentir aquella presencia masculina imponiéndose al paisaje; la tensión de su cuerpo sobre la montura, la mano firme en las riendas y esos ojos oscuros clavados directamente sobre ella desde el instante en que la encontró entre la gente.