El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XIII
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XIII

El camino empezó a elevarse conforme dejaban atrás las zonas más próximas al castillo.

La nieve desaparecía a tramos bajo los cascos de los caballos, dejando al descubierto tierra húmeda y hierba oscura aplastada por el invierno.

El aire descendía desde las colinas con olor a agua fría, bosque mojado y humo lejano.

A un lado del sendero, los abedules se mecían despacio bajo el peso de las ramas desnudas.

Al otro, el terreno caía hacia un arroyo estrecho que avanzaba medio oculto entre piedras y restos de hielo.

Fiona aflojó las riendas de la yegua.

—En primavera esto se llena de flores blancas —dijo señalando las laderas más bajas—. Mi hermana Isla insiste en que parecen ovejas dormidas desde lejos.

—¿Y vos qué opináis?

—Que Isla sería capaz de confundir una montaña entera con un pastel si tuviera hambre.

La risa grave de Lachlan se mezcló con el viento.

No fue una risa sonora ni prolongada. Una exhalación baja que desapareció enseguida entre el frío de la mañana. Y, aun así, Fiona volvió la cabeza hacia él.

Hasta entonces no le había oído reír de verdad.

El norteño cabalgaba con la espalda recta y una mano descansando cerca de la silla mientras el caballo negro avanzaba con seguridad sobre el terreno húmedo.

Había algo inquietantemente natural en la forma en que se movía sobre la montura, como si hombre y animal llevasen demasiados años compartiendo caminos difíciles.

Fiona terminó observándolo más de la cuenta y él lo notó.

—¿Qué ocurre?

Ella fingió concentrarse en el sendero.

—Nada.

—Mentís peor que yo.

La sonrisa terminó escapándosele antes de que pudiera contenerla.

—Solo intentaba decidir si vuestro caballo es tan orgulloso como vos o si uno de los dos disimula mejor.

Lachlan bajó la mirada hacia el animal.

—Creedme, él tiene peor carácter.

Como si hubiese entendido perfectamente la conversación, el caballo resopló con visible desagrado. Fiona soltó una risa breve. El sonido quedó suspendido unos segundos entre ambos antes de perderse colina abajo.

Más atrás, los dos hombres enviados por Callum seguían manteniendo una distancia prudente. Lo bastante lejos para no escuchar conversación alguna. Lo bastante cerca para intervenir si algo ocurría.

Lachlan miró un instante hacia ellos antes de volver la atención al camino.

—Vuestro padre no parece hombre que entregue fácilmente aquello que considera suyo.

La frase fue pronunciada con calma, sin ninguna intención evidente.

Aun así, Fiona notó el calor subiéndole otra vez por el cuello.

—Mi padre cree que todas sus hijas siguen teniendo diez años.

—No parece el único.

Ella volvió la cabeza hacia él.

—¿Qué significa eso?

Lachlan sostuvo su mirada un momento antes de responder.

—Que vuestra madre os observa como si estuviera esperando que el mundo intentara arrebatarle algo.

La respuesta desarmó cualquier réplica. Porque era verdad.

Fiona bajó la vista hacia las riendas mientras algunos mechones rojizos escapaban de la trenza y se agitaban alrededor de su rostro.

—Mi madre lleva demasiados años esperando que ocurra algo malo.

—¿Y vos?

Ella tardó unos segundos en contestar.

—Yo llevo demasiados años esperando que deje de hacerlo.

El silencio regresó entre ambos, aunque ya no resultaba incómodo.

El sendero continuó ascendiendo entre colinas cubiertas de nieve vieja y manchas de brezo oscuro. Más adelante, un grupo de ovejas permanecía agrupado junto a un cercado de piedra mientras dos perros pastores dormitaban bajo la claridad pálida de la mañana.

Lachlan observó el paisaje alrededor.

—Vuestro padre no exageraba al hablar de estas tierras.

—Mi padre exagera con muchas cosas.

—Con esto no.

Fiona sintió una satisfacción absurda ante aquella frase, como si el orgullo de Dun Ailean también le perteneciera un poco.

—Cuando éramos pequeñas, Roselyn decía que las colinas estaban vivas.

—¿Y lo están?

—Depende del día. Cuando había tormenta y el viento golpeaba las ventanas, ella aseguraba que podían respirar.

Lachlan giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿Y vos os reíais de eso?

—No. Isla sí. Yo solo fingía que no me impresionaba.

—Entonces vos también lo creíais un poco.

Fiona tardó en responder. Apartó hacia atrás varios mechones que el aire le había soltado de la trenza antes de hablar.

—Hay lugares demasiado antiguos para sentirse vacíos.

Lachlan no respondió. Pero Fiona tuvo la impresión de que había entendido exactamente lo que quería decir.

El sendero se estrechó entre dos elevaciones de roca oscura. Más arriba, la nieve permanecía intacta bajo la sombra de los árboles. Lachlan frenó ligeramente el caballo al descubrir un tramo cubierto de hielo.

—Esperad.

Fiona detuvo la yegua. Lachlan desmontó primero y se acercó al terreno helado con la calma de un hombre acostumbrado a sobrevivir a inviernos peores que aquel. Hundió la punta de la bota en la escarcha y recorrió el borde de la pendiente observando la tierra bajo el hielo.

Fiona lo contempló en silencio. Había algo extrañamente tranquilizador en verlo moverse así. Seguro. Sereno. Como si incluso la montaña, el hielo o el viento terminasen obedeciendo cuando él estaba delante.

Y aquello comenzaba a inquietarla más de lo razonable.

Porque llevaba demasiado tiempo fijándose en detalles que no deberían importarle.

Lachlan se giró hacia ella.

—Está firme. Pero la pendiente engaña.

Fiona desmontó despacio y la nieve crujió bajo las botas en cuanto tocó el suelo. El viento se colaba entre las rocas obligándola a sujetarse mejor la capa alrededor del cuerpo.

Lachlan avanzó primero sobre el hielo llevando ambos caballos.

Fiona caminó a su lado.

—No parecisteis hombre fácil de impresionar anoche durante la cena —comentó él sin mirarla directamente.

—¿Mi padre?

—Vos.

Fiona levantó los ojos hacia él.

Lachlan seguía observando el camino mientras hablaba.

—Isla hablaba. Roselyn analizaba. Vuestra madre vigilaba la mesa entera. Pero vos parecíais decidir si valía la pena tolerarme.

—¿Y a qué conclusión habéis llegado?

La comisura de su boca se movió.

—A que sigo siendo evaluado.

La sonrisa acudió a Fiona antes de darse cuenta.

—Eso es más de lo que esperaba anoche.

Ella volvió la cabeza hacia él. El aire seguía moviendo lentamente los extremos de sus capas mientras avanzaban sobre el hielo. Durante un instante demasiado largo, Fiona tuvo la sensación incómoda de que el norteño la observaba como si intentara recordar cada detalle de su rostro.

Tuvo que apartar la vista primero. Porque empezaba a comprender que Lachlan MacThane resultaba peligroso precisamente por aquello.

No por la guerra. Ni por Ironhold. Tampoco por la espada que llevaba al cinto, sino por la calma. Por aquella manera de permanecer a su lado sin exigir nada.

Al llegar al final del hielo, Lachlan volvió a montar de un movimiento fluido. Después extendió la mano hacia ella.

Fiona la observó un instante. La mano permaneció inmóvil entre ambos, firme y paciente, sin una sola exigencia en el gesto.

Terminó apoyando los dedos enguantados sobre los suyos y permitió que la ayudara a subir.

El contacto duró unos segundos. Los suficientes para que descubriera que llevaba demasiado tiempo pendiente de unas manos que no deberían importarle tanto.

Cuando volvió a acomodarse sobre la montura, notó el pulso demasiado vivo para una mujer que llevaba toda la mañana intentando comportarse con sensatez.

Continuaron avanzando entre las colinas.

El cielo parecía haberse aclarado un poco y, desde aquella altura, Dun Ailean se distinguía ya entre la distancia y la bruma. Más abajo, el humo de varias chimeneas ascendía desde pequeñas casas dispersas junto al arroyo.

Fiona señaló hacia el oeste.

—Ahí vive la familia Murray. Tienen siete hijos y una cabra que odia a los hombres del clan.

—¿Solo a los hombres del clan?

—A vos todavía no os conoce. Dadle tiempo.

Lachlan soltó aire por la nariz conteniendo otra risa.

—Empiezo a sospechar que todo en vuestras tierras posee peor carácter del que aparenta.

—Eso incluye a las hijas de mi padre.

—Eso ya lo había notado.

Fiona volvió la cabeza hacia él. Esta vez Lachlan no apartó la mirada enseguida.

El viento movía lentamente los extremos de sus capas mientras los caballos avanzaban despacio sobre la nieve vieja. Durante un instante demasiado largo, Fiona tuvo la sensación incómoda de que el norteño estaba observándola como si intentara memorizarla.

Tuvo que sujetar mejor las riendas para no delatar el leve temblor que acababa de recorrerle las manos.

—¿Siempre sois tan callada cuando estáis tranquila?

La pregunta la tomó desprevenida.

—¿Cómo decís?

—Que cuando discutís con vuestras hermanas parecéis una mujer distinta. Pero aquí, lejos del castillo… parecéis en calma.

Fiona tardó unos segundos en responder. Porque nadie se lo había dicho nunca de aquella manera. La mayoría confundía sus silencios con distancia. O con frialdad. Incluso con soberbia algunas veces.

Pero aquello era distinto.

Lachlan no parecía incómodo por sus silencios. Más bien los entendía.

Fiona bajó la vista hacia el sendero.

—Supongo que aquí no necesito fingir demasiado.

Él permaneció callado un momento.

—Entonces me alegra que hayáis aceptado venir.

La sencillez de aquella frase le golpeó el pecho con más fuerza de la que debería.

Fiona volvió el rostro hacia las colinas antes de que él pudiera notar el calor que acababa de subirle a las mejillas.

Fue entonces cuando el olor llegó hasta ellos.

Humo.

No el humo limpio y tenue de una chimenea encendida. Algo más denso y oscuro.

Lachlan fue el primero en girar la cabeza hacia el este. Una columna gris comenzaba a elevarse detrás de la siguiente colina.