El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XVI #2
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XVI #2

Fue un beso breve y contenido, demasiado consciente de las decenas de ojos clavados sobre ellos. Sin embargo, cuando sus labios rozaron los de Fiona, ella reconoció de inmediato el mismo calor pausado del patio, la misma calma devastadora que la había dejado sin respiración el día anterior.

En el último instante él le apretó los dedos una sola vez. Con discreción. Sin que nadie pudiera verlo. El gesto terminó de desordenarle el corazón.

Cuando el cura los declaró marido y mujer, los hombres del norte gritaron el nombre de su laird y los MacLeod respondieron con la misma fuerza. Bridie lanzó al fin los pétalos secos al aire, aunque la mitad siguieron pegados a sus manos.

La niña se puso colorada. Aileas, a su lado, fingió no darse cuenta mientras le apartaba varios pétalos de la manga.

El banquete comenzó poco después.

La sala grande de Dun Ailean se llenó de humo de chimenea, olor a carne asada y voces mezcladas unas con otras hasta formar ese ruido cálido y desordenado propio de los días importantes del clan.

Sobre las mesas aparecieron fuentes de cordero, panes oscuros todavía calientes, queso curado y jarras de hidromiel que los muchachos alcanzaban a rellenar antes de que alguien volviera a vaciarlas.

Fiona ocupó el lugar de honor junto a Lachlan y, cada vez que giraba la cabeza hacia él, le costaba recordar que aquel hombre ya no era únicamente el laird del norte sentado a su lado.

Era su marido. La palabra seguía resultándole extraña.

Pesada. Mucho más íntima que el beso compartido delante del cura y de medio clan.

Iain se inclinó hacia ella al cabo de un rato, sujetando la jarra con ambas manos y esa gravedad absurda que siempre parecía anunciar alguna tontería.

— Milady .

Fiona apartó la atención del plato.

—¿Qué sucede ahora?

—La cría de los pétalos.

Ella tardó un segundo en comprender.

—¿Bridie?

—La misma. Se le quedaron pegados a las manos igual que a las crías de Ironhold cuando tiran avena en las bodas.

Fiona sonrió.

—¿En Ironhold lanzan avena a las novias?

—Y media termina dentro de los vestidos porque las crías apuntan fatal. La cocinera mayor lleva treinta años insistiendo en la tradición y las madres treinta años diciendo que algún día una muchacha acabará cegando al sacerdote del valle con un puñado entero.

Fiona terminó soltando una risa pequeña. Iain bebió otro trago antes de continuar, esta vez con menos humor en la voz.

—Lo que intento deciros, milady , es que cuando lleguéis al norte no todo os resultará tan distinto como imagináis.

Aquellas palabras le apretaron algo dentro del pecho.

Lachlan las oyó desde su lado de la mesa.

No intervino. Se limitó a dirigir una breve mirada hacia Iain antes de volver la atención hacia la copa que tenía delante, y Fiona comprendió de inmediato que el segundo del norte no hablaba por casualidad.

Quizá incluso obedecía una preocupación que su laird jamás habría expresado en voz alta delante de los demás.

La idea la desarmó más de lo que esperaba.

Sin pensarlo demasiado, apoyó la mano sobre el antebrazo de Iain y lo apretó un instante.

—Gracias.

El hombretón carraspeó incómodo y fingió interesarse de repente por la jarra.

—Bueno… alguien tiene que evitar que lleguéis creyendo que dormimos sobre nieve y nos alimentamos de viajeros perdidos.

—¿No lo hacéis?

—Solo cuando el viajero se pone pesado.

Isla apareció detrás de Fiona en ese momento, con una copa medio vacía en la mano y los ojos peligrosamente brillantes.

—¡Eso explica muchísimas cosas!

Roselyn ni siquiera levantó la vista del plato.

—Isla, si os caéis encima de la mesa del consejo, no pienso ayudaros a levantaros.

—Roselyn, sois la mujer menos divertida de estas Highlands.

—Y vos la más escandalosa.

—Eso no es un insulto. Es una virtud.

Callum soltó un resoplido que estuvo peligrosamente cerca de convertirse en risa. Margaid, sentada junto a él, apoyó una mano sobre su muñeca sin dejar de contemplar a sus hijas con esa mezcla extraña de orgullo y tristeza que llevaba acompañándola desde el amanecer.

Las canciones comenzaron poco después. Primero las del sur. Después las del norte. Los aldeanos terminaron golpeando las mesas con las jarras mientras los músicos intentaban mantener el ritmo entre gritos, brindis y el humo cada vez más espeso de las chimeneas.

Bridie y Niall bailaban al fondo de la sala con esa torpeza alegre propia de los críos que todavía no saben avergonzarse de sí mismos.

Aileas permanecía junto al fuego supervisando las fuentes de comida con la autoridad de un general en mitad de una batalla, apartando manos demasiado rápidas y amenazando con el cucharón a cualquiera que pretendiera robar antes de tiempo el último trozo de cordero.

Fiona contempló la escena durante un momento.

Toda su vida estaba allí. Las mesas donde había aprendido a coser con Roselyn.

El rincón donde Isla se escondía para robar dulces antes de la cena.

La gran chimenea junto a la que Callum relataba historias de antiguos lairds durante los inviernos más duros.

Todo seguía igual.

Y, sin embargo, ella ya no pertenecía del todo a aquel lugar.

La idea le atravesó el pecho con una suavidad dolorosa. Lachlan debió advertirlo, porque Fiona sintió sus ojos sobre ella antes incluso de mirarlo. Su esposo seguía sentado a su lado con la misma calma sobria de siempre, observándola en silencio desde el otro extremo del bullicio.

No preguntó qué ocurría. No intentó distraerla. Simplemente permaneció allí.

Y Fiona tuvo de pronto la sensación absurda de que, si él le tendía la mano en aquel instante, sería capaz de seguirlo hasta el fin del mundo.

Apartó la vista enseguida. Aquello empezaba a resultar peligroso.

A la tercera canción, Isla terminó haciendo exactamente lo que Roselyn llevaba media tarde temiendo y se subió sobre uno de los bancos.

—¡Hermana!

—Isla, bajaos de ahí.

—Todavía no. Tengo un anuncio importante para el clan.

Roselyn dejó la cuchara sobre el plato con lentitud.

—Dios nos asista.

Isla alzó la copa con solemnidad exagerada.

—La potra nacida anoche en las cuadras ya tiene nombre.

—No quiero saberlo —murmuró Roselyn.

—Se llama Fiona.

La sala estalló en carcajadas. Incluso algunos hombres del norte terminaron riéndose mientras Isla señalaba a su hermana mayor con orgullo absoluto.

—Porque es pelirroja, testaruda y esta mañana mordió a Eachann cuando intentó moverla.

—Eso no se parece en nada a Fiona —comentó Iain con expresión grave.

—Exacto —añadió Lachlan sin apartar la vista de su esposa.

Aquello provocó todavía más risas y Fiona terminó cubriéndose media cara con una mano.

—No pienso aceptar una potra con mi nombre.

—Demasiado tarde. Eachann ya lo escribió en el libro de cuadras.

—Entonces quemaré el libro.

—Hermana, acabáis de casaros. No podéis empezar el matrimonio incendiando propiedades del clan.

Una corriente de aire atravesó la sala justo en ese instante. Las llamas de varias velas se inclinaron al mismo tiempo y uno de los manteles del extremo izquierdo se levantó lo suficiente para arrancarle una maldición a Aileas, que sujetó una fuente antes de que terminara en el suelo.

Isla siguió hablando sin darse cuenta de nada.

—Además, la potra ya responde a su nombre. Le dije Fiona y casi me rompe un dedo.

Roselyn se llevó la copa a los labios. La superficie del agua tembló un instante antes de serenarse otra vez.

Fiona lo vio. Bueno, Fiona y Lachlan.

Porque cuando ella levantó la cabeza, descubrió que él observaba la copa de Roselyn con una atención demasiado tranquila para ser casual. No parecía sorprendido. Tampoco alarmado. Parecía pensando. Uniendo piezas.

Aquello le tensó el pecho, sobre todo porque Lachlan no dijo absolutamente nada. Continuó sentado a su lado con la misma serenidad sobria de siempre mientras Isla seguía discutiendo con Iain acerca de si las cabras desarrollaban o no rencor contra los seres humanos.

—Claro que desarrollan rencor —insistía Isla—. Hay una en las cuadras que me odia desde hace años.

—Eso no es rencor —replicó Roselyn—. Es sentido común.

Varias personas volvieron a reír y la tensión desapareció poco a poco de la mesa principal, arrastrada por el ruido del banquete y el calor de las chimeneas. Fiona, sin embargo, seguía notando algo distinto en Lachlan. Más atento. No hacia ella. Hacia las tres hermanas.

Como si acabara de comprender que Fiona no era la única mujer extraña nacida bajo el techo de Dun Ailean.

Callum bebía ya la sexta copa de hidromiel cuando Isla terminó subiéndose todavía más sobre el banco para reclamar otra vez la atención de la sala.

—¡Todavía no he terminado mi discurso!

—Porque el cielo es cruel —murmuró Roselyn.

—Quiero anunciar oficialmente que, cuando Fiona se marche al norte, yo ocuparé sus habitaciones.

—Ni se os ocurra tocar mis libros —contestó Fiona de inmediato.

—Ya los he tocado.

—Isla.

—Solo uno.

—¿Cuál?

—El aburrido.

Roselyn levantó la vista hacia el techo con resignación.

—Eso reduce muy poco las posibilidades.

—Tenía dibujos.

—Era un mapa político.

—Exactamente. Dibujos tristes.

Callum terminó soltando entonces la primera risa verdadera de toda la jornada. Fue una breve, grave, casi oxidada por el esfuerzo de salir, aunque llenó igualmente la sala principal de Dun Ailean con una calidez extraña que hizo sonreír incluso a varios hombres del consejo.

Margaid volvió la cabeza hacia su marido con lentitud.

Y Fiona, al verlo reír mientras Isla seguía discutiendo con Roselyn y el viento jugueteaba todavía con varias llamas de la sala como un animal travieso incapaz de quedarse quieto, comprendió que aquel instante iba a perseguirla el resto de su vida.

Porque era la última vez que contemplaba a toda su familia reunida de este modo.