XV
El regreso al castillo transcurrió en silencio.
No fue un silencio incómodo, sino esa clase de quietud extraña que queda después de algo demasiado grande para convertirse enseguida en palabras.
Los caballos avanzaban despacio por el sendero embarrado, con el humo todavía prendido a la ropa y el frío terminando de secar sobre la piel el sudor del esfuerzo.
Fiona llevaba varios minutos intentando dejar de pensar en el momento en que Lachlan había salido de aquella casa envuelta en llamas.
No lo conseguía.
Cada vez que parpadeaba volvía a verlo atravesando el humo con el niño sujeto contra el pecho, enorme entre brasas y ceniza, avanzando hacia ella mientras el incendio rugía a su espalda como una criatura incapaz de alcanzarlo.
Y luego aquella mirada. Dios bendito. Aquella mirada dirigida solo a ella, como si en mitad del caos hubiera necesitado comprobar que seguía allí.
Se obligó a mirar los árboles nevados que rodeaban el camino.
Los hombres de su padre cabalgaban varios metros más atrás, callados como siempre, con las capas húmedas por la nieve derretida.
Ninguno mencionó lo ocurrido en la choza.
Nadie habló del fuego apagándose de aquella manera imposible.
El secreto permanecía protegido por el mismo silencio con que el clan llevaba años guardando cuanto pertenecía a la sangre de Margaid.
Fiona notó entonces otro peso sobre las piernas y bajó la vista.
La capa de Lachlan.
No lo había visto acercarse para colocarla sobre ella.
—No tengo frío.
—Eso no es cierto.
La respuesta llegó tranquila, sin dureza, mientras el norteño seguía sujetando las riendas con una sola mano. Fiona abrió la boca para protestar otra vez, aunque terminó cerrándola al descubrir que él ni siquiera la miraba ya, como si hubiese decidido que aquella discusión no merecía más palabras.
El gesto resultó absurdamente íntimo. Mucho más que cualquier cumplido. Fiona se acomodó la capa alrededor de las piernas intentando ignorar el calor que le subía lentamente por el pecho. Todavía olía a humo y a cuero mojado. Y a él.
El castillo apareció finalmente entre la bruma gris de la tarde.
Las torres oscuras de Dun Ailean se alzaban sobre las colinas nevadas mientras varios sirvientes cruzaban el patio transportando leña y sacos de avena hacia las cocinas.
En cuanto atravesaron el portón principal, dos mozos acudieron hacia los caballos.
Fiona desmontó primero, o al menos lo intentó, porque en cuanto puso un pie sobre el suelo, las piernas le fallaron ligeramente.
Solo un instante.
El suficiente para que la mano de Lachlan apareciera en su cintura antes de que ella terminara de perder el equilibrio.
Fiona dejó escapar el aire de golpe.
El norteño la sostuvo con firmeza, acercándola contra él mientras sus botas se hundían un poco en el barro húmedo del patio.
El calor de aquella mano atravesó la tela del vestido como si no existiera nada entre ambos.
Estaban demasiado cerca. Tanto que, al levantar la cabeza, Fiona pudo ver el hollín que seguía marcándole la mandíbula, la ceniza prendida en parte del cabello oscuro y las manchas negras sobre la piel del cuello, allí donde la camisa se había abierto durante el incendio.
Parecía agotado. Salvaje. Peligrosamente hermoso.
Y aun así seguía observándola con aquella calma imposible, como si sostenerla entre sus brazos fuese lo más natural del mundo.
—Ya os tengo —murmuró él.
La voz baja terminó de desordenarle el pecho.
El mozo que sujetaba la yegua de Fiona bajó rápidamente la cabeza, fingiendo no haber visto nada. Lachlan tardó un instante más de lo necesario en apartar la mano de su cintura. Solo uno. Pero Fiona lo notó con una claridad insoportable.
El norteño entregó las riendas de su caballo al otro muchacho sin apartar del todo la atención de ella.
—Llevadlos al establo interior. Que alguien revise las patas del negro. Ha forzado demasiado la bajada.
—Sí, mi señor.
Los dos mozos obedecieron de inmediato. Fiona tragó saliva, incapaz de entender por qué estaba tan nerviosa cuando, en realidad, lo entendía demasiado bien.
El patio hervía de actividad alrededor de ellos.
Sirvientes entrando y saliendo de las cocinas, hombres transportando barriles, una criada cruzando junto al pozo con varias mantas limpias entre los brazos.
Y, aun así, Fiona tuvo la sensación de que el mundo se reducía a la distancia exacta que la separaba de Lachlan.
— Laird … ¿puedo haceros una pregunta?
Lachlan observó un instante a los mozos que todavía permanecían demasiado cerca de los caballos.
—Retiraos.
Los muchachos se marcharon sin vacilar hacia el interior del establo. El silencio que quedó después resultó más íntimo que cualquier sala cerrada. El viento agitó varios mechones rojizos escapados de la trenza de Fiona mientras ella intentaba recordar cómo respirar con normalidad.
Lachlan se acercó un poco más. No demasiado.
Lo suficiente para que Fiona distinguiera el humo impregnado en su ropa y el leve vapor que aún escapaba de su piel por el contraste con el frío exterior.
La recorrió con la mirada, desde el cabello desordenado hasta las manos manchadas de hollín, antes de descender hacia el barro pegado al borde del vestido y las mangas húmedas por haber ayudado a transportar cubos de agua junto a los aldeanos.
Aquella mirada no tuvo nada de impropia. Sin embargo, Fiona sintió que le temblaban las piernas.
—¿Qué pregunta queréis hacerme, Fiona?
Fiona. No milady o lady Fiona.
Solo Fiona.
La forma en que pronunció su nombre le provocó algo extraño en el pecho.
Algo cálido, peligroso y demasiado vivo.
Comprendió entonces que la relación entre ambos acababa de cambiar, aunque todavía no supiera cuánto.
Y precisamente por eso el miedo regresó de golpe, porque Lachlan la había visto. Había visto demasiado.
Bajó la vista hacia las manos antes de reunir valor.
—¿Seguís pensando en casaros conmigo?
El silencio posterior le pareció eterno.
Cuando se atrevió a levantar la cabeza otra vez, Lachlan seguía inmóvil frente a ella. Pero algo había cambiado en su expresión. Algo profundo, serio, casi irrevocable.
La observó durante varios segundos sin responder, y Fiona sintió deseos de salir corriendo porque de pronto comprendió la verdadera desnudez de aquella pregunta. No le estaba preguntando por la boda ni por la alianza ni por las tierras. Le estaba preguntando otra cosa mucho más terrible.
Ahora que me habéis visto… ¿seguís queriéndome?
Lachlan avanzó hasta quedar completamente frente a ella.
Fiona sintió el calor de su cuerpo incluso bajo el frío de la tarde.
El norteño levantó lentamente una mano y ella dejó de respirar. Los dedos de Lachlan se deslizaron con una suavidad inesperada entre los mechones rojizos escapados de la trenza antes de detenerse detrás de su cabeza. El contacto fue firme, protector, como si sujetara algo valioso.
Y entonces él la besó.
Fiona dejó de escuchar el patio.
El ruido de los caballos, las voces lejanas de los sirvientes y hasta el viento desaparecieron poco a poco bajo el roce lento de aquellos labios sobre los suyos.
Todo cuanto existía quedó reducido al calor de la mano de Lachlan en su cabello y a la forma en que él la besaba, despacio, como si estuviera tomando una decisión y quisiera que ella la sintiera sin necesidad de palabras.
Fiona no había imaginado jamás que un beso pudiera ser así.
No se parecía a las historias susurradas por las criadas ni a los comentarios maliciosos de las mujeres casadas en las cocinas.
No había prisa en él, ni torpeza, ni esa urgencia vulgar que a veces había oído asociar a los hombres.
Lachlan la besaba con una contención que la desarmaba mucho más que cualquier arrebato, como si aun en mitad de aquel gesto se empeñara en no tomar de ella más de lo que estuviera dispuesta a darle.
Eso fue lo que terminó de rendirla.
Fiona cerró los ojos y, sin darse cuenta, se aferró a la parte delantera de su camisa. La tela estaba áspera por el humo y la ceniza, todavía tibia por el cuerpo de Lachlan, y ella sintió que las piernas le fallaban de nuevo cuando el beso se volvió algo más profundo.
Él la acercó un poco más.
Solo un poco.
Lo suficiente para que Fiona notara el calor de su pecho y el latido rápido, demasiado rápido, bajo la tela ennegrecida.
El corazón de Lachlan también latía deprisa. Aquel descubrimiento la dejó sin defensa.
El beso continuó unos segundos más, suave y firme al mismo tiempo, mientras todo pensamiento coherente se deshacía dentro de su cabeza.
Fiona no sabía cómo besar. No sabía cuándo respirar ni dónde colocar las manos ni cómo sobrevivir a esa sensación extraña de estar cayendo sin moverse del sitio.
Lachlan, sin embargo, parecía saberlo por los dos.
La sostenía con una paciencia devastadora, guiándola sin imponer, dándole tiempo a descubrir el contacto y a perderse en él.
El calor empezó a subirle por el pecho, por los brazos, por las manos.
En algún lugar del patio, una de las antorchas crepitó con más fuerza, aunque Fiona fue consciente de ello porque el mundo seguía reducido a aquel beso y a la certeza imposible de que Lachlan la estaba besando después de haber visto lo que ella era capaz de hacer.
Después de todo.
Él se apartó despacio, lo suficiente para mirarla.
Fiona tardó varios segundos en comprender que seguía sujeta a su camisa.
Soltó la tela poco a poco, avergonzada por la evidencia de sus propios dedos, mientras el mundo regresaba alrededor de ambos con una lentitud cruel.
El viento frío. El movimiento de los caballos dentro del establo.
Las voces lejanas de los sirvientes, que de pronto parecían proceder de otro lugar.
Los ojos grises de Lachlan permanecieron clavados en ella mientras el pulgar le rozaba una vez el borde del cabello.
—Espero que eso os sirva de respuesta.
La voz baja terminó de hacerle pedazos el corazón.
Fiona abrió ligeramente los labios intentando responder, pero no encontró palabras. Permaneció inmóvil bajo la mirada del norteño mientras él le sostenía todavía la cabeza con aquella calma devastadora que parecía capaz de desordenarle hasta el pensamiento más simple.
Lachlan tardó un instante más en apartar la mano de su cabello. Después dio un paso atrás y se marchó hacia el interior del castillo sin añadir nada más, dejando a Fiona quieta en mitad del patio, con el pulso fuera de control y la sensación absurda de que el mundo acababa de cambiar bajo sus pies.
Solo cuando él desapareció tras las puertas de Dun Ailean comprendió que seguía temblando.
Se llevó los dedos a los labios. Todavía podía sentirlo allí.
Cerca del establo, una segunda antorcha crepitó con fuerza antes de elevar una llamarada más alta de lo normal.