El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XX #2
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XX #2

No era anciana en el sentido frágil de la palabra.

Tenía el rostro marcado por los años, la espalda recta y una mirada clara que parecía haber visto nacer, pelear y sangrar a todos los hombres de aquel castillo.

Se detuvo ante Fiona con una reverencia sobria, más propia de una mujer que reconocía un rango que de una criada inclinándose por costumbre.

— Lady MacThane.

El título le resultó todavía ajeno.

—Morag.

—Debéis de estar cansada, hambrienta y demasiado orgullosa para admitir ninguna de las dos cosas en medio de un patio lleno de desconocidos.

A Fiona se le escapó una sonrisa mínima, porque había algo en aquella sequedad que la hizo pensar en Aileas, aunque Morag no se parecía a ella en nada.

—Me temo que sí.

—Bien. Una mujer que no miente mal ahorra mucho trabajo. Venid conmigo.

Morag hizo una seña a dos criadas para que se ocuparan de los baúles y condujo a Fiona hacia la entrada.

Al cruzar el umbral, el frío del patio quedó atrás y lo sustituyó un aire cargado de humo de turba, lana húmeda, sal y piedra antigua.

El vestíbulo era amplio y oscuro, con antorchas en soportes de hierro y un suelo de losas negras que devolvía el sonido de sus pasos con una gravedad que a Fiona le recordó a una iglesia sin santos.

Varias mujeres aguardaban a ambos lados del corredor.

No la miraron con descaro ni sonrieron demasiado, aunque tampoco había hostilidad en ellas.

Inclinaron la cabeza cuando pasó y mantuvieron después los ojos bajos, como si en Ironhold la curiosidad se ocultara bajo una disciplina aprendida desde niñas.

Fiona notó algunas miradas fugaces en su cabello, en el broche de plata del cuello, en la bolsa de aceites de Eilis que seguía colgada de su costado.

Morag la condujo primero al salón principal.

Era una estancia larga, de vigas oscuras y muros gruesos, con dos chimeneas encendidas que conseguían vencer el frío que parecía subir desde la propia piedra.

Había bancos junto a las paredes, mesas preparadas para la cena y un olor profundo a carne, cerveza, humo y mar.

Una criada atizaba el fuego de la chimenea mayor mientras murmuraba algo en gaélico antiguo.

Le hablaba al fuego con una naturalidad baja y doméstica, como si la lumbre fuera una vieja difícil a la que convenía mantener de buen humor.

Fiona se detuvo un instante.

Morag también, aunque no dijo nada. Solo esperó el tiempo justo para que Fiona comprendiera que nadie en aquella sala encontraba extraño aquello.

Después siguió andando hacia la escalera y Fiona la acompañó sin hacer preguntas, aunque el recuerdo de las mujeres de Dun Ailean guardando sus propios secretos le rozó la nuca como una mano fría.

Subieron al primer piso por un tramo ancho de piedra.

Cuanto más avanzaban, más claro se oía el mar.

No parecía un sonido exterior, sino algo metido en los muros, una respiración pesada que golpeaba al pie de los acantilados y ascendía por la estructura del castillo hasta instalarse en cada corredor.

—Las primeras noches cuesta dormir —comentó Morag al llegar al ala norte—. Después una se acostumbra, o eso dicen las mujeres que no quieren admitir que siguen contando olas hasta el alba.

Abrió una puerta de madera oscura y se apartó.

La alcoba era grande, de techo bajo y piedra casi negra.

Tenía una cama amplia contra el muro del norte, una chimenea encendida a la izquierda y dos ventanas estrechas desde las que se veía el mar rompiendo contra las rocas.

Sobre un arcón habían dejado agua caliente, paños limpios y una bandeja con pan, queso, carne fría y una jarra pequeña de cerveza suave.

Los baúles de Fiona aún no habían subido, aunque alguien había colocado una manta gris sobre la cama y un chal oscuro sobre el respaldo de una silla, como si la estancia hubiese intentado recibirla con aquello poco que conocía de ella.

—Esta será vuestra alcoba hasta que decidáis otra cosa —dijo Morag—. La del laird está al otro lado del corredor. Él ordenó que tuvierais espacio los primeros días.

Fiona acarició con los dedos el borde áspero de la manta. No era lino fino ni lana suave de Dun Ailean. Era gruesa, práctica, hecha para retener calor en una casa donde el viento parecía entrar hasta en los pensamientos.

—Ha pensado en demasiadas cosas.

—Lachlan piensa en todo, aunque a veces tenga la delicadeza de fingir que no.

Fiona volvió la cabeza hacia ella. Morag no sonrió, aunque sus ojos se suavizaron.

—La cena puede servirse aquí o abajo. Esta noche, con el puerto revuelto, os aconsejo aquí. Mañana ya tendréis castillo de sobra encima.

—Aquí estará bien.

—Mandaré a una muchacha con comida caliente. Se llama Eilidh. Es callada, rápida y no rompe más de una jarra por semana, que en esta casa ya cuenta como virtud.

Fiona soltó una risa leve.

—Entonces parece una buena elección.

—Lo es. Y si necesitáis algo, tirad del cordón junto a la cama. Si no necesitáis nada, tirad igualmente antes de dormir. Así sabremos que el norte no os ha tragado durante la primera noche.

Morag salió y cerró la puerta con suavidad.

Fiona se quedó sola.

Durante un rato no hizo nada. Escuchó el mar, el viento, los pasos lejanos en el corredor y una voz masculina que respondió en gaélico desde algún lugar de abajo.

Después se acercó a la ventana y apoyó una mano sobre la piedra fría.

Desde allí no veía el puerto, aunque sí distinguía luces moviéndose en la parte baja del acantilado.

Antorchas. Hombres. Sombras que iban y venían con urgencia.

Lachlan estaría allí abajo, entre ellos, resolviendo problemas que ella todavía no comprendía en un territorio donde incluso las señales de luz podían hacer que un patio entero contuviera la respiración.

Eilidh llegó poco después con la cena.

Era una muchacha delgada, de ojos oscuros y manos rojas por el frío, que entró con una bandeja cubierta por un paño limpio y la dejó sobre la mesa sin curiosear más de la cuenta.

Traía caldo espeso, pan de avena, mantequilla salada y un cuenco pequeño de manzanas cocidas con miel.

Fiona le dio las gracias y la muchacha inclinó la cabeza antes de preguntar si necesitaba ayuda para desvestirse.

Cuando Fiona respondió que todavía no, Eilidh aceptó la respuesta sin insistir, avivó un poco la lumbre y se marchó con la misma discreción con que había entrado.

Fiona cenó sola junto al fuego.

No tenía mucha hambre, aunque comió porque podía oír a Mhairi y a Aileas regañándola desde algún lugar de la memoria.

El caldo estaba demasiado salado para su gusto y el pan era más áspero que el de Dun Ailean, aunque la mantequilla resultó buena y las manzanas tenían un punto ácido que le recordó a las del huerto sur.

Ese pequeño parecido, tan absurdo en medio de una habitación extraña, fue lo que terminó de aflojarle algo dentro del pecho.

Cuando terminó, se quitó el vestido de viaje despacio, doblándolo sobre una silla con más cuidado del necesario.

Después se lavó con el agua ya tibia, se puso la camisa interior y deshizo la trenza hasta dejar que el cabello le cayera por la espalda.

Las llamas de la chimenea se movieron con suavidad cuando se acercó a la cama, no demasiado, solo lo justo para acompañar el temblor que le recorría las manos.

Se metió bajo la manta gris.

La lana pesaba más que las mantas de Dun Ailean y olía a humo limpio, a arcón cerrado, a otra casa.

Fiona permaneció despierta largo rato mirando las sombras del techo mientras el mar golpeaba los acantilados bajo la ventana.

Pensó en su madre, en Isla, en Roselyn, en Bridie pelando cualquier cosa que le pusieran delante para no llorar en las cocinas.

Pensó en Lachlan al otro lado del castillo, lejos de aquella alcoba preparada para ella con una delicadeza que él jamás admitiría como tal.

Mucho más tarde, cuando ya creía que el cansancio iba a vencerla, oyó pasos en el corredor.

Botas de hombre. Voces bajas. Una puerta que se abría dos estancias más allá.

Fiona no se incorporó. Se quedó quieta bajo la manta, escuchando cómo alguien dejaba una espada contra la madera, cómo otra voz murmuraba algo que no logró entender y cómo, después de unos segundos, el corredor volvía a quedarse en silencio.

Lachlan había vuelto. No fue a verla. No llamó a su puerta.

No rompió aquella distancia que él mismo había ordenado para darle espacio.

Y, de algún modo, esa ausencia contenida le pesó más que si hubiera entrado.

Fiona cerró los ojos mientras el mar golpeaba los acantilados bajo Ironhold y, al otro lado del muro, en algún lugar demasiado cercano y demasiado lejos, el castillo volvió a guardar silencio alrededor de su laird .