El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XXI #2
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XXI #2

Fiona obedeció antes de darse cuenta siquiera de que acababa de hacerlo. Aoife le acomodó el manto sobre los hombros con movimientos rápidos y soltó un gruñido de desaprobación.

—Claro. Ya decía yo. Esa mujer lleva treinta años convencida de que el frío fortalece el carácter.

—¿Y vos qué pensáis?

—Que el frío vuelve idiota a quien no se tapa bien.

Aquello provocó varias sonrisas alrededor. Aoife volvió entonces hacia una de las muchachas y señaló la mesa cercana al fuego.

—Sorcha, traed pan caliente y leche. La señora parece a punto de salir volando con este viento.

—Aoife, estoy perfectamente.

—Eso dicen siempre antes de desmayarse.

Fiona empezaba a sospechar que nadie en Ironhold aceptaba discusión cuando se trataba de comida.

La sentaron cerca del fuego principal con tanta naturalidad que, antes de darse cuenta, tenía delante una bandeja llena de pan de avena, mantequilla, queso ahumado y un cuenco pequeño de gachas calientes.

Eilidh ocupó un rincón cercano mientras fingía ordenar hierbas secas sobre la mesa, aunque fingía bastante mal.

Aoife observó cómo Fiona probaba el pan y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Y bien?

—Creo que acabo de comprender por qué nadie discute con vos.

—Buena respuesta.

La cocinera pareció satisfecha por primera vez desde que había entrado.

El ambiente de las cocinas no se parecía al resto del castillo.

Arriba, Ironhold resultaba oscuro, severo, construido sobre silencios y piedra negra.

Allí abajo había ruido, calor y vida. Las mujeres hablaban mientras trabajaban, los muchachos discutían por las hogazas recién hechas y alguien empezó a cantar una melodía antigua junto a la mesa de verduras hasta que Aoife le lanzó un paño húmedo a la cabeza sin dejar de remover el caldo.

Fiona terminó sonriendo más de lo que esperaba aquella mañana.

Quizá por eso tardó unos segundos en darse cuenta de que las conversaciones se estaban apagando poco a poco. No del todo. Solo lo suficiente para que el cambio se notara antes incluso de que ella volviera la cabeza hacia la puerta.

Aoife también lo había notado.

Lachlan acababa de entrar.

El ruido de las cocinas no desapareció por completo, aunque cambió. Varias mujeres bajaron la voz, uno de los muchachos dejó el saco que llevaba en brazos y hasta el perro enorme dormido junto al fuego levantó la cabeza.

Lachlan cruzó la estancia todavía con la ropa de entrenamiento puesta y el cabello húmedo por el sudor.

Llevaba la camisa abierta en el cuello y una ligera marca roja cruzándole el antebrazo derecho, probablemente reciente.

El frío del patio seguía pegado a él igual que el olor a hierro y viento salado.

Fiona sintió el mismo calor absurdo de antes subirle por el pecho.

Y lo peor era que Eilidh lo vio. Claro que lo hizo.

La muchacha bajó de inmediato la cabeza hacia las hierbas para esconder una sonrisa descarada mientras Lachlan se detenía junto al fuego.

—Aoife.

— Laird .

La cocinera no hizo reverencias. Tampoco parecía el tipo de mujer que las hubiera hecho jamás.

—¿Ya habéis solucionado el puerto o todavía tengo que preparar vendas para media costa?

—De momento solo caldo.

—Entonces la situación sigue siendo grave.

Aquello arrancó varias carcajadas pequeñas alrededor de las mesas. Lachlan avanzó entonces hacia donde estaba Fiona y el castillo entero pareció estrecharse alrededor de ella de una forma completamente ridícula.

—Fiona.

No mi señora. No esposa. Fiona.

Escuchar su nombre en la voz grave de aquel hombre, delante de todo Ironhold y aun así solo para ella, le provocó algo mucho más peligroso que cualquiera de las miradas de la víspera.

—Lachlan.

Él observó el pan a medio terminar, el cuenco caliente y el manto perfectamente colocado sobre los hombros de Fiona antes de alzar la vista hacia Aoife.

—Veo que habéis decidido alimentarla como si fuera ganado de invierno.

—Veo que seguís teniendo ojos. Milagro notable para alguien que lleva despierto desde antes del alba.

Lachlan ignoró el comentario con práctica evidente y volvió la atención hacia Fiona.

—¿Habéis dormido algo?

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Más que vos, probablemente.

La comisura de su boca se movió.

—Eso no sería difícil.

Había cansancio en él, mucho más del que intentaba mostrar delante de los demás.

Fiona lo veía ahora que estaba cerca: la tensión en los hombros, la sombra oscura bajo los ojos y la forma en que mantenía una mano apoyada sobre la mesa como si el cuerpo le pesara más de lo habitual.

Y, aun así, seguía sosteniendo el castillo entero sin permitirse descansar un instante.

Aoife debió de ver exactamente lo mismo porque, sin previo aviso, le golpeó el brazo con el cucharón.

—Sentaos.

Lachlan ni siquiera protestó. Aquello sorprendió tanto a Fiona que tuvo que esconder la sonrisa bajando la vista hacia la taza mientras él ocupaba la silla frente a ella y Aoife llenaba otro cuenco con caldo caliente.

—Comed.

—Aoife…

—Lachlan MacThane, os crié media infancia. No intentéis ahora mirarme como si dierais miedo.

Eilidh se atragantó intentando no reírse y Lachlan cerró los ojos un segundo con resignación absoluta antes de aceptar el cuenco.

Fiona no apartó la mirada de él mientras bebía el primer sorbo.

Había algo íntimo en aquella escena, no por lo que hacían, sino por la naturalidad.

Porque, por primera vez desde la boda, Lachlan parecía pertenecer por completo a un lugar: a aquellas cocinas, a aquellas voces, a la mujer que lo obligaba a comer y a las criadas que fingían no observarlo mientras él se sentaba junto a ella.

Aquello le gustó demasiado.

Las llamas de la chimenea crepitaron con más fuerza detrás de Fiona y el fuego ascendió unos centímetros más de lo normal antes de estabilizarse otra vez.

Aoife levantó una ceja. Eilidh bajó de inmediato la cabeza hacia la mesa.

Lachlan siguió bebiendo caldo como si no hubiera notado absolutamente nada, aunque Fiona empezaba a sospechar que aquello era precisamente lo más peligroso de él: que veía mucho más de lo que decía y aun así elegía callar.