El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XVII
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XVII

Bridie salió la primera. Llevaba en el delantal el ramo de hierbas que Roselyn había preparado para Fiona el día anterior y que la novia había dejado sobre la mesa del comedor familiar al levantarse del banquete.

Aileas le había dicho a la cría que se lo llevara a la mayor antes de que la comitiva se pusiera en marcha.

—Mi señora, Aileas dice que vos os olvidasteis esto encima de la mesa —pronunció la cría tendiéndole el ramo con las dos manos—. Si no os lo traigo a tiempo, me suspende el desayuno tres días. Cogedlo vos, por favor.

—Aileas tiene razón —le aseguró Fiona aceptando el ramo y reprimiendo la sonrisa—. Y vos vais a desayunar mañana, pasado mañana y todos los días de aquí a Navidad. Aileas no os suspende el desayuno ni, aunque rompierais la jarra grande de plata. Eso lo sabe ella mejor que vos.

—¿Aileas siempre tiene razón, mi señora?

—Casi siempre. Y cuando no la tiene, lo arregla antes de que nadie se entere.

Bridie no se movió. Tenía los ojos llorosos y las manos pegadas al delantal. Fiona se acuclilló frente a ella, con cuidado de no arrugar el azul oscuro del vestido contra el empedrado. Le posó la mano sobre la cabeza.

—Bridie, escuchadme. Aileas os va a enseñar más cosas. Mhairi, también. Y la sala de tejer no se cierra porque yo me marche, así que Eilis os va a enseñar a vos a devanar lana cuando os lo permita. Y, cuando volváis a pelar nabos en aquella cocina, os acordáis de mí. ¿Lo haréis?

—Mi señora, yo me acuerdo de vos pelando peras también, y aceitunas, y todo lo que me manden pelar. De mí no os vais a borrar.

—Buena niña. Pelad lo que os manden, no discutáis con la cocinera más de la cuenta y, Bridie, una última cosa.

—¿Sí, mi señora?

—Si Aileas llora en la cocina esta tarde, no le digáis a nadie que lo sabéis. Y, sobre todo, no le digáis a ella que yo lo sé.

—Estamos.

Fiona se irguió. Bridie corrió otra vez hacia las cocinas con el delantal volando. Antes de entrar, se persignó. Lo hizo sin pensarlo, por costumbre vieja.

Aileas no salió.

Mhairi se acercó en su lugar. La doncella llevaba el chal verde de viaje doblado sobre el brazo izquierdo, la bolsa de los aceites de Eilis colgando del hombro derecho y un pañuelo de lino bien apretado en el puño.

Estaba llorando. No mucho. Lo justo para que se le notara la respiración alterada al hablar.

— Milady , vuestra madre me ha mandado que os entregue el chal de viaje y la bolsa de Eilis. Si me lo permitís, un consejo que ella no os puede dar ahora porque está en el portón con vuestro padre.

—Mhairi, dejad eso.

—¿El qué, mi señora?

—Lo de milady . Llevo veinte años llamándoos por vuestro nombre y vos a mí por el mío. No me cambiéis de tratamiento ahora porque me he casado esta mañana. Hoy todavía no. Mañana, si queréis, lo discutimos por carta. Hoy no.

—Sí, mi señ… —empezó la doncella antes de tragar saliva y rectificarse a media palabra—. Sí, Fiona. Os lo concedo. Aunque me cuesta más de lo que os imagináis y os aviso de que en cuanto cruce el portón yo me vuelvo a las costumbres.

Le tendió el chal. Fiona lo cogió. Lo dobló sobre el antebrazo. La mujer le ajustó la bolsa de los aceites en el costado izquierdo, encima del cíngulo.

—Mhairi. ¿Vais a estar bien aquí sin mí?

—Yo voy a estar bien, Fiona. Vuestra madre me necesita más esta semana que la pasada.

Vuestras hermanas, también, sobre todo Isla, que la veo venir y va a quererme abrazar las próximas cuatro tardes mientras llora por vos.

Y Bridie no acaba de aprender a fregar las cazuelas grandes, así que tengo trabajo para tres meses.

Vos tranquila. Quien va a estar peor las primeras semanas no soy yo. Sois vos.

—Mhairi.

—Y si en Ironhold no tenéis quien os peine la trenza alta del clan, escribidme. Yo se lo enseño por carta a quien me digáis. Esa trenza no se aprende sola.

—Os lo prometo.

Mhairi se apartó dos pasos. Le hizo a Fiona la reverencia mínima del clan, esa que la doncella reservaba para Margaid en los actos formales y que jamás le había hecho a una de las hijas hasta esa mañana.

Roselyn vino después. La mediana llevaba el cabello recogido y los ojos verdes muy abiertos. Le tendió a su hermana mayor un frasco pequeño envuelto en un paño de hilo.

—Hermana, esto es para vos. Para los dolores de cabeza que vais a tener. Tres gotas en agua caliente.

—¿Qué dolores de cabeza, Roselyn?

—Los que os van a entrar en Ironhold. No me preguntéis vos cómo lo sé, porque no os lo voy a explicar bien. Pero los vais a tener. Las dos primeras semanas, sobre todo.

—Roselyn. Si me echáis demasiado de menos durante esas dos primeras semanas, podéis escribidme. No solo si os pasa algo grave. También si no pasa nada.

—No me voy a permitir echaros demasiado de menos. Eso lo tengo decidido desde que se anunció la boda.

—Eso no se decide, Roselyn.

—Yo decido lo que me da la gana.

Fiona se rio. Le salió áspera. Roselyn no se rio.

La mediana se inclinó hacia delante con la solemnidad de quien va a entregar un objeto sagrado, le posó la frente sobre la cabeza a la hermana mayor durante un segundo justo y se apartó.

No la abrazó. Roselyn no abrazaba a nadie, ni siquiera a Margaid, según había decretado a los diez años.

Pero la frente sobre la cabeza, para la mediana, era el abrazo.

Isla llegó la última.

La pequeña tenía los ojos rojos y los carrillos llenos de lagrimones de los que no se molestaba en limpiarse. Llevaba en la mano una rienda corta.

—Isla. ¿Qué hacéis vos con esa rienda?

—Es de Fiona, hermana. De la potra. Vos os llevasteis esta mañana la mano izquierda mía cuando salisteis de la mesa del banquete.

Yo os doy a cambio la rienda de la potra.

A Eachann el mozo le he ordenado que sea él quien la monte mientras me espera.

Así, cuando vos volváis al sur, la potra esté hecha al jinete y vos os la podáis llevar sin más trámite.

—Isla, no puedo llevarme la rienda de una potra a un castillo del norte que está a varios días de camino. La primera tormenta de invierno me la va a echar a perder. Devolvédmela cuando vuelva.

—No me digáis Isla con ese tono. Coged la rienda. La cogéis vos y la lleváis a Ironhold y la colgáis en lo alto de vuestra alcoba o donde os parezca, pero la cogéis. Eso lo decido yo, no vos.

Fiona cogió la rienda. La pequeña le pegó a la mayor con la palma abierta en el hombro. Una sola vez. Fuerte. Sin pedirle permiso. Después se le rompió la contención y rompió a llorar de verdad, en alto, sin pudor.

—Hermana, no me deis abrazo. Os juro por la memoria de la madre de nuestra madre que si vos me dais abrazo me caigo aquí mismo, en el empedrado del patio, delante del clan entero y de los hombres del norte.

No me deis abrazo, hermana. Subíos a la yegua.

Marchaos. Cuando crucéis el portón, vos no os volváis a mirar atrás.

—Bien, Isla. No os doy abrazo. Subo a la yegua. Cruzo el portón. Y no me vuelvo. Os lo prometo.

—Bien.

La pequeña se apartó. No volvió a mirar a la hermana. Caminó hacia el muro de las cuadras con los hombros encogidos y se pegó a la piedra. Aindreas le ofreció el brazo sin que ella se lo pidiera. Isla se cogió de él. No habló más en toda la mañana.

Margaid esperaba junto a la yegua.

Llevaba el manto cerrado y el cabello recogido con dos pasadores. Tenía los ojos secos.

—Hija, escuchadme antes de subir vos a la yegua. Subid sola. No le pidáis a vuestro esposo que os ayude. Si él os ayuda la primera vez, os va a ayudar todas las demás. Y eso, lo que empieza como un detalle, después pesa.

—Sí, madre.

—Y otra cosa. Escribidme cuando lleguéis. Una carta corta. No me importa a mí que la carta sea corta. Solo me importa que llegue.

—Os llegará.

—Y lo último. Vos sois más fuerte de lo que os vais a creer las primeras semanas en aquella casa.

Yo lo sé porque os conozco desde antes de que vuestro padre os conociera.

Os vais a sentir débil, perdida y poca cosa más veces de las que estaréis dispuesta a admitirme por carta.

No me importa que no me lo admitáis. Lo que sí me importa es que, mientras os sintáis así, no os olvidéis de lo que os acabo de decir.

Margaid se acercó. Le posó las dos manos sobre los hombros y se las apretó. La miró a los ojos. Fiona se sostuvo.

—Madre. Vos también escribidme. No solo si pasa algo grave. Escribidme también si no pasa nada. Si la tarde es larga y vos os sentáis al telar y os acordáis de mí, cogéis vos pluma y pergamino.

—Lo haré. Una línea por semana mientras lo necesitéis. Lo tengo decidido desde anoche.

—Bien.

Margaid soltó los hombros. Fiona se montó en la yegua sola, conforme a la orden, con el estribo izquierdo primero y la mano firme en la perilla.

Callum aguardaba junto al portón. Cuando la comitiva entera estuvo lista y su hija se montó en la yegua, dio dos pasos hacia ella con la espada del cinto colgando y la barbilla más baja de lo que solía llevar en los actos del clan.

Le posó la mano sobre el muslo derecho, encima del azul oscuro del vestido, y la mantuvo allí un instante largo.

—Hija. Escuchadme antes de que crucéis ese portón.

Si en algún momento, durante los próximos meses o años, necesitáis algo que no os pueda dar Ironhold, sea lo que sea, me lo decís a mí.

No a vuestra madre. Ella ya tiene bastante con lo suyo.

Yo no respeto a nadie cuando se trata de mi hija mayor. ¿Lo habéis entendido?

—Lo he entendido, padre. Os lo prometo.

—Bien.

Callum no añadió más. Le retiró la mano del muslo despacio. Le dio una palmada corta a la yegua en el cuello. Hizo a Aonghas, en la torreta, un gesto con la barbilla. Aonghas abrió el portón.

Lachlan se montó sobre el bayo grande. Iain, sobre su caballo. Los cuatro hombres del norte, sobre los suyos. Los dos carromatos, en marcha. Fiona, sin volverse hacia Isla, cruzó el portón al paso.

El portón se cerró detrás.

Y Margaid, junto a la yegua de Mhairi, lloró por fin. Tres lágrimas. Calladas. Por la mejilla izquierda. La doncella no comentó nada. Aileas, en la cocina, lloraba en alto sin que nadie del patio la oyera.