XIV
El olor a quemado se volvió más espeso conforme descendían la colina.
Al principio solo fue una sombra oscura elevándose detrás de los árboles, una columna gris que rompía el cielo pálido de la mañana, pero después llegaron el calor y el ruido.
El crepitar seco de la madera ardiendo, el ladrido desesperado de un perro y el eco de una mujer gritando entre el viento hicieron que Fiona tensara las riendas de golpe.
—Hay una casa ahí abajo.
No esperó respuesta. Hundió los talones en los costados de la yegua y descendió la pendiente levantando barro y nieve húmeda bajo los cascos. Lachlan la siguió de inmediato y, más atrás, los hombres de su padre reaccionaron también al ver el humo, espoleando los caballos para alcanzarlos.
Atravesaron la pequeña arboleda de abedules unos segundos después.
Entonces Fiona vio el incendio.
La choza ardía ya por uno de los laterales del tejado.
El fuego devoraba la paja seca con un rugido voraz mientras columnas de humo escapaban por las rendijas de madera, ennegreciendo la nieve de alrededor.
Varias gallinas corrían desorientadas cerca del cercado y un perro ladraba sin descanso junto al pozo.
El aire olía a hollín, madera quemada y miedo.
Delante de la puerta, una mujer lloraba de rodillas sobre la nieve mientras un anciano intentaba sujetarla por los hombros.
—¡Mi hijo! ¡Mi niño sigue dentro!
El corazón golpeó el pecho de Fiona con tanta fuerza que casi le dolió.
Lachlan desmontó antes incluso de detener del todo el caballo.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí dentro?
—¡No lo sé! ¡No puedo entrar! ¡El techo va a caer!
Una explosión seca resonó dentro de la casa y parte de una viga cedió entre chispas. El incendio rugió con más fuerza al encontrar aire nuevo. La mujer intentó correr hacia la entrada, aunque el anciano logró sujetarla otra vez antes de que alcanzara la puerta.
—¡Mairead, no!
Fiona desmontó también. El calor le golpeó el rostro de inmediato mientras contemplaba las llamas avanzar por la madera vieja.
Entonces lo escuchó.
Un llanto.
Débil. Ahogado entre el humo. Apenas perceptible bajo el rugido del incendio.
Lachlan ya avanzaba hacia la entrada cuando Fiona le agarró el brazo. El contacto lo detuvo un instante.
—Hay un niño dentro.
—Lo sé.
—El techo va a caer.
Cuando él volvió la cabeza hacia ella, comprendió inmediatamente que iba a entrar de todos modos. El miedo le atravesó el cuerpo de golpe.
No por la casa. Por él.
Las llamas rugieron dentro de la choza mientras varias chispas escapaban hacia el cielo gris. La mujer seguía llorando detrás de ellos, medio rota sobre la nieve.
—¡Por favor! ¡Por favor, salvadlo!
Lachlan se soltó la capa de los hombros sin apartar los ojos del incendio.
—Cuando salga, llevadlo lejos del humo.
Fiona no lo soltó. Sus dedos seguían aferrados al brazo del norteño mientras el calor empezaba a subirle por las palmas como una corriente viva bajo la piel. Entonces el fuego se agitó en la entrada de la choza.
El viento cambió de dirección. O quizá no fue el viento.
Las llamas comenzaron a estremecerse sobre sí mismas con movimientos bruscos y extraños, como si algo invisible las aplastara desde dentro. El incendio dejó de trepar por las paredes y empezó a quebrarse en pequeñas lenguas rojizas que se consumían a toda velocidad hasta ennegrecer la madera.
En unos segundos, parte del lateral de la casa quedó convertido en carbón humeante.
El anciano se quedó inmóvil. La mujer dejó escapar un jadeo roto. Lachlan lo vio.
Fiona supo que lo vio porque el norteño giró la cabeza hacia ella.
El humo seguía elevándose detrás de ambos y el calor le ardía bajo la piel como si la sangre hubiese empezado a hervirle dentro del cuerpo.
Durante un instante ninguno de los dos dijo nada.
Ni siquiera el viento pareció moverse entre los árboles.
Los ojos de Lachlan descendieron hacia la mano con que Fiona seguía aferrándolo.
Ella ni siquiera se había dado cuenta de que había levantado la otra hacia las llamas.
Los dedos le temblaban levemente en el aire mientras el incendio continuaba apagándose a sacudidas extrañas, dejando detrás madera negra y humo gris.
Lachlan no retrocedió.
No la miró con miedo. Ni con horror. Tampoco con esa desconfianza silenciosa que ella llevaba toda la vida esperando encontrar en los demás.
Simplemente respiró hondo y entró en la casa.
El aire pareció abandonar los pulmones de Fiona en cuanto lo vio desaparecer entre el humo.
Todo ocurrió demasiado deprisa después de eso.
Los hombres de su padre corrieron hacia el pozo cercano para formar una cadena de cubos mientras el anciano gritaba órdenes desesperadas. Ninguno de ellos la miró. Ninguno reaccionó al incendio extinguiéndose de aquella manera imposible.
Como siempre, guardaban silencio.
El perro seguía ladrando alrededor de la casa y parte del tejado volvió a crujir con un sonido aterrador.
Ella apenas escuchaba nada.
El fuego seguía delante de ella, vivo y respirando con una furia casi consciente. Y una parte terrible de sí misma lo reconocía.
Sintió el calor extendiéndose por las manos, por los brazos, por el pecho.
Las llamas rugieron otra vez dentro de la choza justo cuando otra viga empezaba a ceder.
—No —susurró Fiona.
Levantó lentamente la mano hacia el incendio.
Las llamas se estremecieron en cuanto ella las señaló.
Como si reconocieran algo.
El calor subió por su brazo como una corriente viva bajo la piel y el fuego comenzó a encogerse poco a poco, reduciéndose a pequeñas lenguas rojizas pegadas a la madera ennegrecida.
El incendio no desaparecía. Nunca desaparecía del todo.
Pero iba muriendo delante de ella hasta dejar amplias zonas de la choza convertidas en carbón humeante.
Entonces el techo crujió. Una vez. Otra.
Fiona sintió el terror atravesándole el pecho.
—Lachlan…
La puerta se abrió de golpe en ese mismo instante.
El humo permanecía detrás de él como una tormenta negra.
Durante un instante, Lachlan pareció surgir directamente del incendio, enorme entre brasas y ceniza, con el niño protegido contra el pecho y el fuego rugiendo a su espalda como si hubiese intentado devorarlo sin conseguirlo.
Tenía el rostro cubierto de hollín, el cabello ennegrecido por la ceniza y parte de la camisa quemada sobre uno de los hombros.
Varias vigas empezaban a desplomarse detrás de él mientras avanzaba entre humo y madera ardiendo con esa firmeza salvaje de los hombres que han sobrevivido demasiadas veces a la guerra.
La mujer soltó un grito roto al verlo salir con el niño en brazos.
Pero Fiona apenas la escuchó. Porque Lachlan levantó entonces la cabeza. Sus ojos fueron directamente hacia ella. Ni hacia los hombres. Ni hacia el incendio. Ni hacia las brasas cayendo alrededor.
Hacia ella.
Fiona sintió las piernas débiles al verlo avanzar de aquella manera. Durante unos segundos había imaginado el techo desplomándose sobre él.
Había imaginado demasiado…
El norteño seguía caminando entre humo y ceniza con el niño protegido contra el pecho mientras el incendio rugía detrás de él como una criatura furiosa incapaz de alcanzarlo.
El viento agitaba los restos ennegrecidos de su camisa y varias brasas caían alrededor de sus botas sobre la nieve derretida.
Aun así, no apartaba los ojos de Fiona.
Como si hubiese necesitado verla allí.
Como si durante un instante solo hubiera avanzado hacia ella.
Parte del tejado terminó de desplomarse detrás de él con un estruendo brutal que hizo temblar el suelo bajo sus pies. Varias chispas escaparon hacia el cielo gris mientras una nube de humo cubría media colina.
Entonces Fiona reaccionó.
Corrió hacia él justo cuando terminaba de salir de la zona más cercana al incendio. La madre cayó de rodillas abrazando al pequeño entre sollozos desesperados y el niño empezó a llorar débilmente contra su pecho, cubierto de hollín y ceniza, pero vivo.
Vivo.
Lachlan tosió varias veces intentando recuperar el aire.
Fiona llegó hasta él justo cuando el norteño terminaba de enderezarse.
Tenía hollín marcándole la mandíbula, parte del cabello oscuro cubierto de ceniza y una quemadura asomando cerca de la muñeca izquierda, donde la tela se había ennegrecido.
Fiona agarró con rapidez aquella mano.
—Estáis herido.
—No es nada.
—Eso no es nada para un hombre que acaba de atravesar una casa ardiendo.
La respiración todavía sonaba áspera en el pecho de Lachlan y, aun así, cuando volvió a mirarla, no fue al incendio ni a los hombres del clan a quienes prestó atención.
Fue a ella.
Fiona sintió el silencio alrededor casi físicamente. La madre seguía abrazada al niño sobre la nieve mientras los hombres de su padre continuaban pasando cubos de agua de unos a otros sin levantar la cabeza. El anciano ayudaba también, temblando todavía.
El viento agitó varias veces la falda verde de Fiona mientras el humo continuaba elevándose detrás de ambos hacia el cielo gris.
—El fuego ha cambiado demasiado rápido.
No fue exactamente una pregunta. Aunque tampoco una simple observación. Fiona sintió cómo el pulso se le desordenaba dentro del pecho.
—La madera estaba húmeda.
La respuesta salió demasiado deprisa. Lachlan guardó silencio unos segundos más. El humo seguía moviéndose entre ambos y las pequeñas llamas restantes continuaban muriendo poco a poco entre la madera hundida del tejado.
Tal vez la madera estaba húmeda.
Tal vez había ocurrido algo más.
Sin embargo, él no formuló ninguna pregunta. Porque, fuese lo que fuese aquello, Fiona acababa de quedarse allí mientras todos retrocedían. Había visto el miedo en su cara. El auténtico. Y aun así no había huido.
Había salvado a un niño y eso era lo único que importaba.
Fiona apartó rápidamente la vista hacia el incendio porque no soportaba cómo la estaba mirando. No como si fuese una amenaza. No como si estuviera intentando desenmascararla. Sino como si acabara de confirmar algo importante.
—No deberíais mirarme así.
Lachlan frunció el ceño.
—¿Así cómo?
Ella tragó saliva antes de responder.
—Como si estuvierais intentando entender algo.
Durante unos segundos, el norteño no dijo nada. El ruido del fuego seguía llenándolo todo mientras varias chispas escapaban hacia el cielo gris y el niño lloraba débilmente entre los brazos de su madre.
Después Lachlan habló.
—He entendido lo suficiente.
La sencillez de aquellas palabras le golpeó el pecho con más fuerza que cualquier acusación. Fiona volvió lentamente la cabeza hacia él.
El hollín seguía marcándole la mandíbula y parte del cabello oscuro. Tenía la camisa ennegrecida por el humo y una quemadura asomando cerca de la muñeca izquierda, donde la tela se había abierto por el calor.
Y aun así seguía mirándola con la misma calma serena con la que había entrado en aquella casa ardiendo. Como si lo importante no fuese lo extraño que acababa de ocurrir. Sino la mujer que había permanecido allí mientras todos los demás daban un paso atrás.