XXV
El portón de Ironhold se abrió antes incluso de que Lachlan alcanzara la subida principal.
Alguien debió verlo llegar desde las almenas, porque cuando el caballo cruzó el patio interior encontró el castillo entero alterado por una actividad impropia de aquella hora; muchachas atravesando la nieve con cubos vacíos entre las manos, hombres del establo cargando leña hacia las cocinas y Aoife gritando órdenes desde el arco principal mientras el viento le agitaba el delantal contra las piernas.
Nadie se atrevió a acercarse demasiado al ver el rostro del laird .
Lachlan desmontó sin esperar ayuda y sostuvo a Fiona contra el pecho con una firmeza casi desesperada.
Ella seguía inconsciente, demasiado quieta entre sus brazos, con el cabello húmedo pegado al cuello y las mejillas tan pálidas que cada vez que la miraba sentía algo cerrándose lentamente alrededor de sus costillas.
Aquello no podía estar ocurriendo.
—Agua hirviendo —ordenó atravesando el patio—. Toda la que tengáis.
Aoife levantó la cabeza hacia ellos y el color desapareció inmediatamente de su rostro. La cocinera subió los escalones casi corriendo hasta detenerse frente a Lachlan, aunque bastó una mirada a Fiona para que el miedo endureciera también sus facciones.
—¿Qué ha pasado?
—Está fría.
Solo eso. Aquello bastó para alterar todavía más el castillo. Porque Fiona nunca estaba fría.
La señora de Ironhold parecía llevar calor dentro de la piel incluso en mitad del invierno.
Las muchachas habían empezado a bromear con ello en las cocinas, los hombres del clan sonreían cuando las chimeneas rugían demasiado fuerte cerca de ella y hasta Morag había terminado aceptando que las velas del ala oeste crecían de forma extraña cada vez que Fiona se alteraba.
Ahora Lachlan sostenía entre los brazos a una mujer helada.
Aoife giró inmediatamente sobre sí misma.
—¡Morag! ¡Quiero esa tina llena antes de que pueda volver a gritar vuestro nombre! ¡Y vosotras moveos de una vez, maldita sea! ¡Más leña, más agua y que alguien cierre esa puerta antes de que entre medio invierno en mis cocinas!
Las muchachas salieron corriendo otra vez y el castillo entero pareció ponerse en movimiento alrededor de ellos.
Lachlan no escuchaba nada.
Subió las escaleras con Fiona contra el pecho mientras la nieve se derretía sobre la capa de ambos y el miedo iba clavándole pensamientos cada vez peores dentro de la cabeza.
Notaba la respiración de su esposa demasiado débil contra el cuello y cada vez que ella tardaba un poco más en exhalar sentía que algo se rompía dentro de él.
Cuando alcanzó la alcoba, el fuego de la chimenea sobrevivía entre las brasas.
Aquello consiguió helarle todavía más la sangre. Porque el fuego siempre respondía a Fiona.
Siempre.
Lachlan atravesó la estancia y la depositó con cuidado sobre el lecho antes de arrodillarse junto a ella.
Le apartó el cabello mojado del rostro con manos que no conseguían dejar de tensarse y sintió un miedo salvaje atravesándole el pecho al descubrir que la piel de Fiona seguía demasiado fría para una mujer que parecía vivir envuelta en calor incluso mientras dormía.
—Fiona…
Ella no reaccionó. Permaneció inmóvil sobre las mantas, sin una protesta, sin esa respiración cálida que normalmente parecía llenar la alcoba incluso en silencio.
Las puertas se abrieron detrás de él y varias muchachas entraron cargando cubos de agua humeante hacia la bañera de cobre.
Morag apareció inmediatamente después con mantas secas entre los brazos y Aoife cruzó la habitación directamente hacia la chimenea.
Agarró el atizador y removió las brasas con una violencia impropia de ella antes de lanzar dos troncos enteros dentro del fuego.
Las llamas crecieron un instante, después volvieron a debilitarse.
Aoife frunció el ceño.
—Ese fuego tendría que estar rugiendo ya.
Lachlan levantó lentamente la cabeza hacia la chimenea y comprendió inmediatamente lo que significaba.
El castillo entero parecía apagarse con Fiona, igual que si Ironhold respirara al mismo ritmo que ella y aquella respiración empezara a debilitarse también entre las piedras.
El miedo terminó de abrirse paso dentro de él de una forma completamente salvaje.
—Fuera.
Las criadas se quedaron inmóviles.
—Mi señor…
—He dicho fuera.
La voz no salió alta. Salió peor, fría y contenida, igual que una hoja apoyándose lentamente contra una garganta.
Morag tomó enseguida a las muchachas por los brazos y comenzó a empujarlas hacia la puerta. Aoife permaneció un segundo más junto a la chimenea antes de mirar otra vez a Fiona y salir también, cerrando la puerta tras de sí.
La alcoba quedó en silencio.
Solo permanecieron el viento golpeando las ventanas, el agua humeando dentro de la tina y Fiona respirando tan despacio que cada exhalación parecía demasiado larga.
Lachlan volvió junto al lecho y se sentó a su lado. Durante unos segundos se limitó a mirarla, incapaz de apartar los ojos de aquel rostro demasiado pálido, de los labios sin color y del cabello rojo extendido sobre las mantas igual que un incendio apagado.
No recordaba la última vez que había sentido auténtico miedo.
Sin embargo, allí estaba, incapaz de controlar el temblor leve que le tensaba las manos mientras observaba a su esposa.
Su esposa.
La mujer que había llegado a Ironhold envuelta en nieve y orgullo para transformar el castillo entero sin que él se diera cuenta.
Lachlan respiró hondo antes de levantarla entre sus brazos y llevarla despacio hasta la bañera. El vapor envolvió inmediatamente el cuerpo de Fiona cuando la introdujo en el agua caliente y comenzó a echarle agua sobre el cabello con las manos.
—Vamos, mi amor…
La voz le salió más rota de lo que pretendía. Aquello casi consiguió enfurecerlo más que el miedo. Nunca se rompía.
Nunca.
Aun así, allí estaba, arrodillado frente a una tina humeante con su esposa inconsciente entre los brazos y el terror devorándole el pecho igual que un animal.
Lachlan tomó entonces el rostro de Fiona entre las manos y empezó a frotarle las mejillas intentando devolverle algo de calor. Después le apartó el cabello húmedo de la frente y apoyó la frente contra la suya mientras escuchaba aquella respiración demasiado débil.
—Fiona… venid a mí.
Nada cambió.
El fuego seguía débil detrás de ellos y el aire de la alcoba parecía extraño, pesado, casi muerto.
Lachlan levantó lentamente la mirada hacia las brasas y comprendió que ya no le importaba entender nada de aquello, ni el don de Fiona, ni la forma en que el castillo reaccionaba a ella, ni las historias antiguas que Morag evitaba mencionar en voz alta.
Solo quería a su esposa viva.
—Escuchadme bien —murmuró mirando las llamas—. Si alguna fuerza vive todavía dentro de estos muros, devolvedme a mi mujer.
Las brasas crecieron dentro de la chimenea y el miedo volvió a cerrarle la garganta al comprender que no bastaba, que el fuego seguía demasiado débil y que Fiona continuaba helada entre sus brazos.
Lachlan volvió enseguida hacia ella y le sostuvo el rostro entre las manos.
—Amor mío, volved de donde estéis. Os quiero conmigo, ¿me oís?
La respiración de Fiona cambió un instante después. Fue algo mínimo, tan pequeño que otro hombre quizá ni siquiera lo habría notado, aunque Lachlan sintió aquel cambio igual que si alguien hubiera vuelto a poner el mundo en marcha.
Las llamas crecieron suavemente detrás de ellos.
Fiona frunció el ceño y después abrió los ojos despacio. Lachlan soltó el aire de golpe, igual que un hombre que llevaba demasiado tiempo ahogándose.
—Esposo…
La voz de ella salió débil y cansada, aunque viva.
Dios bendito. Viva.
Lachlan apoyó inmediatamente la frente contra la suya mientras el alivio le atravesaba el cuerpo con tanta fuerza que por un momento tuvo miedo de quedarse sin piernas.
—No voy a morir —susurró Fiona.
Él soltó una risa breve y agotada al mismo tiempo.
—Más os vale, mujer, porque iría al mismo infierno para traeros de vuelta si fuese necesario.
La abrazó contra el pecho y permaneció así varios segundos, escuchando cómo la respiración de Fiona empezaba poco a poco a recuperar fuerza mientras el fuego rugía otra vez dentro de la chimenea.
El castillo entero parecía volver a respirar con ella.
Fiona terminó apartándose para mirarlo y Lachlan sintió algo cerrándose con violencia dentro del pecho al ver el cansancio en aquellos ojos claros.
—He asustado a mi esposo —murmuró con una debilidad que intentaba disfrazar de ironía.
—No tenéis idea.
La respuesta salió demasiado rápida, demasiado sincera.
Fiona lo observó unos segundos y la mano fría de ella terminó apoyándose sobre su rostro mojado. Lachlan cerró los ojos un instante antes de besarle la palma.
Después respiró hondo y volvió a ponerse en pie.
—Mi señora, he de quitaros esa ropa mojada para llevaros al lecho.
Los labios de Fiona se curvaron.
—¿Eso es necesario, esposo?
Lachlan la observó unos segundos mientras el vapor seguía elevándose alrededor de ambos.
—Muy necesario, mi señora.
La levantó despacio fuera del agua y el vestido mojado cayó pesado contra el cuerpo de Fiona.
Ella seguía demasiado débil para sostenerse correctamente y tuvo que apoyarse sobre sus hombros mientras Lachlan deshacía los cordones con una lentitud infinita, igual que si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.
No había deseo en aquel momento, solo alivio y una necesidad casi desesperada de sentirla viva bajo sus manos.
La tela cayó finalmente sobre la alfombra y Lachlan tomó una manta gruesa para envolver inmediatamente a Fiona antes de llevarla hacia el lecho.
Ella se dejó acomodar entre las pieles sin protestar, agotada y todavía temblando mientras el cabello húmedo se extendía sobre las mantas.
Lachlan comenzó a apartarse entonces para quitarse la ropa empapada, aunque Fiona le sujetó la muñeca antes de que pudiera alejarse demasiado.
—Quedaos conmigo.
Aquello terminó de destruirlo.
Lachlan apagó la única vela cercana antes de desnudarse rápidamente y entrar bajo las mantas junto a ella. Luego, la atrajo inmediatamente contra el pecho, rodeándola con ambos brazos para compartir el calor de su cuerpo.
Fiona apoyó la cabeza sobre él y cerró los ojos despacio.
—¿Meteos en el lecho desnudo también era necesario, Lachlan?
Él enterró el rostro en su cabello todavía húmedo y la abrazó con más fuerza.
—Sí, mi señora. Esto es todavía más necesario que desnudaros.
Y permaneció despierto gran parte de la noche escuchando la respiración de su esposa mientras el fuego de Ironhold rugía otra vez dentro de todas las chimeneas.