XXVI #2
Lachlan terminó apartándose de su boca y apoyó la frente contra la suya mientras intentaba recuperar el aire.
Fiona aprovechó aquella cercanía para observarlo despacio, recorriendo con la mirada el cansancio todavía visible en su rostro, las sombras bajo sus ojos y la tensión agotada que seguía instalada en su mandíbula.
Él debía de notar aquella mirada sobre la piel, porque terminó abriendo los ojos lentamente y una sonrisa mínima apareció en su boca.
—Mi señora… si seguís mirándome así voy a olvidar completamente que debéis descansar.
Fiona sonrió, todavía demasiado cerca de sus labios.
—Creo que ya lo habéis olvidado hace rato.
Aquello consiguió arrancarle una risa baja y cansada al mismo tiempo, la primera risa real desde la noche anterior, y Fiona sintió el corazón llenándosele de algo tan cálido que casi dolía.
No recordaba haber visto nunca a un hombre mirarla de aquella manera, como si todavía siguiera sorprendido de tenerla entre los brazos, y la idea resultó mucho más amenazadora que cualquier beso.
Lachlan volvió a inclinarse hacia ella entonces, aunque esta vez ya no hubo espacio para demasiada contención.
El brazo de él rodeó su cintura y terminó colocándola lentamente sobre su pecho mientras sus labios descendían hacia el cuello de Fiona con una calma infinita.
Ella cerró los ojos al sentir aquella boca recorriéndole la piel y una respiración temblorosa escapó de sus labios cuando le besó el hombro desnudo antes de subir otra vez hacia su garganta.
Todo en él resultaba abrumadoramente masculino; el calor de su piel, la aspereza leve de la barba rozándole el cuello y la forma en que aquellas manos grandes recorrían lentamente su espalda desnuda igual que si todavía necesitara comprobar que seguía viva bajo ellas.
—Decidme si os hago daño.
La preocupación real en su voz consiguió desarmarla completamente.
Fiona abrió los ojos y lo observó unos segundos, contemplando el miedo que seguía escondido bajo aquellos ojos oscuros y la forma en que aquel hombre terrible parecía capaz de destruir el mundo entero mientras la sostenía como si fuera algo precioso.
Después le acarició la mejilla y dejó que los dedos descendieran lentamente hacia el cuello masculino, sintiendo bajo la piel el latido fuerte y acelerado de su pulso.
—No podéis hacerme daño, esposo.
Aquello terminó de romper el último resto de control que Lachlan seguía conservando.
La besó otra vez, más profundo esta vez, y Fiona sintió cómo el cuerpo de ambos terminaba encontrando al fin el mismo ritmo bajo las mantas mientras el fuego seguía creciendo alrededor de ellos y la nieve golpeaba las ventanas de Ironhold varios mundos lejos de aquella cama.
Lachlan deslizó lentamente la mano desde su cintura hasta la curva suave de su cadera antes de volver a subir despacio por su costado, acariciándola con una calma casi reverente que consiguió acelerar inmediatamente la respiración de Fiona.
Sus dedos rozaron la piel sensible bajo su pecho y ella se estremeció contra él mientras levantaba la mirada hacia su rostro, observando cada reacción igual que si nada en el mundo pudiera importarle más en aquel momento.
Fiona volvió a besarlo entonces, incapaz ya de soportar aquella manera suya de mirarla, y Lachlan respondió sujetándole la nuca mientras la hacía retroceder lentamente sobre las mantas.
El peso cálido de su cuerpo terminó cubriéndola despacio y Fiona sintió un escalofrío recorriéndole el vientre cuando él apoyó la frente contra la suya antes de besarle otra vez la comisura de los labios, el mentón y la garganta.
Después descendió lentamente.
Los labios de Lachlan recorrieron el cuello de Fiona mientras sus manos acariciaban despacio la piel desnuda de sus brazos, de sus costados y de su cintura, como si quisiera memorizar cada parte de ella con una paciencia infinita.
Fiona cerró los ojos al sentir aquella boca sobre su pecho y una respiración temblorosa escapó de sus labios cuando Lachlan la besó con una devoción tan intensa que el corazón comenzó a golpearle con fuerza bajo las costillas.
No había prisa en él, ni violencia, ni hambre brutal, solo una necesidad casi dolorosa de adorar cada parte de ella como si todavía siguiera agradeciendo al mundo que continuara viva entre sus brazos.
Aquello consiguió deshacerla por ompleto.
Fiona enterró los dedos entre el cabello oscuro de Lachlan y lo sintió respirar contra su piel antes de que él levantara otra vez la cabeza para mirarla.
Sus ojos estaban completamente oscurecidos ahora y la forma en que observaba su cuerpo consiguió que el calor volviera a extenderse lentamente por toda la alcoba.
—Mi esposa…
Aquellas palabras ya no sonaban a contrato ni a obligación. Sonaban a pertenencia, a hogar, a algo tan profundo que Fiona sintió un nudo formándosele lentamente bajo las costillas.
Lachlan volvió a besarla mientras la mano de él descendía otra vez por su cuerpo, recorriendo la curva de su cintura y sus caderas con una ternura que conseguía volver todavía más intensa cada caricia.
Fiona lo sintió temblar cuando ella deslizó las manos por su espalda y lo acercó todavía más hacia sí, eliminando el último espacio que quedaba entre ambos.
Entonces Lachlan se detuvo un instante.
Fiona abrió los ojos y lo vio observándola con una intensidad tan profunda que el aire pareció desaparecer lentamente de la alcoba.
—Aún podemos detenernos —murmuró él con voz grave—. No quiero que hagáis nada por miedo, ni por deber.