XXII
Fiona llevaba ocho días en Ironhold cuando comprendió que el castillo entero giraba alrededor de Lachlan MacThane igual que las mareas alrededor de la luna.
No fue una revelación grandiosa ni un pensamiento nacido de la intimidad de la alcoba.
Lo entendió una mañana gris, mientras cruzaba el patio interior con una cesta de vendas limpias apoyada contra la cadera y el viento del mar colándosele bajo el manto de lana.
Bastó que el laird apareciera en la escalinata oeste para que los hombres del clan levantaran la cabeza al mismo tiempo, el hierro de la herrería dejara de sonar durante un segundo y hasta los perros que dormitaban junto al muro reaccionaran antes de que Lachlan hubiera pronunciado una sola palabra.
Descendió los escalones con la capa oscura golpeándole las botas y el cabello húmedo de llovizna pegado a la frente.
Iain caminaba detrás de él sosteniendo dos pergaminos enrollados bajo el brazo, mientras Domhnall esperaba abajo con tres hombres más y expresión de llevar media hora aguardando órdenes.
Fiona se apartó junto a la pared para dejarles pasar, aunque Lachlan aminoró el paso al verla y sus ojos se detuvieron sobre ella el tiempo suficiente para hacerle olvidar por completo qué llevaba dentro de la cesta.
Fue una mirada breve. Nada impropio. Nada que pudiera llamar la atención de nadie.
Aun así, Fiona sintió el mismo calor incómodo que llevaba persiguiéndola desde la noche del establo.
Aoife apareció detrás de ella con un cucharón enorme entre las manos y olor a pan recién hecho pegado al delantal.
—Como sigáis mirando así a vuestro esposo, milady , un día vais a terminar estampándoos contra una pared.
Fiona apartó la vista del patio.
—Aoife, yo no estaba mirando de ninguna manera.
—Claro que no. Y yo no llevo treinta años viendo mujeres recién casadas.
La mujer desapareció hacia las cocinas antes de darle tiempo a responder. Fiona reanudó el paso con la cesta pegada al pecho y la desagradable sensación de que todo Ironhold parecía comprender mejor que ella lo que empezaba a ocurrirle.
El castillo había dejado de resultarle extraño.
Aquello era quizá lo más peligroso de todo.
Seguía siendo un lugar duro, construido contra el viento y la guerra, lleno de piedra negra, humo y olor permanente a mar salobre.
Las almenas crujían de noche bajo las tormentas del oeste y los corredores conservaban el frío incluso después de encender las chimeneas, aunque Fiona ya empezaba a reconocer los sonidos de Ironhold como si hubiera vivido allí mucho más de ocho días.
Había aprendido qué escalones protestaban bajo las botas mojadas, qué ventanas debían cerrarse antes de medianoche y qué perros mordían a los desconocidos si alguien intentaba acercarse demasiado a la cocina.
También había aprendido que Morag gobernaba las despensas con más autoridad que muchos lairds del norte, que Aoife insultaba a las muchachas del puerto exactamente igual que las alimentaba y que Eilidh era incapaz de guardar silencio más de medio minuto seguido.
Aquella mañana pasó dos horas clasificando pescado seco junto a las cocineras mientras el viento hacía vibrar los postigos de madera y las lavanderas cruzaban el patio cargadas con sábanas húmedas.
—¿Cuántos hombres han salido hoy con el laird ? —preguntó Fiona mientras separaba arenques sobre la mesa.
Aoife ni siquiera levantó la cabeza del caldo.
—Veintidós.
—¿Lo sabéis exactamente?
—Claro que lo sé. Si salen veintidós hombres, yo preparo comida para veintidós hombres. Si regresan menos, preparo menos sopa y más rezos.
Fiona soltó una risa baja. Aoife señaló el pescado con el cucharón.
—Han ido hacia la zona del bosque alto. Si la lluvia empeora, volverán tarde.
Fiona intentó que la siguiente pregunta sonara casual.
—¿Siempre sabéis dónde está?
—Todo Ironhold sabe dónde está el laird . Otra cosa es que él quiera que se note.
Aquella frase se le quedó dentro el resto del día. Porque era verdad.
El castillo entero parecía respirar distinto cuando Lachlan estaba dentro de sus muros.
Los hombres se movían más deprisa, las puertas se abrían antes y hasta las criadas corrían por los corredores con una tensión distinta en el cuerpo.
Fiona empezó a descubrir que ella también cambiaba cuando lo sabía cerca.
Lo notaba antes de verlo.
A veces bastaba escuchar caballos cruzando el puente o el ruido grave de su voz atravesando el patio desde la herrería para que el corazón se le acelerara de una forma completamente impropia de una mujer sensata.
Aquella tarde lo vio regresar poco antes del anochecer.
Fiona acababa de salir de la sala del telar cuando escuchó primero los cascos sobre la piedra húmeda del puente levadizo.
Se acercó a una de las ventanas estrechas del corredor y lo observó desmontar en el patio interior mientras la lluvia fina seguía cayendo sobre Ironhold.
Lachlan llevaba la ropa oscura mojada hasta las rodillas y el cabello pegado al cuello.
Uno de los perros saltó contra él tocó el suelo y el laird le apartó el hocico con la mano sin dejar de hablar con Iain.
Fiona observó primero sus manos. Siempre terminaba mirándoselas antes que ninguna otra cosa; la forma en que sujetaba las riendas, el movimiento seco de muñeca al quitarse los guantes húmedos o la tensión que se le marcaba en el antebrazo cuando entregaba el caballo a un mozo conseguían alterarle el pulso más deprisa de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Después Lachlan levantó la cabeza para responder algo que Iain acababa de decirle y, durante un instante, sonrió.
No fue una sonrisa completa, solo una curva breve en la boca que le transformó el rostro antes de desaparecer, aunque bastó para que la antorcha junto a Fiona creciera casi un palmo y ella tuviera que apartar la vista hacia el corredor con el corazón golpeándole demasiado fuerte bajo las costillas.
«Dios mío».
Le ocurría cada vez más rápido.
Aquella noche el viento empeoró. La tormenta empezó a golpear las almenas del oeste con un rugido constante de mar embravecido y lluvia fría, mientras Fiona permanecía sentada junto al fuego con un libro abierto sobre el regazo y una manta gruesa cubriéndole las piernas.
Llevaba más de media hora sin leer una sola línea.
El sonido de la tormenta llenaba la alcoba y ella seguía pensando en las manos de su esposo, en el agua resbalándole por el cuello al desmontar en el patio y en aquella sonrisa breve que todavía parecía suspendida en algún rincón absurdo de su cabeza.
El fuego chisporroteó dentro de la chimenea justo antes de que unos pasos cruzaran el corredor exterior. Fiona reconoció el sonido al instante; botas pesadas, barro húmedo golpeando la piedra y ese ritmo firme que Ironhold entero parecía distinguir incluso dormido.
La puerta se abrió un segundo después.
Lachlan entró empujando la madera con el hombro y el olor a lluvia fría, bosque mojado y caballo cruzó la estancia antes que él. Llevaba la capa empapada sobre los hombros y varias gotas de agua resbalaban desde el cabello oscuro hasta perderse bajo el borde abierto del jubón.
—El bosque alto es un maldito lodazal —dijo mientras cerraba la puerta a su espalda—. Casi perdemos dos caballos cruzando la colina norte.
Fiona levantó despacio la vista del libro.
Él dejó los guantes húmedos sobre la mesa y se acercó al fuego con la naturalidad tranquila de un hombre que no tenía la menor idea del efecto que provocaba al aparecer así en la alcoba de su esposa. O quizá sí la tenía, aunque resultaba imposible saberlo con él.
—Aoife va a intentar matarme mañana cuando vea el estado de estas botas —continuó mientras se quitaba el cinturón de cuero mojado—. Iain asegura que esta vez ni siquiera fingirá educación cristiana antes de degollarme.
Fiona se agarró las manos para que no se notara el temblor de estas.
—Aoife parece capaz de asesinar a cualquiera.
—Eso llevo pensando desde los doce años.
La boca de Lachlan se curvó un instante antes de empezar a desabrocharse el jubón húmedo.
Fiona sintió que el aire de la alcoba cambiaba poco a poco conforme él dejaba caer sobre la silla la daga, los guantes y el cuero mojado.
Bajo la tela empapada, la camisa blanca se le pegaba al pecho y a la espalda de una forma que le resultó completamente indecente.
—El maldito ciervo me hizo cruzar media colina para acabar muriéndose delante del arroyo —explicó mientras tiraba de los cordones mojados de la camisa—. Domhnall casi se rompe el cuello intentando alcanzar a los perros antes que yo.
La chimenea rugió detrás de Fiona.
Lachlan levantó los ojos hacia el fuego durante un segundo.
No comentó nada. Volvió a la camisa y terminó de sacársela por la cabeza con un movimiento tranquilo que dejó al descubierto el pecho húmedo, las cicatrices finas repartidas sobre la piel y una gota de agua descendiendo por el centro del torso hasta perderse bajo el cinturón.
Fiona dejó de respirar bien.
Las brasas crepitaban cada vez con más fuerza y el calor empezó a extenderse por la estancia de una forma completamente antinatural.
Ella intentó concentrarse en cualquier otra cosa, en la lluvia golpeando las ventanas, en el libro cerrado sobre sus piernas o en el sonido distante del mar detrás de las murallas, aunque todo terminaba devolviéndola al mismo lugar; al cuerpo mojado de su esposo frente al fuego y a aquellas manos grandes desabrochándose la ropa como si estuviera completamente solo.
Lachlan volvió a mirar la chimenea.
Después la miró a ella.
Comprendió.
Fiona lo supo antes incluso de que él hablara. Había algo distinto en sus ojos, una comprensión lenta y peligrosa que pareció recorrerle el rostro entero mientras observaba las llamas demasiado vivas detrás de ella.
—Esposa —dijo con voz baja.
La vela más cercana creció de golpe. Fiona cerró los dedos sobre la manta.
—No lo hago aposta.
La comisura de Lachlan se movió.
—Eso espero por el bien de Ironhold.