XVI
Mhairi la vistió en silencio.
Llevaba toda la mañana muda y, a esas alturas, Fiona ya no se atrevía a romper aquel luto anticipado con ninguna broma.
La doncella le pasó la enagua, ajustó las cintas del corpiño, acomodó las capas de la falda y terminó de sujetar la sobrefalda con una concentración casi feroz, como si un pliegue mal colocado pudiera desbaratar algo más importante que el vestido.
Después retrocedió un paso para contemplarla.
El azul oscuro de la tela recordaba al color de los chales del laird MacLeod en invierno. No era casualidad. En Dun Ailean las mujeres no se casaban de blanco, sino con los colores del clan, como si la familia quisiera recordarles incluso en la despedida de dónde procedían.
Fiona bajó la mirada hacia las mangas bordadas en hilo plata.
Había visto aquel mismo azul sobre los hombros de su padre durante toda la vida.
En los consejos de guerra. En las festividades.
En los entierros. En las mañanas frías en que Callum cruzaba el patio con la espada al cinto y medio castillo apartándose a su paso.
Llevarlo ahora no la hacía sentirse una novia. La hacía sentirse una hija MacLeod a punto de abandonar su hogar.
—¿Voy bien, Mhairi?
La doncella terminó de alisar una arruga inexistente junto a su cintura antes de responder.
—Vais como vuestra madre el día en que se casó con vuestro padre. Y eso basta.
A Fiona se le cerró algo en la garganta.
Mhairi le colocó entonces un pequeño broche de plata en el cuello del vestido.
Fiona lo reconoció enseguida. Era de Margaid.
Su madre lo había llevado en momentos importantes del clan, siempre con discreción, sin explicar jamás por qué aquella pieza concreta parecía tener más valor que otras mucho más costosas.
El simple hecho de verlo allí la desarmó más de lo que esperaba.
—Comed algo —ordenó Mhairi señalando el plato que había dejado sobre la mesa.
—No tengo hambre.
—Eso no importa. Si os desmayáis delante del cura del valle, me echaréis la culpa durante el resto de vuestra vida.
Fiona intentó protestar, aunque terminó obedeciendo. El pan le supo a polvo y la miel demasiado dulce para una garganta cerrada por los nervios, aunque consiguió tragárselo todo antes de que Aileas apareciera en la habitación con expresión severa y las manos todavía manchadas de harina.
La cocinera se detuvo nada más verla.
Durante unos segundos no dijo nada. La recorrió de arriba abajo con los ojos brillantes y la mandíbula tensa, como si estuviera decidiendo si la muchacha que tenía delante seguía siendo la misma niña que años atrás robaba masa cruda de las cocinas mientras Isla hacía guardia junto a la puerta.
Al final resopló.
—Bueno. Al menos el norteño tendrá ojos en la cara.
Fiona terminó sonriendo.
—Aileas…
—No empecéis vos también. Bastante tengo ya con vuestra hermana pequeña llorando desde el amanecer como si la enviáramos a la guerra.
—No estoy llorando.
La voz indignada de Isla llegó desde el corredor un instante antes de que la muchacha irrumpiera en la habitación con Roselyn detrás.
Isla llevaba los ojos algo hinchados pese a sus esfuerzos por aparentar dignidad. Roselyn, en cambio, conservaba la misma serenidad de siempre y sostenía entre las manos un pequeño ramo de hierbas atadas con hilo blanco.
No flores. Hierbas. Romero, lavanda y una rama pequeña de aulaga.
Roselyn se acercó hasta Fiona y le entregó el ramo sin ceremonia.
—La lavanda es para que no os pongáis nerviosa. El romero, para que recordéis quién sois. La aulaga… bueno, la aulaga porque me parecía bonita.
—Roselyn.
—No me miréis así. Bastante esfuerzo ha sido conseguir que Isla no arrancara las ramas buenas para jugar a las espadas con ellas.
—Eso ocurrió una sola vez.
—Ocho.
Fiona soltó una risa pequeña y nerviosa. Aunque suficiente para aflojar un poco la presión que llevaba oprimiéndole el pecho desde el amanecer.
Isla se dejó caer sobre el arcón junto a la ventana y cruzó los brazos.
—Sigo pensando que deberíais huir antes de bajar a la capilla.
Roselyn ni siquiera levantó la vista.
—Ya empezamos.
—No digo que ese hombre sea feo. Solo digo que, si yo tuviera que casarme, desaparecería en las montañas y me convertiría en leyenda.
—Vos no sobreviviríais ni dos días en las montañas.
—Sobreviviría perfectamente.
—La última vez que pasasteis una noche fuera de Dun Ailean volvisteis llorando porque una cabra os robó el pan.
Isla abrió la boca para responder algo indignado, pero Fiona ya no las escuchaba del todo.
Las contemplaba. A las dos.
A Roselyn sujetando el ramo con esa calma extraña que siempre parecía envolverla.
A Isla intentando bromear para no echarse otra vez a llorar.
A Mhairi fingiendo ordenar cosas que ya estaban perfectamente colocadas.
Aileas apoyada contra la puerta como si vigilara que nadie viniera a robarle a una de sus niñas.
Y comprendió de golpe que iba a echar de menos aquello con una violencia que le dejó casi sin respiración.
La puerta volvió a abrirse entonces.
Su padre entró primero y su madre lo hizo detrás.
El aire pareció cambiar dentro de la habitación.
Callum llevaba la espada al cinto y los colores oscuros del clan sobre los hombros.
Estaba muy recto. Demasiado. Fiona comprendió enseguida que llevaba horas esforzándose por mantener aquella compostura de lairds antiguos que preferían arrancarse una mano antes que quebrarse delante de otros hombres.
Margaid se acercó despacio hasta ella.
No habló enseguida. Se limitó a recolocarle un mechón rojizo junto a la sien y después alisó el borde del broche de plata con una suavidad que terminó de deshacer a Fiona por dentro.
Su madre llevaba toda la vida arreglándole el cabello antes de los momentos importantes.
Cuando era niña.
Cuando aprendió a montar.
Cuando enfermó durante el invierno de las grandes nevadas.
Y ahora antes de entregarla al norte.
—Estáis preciosa —murmuró al fin.
Fiona intentó responder, pero la voz no le salió como esperaba. Callum carraspeó desde la puerta.
—El cura ya espera.
Aquello devolvió algo de orden a la habitación.
Mhairi colocó la capa sobre los hombros de Fiona y Roselyn le entregó el ramo. Isla se acercó entonces de repente y la abrazó con tanta fuerza que estuvo a punto de arrugarle medio vestido.
—Si ese hombre os hace sufrir, iré personalmente al norte a arrancarle la barba.
—Lachlan no lleva barba.
Isla se apartó para mirarla.
—Entonces le arrancaré otra cosa.
Roselyn cerró los ojos un instante.
—Por el amor de Dios, Isla.
Fiona terminó riéndose de verdad esta vez. Incluso Margaid sonrió antes de negar con la cabeza.
Minutos después, bajaron juntos hacia el patio.
El castillo entero parecía haberse reunido allí.
Los hombres del consejo formaban dos hileras desde la entrada principal hasta la capilla.
Las mujeres del clan permanecían agrupadas junto a los muros de piedra y los aldeanos observaban en silencio mientras el viento agitaba capas y estandartes sobre las torres de Dun Ailean.
Aileas y las mujeres de las cocinas aguardaban cerca de las cuadras. Bridie sostenía un puñado de pétalos secos entre las manos con tanta fuerza que varios se le habían quedado pegados a las palmas sudorosas.
Fiona cruzó el patio del brazo de su padre.
Cada paso le resultó demasiado consciente.
Reconocía cada rincón de aquel lugar. La piedra junto al pozo donde Isla se abrió la rodilla siendo niña. La galería desde la que Roselyn observaba las tormentas. La puerta de las cocinas donde Aileas gritaba cada amanecer como si pretendiera poner orden en el mundo entero ella sola.
Todo seguía allí. Igual que siempre.
Y, sin embargo, Fiona tuvo la sensación extraña de estar viendo Dun Ailean por última vez con los ojos de una MacLeod.
Lachlan esperaba junto a la entrada de la capilla.
Vestía los colores oscuros de los MacThane y llevaba el broche de hierro sujeto al hombro izquierdo. El jubón negro marcaba la amplitud de sus hombros y la severidad tranquila de su figura. Se había afeitado y la cicatriz de la mandíbula resaltaba más sobre la piel limpia.
Pero no fue eso lo que dejó a Fiona sin respiración. Fueron sus ojos. Porque Lachlan la contemplaba como si el resto del patio hubiese desaparecido.
Fiona recordó de inmediato el beso del día anterior. La forma en que él le había sostenido el rostro en mitad del patio, el calor lento de sus labios sobre los suyos y aquella sensación devastadora de que el mundo entero se había reducido a la distancia entre ambos.
Algo se estremeció dentro de ella con tanta fuerza que tuvo que apretar el ramo para serenarse.
Cuando llegaron al pie de la capilla, Callum soltó el brazo de su hija con lentitud.
El laird MacLeod no tomó la mano de Fiona para entregársela al norteño. Tampoco hizo el gesto habitual de empujarla hacia delante como si estuviera cediendo una posesión que otro hombre recibiría a partir de entonces.
Simplemente se apartó.
Y la dejó elegir el último paso por sí misma.
Callum tardó un instante más de lo necesario en retirar el brazo.
Solo uno. A Fiona le bastó para sentirlo. Después dio el paso hacia delante. Lachlan extendió la mano. Ella colocó la suya sobre la de él y entró en la capilla de su brazo.
El interior olía a piedra fría, cera y romero. Las velas encendidas proyectaban destellos cálidos sobre los muros mientras el cura del valle aguardaba junto al altar con expresión solemne y los hombres de ambos clanes ocupaban ya los bancos laterales.
La ceremonia transcurrió con la sobriedad antigua propia de las Highlands.
El sacerdote recitó las bendiciones. Les pidió las manos. Eilis había tejido el cordón blanco con el que les ataron las muñecas y Fiona sintió el calor de Lachlan junto al suyo durante toda la oración, firme y constante bajo la fibra áspera.
Después llegó el beso. Él se inclinó hacia ella despacio.