XXVI #3
Aquello terminó de romperle el corazón. Fiona levantó las manos hasta su rostro y le acarició lentamente la barba antes de sonreír.
—Aunque no hubiese existido contrato alguno…
habría venido con vos igualmente. Lachlan cerró los ojos un segundo.
Fiona sintió cómo algo terminaba de quebrarse dentro de él de la manera más hermosa y peligrosa posible, porque cuando volvió a mirarla ya no quedaba distancia alguna en aquellos ojos oscuros.
El amanecer comenzaba a teñir de azul las saeteras de Ironhold, pero dentro de la alcoba el tiempo pareció detenerse.
Bajo la pesada manta de pieles, sus cuerpos desnudos ya no buscaban el calor urgente tras la tormenta de la noche anterior, sino la confirmación silenciosa de que la espera había terminado.
Lachlan alzó una mano con lentitud. Deslizó las yemas de sus dedos, curtidas y marcadas por el acero, por la línea de la mandíbula de Fiona, ascendiendo hasta perderse en su cabello enredado sobre la almohada.
Ella no se apartó; sostuvo aquella mirada fija y oscura que tantas veces había visto blindada frente al mundo, pero que ahora se abría ante ella desarmada.
—Fiona… —Su voz sonó más grave, un eco áspero que nacía del pecho—. Hace tiempo que dejé de pertenecerme por completo. No digáis esas cosas si pretendéis que os suelte.
—No deseo que me soltéis, Lachlan —respondió ella en un susurro firme, con la honestidad que siempre la había guiado —. Estoy aquí porque es mi elección. No hay ningún otro lugar donde quiera estar.
Él exhaló el aire que contenía y se inclinó hasta apoyar la frente contra la de ella.
Sus respiraciones se mezclaron en el espacio mínimo que los separaba, dictando el único compás de la estancia.
Cuando los labios de Lachlan buscaron los suyos, lo hicieron con una lentitud paciente, un roce cálido que pedía permiso sin necesidad de palabras.
Fiona entreabrió la boca, respondiendo al beso, y rodeó con sus brazos los hombros anchos del highlander, atrayéndolo hacia sí.
Las palmas de Fiona recorrieron la espalda de su esposo, reconociendo el mapa de cicatrices que cruzaban su piel.
No había espacio para las dudas. Presionó las manos contra su pecho, sintiendo el latido acelerado y potente de su corazón, un eco exacto del suyo propio.
Lachlan emitió un sordo quejido de rendición contra sus labios y la estrechó con más fuerza, adaptando la silueta de ella a su cuerpo con una firmeza protectora que eliminaba cualquier rastro de frío.
Se separó apenas unos centímetros para mirarla. Su mano descendió por el costado de Fiona, memorizando la curva de su cadera con una paciencia meticulosa, deteniéndose ante el menor cambio en su respiración.
—¿Estáis bien? —preguntó él en un susurro ronco, manteniendo el peso apoyado en los codos para no abrumarla, atento únicamente a su bienestar.
—Estoy donde quiero estar, Lachlan —aseguró ella, subiendo las manos para acunar el rostro de su esposo—. Miradme.
Él la obedeció, conmovido por la absoluta confianza que emanaba de sus ojos claros. En la mirada del guerrero no quedaba orgullo ni el peso del clan; solo la devoción desnudada ante la mujer que lo había cambiado todo.
—Creo que dejé de estar solo mucho antes de darme cuenta —confesó él, con una vulnerabilidad tan real que a Fiona se le encogió el pecho.
La unión definitiva llegó con el ritmo pausado e inevitable de las Highlands.
Lachlan avanzó con una contención deliberada, midiendo cada movimiento, deteniéndose cuando ella tomaba aire y buscando en sus pupilas la guía para continuar.
Fiona unió sus manos a las de él, entrelazando los dedos sobre la almohada, anclándose a su firmeza mientras el dolor inicial se transformaba en un calor profundo que los envolvía a ambos.
El crepitar de la chimenea cambió de ritmo en la penumbra.
Una ráfaga de aire tibio recorrió las sábanas de lino y las brasas del hogar, que hasta hacía un momento languidecían, comenzaron a brillar con una intensidad dorada, desprendiendo un aroma a madera vieja y verano que templó las paredes de piedra.
Ninguno de los dos miró hacia el fuego. El vaivén compasivo de sus cuerpos, la piel húmeda y el roce constante eran lo único real en la alcoba.
Lachlan se movía con una ternura firme, transformando la intimidad física en el reflejo de la paciencia que habían sembrado durante meses. Era un espacio seguro donde el laird no tenía que ser fuerte y donde ella encontraba el respeto más absoluto a su entrega.
El clímax los alcanzó juntos, como el romper constante de las olas al pie del acantilado; un calor expansivo que les arrancó un suspiro unísono y los dejó exhaustos, con los corazones latiendo al mismo compás.
Lachlan se dejó caer a su lado sin romper el abrazo.
La atrajo hacia su pecho, resguardándola bajo la manta de pieles, y ocultó el rostro en el hueco de su cuello, dejando un beso pausado sobre la piel templada.
Fiona pasó los brazos alrededor de su cuello, acariciando su cabello oscuro mientras sentía cómo la respiración su marido recuperaba lentamente la calma.