El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXIII
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La cena de aquella noche transcurrió bajo una tensión tan espesa que Fiona llegó a preguntarse si el castillo entero podía percibirla igual que olían el olor a humo atrapado todavía en las mangas de su vestido.

Aoife había enviado al salón principal un estofado de venado con cebollas dulces y pan recién salido del horno del sur.

Las chimeneas rugían a ambos extremos de la estancia mientras la tormenta golpeaba las ventanas altas de Ironhold y los hombres del clan discutían sobre caminos anegados, redes destrozadas por el viento del oeste y un caballo cojo que Domhnall juraba haber comprado perfectamente sano dos semanas atrás.

Fiona escuchó la mitad de la conversación porque Lachlan estaba sentado demasiado cerca.

No la tocaba. Ni siquiera parecía prestarle demasiada atención desde fuera. Comía con tranquilidad, hablando a ratos con Iain o con Cathal, aunque Fiona empezaba a descubrir algo temerario sobre su esposo: cuanto más calmado parecía, más consciente estaba de todo.

Y Lachlan era consciente de ella.

Lo supo cuando una de las criadas se inclinó para rellenarle la copa de vino y el laird apoyó dos dedos contra la parte baja de la espalda de Fiona para apartarla ligeramente antes de que la jarra chocara con su hombro.

Fue un gesto mínimo, tan natural que nadie habría pensado nada al verlo.

El problema fue que e´l dejó la mano ahí un instante más de lo necesario.

El calor atravesó la tela del vestido.

Fiona bajó la vista hacia el plato mientras el fuego de una de las chimeneas rugía con demasiada fuerza detrás de Cathal.

Iain levantó la cabeza hacia las llamas.

También Morag, que se había acercado para supervisar el servicio de la cena.

Aoife amusgó los ojos desde el otro extremo de la sala antes de volver a remover el caldo con expresión desconfiada.

Lachlan ni siquiera miró el fuego.

Continuó masticando carne con absoluta tranquilidad, aunque Fiona vio perfectamente la curva visible que apareció un segundo en la comisura de su boca.

Maldito hombre. Lo sabía.

Conocía lo que le estaba haciendo.

La conversación siguió alrededor de ellos mientras el viento hacía vibrar las almenas del oeste.

Domhnall defendía que el caballo estaba embrujado, Iain insistía en que lo único embrujado allí era la estupidez de Domhnall y Aoife amenazaba con echarlos a todos de la cocina si alguien volvía a utilizar su sopa de pescado para comparar olores de establo.

—Mi sopa sobreviviría a un asedio entero —gruñó la cocinera.

—Aoife, vuestra sopa podría fundir armaduras —replicó Iain.

—Y aun así os la habéis comido dos veces esta semana.

—Porque me obligasteis.

—Porque parecías un cadáver húmedo y dabais pena.

A Fiona se le escapó una risa baja. Lachlan volvió la cabeza hacia ella. Y ahí estuvo otra vez aquella mirada.

No intensa. No teatral. Muchísimo peor.

La mirada tranquila de un hombre que ya había decidido dormir en su cama esa misma noche.

El pulso empezó a golpearle demasiado deprisa bajo la piel. Apartó la copa antes de derramar el vino sobre el mantel.

—¿Tenéis calor, esposa? —preguntó Lachlan en voz baja.

Fiona levantó la vista de inmediato.

—No.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque lleváis roja desde que empezó la cena.

Iain soltó una tos violenta sobre el vino. Cathal cerró los ojos un segundo entero como si estuviera reuniendo paciencia celestial y Aoife dejó escapar una carcajada tan fuerte desde la chimenea que una de las muchachas del puerto casi perdió una bandeja.

Fiona deseó morirse allí mismo.

Lachlan, en cambio, siguió cenando como si no acabara de arruinarle la vida delante de media mesa. Aquello fue peor que cualquier beso. Muchísimo peor.

La cena terminó una hora después. Los hombres comenzaron a dispersarse hacia el corredor del consejo y las criadas apagaron parte de las antorchas del salón mientras recogían platos y jarras vacías.

El castillo empezó a hundirse poco a poco en esa calma nocturna extraña de Ironhold, cuando el rugido del mar parecía más fuerte y los corredores quedaban iluminados solo por fuego y sombras.

Fiona permaneció unos segundos junto a la mesa fingiendo interés por el vino que quedaba en su copa. En realidad, estaba intentando reunir valor.

Porque ahora sí llegaba el momento.

La alcoba. La cama.

Lachlan apareció detrás de ella mientras una criada retiraba el último plato del extremo de la mesa.

—¿Pretendéis pasar aquí el resto del invierno, Fiona?

El corazón le dio un vuelco absurdo.

—Estaba terminando el vino.

—Lleváis diez minutos sujetando la misma copa.

—Quizá me gusta la decoración de la mesa.

—La mesa lleva aquí quince años. No creo que esta noche haya mejorado.

Fiona intentó fulminarlo con la mirada. No funcionó. La boca del laird volvió a curvarse.

—Sois insufrible.

—Y aun así vais a dormir conmigo.

La frase cayó entre ambos con una calma tan brutal que Fiona dejó la copa sobre la mesa demasiado deprisa.

Lachlan observó el gesto. Después le ofreció el brazo. No como un laird , sino como un esposo.

Aquello consiguió alterarla todavía más.

Fiona apoyó la mano sobre su antebrazo y sintió el calor firme de su cuerpo bajo la tela oscura del jubón. Lachlan la condujo fuera del salón mientras Ironhold iba apagándose alrededor de ellos.

El castillo de noche sonaba distinto. Más íntimo.

Más letal. El mar golpeaba los acantilados bajo las murallas y el viento se colaba por las almenas con un silbido grave que recorría los corredores de piedra.

Dos perros dormían cerca de la escalera oeste junto a un brasero medio apagado y, al fondo de la galería, Morag supervisaba a unas criadas que recogían mantas del salón pequeño.

La mujer levantó la vista cuando ellos pasaron.

No dijo nada.

Aunque Fiona juraría que aquella mirada seca escondía algo inquietante parecido a satisfacción.

Caminaron juntos sin hablar. Fiona era demasiado consciente de cada detalle; el peso de la mano de Lachlan sobre la suya, el roce ocasional de su hombro al doblar una esquina o el olor limpio a humo, cuero y lluvia seca que seguía aferrado a él incluso después de cambiarse de ropa.

Cuando alcanzaron la escalera oeste, Lachlan se detuvo.

—Tengo que bajar un momento al despacho.

Fiona levantó la cabeza.

—¿Ahora?

—Domhnall ha dejado unos mapas sobre la mesa del consejo y, si no los reviso esta noche, mañana al amanecer tendré a seis hombres intentando cruzar un barranco imposible bajo la lluvia.

—Ah.

La respuesta le salió más decepcionada de lo que pretendía. Lachlan la observó unos segundos. Después le acarició los nudillos con el pulgar.

Solo eso.

El calor volvió a subirle de inmediato por el cuerpo.

—No huyo de vos, esposa.

La voz grave le recorrió el pecho entero.

—No he dicho que lo hicierais.

—No hacía falta.

Fiona apartó la vista hacia las almenas oscuras mientras el viento agitaba una antorcha cercana.Lachlan soltó una exhalación baja, casi divertida.

—Subid a la alcoba. No tardaré.

—¿Y si cierro la puerta con llave?

—La tiraría abajo.

La respuesta llegó tan tranquila que Fiona terminó riéndose.

Maldito hombre.

Lachlan observó su sonrisa como si aquello le gustara demasiado. Después levantó una mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja antes de apartarse hacia el corredor del consejo.

Fiona lo vio alejarse con la espalda recta y esa forma silenciosa de ocupar el espacio que tenía incluso caminando solo por el castillo. Cuando desapareció tras el arco de piedra, ella permaneció inmóvil unos segundos más intentando recuperar el ritmo normal de la respiración.

No lo consiguió.

Subió sola hasta la alcoba.

El fuego seguía encendido desde antes de la cena y el olor leve de la cortina chamuscada todavía flotaba en el ambiente.

Eilidh debía de haber entrado mientras cenaban porque la bañera de cobre permanecía llena de agua caliente junto al biombo y alguien había dejado un camisón limpio doblado sobre el arcón.

Fiona cerró la puerta despacio y el silencio la golpeó de inmediato.

Porque Lachlan iba a dormir allí. En aquella cama. Con ella.

Se llevó las manos a la nuca para retirar las agujas que sostenían la trenza. El peso del cabello cayó sobre su espalda cuando liberó el último mechón y dejó los pequeños alfileres de hueso sobre la mesa mientras intentaba ignorar el latido absurdo que seguía golpeándole el pecho desde la cena.

No era miedo. Nunca había sido miedo.

Era algo muchísimo peor: la conciencia insoportable de cuánto deseaba ya a su esposo.

Llevaba tanto tiempo con los ojos cerrados que empezaban a dolerle los párpados cuando escuchó finalmente las botas de Lachlan cruzando el corredor exterior.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza bajo las costillas y tuvo que concentrarse en mantener la respiración lenta y regular contra la almohada.

Permaneció inmóvil bajo las mantas, de espaldas a la puerta y con el cabello extendido sobre el lecho, mientras el sonido firme de aquellos pasos se detenía al otro lado de la madera antes de que la puerta terminara abriéndose despacio.

El viento del corredor se coló un instante dentro de la alcoba antes de que Lachlan volviera a cerrarla a su espalda.

Fiona escuchó el ruido apagado del hierro, el cuero húmedo rozando la piedra y luego el peso de algo cayendo sobre la mesa cercana, seguramente los mapas que había bajado a revisar después de cenar.

No abrió los ojos ni se atrevió a cambiar de postura, porque podía sentirlo mirándola.

A través de los párpados cerrados distinguía el resplandor anaranjado de la chimenea iluminando la estancia y, aunque no lo veía, sabía exactamente dónde estaba; inmóvil junto a la puerta, observándola en silencio mientras el viento golpeaba las almenas del oeste y el mar rugía varios metros más abajo de los acantilados.

Fiona apretó los dedos contra las mantas cuando él echó a andar por la alcoba.

Las botas resonaron sobre la piedra mientras dejaba la espada junto a la pared y se quitaba el cinturón de cuero.

Después llegó el sonido conocido de los guantes húmedos cayendo sobre la mesa y una exhalación cansada que le revolvió el pecho de una forma completamente absurda.

Aquello era lo peor de todo; no el laird , no el guerrero, sino su esposo regresando junto a ella al final del día.

El colchón se hundió ligeramente cuando Lachlan se sentó en el borde del lecho. El olor limpio a humo, lluvia y cuero terminó envolviéndola despacio, mezclándose con el calor de las brasas y el viento lejano del mar detrás de los muros del castillo.

Intentó seguir respirando igual, intentó parecer dormida, aunque empezaba a costarle recordar cómo respiraba normalmente una persona.

Lachlan permaneció quieto unos segundos y Fiona tuvo la sensación de que estaba observando el cabello extendido sobre las mantas. Después escuchó el roce de la tela cuando terminó de quitarse el jubón y el colchón volvió a moverse bajo el peso de su cuerpo acomodándose detrás de ella.

El espacio entre ambos desapareció enseguida.

Fiona notó inmediatamente el calor de su esposo alcanzándole la espalda incluso antes de que él terminara acercándose del todo.

El brazo de él rodeó despacio su cintura por encima de las mantas y la atrajo hacia su cuerpo con una naturalidad tranquila que le dejó el aire atrapado dentro del pecho, como si aquello hubiera sido siempre lo más normal del mundo, como si llevaran toda la vida durmiendo así.

Tuvo que cerrar los ojos con más fuerza cuando sintió su pecho firme pegándose a su espalda y el calor de su respiración perdiéndose entre su cabello todavía húmedo.

Las brasas crepitaron dentro de la chimenea y una de las velas aumentó de intensidad sobre la mesa cercana.

La leve curva que apareció entonces en la boca de Lachlan le dejó claro a Fiona que su esposo había descubierto la mentira desde el principio y que, aun así, estaba dispuesto a permitirle fingir mientras ninguno de los dos tuviera que admitir en voz alta lo que ocurría entre ellos.

Permanecieron así unos segundos, en silencio, mientras el viento seguía golpeando Ironhold.

Después Lachlan inclinó la cabeza y le rozó los labios con un beso breve y suave que consiguió que el corazón le golpeara todavía más fuerte bajo las costillas.

No hubo hambre en aquel gesto ni la intensidad feroz de aquella tarde frente al fuego, solo la intimidad tranquila de un marido buscando a su esposa antes de dormir.

Las brasas rugieron un poco más dentro de la chimenea y dos velas crecieron de golpe sobre la mesa cercana.

Fiona estuvo convencida de que Lachlan iba a reírse.

No lo hizo.

Simplemente dejó escapar una respiración cansada contra su cabello y terminó acomodándola un poco más cerca de él, igual que si el cuerpo de ambos hubiera encontrado por fin la postura correcta después de demasiados días tensos.

Y poco a poco el peso de Lachlan comenzó a relajarse detrás de ella.

Fiona lo notó en pequeños detalles; la forma en que el brazo alrededor de su cintura dejó de mantenerse alerta, la respiración haciéndose más lenta y el pecho de su esposo perdiendo aquella tensión constante que parecía acompañarlo incluso dentro del castillo.

Aquello consiguió desarmarla mucho más que el beso.

Porque Lachlan dormía como un hombre acostumbrado a descansar poco y mal, siempre preparado para levantarse al menor ruido, aunque esa noche el sueño empezó a vencerlo con una rapidez inesperada, como si estar allí bastara, como si abrazarla fuera suficiente.

Fiona permaneció inmóvil entre sus brazos escuchando la respiración de su esposo hacerse cada vez más profunda mientras el viento seguía rugiendo alrededor de Ironhold y el fuego permanecía vivo dentro de la chimenea.

La alcoba había dejado de sentirse inquieta y ahora parecía cálida, habitada, segura.

Al cabo de un rato, Fiona terminó abriendo los ojos despacio.

La habitación permanecía iluminada únicamente por el resplandor bajo de las brasas y las sombras anaranjadas de las velas.

Lachlan dormía con el rostro hundido parcialmente entre su cabello y el brazo todavía rodeándole la cintura de forma instintiva, como si incluso dormido se negara a dejarla marchar demasiado lejos.

Fiona bajó la vista hacia la mano grande descansando sobre las mantas y sonrió dentro de la oscuridad.

Porque por primera vez desde que había cruzado aquellas murallas, aquel lugar empezaba a sentirse realmente como un hogar.