El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XIX
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XIX

Fiona despertó con la sensación extraña de no saber dónde se encontraba.

Hacía muchos años que no le ocurría algo así y permaneció inmóvil bajo las mantas durante un instante, escuchando el crepitar suave de la chimenea y el viento golpeando las contraventanas exteriores, hasta que los recuerdos de la víspera terminaron regresando despacio.

La boda. El viaje. La posada. Lachlan.

Abrió los ojos despacio.

Junto a la chimenea, sentado sobre el suelo de tablas con la espalda apoyada contra el muro y los brazos cruzados sobre el pecho bajo la camisa abierta, Lachlan dormía profundamente.

La cabeza se le había inclinado hacia el hombro derecho y la lumbre, que tanto había costado dominar la noche anterior, ardía ahora tranquila con tres leños nuevos que la hostalera debía de haber añadido al amanecer.

Lo observó desde la cama durante tanto tiempo, que cualquier persona que la descubriera pensaría que se había convertido en piedra.

Dormido parecía más joven. La dureza habitual del rostro desaparecía casi por completo cuando cerraba los ojos y la mecha cana sobre la sien izquierda le caía desordenada sobre la frente igual que a un muchacho demasiado alto para seguir siendo joven.

Incluso la gran cicatriz parecía menos feroz bajo aquella luz gris azulada del amanecer.

Entonces bajó la vista hacia la manta arrugada sobre las tablas.

Había pasado la noche en el suelo.

Algo dentro de ella se tensó con una fuerza extraña al comprender que dormido incómodo solo para no hacerla sentir presionada durante su primera noche como marido y mujer.

Apartó las mantas con cuidado para no despertarlo y se levantó despacio. La camisa interior le llegaba a media pantorrilla y la trenza alta que Mhairi le había sujetado el día anterior se había desplazado durante la noche hasta quedar colgando sobre el hombro izquierdo.

La alcoba seguía envuelta en una luz tenue y silenciosa cuando se acercó a la jofaina.

Se lavó el rostro con el agua fría, se cepilló los dientes con el pequeño ramillete de menta seca que llevaba en la bolsa de los aceites y terminó apartándose varios mechones rebeldes de la frente antes de volverse hacia la silla donde descansaba el vestido azul oscuro de la víspera.

Fue entonces cuando descubrió que Lachlan tenía los ojos abiertos.

La observaba desde el suelo con la calma de un hombre que probablemente llevaba despierto bastante rato y no había querido moverse para no incomodarla.

—Fiona.

La voz grave le recorrió el cuerpo entero de una forma absurdamente inmediata.

Ella apoyó una mano sobre el respaldo de la silla intentando aparentar más serenidad de la que sentía.

—¿Lleváis mucho despierto?

—Lo justo para descubrir que os movéis por habitaciones ajenas como si llevarais años viviendo en ellas.

Fiona terminó sonriendo mientras recogía el chal verde de la víspera.

—Eso tiene menos mérito del que pensáis. Llevo media vida aprendiendo dónde se colocan las jarras, los aceites y los paños limpios. Al final una acaba fijándose sin darse cuenta.

La comisura de la boca de su esposo se tensó con ligereza.

—No os critico, tan solo os observo.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Que la crítica suele responderse. La observación no siempre.

Aquello le arrancó una risa pequeña que intentó amortiguar enseguida llevándose la mano a la boca. Lachlan terminó incorporándose despacio, con el cuidado contenido de un hombre al que quizá le dolía la espalda bastante más de lo que pensaba admitir delante de su esposa.

—Deberíais haber dormido en la cama —murmuró Fiona sin pensar demasiado en lo que decía.

Lachlan se apoyó un instante contra el muro antes de ponerse de pie por completo.

—Y vos habríais pasado la noche entera despierta esperando a ver qué hacía yo después.

Fiona abrió la boca. La cerró otra vez. Porque lo peor era que tenía razón.

—Además, he dormido en sitios bastante peores.

Fiona volvió a mirar la manta sobre las tablas y las imágenes aparecieron solas dentro de su cabeza. Campañas. Guerra. Frío. Sangre. Años enteros durmiendo sobre piedra húmeda o tierra helada mientras otros hombres intentaban matarlo antes del amanecer.

La idea le encogió algo dentro del pecho.

Quizá por eso, cuando volvió a levantar la vista hacia él, sus ojos ya no les parecieron solo los de un guerrero peligroso, sino los de un hombre cansado.

Lachlan sostuvo la mirada de Fiona durante unos segundos más antes de apartarse hacia la jofaina.

El agua fría debió de terminar de despertarlo del todo porque se pasó ambas manos por el rostro y después por el cabello oscuro, echándolo hacia atrás mientras el amanecer seguía extendiéndose por la alcoba.

Fiona aprovechó aquel momento para girarse hacia la silla y recoger el vestido azul oscuro de la víspera.

La tela conservaba todavía el olor leve del humo de Dun Ailean mezclado con lavanda y viento frío, y algo en aquello le apretó el pecho con una nostalgia inesperada.

Habían pasado unas horas y, aun así, su vida entera parecía haber quedado a varios inviernos de distancia.

—La hostalera dijo anoche que podían subirnos comida —murmuró mientras ordenaba la falda sobre los brazos—. Supongo que deberíamos desayunar antes de continuar el viaje.

—Ya lo han hecho.

Fiona volvió la cabeza hacia él con el ceño fruncido.

—¿Cómo decís?

—La comida. La han subido mientras dormíais.

Señaló entonces la pequeña mesa junto a la ventana. Fiona ni siquiera la había visto. Sobre la madera descansaban dos cuencos de avena caliente, pan negro recién cortado, mantequilla, queso curado y una tetera pequeña todavía humeante junto al fuego.

—No quería despertaros —añadió él mientras terminaba de ajustarse la camisa.

Aquello le produjo otra de esas sacudidas absurdas que llevaba sintiendo desde la víspera, porque Lachlan hacía las cosas importantes exactamente igual que hacía las pequeñas: sin convertirlas nunca en un espectáculo.

Fiona dejó el vestido sobre la cama y terminó sentándose junto a la mesa mientras el norteño ocupaba la silla frente a ella.

El mueble crujió bajo el peso de Lachlan y, durante un instante, el pequeño cuarto de la posada adquirió una intimidad tan doméstica que a Fiona le costó recordar que llevaban casados un día.

El vapor de la tetera subía despacio entre ambos mientras él le servía primero a ella antes de llenar su propia taza.

Otro gesto pequeño. Natural.

Pero Fiona empezaba a sospechar que aquellos detalles terminarían resultándole mucho más peligrosos que las cicatrices, la espada o el tamaño descomunal de aquel hombre.

—¿Os duele mucho la espalda? —preguntó al fin antes de beber.

Lachlan levantó una ceja.

—¿La espalda?

—Habéis dormido sobre el suelo.

—He dormido sobre roca mojada, Fiona. Las tablas de una posada no cuentan como sufrimiento.

Ella removió despacio la infusión dentro de la taza antes de alzar la vista hacia él.

—Eso no responde a mi pregunta.

Aquello volvió a provocar esa mínima tensión en su boca, que en cualquier otro hombre habría sido una sonrisa completa.

—Sois mujer de preguntas.

—Y vos un hombre de respuestas esquivas.

—Eso me ha mantenido vivo bastantes años.

Fiona terminó sonriendo por encima de la taza y Lachlan sostuvo la mirada un instante más antes de bajar la vista hacia el pan negro.

Había algo extrañamente tranquilo en aquel desayuno. Algo que no se parecía en nada a lo que Fiona había imaginado acerca del matrimonio. No existía incomodidad entre ellos. Tampoco obligación. Solo silencio, calma y una sensación peligrosa de costumbre naciendo demasiado deprisa.

Fuera, el viento golpeó las contraventanas con más fuerza y Fiona volvió la cabeza hacia la ventana.

—¿Falta mucho para llegar?

—Varias horas todavía.

—¿Y el camino sigue siendo igual de horrible?

—Peor.

Ella soltó una pequeña exclamación indignada que hizo que Lachlan terminara mirándola directamente otra vez.

—Eso no os preocupa tanto como fingís.

—Claro que sí porque no sé si tengo piernas.

—La otra tarde tampoco parecían preocuparos demasiado las piernas cuando decidisteis galopar media colina para apagar un incendio.

Fiona se quedó quieta. Lachlan tomó otro pedazo de pan antes de continuar, como si no acabara de dejar caer aquello en mitad del desayuno.

—Os observé bastante bien desde arriba, por si os lo preguntabais.

El calor le subió de inmediato al rostro porque la voz del norteño había cambiado un poco. Lo justo. Y aquello resultaba infinitamente peor.

—No estaba haciendo nada extraño.

—No he dicho que lo hicierais.

—Entonces dejad de mirarme así.

La comisura de la boca de Lachlan volvió a tensarse.

—¿Así cómo?

Fiona abrió la boca. No respondió.

Porque el problema era precisamente que no sabía cómo describir aquella mirada. Era tranquila, silenciosa. Pero había algo que le hacía sentir calor incluso sentada frente a una taza de té caliente.

Lachlan pareció disfrutar demasiado de aquel silencio. No insistió. Simplemente siguió desayunando con esa calma insoportable de hombre que ya había comprendido mucho más de lo que pensaba admitir en voz alta.

Fiona terminó apartando la vista hacia la ventana otra vez para recuperar algo parecido al sentido común.

El paisaje exterior había cambiado durante la noche.

Las montañas del sur quedaban ya muy atrás y el terreno comenzaba a volverse más abrupto, más oscuro, más salvaje incluso bajo la luz gris del amanecer.

El norte.

Por primera vez desde la boda, Fiona sintió una punzada real de nervios porque dentro de unas horas vería Ironhold. El hogar de Lachlan. El lugar donde tendría que aprender a vivir.

Como si hubiese adivinado lo que estaba pensando, su marido dejó la taza sobre la mesa y habló con la misma tranquilidad sobria de siempre.

—No tenéis que preocuparos tanto.

Fiona volvió la cabeza hacia él.

—¿Se me nota mucho?

—Bastante.

—Eso es humillante.

—No especialmente. Yo también estaría preocupado si tuviera que entrar en una fortaleza llena de MacThane armados hasta los dientes.

Aquello le arrancó una risa suave y, por primera vez desde que había abandonado Dun Ailean, Fiona sintió que el miedo dentro del pecho se aflojaba un poco.

El desayuno terminó poco después. Lachlan se levantó primero y recogió las capas oscuras apoyadas junto a la puerta mientras Fiona terminaba de colocarse el vestido y rehacía la trenza frente al pequeño espejo empañado de la pared.

La habitación seguía oliendo a humo y té caliente cuando él se acercó por detrás para tenderle el manto grueso de viaje.

Los dedos de ambos se rozaron un instante. Solo eso.

Pero el cuerpo de Fiona reaccionó igual que la noche anterior. El pulso se le aceleró y tuvo que concentrarse demasiado en sujetar correctamente la tela sobre los hombros para que Lachlan no notara nada.

O quizá sí lo notó.

Porque la mirada de su esposo descendió un instante hacia su boca antes de apartarse otra vez con esa calma insoportable que empezaba a volverla medio loca.

Bajaron juntos al comedor de la posada poco después. A aquella hora había media docena de viajeros repartidos entre las mesas y varios hombres del norte ya desayunaban junto al fuego principal. Iain levantó la vista en cuanto ellos aparecieron por la escalera y una sonrisa lenta atravesó su barba.

Fiona sospechó que aquel hombre disfrutaba demasiado observándolo todo.

— Milady —saludó mientras se ponía en pie—. Mi laird .

—Espero que nadie haya destrozado nada durante nuestra ausencia —murmuró Lachlan.

—Todavía no. Aunque Angus casi mata al marido de la posadera por querer ofrecerle leche de cabra en vez de vino rancio.

Uno de los guerreros soltó una carcajada al fondo de la sala. Fiona terminó sonriendo sin querer mientras se ajustaba el manto. Había algo distinto en los hombres del norte cuando estaban juntos. Menos rigidez. Más ruido. Más vida de la que ella había imaginado viendo únicamente a Lachlan.

La hostalera apareció desde la cocina con una bolsa envuelta en tela.

—Pan, queso y carne seca para el camino —explicó mientras se la entregaba—. Llegaréis antes del anochecer si el cielo aguanta.

Lachlan asintió agradecido antes de dejar varias monedas sobre la barra.

Fuera, el viento golpeó el patio de la posada en cuanto cruzaron la puerta principal. Los caballos estaban preparados y los hombres terminaban de ajustar los últimos amarres de los carromatos bajo un cielo gris cada vez más pesado.

Fiona apoyó una mano sobre la silla de montar antes de volver la cabeza hacia el norte. Las montañas parecían distintas allí arriba.

Más oscuras y salvajes.

Como si el mundo se volviera poco a poco más antiguo conforme avanzaban hacia Ironhold. Lachlan se acercó entonces por detrás y sujetó las riendas de la yegua mientras ella montaba.

—Si el cielo aguanta despejado, veremos Ironhold antes del anochecer.

Fiona sintió de inmediato cómo el pulso volvía a tensársele dentro del pecho.

—¿Se ve desde lejos?

Su marido la observó un instante mientras montaba sobre el caballo oscuro.

—Demasiado.