El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXVI
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El amanecer entró gris por las saeteras y encontró la alcoba envuelta todavía en el calor espeso de la noche anterior.

El fuego rugía nuevamente, vivo otra vez después de horas agonizando entre brasas débiles, y el aire bajo las mantas conservaba ese olor íntimo a humo, nieve derretida y piel dormida que parecía haberse instalado ya alrededor de ellos.

Fiona abrió los ojos despacio.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, atrapada en esa frontera extraña entre el sueño y la vigilia mientras escuchaba únicamente el viento golpeando las murallas y la respiración profunda de Lachlan junto a ella.

Después empezó a notar otras cosas; el peso firme del brazo masculino rodeándole la cintura bajo las mantas, el calor sólido del pecho contra su espalda y la forma en que las piernas de ambos seguían entrelazadas como si incluso dormido su esposo se negara a dejar demasiada distancia entre ellos.

Aquello consiguió ablandarle el pecho de una manera completamente absurda.

Giró la cabeza.

La penumbra azulada del amanecer marcaba los contornos severos de su rostro y el cabello oscuro caía desordenado sobre la almohada, suavizando la dureza habitual de sus facciones.

Dormía profundamente por primera vez en muchos días.

Fiona lo comprendió enseguida al observar las sombras bajo aquellos ojos cerrados y la tensión agotada que todavía permanecía en su mandíbula incluso en mitad del descanso.

Había pasado la noche vigilándola.

La idea le provocó una punzada cálida bajo las costillas.

Fiona bajó lentamente la mirada hacia la mano grande descansando sobre su vientre. Los dedos de Lachlan permanecían abiertos sobre ella de manera instintiva, protectora, igual que si incluso dormido necesitara comprobar que seguía allí, caliente y respirando entre sus brazos.

Con cuidado de no despertarlo, apoyó la mano sobre la de él.

El contacto bastó.

Lachlan se tensó entero antes incluso de abrir los ojos. La respiración cambió, el brazo alrededor de su cintura se endureció de inmediato y, un instante después, aquellos ojos oscuros se clavaron en ella con una intensidad todavía turbia por el sueño.

No hubo confusión.

Lo primero que hizo fue buscar calor en su piel.

Fiona vio exactamente el momento en que el miedo de la noche anterior regresaba a él antes de que pudiera ocultarlo. Lachlan le tomó el rostro entre las manos y apartó el cabello rojo de su cuello, como si necesitara comprobar otra vez que seguía tibia bajo sus dedos.

Solo entonces respiró.

Fiona sintió algo rompiéndosele dulcemente dentro del pecho.

—Esposo…

La voz le salió todavía dormida.

Lachlan no respondió enseguida. Permaneció observándola en silencio durante varios segundos, recorriéndole el rostro con la mirada igual que un hombre que todavía no termina de creerse aquello que tiene delante.

Después le acarició la mejilla con el pulgar mientras sus hombros parecían perder por fin parte de la tensión de la noche anterior.

—Seguís caliente.

La frase salió baja y áspera, cargada todavía de un miedo que Fiona comprendió demasiado bien.

Ella sonrió.

—Os prometí que no iba a morir.

Aquello no ayudó. Al contrario, la mandíbula de Lachlan volvió a tensarse de inmediato y ella comprendió que el terror de la noche anterior seguía dentro de él, vivo todavía bajo la piel, esperando cualquier excusa para transformarse en enfado.

Su esposo apartó la vista hacia el fuego antes de hablar.

—El niño vive.

El alivio atravesó inmediatamente el pecho de Fiona.

—Gracias a Dios… ¿Cómo está?

Lachlan tardó unos segundos en responder.

—Dormido. Aoife envió caldo esta mañana y Màiri juró que respiraba mejor antes del amanecer.

Fiona cerró los ojos un instante. Aquello merecía cualquier precio.

Debió de reflejársele demasiado claramente en el rostro, porque Lachlan volvió enseguida la cabeza hacia ella y el enfado terminó apareciendo al fin dentro de aquellos ojos oscuros.

—Casi os cuesta la vida.

La dureza de la frase consiguió que Fiona levantara otra vez la mirada hacia él. Lachlan seguía observándola con esa quietud peligrosa que aparecía siempre antes de una tormenta y Fiona comprendió que llevaba horas conteniéndose.

Levantó despacio la mano y la apoyó sobre el rostro de su esposo para obligarlo a mirarla de verdad.

—No os enfadéis conmigo —murmuró con suavidad—. Debía salvarlo.

Lachlan sostuvo su mirada varios segundos y poco a poco algo cambió dentro de aquellos ojos oscuros.

Porque comprendió de golpe que jamás conseguiría impedir aquello.

Podría llenar Ironhold de guardias, cerrar las puertas del castillo y prohibirle abandonar las murallas sola, aunque nada de eso cambiaría quién era Fiona.

Ella habría vuelto a bajar a aquella aldea una y otra vez si un niño dejaba de respirar, porque cualquier otra persona con un poder semejante quizá habría aprendido a utilizarlo para dominar o destruir y, sin embargo, Fiona solo parecía pensar en salvar.

Aquello le apretó el pecho de una forma completamente inesperada y terminó tomando la mano que Fiona mantenía apoyada sobre su rostro para besarle lentamente los nudillos.

El gesto resultó tan suave e íntimo que Fiona sintió el corazón deshaciéndosele dentro del pecho, porque su esposo no la estaba mirando con hambre ni con deseo, sino con una devoción silenciosa que consiguió dejarle el aire atrapado en la garganta antes de que él apoyara finalmente la frente contra la suya.

—¿Cómo lo hicisteis?

Fiona tardó un momento en responder.

—El agua seguía dentro de él y no podía respirar porque los pulmones estaban llenos. El cuerpo era demasiado pequeño y frío para expulsarla solo.

Lachlan escuchaba sin apartar los ojos de ella.

—Entonces puse las manos sobre su pecho e hice que el agua se convirtiera en vapor, muy poco a poco, lo suficiente para que pudiera volver a respirar sin ahogarse.

La mirada de Lachlan descendió inmediatamente hacia las manos de Fiona.

Aquellas manos pequeñas y delicadas que habían devuelto la vida unas horas antes. Lachlan volvió a tomarlas entre las suyas y empezó a acariciarle los dedos, igual que si todavía le costara aceptar lo que habían hecho.

—Y vos os quedasteis sin calor.

No fue una pregunta.

Fiona asintió.

—No había suficiente fuego dentro de mí para mantener ambas cosas.

El silencio que siguió resultó denso e íntimo.

Lachlan levantó otra vez la mirada hacia ella y Fiona notó cómo algo cambiaba lentamente en el aire entre ambos, porque seguían desnudos bajo las mantas, porque las manos de él continuaban sosteniendo las suyas y porque el miedo había desaparecido al fin de aquellos ojos oscuros, dejando espacio a algo mucho más profundo y peligroso.

Algo cálido.

Masculino.

Intensamente contenido.

Lachlan le rozó la mejilla con los nudillos antes de bajar la mano hacia su cuello y detenerse en el hombro desnudo asomando bajo las mantas.

Fiona dejó escapar el aire al sentir aquellos dedos ásperos recorriéndole la piel con una calma infinita, casi reverente, como si su esposo necesitara descubrir otra vez que seguía viva bajo sus manos.

El fuego crepitó dentro de la chimenea. Lachlan observó sus labios un instante antes de volver a mirarla a los ojos.

—No volváis a asustarme así nunca más, mi señora.

La voz salió grave y demasiado baja. Fiona sintió un escalofrío recorriéndole lentamente el vientre.

—No puedo prometeros eso, Lachlan.

Él abrió la boca, seguramente dispuesto a responder algo sobre prudencia, castillos cerrados o la absoluta incapacidad de Fiona para obedecer una sola orden sensata cuando alguien necesitaba ayuda, aunque ella no llegó a permitírselo.

Se incorporó sobre las mantas y tomó el rostro de su esposo entre las manos antes de besarlo con suavidad.

El mundo pareció detenerse un instante.

Lachlan permaneció inmóvil un segundo, sorprendido quizá por la delicadeza de aquel gesto después de una noche tan larga, y Fiona sintió cómo toda la tensión que él había estado sosteniendo desde la aldea seguía todavía atrapada bajo aquella quietud contenida.

Entonces su esposo terminó respondiendo al beso. Despacio. Con una suavidad que consiguió deshacerle algo dentro del pecho.

La mano de Lachlan subió inmediatamente hacia su nuca y sus dedos se perdieron entre el cabello rojo mientras profundizaba el beso con calma, como si todavía necesitara convencerse de que Fiona seguía allí, caliente entre sus brazos y respirando contra su boca.

Ella se acercó más a él bajo las mantas y Lachlan soltó una respiración grave al sentir el cuerpo desnudo de su esposa rozándose contra el suyo, porque no había brusquedad en aquel movimiento ni hambre descontrolada, solo una necesidad profunda y casi dolorosa de mantenerla cerca, demasiado cerca, como si todavía existiera el miedo absurdo de que pudiera desaparecer otra vez en cuanto él dejara de tocarla.

Fiona deslizó con lentitud las manos por el pecho de Lachlan y sintió los músculos tensándose bajo su piel.

Su esposo seguía conteniéndose incluso entonces y aquello consiguió enternecerla de una manera completamente inquietante, porque Lachlan podía partirle el aliento con una sola mirada y, aun así, seguía besándola como si fuese algo frágil.

La idea le apretó dulcemente el pecho.

Fiona volvió a buscar su boca y esta vez Lachlan respondió con menos cuidado.

La atrajo hacia él con una mano firme sobre su espalda y el beso se volvió más profundo, más cálido, cargado ya de algo que llevaba demasiado tiempo creciendo entre ambos.

El fuego comenzó a extenderse lentamente por la alcoba y las llamas crecieron suavemente dentro de la chimenea mientras el cuerpo de Fiona recuperaba poco a poco todo aquello que había entregado la noche anterior.