XXI
Fiona despertó al alba con la sensación nueva de no saber hacia qué lado de la cama mirar para encontrar al marido.
Tardó un instante en recordar que Lachlan, durante aquella primera noche en Ironhold, había dormido dos puertas más allá y no junto a ella.
Permaneció tumbada un buen rato, con los ojos clavados en el techo bajo del dosel, escuchando el mar romper contra los acantilados y el viento del norte colarse bajo las ventanas estrechas con un zumbido grave y constante.
Hacía frío.
No el frío de Dun Ailean, limpio y seco, que se vencía con dos troncos buenos en la chimenea y una manta más sobre los hombros. Aquel era distinto. Salobre. Antiguo. Un frío que parecía vivir dentro de las piedras desde hacía siglos.
Se incorporó despacio, apartó la manta gruesa y caminó descalza hasta la ventana. El cristal estaba empañado por el vaho y el hielo se había cuajado en las esquinas del marco durante la noche. Fiona apoyó la mano derecha sobre aquella superficie helada casi sin pensar.
El hielo se derritió en silencio.
Observó la humedad resbalando sobre su piel durante más tiempo del necesario antes de secarse la mano contra la camisa interior y apartarse de la ventana con una rapidez absurda, como si hubiese hecho algo impropio.
—Muy bien, Fiona —murmuró mientras se frotaba los brazos—. Dieciocho horas en el norte y ya habláis con las ventanas.
La frase le sonó tanto a su madre que terminó soltando una risa pequeña. Aquello alivió un poco la presión que llevaba instalada en el pecho desde la víspera.
Se vistió sola antes de que llegara la doncella. La trenza alta del clan se le había deshecho durante la noche y trató de rehacerla frente al espejo de metal pulido con una torpeza que la irritó bastante más de lo razonable.
Fue justo entonces cuando llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante.
La muchacha que entró cargando la jofaina de agua caliente era alta, delgada y de movimientos rápidos. Llevaba el cabello rubio ceniza recogido en dos trenzas estrechas y unos ojos grises pequeños que parecían fijarse en todo.
Se detuvo en seco al verla ya vestida.
—Mi señora… no me habéis esperado.
—No sabía que fuera delito.
La joven cerró la puerta con el pie antes de acercarse.
—No es delito. Pero yo soy vuestra doncella. Si os peináis sola, ¿qué hago yo durante las próximas dos horas?
Fiona terminó sonriendo.
—Podríais enseñarme el castillo.
La muchacha se quedó quieta un instante.
—¿El castillo?
—Sois la persona que mejor conoce Ironhold de todas las que conozco yo esta mañana. Me parece un desperdicio no aprovecharlo.
Eso pareció descolocarla más que cualquier orden formal.
—Me llamo Eilidh, mi señora.
Ella ya lo sabía, pero actuó como si fuera la primera vez que oía su nombre.
—Entonces, Eilidh, enseñadme el castillo. Pero antes tendréis que salvar esta trenza porque sospecho que la he hecho horriblemente mal.
La doncella dejó la jofaina sobre el soporte y se acercó por detrás.
—No horriblemente, mi señora. Solo del revés.
—¿Del revés?
—En el norte la trenza alta se hace de dentro a fuera. En el sur la hacéis, al contrario.
Fiona alzó las cejas desde el espejo.
—¿Y eso por qué?
—Por el viento.
Aquello la hizo reír otra vez.
Eilidh empezó a deshacerle el cabello con dedos rápidos y expertos mientras hablaba con esa tranquilidad seca de quienes llevan toda la vida haciendo el mismo trabajo.
—Si os trenzáis hacia fuera, el viento del oeste os mete todo el cabello en la cara cuando cruzáis el patio. Si os trenzáis hacia dentro, el peso rebota sobre la nuca y allí se queda. Las mujeres del clan descubrieron eso hace muchísimos años.
—Eilidh, ese conocimiento vale más que media biblioteca.
—Vale más que una biblioteca entera cuando hay tormenta.
Fiona sonrió mientras observaba las brasas de la chimenea reflejadas en el espejo oscuro. Las llamas subieron un instante, suaves, más vivas de lo que habían estado un momento antes.
Eilidh también lo vio.
No comentó nada. Simplemente terminó la trenza, la dejó caer sobre el hombro derecho de Fiona y le apoyó una mano ligera sobre la cabeza.
—Mi señora, no os preocupéis por las brasas.
Fiona levantó la vista hacia el espejo. Eilidh seguía trabajando como si hablara del tiempo.
—En este castillo los fuegos llevan más vivos desde que llegasteis. Yo no he dicho nada. Vos no me habéis preguntado nada. Y las cosas que nadie pregunta suelen quedarse quietas mucho tiempo en Ironhold.
Fiona la observó un instante más.
—¿Eso lo aprendisteis aquí?
—Lo aprendí sobreviviendo entre los MacThane.
Aquello le gustó muchísimo más de lo que debería.
El castillo despertaba alrededor de ellas. Desde el corredor llegaban pasos, voces bajas y el ruido lejano de cubos moviéndose en el patio. Más abajo alguien abrió una puerta con fuerza y el mar volvió a colarse dentro de la alcoba como un animal enorme respirando bajo los acantilados.
—¿Dónde está Lachlan? —preguntó Fiona antes de darse cuenta de que acababa de llamarlo por su nombre sin pensar.
Eilidh no pareció sorprenderse.
—En el patio de armas. Lleva allí desde antes del amanecer.
Por supuesto.
Fiona no sabía por qué aquella respuesta le parecía exactamente la correcta.
—Morag os espera a media mañana para resolveros vuestras inquietudes —continuó la doncella mientras recogía el peine de madera—.
Aoife ha dicho que podéis bajar a las cocinas cuando queráis.
Y Tormod lleva desde ayer jurando que va a arrancar la fragua nueva piedra a piedra si vuelve a apagarse esta mañana.
—¿Todo Ironhold habla así de deprisa o sois vos sola?
—Yo soy rápida porque, si una no piensa deprisa en esta casa, Morag la aplasta antes del desayuno.
Fiona soltó una carcajada pequeña mientras se ponía en pie.
—Entonces será mejor que bajemos antes de que vuestra Morag decida aplastarme a mí también.
—No os aplastará, mi señora. Todavía sois nueva y las mujeres del norte fingimos educación los primeros días.
Salieron juntas al corredor.
Ironhold ya estaba completamente despierto.
Criadas cruzaban de un lado a otro cargando sábanas y cubos de agua caliente mientras varios hombres del clan subían por la escalera interior todavía con olor a establo y viento húmedo sobre la ropa.
Todo el castillo parecía moverse alrededor de una energía contenida, como si incluso en tiempos tranquilos nadie olvidara del todo que aquella fortaleza vivía pendiente del mar y de la guerra.
Bajaron el segundo tramo de escalones y cruzaron el corredor principal hasta salir al patio interior. El viento golpeó de inmediato el rostro de Fiona.
Ironhold no se parecía en nada a Dun Ailean.
Allí el patio era estrecho, alargado, encerrado entre piedra negra y galerías abiertas al cielo.
Las cuadras ocupaban el extremo oeste. La herrería quedaba junto al muro norte y, más allá de una abertura amplia reforzada con vigas, se extendía el patio de armas.
Fiona miró hacia allí casi sin querer.
Lachlan entrenaba con seis hombres del clan.
No llevaba jubón. Solo la camisa blanca abierta hasta el pecho y las mangas remangadas sobre los antebrazos.
El aire frío convertía su respiración en vaho mientras se movía entre los hombres con una precisión seca, brutalmente controlada.
Cada golpe de espada sonaba limpio. Exacto. Sin un movimiento desperdiciado.
Fiona se detuvo un instante. Justo entonces su marido descargó un golpe contra el saco de entrenamiento que no tenía nada de controlado. El impacto abrió la costura lateral y la paja explotó sobre el suelo del patio. Varios hombres se quedaron quietos. Lachlan levantó la cabeza.
La vio.
Había distancia entre ellos, solo el corredor abierto y el patio de armas, aunque Fiona tuvo la sensación absurda de que el resto del castillo desaparecía durante un segundo.
Él no sonrió. Tampoco la saludó.
Simplemente sostuvo su mirada un instante más de lo necesario antes de apartarse hacia los hombres del clan.
Y aquello fue muchísimo peor.
—Mi señora —murmuró Eilidh a su lado con una calma sospechosamente inocente—. Si seguís mirando a vuestro marido de esa forma delante de todo el patio, Aoife va a pensar que no respetáis sus cocinas.
Fiona apartó la vista de inmediato.
—Eilidh, sois insoportable.
—No. Solo observadora. Vamos.
Aoife gobernaba las cocinas de Ironhold igual que un general gobierna un campo de batalla.
Fiona lo comprendió en cuanto cruzó el umbral.
El calor la envolvió primero y después llegaron los olores: pan recién hecho, caldo espeso, humo de turba, mantequilla caliente y algo dulce que hervía al fondo de la estancia.
Varias mujeres se movían entre las mesas de madera con rapidez perfectamente organizada mientras dos muchachos cargaban sacos de harina hacia la despensa lateral.
Sobre una de las chimeneas colgaban piezas de carne secándose al humo y, cerca del fuego principal, una mujer enorme removía un caldero con un cucharón capaz de partirle la cabeza a alguien sin demasiado esfuerzo.
Aquella debía de ser Aoife.
La cocinera levantó la cabeza justo en ese momento y clavó los ojos sobre Fiona con la misma intensidad con que un guerrero habría evaluado una espada nueva.
—Así que vos sois la muchacha del sur.
Fiona se acercó despacio.
—Y vos debéis de ser Aoife.
—Lo soy. Y ya os aviso de que aquí nadie sobrevive si no desayuna.
Aquello sonó menos a recomendación que a amenaza seria.
Eilidh dejó escapar una tos sospechosamente parecida a una risa mientras se apartaba hacia una mesa lateral, y Aoife abandonó el cucharón para avanzar hacia Fiona secándose las manos en el delantal.
Era una mujer grande, de brazos fuertes y cabello oscuro lleno de mechones blancos recogido bajo un pañuelo gris.
Tenía el tipo de presencia que llenaba una habitación sin necesidad de levantar la voz.
—Daos la vuelta.
Fiona parpadeó.
—¿Cómo decís?
—La espalda. Quiero ver si Morag os ha puesto suficiente lana encima o pretende que muráis congelada antes del próximo domingo.