XXIV
Lachlan divisó las murallas de Ironhold cuando la nieve comenzaba a cubrir de blanco los senderos del norte y el cansancio de los últimos días se le asentaba en los huesos con la misma terquedad que el frío.
Llevaba tres jornadas vigilando la zona del valle alto, allí donde dos pastores juraban haber visto hombres armados moviéndose entre los pinos, demasiado cerca de los lindes del clan y demasiado lejos de cualquier camino honrado.
No habían encontrado estandartes, ni caballos marcados, ni rastro suficiente para acusar a nadie ante el consejo, aunque él no necesitaba pruebas para reconocer la forma en que su tío se acercaba a una tierra ajena.
Murchadh no avanzaba de frente. Nunca lo hacía.
Primero enviaba sombras, después rumores, después hombres sin nombre, y cuando el miedo ya había podrido las puertas desde dentro, aparecía él reclamando aquello que nunca había sabido conservar.
El bayo grande avanzaba con la cabeza baja, resoplando contra el viento mientras Iain cabalgaba dos cuerpos por detrás y los otros tres hombres del clan cerraban la marcha en silencio.
A aquellas horas, Ironhold parecía una mole oscura arrancada del acantilado, con las chimeneas soltando humo gris hacia un cielo lleno de nieve y las antorchas del portón encendidas pese a que aún quedaba claridad sobre las rocas.
Lachlan se permitió respirar por primera vez en varios días cuando vio las almenas, no porque el peligro hubiera pasado, sino porque dentro de esos muros estaba aquello que empezaba a pesarle más que cualquier amenaza de frontera.
Su esposa.
La palabra le acudió sin permiso, firme, posesiva, instalada ya en el pecho con una naturalidad que todavía le molestaba admitir.
Pensó en Fiona junto al fuego, en el cabello rojo cayéndole por la espalda, en la manera en que fingía serenidad cuando algo la alteraba y en aquel calor suyo, constante, imposible, que parecía capaz de ablandar hasta las piedras negras de Ironhold.
Pensó también en la última noche, en el peso de su cuerpo dormido contra el suyo y en esa paz nueva que lo había sorprendido más que cualquier batalla ganada.
Apretó la mandíbula y espoleó al caballo.
El portón se abrió cuando los vigías lo reconocieron.
Lachlan cruzó el patio interior sin reducir demasiado el paso y desmontó antes de que uno de los mozos alcanzara las riendas.
Había nieve en los escalones, perros sacudiéndose junto al muro y dos muchachas cargando leña hacia las cocinas, aunque nada de aquello le importó en cuanto levantó la vista hacia las ventanas del ala oeste y no encontró allí ninguna señal de Fiona.
No era costumbre que saliera a recibirlo como una esposa sumisa ni que aguardara en una ventana con la mano sobre el pecho, aunque Ironhold había empezado a delatarla en pequeños detalles.
Si ella estaba en la cocina, las muchachas corrían con más prisa.
Si estaba en la sala del telar, Morag tenía la boca más apretada de lo habitual.
Si estaba en la alcoba, el fuego de aquel ala parecía respirar distinto.
Esa mañana, el castillo no le dijo nada.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó mientras entregaba las riendas al primer mozo que se le acercó.
El muchacho levantó la cara con una torpeza que no le gustó.
—Mi señor, yo…
Lachlan no esperó a que terminara. Miró hacia la escalera del huerto, hacia el corredor de las cocinas, hacia la puerta que comunicaba con el patio de servicio, y cada lugar vacío fue apretándole el pecho un poco más.
—He preguntado dónde está mi esposa.
La segunda vez, la frase cayó sobre el patio como hierro.
Una de las muchachas que cargaba leña se detuvo en seco.
El mozo bajó la mirada. Iain, detrás de él, desmontó sin decir nada, aunque Lachlan notó su atención clavándosele en la espalda.
Fue Morag quien apareció por la puerta de las cocinas, con una cesta de paños limpios contra la cadera y el rostro más serio de lo habitual.
necesitó mirarlo para comprender que el laird regresaba con la frontera todavía en los ojos y que no había elegido un buen momento para encontrar ausente a su esposa.
—La señora ha bajado a la aldea —dijo.
Lachlan se quedó inmóvil.
—¿Sola?
Morag apretó la boca.
—Con dos muchachas y un mozo del establo.
Aquello no lo calmó. Al contrario, la idea de Fiona fuera de los muros, con dos criadas y un muchacho que no sabría cerrar la boca si el mundo dependiera de ello, le hizo sentir una furia helada y limpia.
—¿Por qué?
Morag no respondió de inmediato, y ese silencio fue mucho peor que cualquier explicación. Lachlan dio un paso hacia ella y la mujer, que no se amilanaba ante casi nadie en Ironhold, bajó un poco la voz.
—El hijo pequeño de Màiri, la lavandera de la aldea baja, cayó al río esta mañana. Lo sacaron tarde. Dicen que tragó agua y que dejó de respirar un rato antes de volver en sí, aunque seguía frío por dentro y sin fuerza para toser. La noticia llegó a la cocina. La señora la oyó.
Lachlan sintió que todo el patio se alejaba de él.
No necesitó preguntar qué había hecho Fiona después.
La conocía lo suficiente para saberlo. Si había oído que un niño se apagaba a pocas millas del castillo, habría bajado, aunque tuviera que cruzar la nieve descalza.
Si alguien le dijo que no, habría asentido con esa calma suya antes de hacer exactamente lo contrario.
Y si el niño estaba tan mal como Morag insinuaba, Fiona habría puesto las manos sobre él sin pensar en quién miraba, sin medir el peligro, sin calcular el precio.
—¿Cuánto hace?
—Más de una hora.
Lachlan giró hacia el caballo. Iain se adelantó de inmediato.
—Voy con vos.
—No.
— Laird …
—No —repitió Lachlan, tomando las riendas de nuevo—. Cerrad el portón cuando salga. Que nadie abandone Ironhold hasta que vuelva.
Iain no discutió. Eso le dijo a Lachlan que había entendido lo mismo que él.
Montó de un salto y el bayo protestó al sentir otra vez su peso, aunque obedeció en cuanto Lachlan clavó los talones.
Salieron por el portón con la nieve golpeándole el rostro y el viento entrando por debajo de la capa.
A sus espaldas, Ironhold volvió a cerrarse con un sonido seco que resonó en el valle.
El camino hacia la aldea parecía más largo de lo que recordaba.
Lachlan conocía cada curva, cada piedra grande, cada tramo donde los caballos podían resbalar si la nieve se asentaba sobre barro helado.
Aun así, esa mañana todo le pareció demasiado lento.
El bayo corría cuanto podía, pero el viento soplaba de costado y la senda descendía hacia el río con un peligro que cualquier otro día lo habría obligado a ser prudente. Esa vez no lo fue.
Mientras cabalgaba, el miedo se le fue convirtiendo en imágenes.
Su mujer entrando en una cabaña llena de gente.
Su esposa arrodillándose junto a un niño empapado.
La futura madre de sus veinte hijos poniendo las manos sobre un pecho pequeño mientras todos miraban.
Las historias antiguas regresaron sin que pudiera detenerlas.
Mujeres acusadas por curar fiebres que no debían curarse.
Viudas expulsadas por encender fuegos con demasiada facilidad.
Muchachas arrojadas al agua para demostrar una inocencia que nadie quería creer.
Lachlan no era hombre de supersticiones y jamás había temido lo que no comprendía, aunque sí conocía a los hombres, conocía su necesidad de destruir aquello que los hacía sentirse pequeños y sabía que el don de su esposa, si caía en manos equivocadas, podía convertirse en arma contra ella.
La aldea apareció al fin entre los árboles, encogida bajo la nieve y el humo bajo de las chimeneas.
Lachlan tiró de las riendas al entrar en la calle principal y el bayo resbaló un instante antes de recuperar el equilibrio.
Había gente agrupada frente a la cabaña de Màiri, demasiada gente para un asunto que debía haberse mantenido dentro de cuatro paredes.
Vio rostros pálidos, una niña llorando contra el delantal de una mujer, un hombre con las manos en el pelo y la puerta de la cabaña cerrada desde dentro.
Después la puerta se abrió.
Lachlan vio primero el vapor que salió, una nube tibia en mitad de la nieve, y después vio a su esposa.
Fiona cruzó el umbral despacio, como si cada paso le costara más que el anterior.
Llevaba el vestido húmedo pegado a las piernas, el chal torcido sobre los hombros y el cabello rojo oscurecido por el agua, adherido a las sienes y al cuello.
Una mano le buscó el marco de la puerta para sostenerse, mientras la otra permanecía apoyada sobre el vientre, cerrada con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos incluso desde la grupa del caballo.
El mundo se redujo a ella. A esa palidez imposible. A la ausencia de color en sus mejillas. A la forma en que el cuerpo de Fiona parecía haber perdido toda la llama que siempre llevaba dentro.
Lachlan saltó del caballo antes de que el animal se detuviera del todo. Cayó sobre la nieve, trastabilló y echó a correr hacia ella con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera romperle las costillas.
Fiona levantó la cabeza.
Lo vio.
Durante un instante, solo uno, la tensión de su rostro cedió, como si al reconocerlo hubiera encontrado al fin el lugar seguro donde caer.
—Lachlan…
Su nombre salió de los labios de ella con un hilo de voz.
Después se desplomó.
Lachlan la alcanzó antes de que tocara el suelo y la sostuvo contra el pecho con una desesperación que no tuvo nada de digna. Le apartó el cabello de la cara, le buscó la respiración, le tomó las manos entre las suyas, y el terror se le metió en la sangre cuando notó que estaban frías.
Frías de una forma que no pertenecía a Fiona.
—Esposa —murmuró, y ni siquiera supo si lo decía para ella, para sí mismo o para el mundo entero.
La puerta de la cabaña volvió a abrirse. Màiri apareció en el umbral con el rostro deshecho por las lágrimas, aunque en sus ojos había una gratitud tan grande que Lachlan la odió antes de que pronunciara palabra.
—Mi señor… el niño vive. Vuestra esposa lo ha salvado. Le puso las manos en el pecho y el agua salió, y después respiró, mi señor, respiró como si…
—Callad.
Màiri se detuvo, no por la palabra, sino por la forma en que Lachlan la dijo.
El viento arrastró nieve entre ellos. Fiona permanecía inconsciente contra su pecho, demasiado liviana, demasiado fría, y Lachlan levantó la mirada hacia la mujer con una calma que solo aparecía en él cuando estaba más cerca de matar que de hablar.
—Si queréis que ese niño siga con vida cuando amanezca, si queréis que vuestra familia conserve techo, pan y protección bajo estas tierras, no repetiréis lo que habéis visto hoy. Ni a vuestra hermana, ni al cura, ni a la mujer que os trae leche, ni al hombre que duerme a vuestro lado. A nadie.
Màiri retrocedió un paso, horrorizada.
—Mi señor, yo no quería hacer daño. Ella lo salvó. Yo solo…
—Lo sé —dijo Lachlan, y quizá por eso su voz sonó todavía peor—. Por eso seguís hablando conmigo y no con Iain delante de una fosa.
La mujer se llevó una mano a la boca.
Lachlan bajó la vista hacia Fiona y ajustó el chal alrededor de ella con dedos que le obedecían peor de lo normal. Después miró al mozo que había bajado desde Ironhold con las muchachas y que se mantenía a varios pasos, blanco como la nieve.
—Vos. Cerrad esa puerta. Nadie entra ni sale de esta cabaña hasta que yo mande aviso. Si alguien pregunta, la criatura volvió en sí por el calor, por los rezos de su madre y por la misericordia de Dios. ¿Lo habéis entendido?
El muchacho asintió demasiado deprisa.
—Sí, mi laird .
—Decidlo.
—La criatura volvió por el calor, los rezos y la misericordia de Dios.
Lachlan no respondió. Levantó a Fiona con más firmeza contra su pecho y caminó hacia el bayo, que seguía resoplando en mitad de la calle.
Montar con ella inconsciente entre los brazos fue difícil, aunque no permitió que nadie la tocara.
Nadie. Se acomodó en la silla, la sujetó contra él bajo la capa y notó otra vez el frío extraño de su cuerpo atravesándole la ropa.
Aquel frío no le pertenecía.
No a ella.
No a su esposa.
El bayo giró hacia el camino de Ironhold en cuanto Lachlan tiró de las riendas.
La nieve caía más densa ahora, borrando las huellas casi al mismo tiempo que se abrían sobre el sendero.
Fiona no se movió contra su pecho. Respiraba, o eso le pareció durante varios tramos en los que tuvo que inclinar la cabeza para sentir el aire débil que escapaba de sus labios.
—Aguantad —murmuró contra su cabello mojado mientras el caballo empezaba a subir hacia las murallas—. No os atreváis a dejarme ahora.
La aldea quedó atrás, envuelta en humo, nieve y silencio.
Lachlan no miró atrás.
Solo espoleó al caballo y cabalgó con su esposa entre los brazos, contando cada latido que todavía podía sentir bajo la palma y cada tramo de camino que le faltaba para devolverla al fuego.