XXVII
El sol llevaba un buen rato iluminando las murallas cuando Fiona despertó todavía envuelta en el calor del cuerpo de su esposo y comprendió, con una mezcla extraña de pudor y felicidad, que habían dormido más de lo habitual.
Permaneció inmóvil varios segundos, luego levantó la cabeza para observarlo mejor.
Lachlan seguía dormido boca arriba, con uno de los brazos descansando todavía sobre su cintura y el cabello oscuro desordenado sobre la almohada.
La luz suavizaba la dureza habitual de sus facciones, aunque ni siquiera dormido parecía indefenso.
Había demasiada fuerza en aquel cuerpo, demasiadas cicatrices atravesándole el pecho y los hombros como para olvidar la clase de hombre que era.
Y, aun así, Fiona seguía pensando en la manera en que la había sostenido la noche anterior mientras le rogaba que volviera.
Amor mío.
Aquella voz grave todavía parecía atrapada en algún lugar bajo sus costillas.
Fiona deslizó despacio los dedos sobre una de las cicatrices que cruzaban su pecho y Lachlan respiró más hondo sin llegar a despertar.
El movimiento consiguió arrancarle una sonrisa pequeña.
Le gustaba mirarlo así, sin tensión en la mandíbula, sin el peso constante de sus problemas sobre los hombros, tan solo dormido junto a ella como un hombre cansado después de demasiadas noches sin descanso.
—Os observo dormida cinco minutos y me acusáis de lascivo, mi señora, aunque vos lleváis mirándome desde el amanecer.
Fiona dio un pequeño respingo. Lachlan seguía con los ojos cerrados. Aquello la hizo reír.
—Creía que estabais dormido.
—Lo estaba hasta que comenzasteis a tocarme como si fuera un caballo en el mercado.
La risa de Fiona llenó la alcoba y el fuego rugió un poco más dentro de la chimenea. Lachlan abrió entonces los ojos despacio y volvió a contemplarla de esa manera que conseguía desarmarla más rápido que cualquier beso.
No había hambre salvaje en aquellos ojos oscuros.
Lo que Fiona encontraba ahora resultaba muchísimo más temible; paz, alivio y una devoción silenciosa que seguía revolviéndole el pecho cada vez que él la observaba como si todavía no terminara de creerse que continuara allí, caliente y viva entre sus brazos.
Lachlan levantó despacio una mano hacia su rostro y apartó varios mechones rojos de su mejilla antes de acariciarle la piel con los nudillos.
—¿Cómo os encontráis?
La preocupación seguía escondida bajo la voz grave. Fiona apoyó la mano sobre la de él.
—Bien.
Lachlan permaneció observándola unos segundos más, como si necesitara asegurarse de que aquella respuesta era cierta, y ella comprendió que tardaría todavía algún tiempo en olvidar el miedo de haberla visto fría e inmóvil entre sus brazos.
Decidió besarlo antes de que volviera a pensar demasiado.
Se inclinó sobre él y rozó con suavidad su boca.
Lachlan respondió de inmediato, aunque esta vez el beso resultó lento y tranquilo, cargado de una intimidad nueva que consiguió llenar el corazón de Fiona de un calor dulce.
Él le sujetó la nuca con una mano y profundizó el beso mientras la otra seguía descansando sobre su cintura bajo las mantas, como si todavía necesitara comprobar que seguía allí.
Cuando se separaron, Lachlan apoyó la frente contra la suya y cerró los ojos un instante.
—Aoife lleva despierta desde antes del amanecer —murmuró con resignación—. Si no bajamos pronto, subirá ella misma a comprobar que si sigo vivo.
Fiona soltó una risa baja.
—Creo que vuestra cocinera me quiere más a mí.
—Aoife os quiere porque habéis conseguido que coma verduras sin insultar a nadie durante tres días seguidos.
—Eso es mentira.
—Ayer llamó inútil a un muchacho por cortar mal unos nabos.
—Eso no cuenta.
Lachlan terminó riendo de verdad esta vez y el sonido consiguió revolverle algo cálido dentro del pecho.
Fiona jamás habría imaginado que un hombre capaz de sembrar silencio en una sala con tan solo entrar pudiera reír así cuando estaba relajado.
Lo observó todavía sonriendo y sintió algo suave expandiéndose bajo las costillas al comprender que empezaba a esperar aquellas pequeñas risas igual que otras mujeres esperaban la llegada de la primavera.
Se vistieron despacio entre conversaciones tranquilas y silencios cómodos. Fiona terminó frente al espejo de cobre intentando domar la masa imposible de cabello rojo mientras Lachlan ajustaba el cinturón de cuero alrededor de la cintura.
—Venid aquí.
Fiona levantó la cabeza.
Lachlan estaba sentado sobre el borde del lecho observándola.
—¿Qué ocurre?
—Os peináis como una mujer que desea iniciar una guerra contra los cepillos.
Fiona entrecerró los ojos.
—No todos nacimos con tres mechones oscuros y obedientes.
Aquello consiguió arrancarle otra sonrisa. Lachlan le tendió entonces la mano y Fiona terminó acercándose todavía sujetando el peine. Su esposo la hizo colocarse entre sus piernas antes de tomarle el cabello entre las manos.
Fiona notó un pequeño escalofrío recorriéndole la espalda.
El peso de aquellos dedos grandes deslizándose entre su cabello resultaba demasiado íntimo. Observó el reflejo de Lachlan en el espejo mientras él intentaba desenredar varios mechones rebeldes con una paciencia completamente inesperada en un hombre criado entre guerras y acero.
—Cuando era niño, mi cabello era tan largo como el vuestro y mi madre me peinaba así.
La confesión la sorprendió.
Permaneció completamente quieta mientras Lachlan comenzaba a trenzarle el cabello despacio.
Varias veces pareció a punto de perder la paciencia y Fiona tuvo que morderse los labios para no reír al verlo concentrado de aquella manera, frunciendo el ceño mientras intentaba que la trenza no terminara convertida en una cuerda torcida.
Cuando terminó, observó su obra con expresión crítica.
—No os acostumbréis demasiado o terminaréis esperando que os peine cada mañana.
Fiona levantó una ceja mientras se volvía hacia él.
—Creo que sobreviviré a semejante tragedia, laird .
Aquello consiguió arrancarle otra risa baja.
Bajaron juntos hacia el gran salón mientras el castillo despertaba alrededor de ellos.
Criadas atravesaban los corredores cargando cestas de pan caliente, hombres cubiertos todavía de nieve entraban y salían del patio principal y el olor constante a humo, avena y mantequilla comenzaba a extenderse por las galerías de piedra mientras Ironhold recuperaba despacio el ritmo de cada mañana.
Fiona empezaba a formar parte de aquel ritmo de una manera completamente natural. Aoife levantó la cabeza en cuanto los vio entrar en el salón y amusgó los ojos.
—Habéis dormido demasiado.
—Buenos días para vos también, Aoife —respondió Lachlan tomando asiento.
La mujer gruñó algo ininteligible antes de dejar un plato frente a Fiona.
—Comed.
Fiona observó el pan todavía caliente y sonrió.
—Gracias.
—No me deis las gracias todavía. Si el laird sigue mirándoos así durante el desayuno voy a tener que echaros a los dos de mi cocina.
Lachlan soltó una risa baja mientras Fiona sentía las mejillas calentándose inmediatamente.
Cathal apareció entonces por la puerta principal con varios pergaminos bajo el brazo y se detuvo un instante al verlos sentados juntos. Luego sonrió e inclinó la cabeza hacia Fiona.
Aquello fue importante, porque Cathal MacThane sonreía poco.
—Mi señora.
Cada vez ocurría más.
Ya nadie la miraba como a una extranjera llegada del este ni como a la mujer extraña que su laird había reclamado como esposa para evitar más enfrentamientos con su tío.
Ahora la miraban como si siempre hubiera pertenecido allí, sentada junto a Lachlan mientras el castillo despertaba alrededor de ambos y el fuego rugía dentro de la gran chimenea del salón.
La normalidad de aquella escena golpeó de pronto a Fiona con una fuerza inesperada.
Semanas atrás jamás habría imaginado algo tan sencillo como desayunar junto a su esposo mientras Aoife discutía con los sirvientes y el norte entero parecía respirar tranquilamente al otro lado de las murallas.
Después del desayuno terminó en las cocinas ayudando con la masa del pan mientras varias muchachas lavaban verduras cerca del fuego.
—Más harina.
—Aoife, ya no queda espacio para más harina.
—Entonces rezad para que el pan decida cocinarse solo.
Fiona soltó una risa mientras intentaba despegarse masa de los dedos. El calor de los hornos llenaba las cocinas y las voces femeninas se mezclaban con el olor intenso a pan recién hecho y mantequilla derretida, creando una sensación extraña y acogedora que empezaba a resultarle familiar.
Morag apareció entonces por la puerta y se detuvo un instante al observar el desastre de harina sobre el vestido de Fiona.
—La señora de Ironhold parece haber perdido una batalla.
—Varias —murmuró Fiona.
Aoife gruñó mientras seguía amasando.
—Tiene manos demasiado bonitas para trabajar correctamente.
—Eso ha sonado casi como un cumplido.
—No os acostumbréis tampoco a eso.
Las muchachas comenzaron a reír y Fiona sintió algo cálido instalándose en su pecho al comprender que no se sentía sola en Ironhold.