El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XVIII
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XVIII

La comitiva avanzó al paso por el sendero del valle bajo, envuelta en ese silencio espeso que dejan las despedidas cuando todavía siguen doliendo demasiado para convertirlas en conversación.

Iain cabalgaba el primero. Lachlan, unos metros detrás. Fiona avanzaba entre ambos mientras los cuatro hombres del norte se repartían alrededor de los carromatos con la vigilancia tranquila de quienes llevaban demasiados años viajando armados para relajarse del todo incluso en caminos seguros.

Cabalgaron así durante buena parte de la tarde.

El viento descendía desde las montañas con ese frío húmedo propio de las Highlands al caer el día, pegándose a la piel incluso bajo las capas gruesas.

Bajo las pezuñas de las cabalgaduras, el sendero crujía entre barro, piedra y hojas arrastradas por el otoño temprano.

A veces el único sonido era el tintinear de los arreos.

Otras, el rumor del río descendiendo entre las rocas junto al camino.

Fiona no volvió la cabeza ni una sola vez hacia Dun Ailean.

No porque no quisiera hacerlo, sino porque sospechaba que, si miraba atrás, aunque solo fuera una vez, no encontraría fuerzas para continuar avanzando.

La despedida seguía oprimiéndole el pecho de una forma extraña. Veía todavía el patio lleno de gente, las manos de Margaid sujetando el manto gris sobre las piernas y a Isla intentando bromear para no echarse a llorar delante de medio clan.

Todo había quedado atrás demasiado deprisa.

Fiona bajó la vista hacia las riendas mientras el viento frío descendía desde las montañas. Por primera vez en toda su vida, no sabía cuándo volvería a cruzar el portón de su hogar.

La yegua avanzó unos metros más antes de que Fiona escuchara el sonido de otro caballo aproximándose por la izquierda. Iain acortó el paso hasta colocarse a su altura y sostuvo las riendas con una sola mano mientras el animal expulsaba humo blanco hacia el aire frío de la tarde.

— Milady .

Fiona levantó la vista.

—Iain.

El hombretón pareció ordenar primero las palabras dentro de la cabeza antes de continuar.

—Iba a deciros una sola cosa. Después decidís si queréis seguir escuchándome o si preferís que vuelva al frente y os deje tranquila hasta el anochecer.

Fiona asintió en silencio.

Iain miró un instante hacia el camino antes de continuar con esa calma sobria de los hombres que saben cuándo alguien necesita compañía y cuándo necesita simplemente respirar.

—La primera tarde del viaje a Ironhold se hace callada. Es costumbre nuestra. Antigua. La mujer que deja atrás su hogar para marcharse al norte tiene derecho a pasar las primeras horas del camino pensando en lo que ha dejado sin verse obligada a conversar con nadie.

Fiona permaneció quieta sobre la montura mientras el viento agitaba los bordes del manto oscuro.

—Si queréis hablar conmigo, habláis. Si no queréis decir nada, no decís nada y yo vuelvo a mi puesto. Y mi laird , detrás de vos, tampoco os dirigirá palabra esta tarde. No porque no quiera, sino porque así se hace.

Aquello le apretó algo dentro del pecho con una fuerza inesperada.  Porque no era simple cortesía. Era un grupo de hombres endurecidos por el norte intentando proteger el dolor de una mujer sin convertirlo en espectáculo.

Tardó unos segundos en responder.

—Os lo agradezco, Iain. Pero hoy no quiero hablar. Mañana quizá sí, si me concedéis todavía el permiso.

Una sombra de sonrisa apareció bajo la barba del hombretón.

—Mañana podéis preguntarme lo que queráis.

Después inclinó la cabeza y espoleó otra vez el caballo hacia el frente de la comitiva sin esperar más conversación.

Fiona observó cómo se alejaba unos metros y, casi inmediatamente después, volvió a sentir la presencia de Lachlan detrás de ella.

No necesitaba girarse para saber dónde estaba.

Lo sabía igual que una persona sabe cuándo alguien ocupa el otro extremo de una habitación completamente a oscuras.

El ritmo constante de los cascos del caballo. La distancia exacta que mantenía respecto a su yegua. La sensación extraña de seguridad que empezaba a envolverla cada vez que él se encontraba cerca.

Aquello resultaba peligrosamente nuevo.

El sendero comenzó a estrecharse conforme avanzaban entre las montañas. A la izquierda se abría una pendiente cubierta de pinos oscuros y, a la derecha, el río descendía entre piedras húmedas formando pequeñas corrientes blancas que el viento arrastraba hacia el camino.

Fiona respiró hondo.

Por primera vez desde que abandonó Dun Ailean aquella mañana, consiguió hacerlo sin sentir que algo iba a romperse dentro de ella.

La tarde cayó despacio sobre el valle.

El cielo empezó a teñirse de gris azulado cuando la comitiva alcanzó el viejo puente de madera cercano al paso de Cairnish. Uno de los hombres del norte desmontó para revisar las ruedas del segundo carromato mientras Iain discutía algo en voz baja con el conductor.

Lachlan aprovechó aquella breve detención para adelantar el caballo unos pasos.

No llegó a colocarse a su altura.

Solo más cerca.

La suficiente distancia para que Fiona percibiera el calor del animal y el olor a cuero húmedo mezclado con humo impregnado todavía en la ropa del norteño.

Terminó levantando la vista hacia él casi sin darse cuenta.

Lachlan sostenía las riendas con firmeza mientras contemplaba el puente con esa calma sobria que parecía acompañarlo incluso cuando permanecía completamente quieto.

El viento movía varios mechones oscuros alrededor de su frente y la cicatriz de la mandíbula resaltaba más bajo la luz fría del atardecer.

Entonces él volvió la cabeza y sus ojos se encontraron.

Fiona comprendió de inmediato que Lachlan sabía a la perfección que llevaba un buen rato observándolo.

Ninguno habló. No hacía falta.

Su marido sostuvo la mirada un instante más antes de centrar la atención hacia el camino y hacer retroceder el caballo a su posición inicial.

Aquello fue todo.

Y, aun así, Fiona sintió el corazón golpeándole el pecho durante varios minutos.

La comitiva continuó avanzando hasta el atardecer sin más interrupciones. El frío se volvió más intenso conforme el sol desaparecía detrás de las montañas y las primeras luces comenzaron a aparecer a lo lejos entre los árboles del paso.

La posada surgió media legua después del cruce.

Era una casa baja de piedra oscura y techo de paja, construida junto al camino como si llevara generaciones esperando viajeros cansados bajo aquellas montañas.

La luz cálida de las ventanas se derramaba sobre el barro húmedo del exterior y el humo salía en espirales densas por la chimenea principal.

La hostalera apareció en la puerta con un farol en la mano.

Era una mujer recia, de unos cincuenta años, con los antebrazos enrojecidos por el trabajo junto al fuego y el delantal todavía manchado de grasa de cocina.

Lachlan desmontó primero y habló con ella en voz baja mientras uno de los mozos corría hacia el establo para recoger las riendas de las cabalgaduras.

La mujer asintió varias veces antes de dirigir una reverencia respetuosa hacia Fiona.

—La alcoba principal está preparada para vos y vuestro esposo. También hay caldo caliente y comida recién sacada del fuego. Si preferís cenar arriba, mi hija os lo subirá enseguida.

Fiona agradeció no tener que bajar aquella noche a un comedor lleno de desconocidos.

—En la alcoba estará bien, gracias.

—Enseguida os lo subimos.

Lachlan esperó a que ella desmontara antes de entrar en la posada.

El gesto fue pequeño. Natural. Aun así, Fiona volvió a notar aquella misma sensación extraña que llevaba persiguiéndola toda la tarde, la de estar siendo cuidada sin que nadie hiciera de ello un asunto visible.

Subieron por una escalera estrecha de madera. La hostalera abrió una puerta al final del corredor y se apartó para dejarlos pasar.

La alcoba era sencilla, una cama grande junto al muro del fondo, una chimenea pequeña encendida, una jofaina sobre la mesilla y dos velas proyectando sombras temblorosas sobre la piedra.

La puerta se cerró detrás de ellos y el pequeño cuarto de la posada quedó envuelto de inmediato en el crepitar suave de la chimenea y en ese silencio extraño que solo existe cuando dos personas se encuentran por primera vez completamente solas después de una boda.

Fiona permaneció quieta junto a la puerta mientras el calor del fuego empezaba a devolverle la sensibilidad a las manos entumecidas por el viaje.

La habitación olía a humo, madera vieja y lavanda seca.

Las velas encendidas sobre la mesilla proyectaban sombras cálidas sobre los muros de piedra y la cama del fondo parecía ocupar demasiado espacio dentro de aquella alcoba pequeña.

Una sola habitación y cama.

Dejó el ramo de Roselyn sobre la mesilla e intentó concentrarse en cualquier cosa que no fuera el hombre que acababa de entrar tras ella. El chal verde. Los guantes húmedos. La pequeña bolsa con los aceites. Pero seguía notándolo detrás de ella, igual que había ocurrido durante todo el viaje.

El peso de su presencia.

El sonido grave del cinturón al caer sobre la silla.

El agua moviéndose dentro de la jofaina.

Fiona respiró despacio mientras se quitaba los guantes con dedos demasiado lentos. Sentía todavía el cuerpo cansado por las horas de caballo y el vestido pesado sobre la cintura, aunque había algo mucho peor latiéndole dentro desde hacía rato.

Porque durante todo el viaje había intentado ignorar lo que ocurría cada vez que Lachlan se acercaba demasiado.

Ahora ya no podía hacerlo.

La luz de la chimenea proyectó entonces su sombra sobre el muro y Fiona terminó levantando la vista casi sin darse cuenta.

Lachlan permanecía junto a la jofaina con la camisa abierta hasta la cintura y el cabello húmedo echado hacia atrás.

El agua había oscurecido la tela sobre el pecho y esta se adhería ahora a la piel y a las cicatrices que cruzaban su torso como restos antiguos de guerra.

Los hombros anchos, los brazos fuertes y la línea dura del abdomen quedaban marcados bajo la camisa mojada de una forma casi obscena a la luz del fuego.

Fiona dejó de respirar un instante.

No debería haberlo mirado tanto.

Lo sabía.

Pero tampoco conseguía apartar los ojos.

Había algo devastador en el contraste entre el hombre sobrio y contenido que mostraba al mundo y el cuerpo endurecido por años de batalla que la lumbre iba descubriendo delante de ella. Porque aquel cuerpo hablaba de otra versión de él. Una mucho más peligrosa. Mucho más masculina.

La chimenea chasqueó de pronto y las llamas crecieron un palmo. Fiona siguió observándolo.

La vela más cercana a la jofaina se inclinó hacia su marido, como si el calor de la habitación hubiese cambiado de dirección.

Entonces Lachlan levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron y Fiona comprendió de inmediato que él sabía lo que acababa de ocurrir. No porque hubiese mirado el fuego, sino porque la estaba mirando a ella.

El silencio que cayó entonces dentro de la alcoba fue distinto a todos los anteriores.

Permaneció quieto junto a la jofaina mientras sostenía la mirada de su esposa desde el otro extremo de la habitación. Había algo peligrosamente sereno en la forma en que la observaba, una calma masculina que resultaba mucho peor que cualquier gesto brusco, porque no parecía sorprendido.

Parecía satisfecho.

La vela volvió a estremecerse y Fiona sintió el calor subirle por el cuello al darse cuenta de que llevaba demasiado rato mirándolo como una mujer mira a un hombre al que desea tocar.

Y lo peor era que su marido lo sabía.

Claro que lo sabía.

La chimenea rugió otra vez detrás de ella y las sombras comenzaron a moverse sobre los muros de piedra.

Nunca había deseado a nadie de aquella forma. Ni siquiera sabía que el cuerpo pudiera reaccionar así ante un hombre. El calor bajo la piel. El pulso desordenado. La sensación absurda de que el aire dentro de la habitación se había vuelto demasiado pequeño para los dos.

Lachlan dejó entonces el paño húmedo sobre la mesilla y empezó a remangarse despacio la camisa todavía abierta.

Fiona siguió el movimiento sin querer hacerlo.

Los antebrazos fuertes. Las manos grandes.

Las cicatrices antiguas perdiéndose bajo la tela húmeda.

Y aquella tranquilidad insoportable con la que él parecía soportar ser observado.

La llama de una de las velas volvió a inclinarse hacia él.

La boca de Lachlan se tensó un poco. No llegó a sonreír.

Pero Fiona tuvo la certeza absoluta de que su marido estaba disfrutando de aquello muchísimo más de lo que pensaba admitir jamás.

Y, de alguna manera, eso lo volvió todavía más peligroso.

Lachlan avanzó entonces un solo paso hacia ella. No más. La distancia entre ambos se redujo lo suficiente para que Fiona percibiera con claridad el olor a cuero húmedo, humo y viento frío impregnado todavía en la piel del norteño.

El corazón empezó a golpearle el pecho con tanta fuerza que las llamas respondieron otra vez detrás de ella.

Más altas y vivas.

Lachlan bajó la vista hacia el fuego antes de regresar a los ojos de Fiona. Aquella vez sí apareció algo parecido a una sonrisa en la comisura de su boca. Pequeña, masculina, devastadora.

—Esposa —murmuró con esa voz grave que parecía rozarle directamente la piel—, vais a conseguir que esta habitación termine ardiendo.

La frase le recorrió el cuerpo entero. Fiona sintió el calor extenderse desde el pecho hasta la garganta mientras la chimenea crepitaba con fuerza.

Y lo peor de todo fue comprender que su marido no parecía preocupado en absoluto por lo que estaba presenciando.

Estaba disfrutando al saber que despertaba deseo en su esposa.