XX
El cielo se había cerrado sobre el camino con una capa gris y baja, de esas que no anuncian lluvia todavía, aunque obligan a los hombres a mirar más de una vez hacia las colinas.
Fiona cabalgaba envuelta en el manto grueso de viaje, con las manos firmes sobre las riendas y el cuerpo todavía resentido por la noche en la posada, aunque no tanto como para admitirlo delante de Lachlan ni de Iain.
El sendero ascendía hacia el norte entre tramos de piedra oscura y hierba mojada, y a medida que avanzaban, los árboles se fueron separando hasta dejar al descubierto una tierra más desnuda, más dura, menos dispuesta a ofrecer refugio.
Lachlan cabalgaba cerca de ella, no tanto como para imponer conversación ni tan lejos como para que pudiera olvidarse de su presencia.
En los pasos estrechos se adelantaba sin decir nada, ocupando primero las curvas donde el terreno caía demasiado cerca del barranco, y en los tramos abiertos dejaba que Iain guiara la comitiva mientras sus hombres se repartían alrededor de los carromatos con una vigilancia silenciosa.
Nadie parecía alarmado, aunque nadie viajaba relajado.
Los ojos iban de los riscos al camino, del camino a los matorrales, de los matorrales a las nubes bajas, como si cada piedra pudiera guardar memoria de una emboscada.
Fiona tardó poco en comprender que no era prudencia de viaje, sino costumbre de guerra.
A media mañana, uno de los hombres del norte levantó una mano antes de una curva cerrada y Domhnall desmontó para revisar el tramo que descendía entre dos paredes de roca.
Nadie explicó nada. Eso fue, precisamente, lo que hizo que el frío le calara un poco más debajo del manto.
En Dun Ailean también había hombres que sabían callar, pero el silencio de aquellos norteños tenía otra raíz.
No nacía solo de la discreción. Nacía de haber sobrevivido demasiado.
—¿Siempre viajáis así? —preguntó al fin, sin apartar la vista del camino.
Lachlan miró hacia la curva antes de responder.
—¿Así cómo?
—Como si el camino pudiera intentar mataros.
La comisura de su boca se movió.
—Algunos lo han intentado con menos esfuerzo.
Fiona volvió la cabeza hacia él. Lachlan tenía la mandíbula dura, la mano cerca de la espada y la mirada fija en la loma que se alzaba al otro lado del paso.
El viento le movía algunos mechones oscuros sobre la frente y, desde que había abandonado la posada, Fiona tuvo la sensación clara de que no estaba entrando solo en el hogar de su marido, sino en una tierra que todavía sangraba por heridas que nadie nombraba del todo.
—Vuestro tío —dijo ella en voz baja.
Lachlan tardó un instante en contestar.
—Entre otros.
No añadió más y Fiona no insistió. No hacía falta.
El rostro de los hombres, la manera en que Iain volvió a montar después de revisar el paso, el modo en que los carromatos avanzaron pegados al interior de la curva y no al borde, lo dijeron mejor que cualquier relato.
El norte no estaba en paz. Quizá nunca lo había estado.
Tal vez Ironhold no era solo un castillo frente al mar, sino una casa acostumbrada a cerrar puertas antes de que anocheciera.
El impacto de las olas en las rocas del acantilado comenzó a escucharse antes de aparecer.
Al principio fue un rumor grave que se confundía con el viento, después un golpe constante, profundo, como si algo inmenso respirara detrás de las colinas.
Fiona conocía ríos, lagos, lluvias violentas, torrentes que crecían en primavera y arrastraban ramas enteras por los valles, pero aquello era otra cosa.
El sonido no venía hacia ellos. Estaba allí desde siempre, aguardando, golpeando una y otra vez contra la piedra con una paciencia brutal.
El sendero giró al oeste cuando la tarde empezaba a oscurecer. Entonces vio Ironhold.
El castillo se alzaba sobre los acantilados como si llevara siglos resistiendo al viento y al mar.
Sus murallas negras parecían surgir de la misma roca de la costa y las torres dominaban el horizonte bajo un cielo gris que amenazaba tormenta.
Abajo, las olas rompían contra los peñascos con una violencia sorda, levantando espuma que el viento arrastraba hacia la ladera.
Había gaviotas girando sobre las almenas, humo escapando de varias chimeneas y hombres apostados en los muros, pero ninguna de esas señales de vida suavizaba la impresión de dureza que transmitía la fortaleza.
Dun Ailean siempre había parecido un hogar, incluso cuando el invierno lo cubría todo de nieve.
Ironhold parecía una casa hecha para sobrevivir.
Fiona se quedó mirándolo sin decir nada.
Notó el peso de la mirada de Lachlan a su lado, aunque él no la apremió.
La dejó contemplar las torres estrechas, el puente de piedra, el portón reforzado con hierro, los riscos cayendo hacia un mar oscuro que no concedía descanso.
Aquello era suyo ahora, o al menos eso esperaba todo el mundo.
Aquella piedra, aquel viento, aquellas mujeres que aún no conocía, aquellos hombres que obedecían a Lachlan con solo verle levantar la mano.
La idea le produjo un vértigo sereno, mucho peor que el miedo, porque no podía combatirlo ni negarlo.
—No es Dun Ailean —dijo él.
—No.
—Tampoco intenta serlo.
Fiona volvió la cabeza hacia su marido. Había algo casi defensivo en aquella frase, no una disculpa, sino la advertencia de un hombre que conocía la dureza de su propia casa y no pretendía disfrazarla.
—Cada lugar nace con un destino diferente. Dun Ailean para cuidar a las tras hijas del laird MacLeod, Ironhold, para proteger al suyo.
Lachlan la observó un momento antes de mirar de nuevo hacia las murallas.
—Es un buen resumen.
Reanudaron la marcha. El camino descendía hacia el puente y, conforme se acercaban al portón, Fiona distinguió más movimiento en las murallas.
Dos hombres hablaban junto a la torre oriental.
Un muchacho corría por la galería superior con una lanza demasiado larga para su edad.
En el patio exterior había redes mojadas, barriles apilados, carros con leña y perros grandes que se apartaron al paso de los caballos sin ladrar, como si también ellos hubieran aprendido que en Ironhold no se desperdiciaba ruido sin motivo.
El portón empezó a abrirse antes de que Iain cruzara el puente.
La madera reforzada con hierro se desplazó hacia dentro con un quejido grave y la comitiva entró al patio principal al paso.
No hubo música, ni gritos de bienvenida, ni esa algarabía con la que Dun Ailean habría recibido a una hija que regresaba casada.
En Ironhold, la llegada del laird produjo otra clase de reacción.
Los mozos dejaron de hablar. Un herrero apoyó el martillo sobre el yunque.
Dos mujeres con cestos de ropa se apartaron junto al muro.
Los guerreros enderezaron la espalda y las criadas que cruzaban hacia las cocinas inclinaron la cabeza sin dejar de mirar de reojo a la mujer del sur que entraba junto a él.
Fiona vio entonces a Lachlan en su propio territorio.
No como huésped, ni esposo reciente, o como hombre que dormía en el suelo para no incomodarla.
Allí era el centro silencioso alrededor del cual se ordenaba todo lo demás.
No necesitaba elevar la voz. No necesitaba mirar dos veces.
El patio abría espacio para él con una naturalidad que no se aprende en un día, sino después de años de obedecer y de temer por una misma causa.
Un hombre joven apareció desde la zona de las cuadras antes de que la comitiva terminara de detenerse. Venía sin capa, con el cabello pegado a la frente por el viento y la urgencia escrita en la cara.
—Mi laird .
Lachlan desmontó de inmediato.
—Hablad.
—Han llegado dos hombres desde el puerto bajo. Dicen que anoche vieron señales en el farallón de Bredach. Tres luces. Después una. Igual que la vez anterior.
El patio se tensó de una forma casi imperceptible.
Iain, que acababa de bajar del caballo, se quedó quieto con una mano sobre las riendas.
Domhnall miró hacia la muralla norte. Uno de los perros levantó la cabeza.
Fiona no entendió qué significaban aquellas luces, pero sí comprendió el modo en que el aire cambió alrededor de todos.
—¿Quién lo vio? —preguntó Lachlan.
—MacRae y el hijo de Dugan.
—¿Están sobrios?
—Uno más que el otro.
—Traedlos al salón pequeño. Iain, conmigo. Ruairidh, cerrad el paso del puerto hasta que yo baje.
Nadie preguntó por qué. Ni pidieron una repetición de la orden.
Los hombres se movieron con rapidez, sin descontrol, y esa obediencia inmediata inquietó a Fiona mucho más que si hubieran gritado.
Lachlan se giró entonces hacia ella y en su rostro apareció durante un instante el peso exacto de lo que era ser laird de una casa rodeada de enemigos. No había cansancio posible.
—Fiona, tengo que ocuparme de esto.
—Lo sé.
Él la observó como si quisiera decir algo más y el patio no le dejara espacio para hacerlo.
Al final, se limitó a señalar con la cabeza hacia los escalones de la entrada principal, donde una mujer alta, de cabello blanco recogido bajo una cofia oscura, acababa de aparecer con las manos cruzadas delante del vientre.
—Morag os llevará dentro. Fue mi nodriza y gobierna esta casa desde antes de que yo pudiera sostener una espada. Confiad en ella.
—Id, Lachlan.
Él sostuvo su mirada un instante más. Después se volvió hacia Iain y cruzó el patio hacia una entrada lateral, seguido por varios hombres.
Fiona lo observó marcharse sin moverse, mientras el viento agitaba la falda de su vestido de viaje y el portón volvía a cerrarse con un ruido que pareció dejarla definitivamente dentro.
Morag bajó los escalones sin prisa.