XXII #2
La llama de otra vela se agitó violentamente y el laird terminó de acortar la distancia entre ambos con una lentitud que hizo que el corazón de Fiona empezara a golpearle las costillas casi con dolor.
Olía a lluvia, humo y bosque húmedo. Ella sintió el calor de su cuerpo antes incluso de que la mano de Lachlan subiera despacio hasta su nuca.
—Cada vez que me miráis así, Fiona, la mitad de esta alcoba intenta arder.
Lachlan la besó como un hombre que llevaba demasiados días conteniéndose.
No hubo duda ni vacilación en el movimiento de su boca contra la de ella.
La atrajo hacia sí sujetándole la nuca con firmeza y Fiona respondió al instante, abriendo los labios contra los suyos con una necesidad que terminó de destruir cualquier intento absurdo de prudencia.
El calor le subió desde el pecho hasta la garganta en cuanto sintió el cuerpo mojado de su esposo pegándose al suyo, la mano grande apretándole la cintura por encima de la tela y aquella respiración grave mezclándose con la de ella mientras el viento golpeaba las ventanas de Ironhold.
La chimenea rugió.
No fue una subida normal de las llamas. El fuego pareció crecer de golpe dentro del hogar, alimentado por algo invisible, y el calor llenó la alcoba con tal intensidad que Fiona notó el aire ardiéndole sobre la piel incluso antes de que Lachlan la acercara más contra él.
El beso empeoró, porque Lachlan dejó de contenerse.
La mano que tenía sobre su cintura subió despacio por la espalda de Fiona hasta hundirse entre su cabello, inclinándole la cabeza para besarla con más profundidad.
Fiona soltó un sonido ahogado contra su boca y él respondió de una manera que le hizo perder por completo el sentido del tiempo; una respiración grave, casi rota, antes de volver a besarla como si llevara una semana entera imaginando aquello.
Las velas empezaron a agitarse.
La primera cayó sobre la mesa pequeña junto a la ventana y una lluvia de cera caliente resbaló sobre la madera.
Lachlan atrapó el candelabro antes de que terminara en el suelo sin separarse del todo de Fiona, aunque volvió a dejarlo en pie la besó otra vez, más fuerte todavía, obligándola a sujetarse a sus hombros para no perder el equilibrio.
El fuego respondió de inmediato.
Las brasas saltaron dentro de la chimenea y una de las cortinas del lado oeste prendió en silencio, primero con un hilo naranja diminuto y después con una llama más viva que empezó a extenderse sobre la tela.
Fiona se apartó de golpe.
—¡Lachlan!
El laird giró la cabeza, vio el incendio y soltó una risa breve, incrédula, antes de arrancar la capa húmeda de la silla y sofocar las llamas de un tirón seco contra la cortina.
El olor a humo llenó la estancia casi al instante.
Cuando volvió a incorporarse, todavía sostenía la tela ennegrecida entre las manos y tenía esa expresión extraña de hombre que acaba de comprender algo peligrosísimo.
Después la miró y sonrió.
No fue una de aquellas medias sonrisas rápidas que aparecían y desaparecían antes de que nadie pudiera estar seguro de haberlas visto.
Esta vez sonrió de verdad. El cansancio de la caza seguía marcado en su rostro, igual que las gotas de lluvia todavía deslizándose por su cuello, aunque había algo distinto en él ahora; una satisfacción masculina, casi salvaje, que consiguió que Fiona sintiera un calor todavía peor que el de la chimenea.
—Algún día tendréis que explicarme cómo hacéis eso, esposa —murmuró acercándose otra vez—. Ese control vuestro sería exactamente el que necesito para matar a mi tío sin incendiar media frontera.
A Fiona se le escapó una risa temblorosa.
—No tiene gracia.
—No, Fiona. Tiene muchísima gracia.
La voz grave de su esposo le recorrió el cuerpo entero.
Lachlan dejó caer la capa apagada sobre la silla y volvió a detenerse frente a ella.
Esta vez no la besó enseguida. Primero le apartó despacio un mechón de cabello de la mejilla y le pasó el pulgar por debajo del labio inferior, observándola con una intensidad tan tranquila que Fiona tuvo que contener el impulso absurdo de retroceder.
Porque aquello resultaba peor que el beso.
Mucho peor .
Era la forma en que él la miraba después. Como si hubiera tomado una decisión. Como si algo dentro de él hubiera terminado de encajar por fin.
—Sois consciente de que vais a terminar quemando este castillo entero algún día —dijo en voz baja.
—No lo hago aposta.
—Ya lo sé.
La respuesta salió demasiado rápida. Demasiado segura.
Lachlan deslizó la mano por su cuello hasta detenerla otra vez en la nuca y entonces volvió a besarla, aunque esta vez el ritmo fue distinto.
Más lento e íntimo. Fiona sintió el calor de su boca recorriéndole cada pensamiento mientras él la sujetaba contra su cuerpo con una calma peligrosa, como si ya no necesitara precipitarse porque acababa de entender que ella también estaba perdida.
Y lo estaba. Completamente.
Las llamas crecieron otra vez dentro de la chimenea, aunque Lachlan rompió el beso antes de que el desastre volviera a repetirse. Permaneció un instante con la frente apoyada contra la de ella, respirando igual de fuerte que Fiona, antes de apartarse despacio.
Fue aquello lo que terminó de destruirla.
La facilidad con la que recuperó el control.
Él pasó una mano por su cabello húmedo y regresó junto a la silla para recoger la ropa como si no acabara de besar a su esposa hasta prender fuego a una alcoba entera.
Fiona lo observó en silencio mientras Lachlan se secaba el cuello con una tela limpia y volvía a vestirse con movimientos tranquilos, recolocándose el cinturón, ajustándose el jubón oscuro y recuperando poco a poco aquella imagen severa de laird del norte que tan poco tenía que ver con el hombre que acababa de sujetarle la cara entre las manos.
El problema era que ahora Fiona sabía que ambas cosas eran reales y no estaba segura de cuál de las dos resultaba más peligrosa.
La lluvia seguía golpeando las ventanas cuando Lachlan terminó de abrocharse el último cierre del jubón. Después levantó la cabeza hacia la chimenea, observó el ligero humo que todavía flotaba sobre la cortina ennegrecida y soltó una exhalación baja, casi divertida.
—Aoife va a oler esto mañana y va a pensar que intento mataros.
—Aoife ya cree eso casi todos los días.
—Entonces hoy tendrá pruebas.
Fiona volvió a reírse, aunque la voz le salió mucho más débil de lo normal. Todavía sentía la boca caliente y las piernas incapaces de sostenerla correctamente. Lachlan se acercó otra vez, despacio, y el corazón le dio un vuelco absurdo al pensar que iba a besarla de nuevo.
No lo hizo.
Le acomodó un mechón detrás de la oreja y dejó los nudillos un segundo contra su mejilla.
Un gesto pequeño. Íntimo. Peor que cualquier otro.
—A partir de esta noche, Fiona, duermo con vos.
El aire pareció desaparecer de la alcoba.
Lachlan sostuvo sus ojos un instante más antes de apartarse hacia la puerta con la misma tranquilidad brutal con la que había decidido aquello. Fiona lo observó cruzar la estancia mientras el fuego seguía demasiado vivo detrás de ella y el olor a humo permanecía suspendido sobre la habitación.
Cuando alcanzó la puerta, giró la cabeza.
—Así que más os vale aprender a no incendiar el castillo cada vez que os beso, esposa.
La media sonrisa volvió a aparecerle en la boca justo antes de abrir la puerta y desaparecer por el corredor.
Fiona permaneció inmóvil en mitad de la alcoba varios segundos después de que el sonido de sus pasos dejara de escucharse.
El corazón todavía le golpeaba demasiado fuerte bajo las costillas y el calor seguía extendiéndose por su cuerpo como si Lachlan continuara allí, sujetándole la nuca entre las manos.
Después levantó la vista hacia la cortina chamuscada.
Y empezó a reírse sola.