XII #2
El viento agitaba los extremos de la capa de Fiona. El verde oscuro del vestido hacía resaltar todavía más la claridad de su piel bajo el frío y algunos mechones rojizos escapaban de la trenza para enredarse alrededor de su rostro.
La mirada de Lachlan descendió por ella antes de regresar a sus ojos. No fue un gesto descarado. Tal vez por eso Fiona lo sintió más de la cuenta.
— Lady Fiona.
La voz grave del norteño conservaba el cansancio ronco de quien había dormido poco.
—Mi señor.
Hamish fingía concentrarse en la cincha de la yegua con una intensidad tan exagerada que resultaba ofensiva. Fiona habría jurado que el viejo llevaba varios minutos escuchándolo absolutamente todo.
—El camino no es complicado —explicó mientras se ajustaba los guantes—, aunque el deshielo habrá convertido algunos tramos en barro.
—Entonces procuraré no hacer el ridículo delante de vos durante mi primer día fuera de Dun Ailean.
Fiona arqueó una ceja.
—¿Eso os preocupa?
—Me preocuparía más caer del caballo. Aun así, sí, un poco.
La respuesta le arrancó una sonrisa breve e involuntaria. Lo bastante para que Lachlan la contemplara un instante más antes de bajar la vista hacia la montura.
Aquello empezaba a resultar peligroso. Porque Fiona comenzaba a descubrir que Lachlan MacThane parecía otro hombre cuando nadie esperaba nada de él.
Menos duro. Menos distante. Como si el peso de Ironhold y de medio norte de Escocia desapareciera de sus hombros durante unos pocos segundos antes de regresar otra vez.
Puso el pie en el estribo y montó sin aceptar ayuda, aunque Lachlan ya había dado un paso hacia ella. Él se detuvo al verla acomodarse sola sobre la silla. No insistió.
Y Fiona odió darse cuenta de cuánto le gustaba aquello.
Callum apareció en lo alto de la escalinata principal con Margaid a su lado. Roselyn permanecía un paso detrás de su madre con las manos unidas delante del vestido.
Isla, en cambio, ni siquiera intentaba fingir discreción. Observaba el patio entero con el entusiasmo de quien acaba de descubrir una historia mucho más interesante que cualquier canción de taberna.
—Regresad antes de que cambie el viento —ordenó Callum.
—Sí, padre.
Lachlan montó en el caballo negro con una facilidad seca, casi silenciosa. El animal se movió bajo él con impaciencia, expulsando vaho por los ollares, aunque bastó una ligera presión de las rodillas para devolverlo a la calma.
Fiona observó el gesto más tiempo del necesario.
Y no fue la única. Isla inclinó la cabeza hacia Roselyn.
—Oh, cielos benditos.
Roselyn le clavó el codo en las costillas sin apartar la vista del patio.
—Disimulad al menos un poco.
—Estoy intentándolo.
—Pues os sale fatal.
Margaid no intervino, aunque Fiona alcanzó a ver cómo ocultaba una pequeña sonrisa detrás de la taza caliente que una criada acababa de acercarle.
Iain apareció entonces cruzando el patio con la lentitud resignada de un hombre que todavía seguía enfadado con la existencia por obligarlo a levantarse tan temprano. Llevaba un trozo de pan en una mano y algo envuelto en tela en la otra.
—Mi señor —murmuró acercándose a Lachlan.
El norteño guardó el paquete en una de las alforjas sin siquiera comprobar qué era.
—¿Venís con nosotros? —preguntó Fiona.
Iain levantó inmediatamente ambas manos.
—Dios me libre, milady . Me han ordenado mantenerme a distancia y pienso obedecer con toda la devoción de un hombre que ha desayunado demasiado.
La carcajada de Isla resonó por todo el patio. Callum la miró. La menor recuperó la compostura al instante.
—Solo me alegra descubrir que los hombres del norte saben hablar como personas normales.
—A veces incluso usamos cucharas —añadió Iain con absoluta gravedad.
Roselyn cerró los ojos un segundo y resopló como un caballo cansado.
—Por favor, marchaos antes de que mi hermana pequeña termine enamorándose también de todo Ironhold.
—Roselyn —advirtió Margaid.
—Solo digo lo que todos estamos pensando.
—Yo no estoy pensando eso —protestó Isla.
—Porque vos no pensáis. Vos improvisáis.
Fiona apartó la vista hacia las riendas antes de que alguien notara el rubor que empezaba a extenderse por su cara.
Lachlan contemplaba la escena desde el caballo negro con aquella calma silenciosa que empezaba a ponerla peligrosamente nerviosa.
No parecía incómodo ante el caos de las hermanas MacLeod.
Más bien atento. Como si estuviera aprendiendo el ritmo de aquella familia.
Los dos hombres designados por Callum aguardaban cerca del portón principal con suficiente distancia para no resultar molestos. El viento descendía desde las colinas cargado de humedad y nieve vieja. A lo lejos, el cielo clareaba entre nubes lentas.
Fiona guio la yegua hacia la salida. Lachlan hizo avanzar su caballo junto a ella.
Cuando cruzaron el portón de Dun Ailean, el aire frío les golpeó de frente con una fuerza limpia que despejó el calor acumulado del patio y de las miradas familiares.
La nieve se abría en manchas irregulares sobre la hierba oscura y el camino descendía hacia las colinas orientales con esa paciencia antigua de las sendas que conocen más pasos que nombres.
Los cascos golpeaban la tierra húmeda mientras las ramas desnudas de los abedules se inclinaban bajo el peso de la nieve vieja. A lo lejos, las torres de Dun Ailean fueron quedando atrás a medida que el paisaje se abría delante de ellos con una claridad gris azulada.
Fiona respiró hondo.
No había salido de aquella manera desde que se anunció la boda. Sin sus hermanas. Sin su madre. Sin la sensación constante de llevar al clan entero observándole la nuca.
Lachlan cabalgaba a su derecha, atento al terreno, al viento y a ella sin necesidad de invadir el silencio.
Ella empezaba a descubrir que eso era, precisamente, lo peligroso.
La yegua dudó frente a una franja de barro helado y Lachlan aflojó el ritmo de su caballo antes incluso de que ella tensara las riendas.
—No hace falta que me cuidéis en cada charco, mi señor.
La comisura de su boca se movió.
—No lo hacía.
—Mentís mal.
—Solo cuando no merece la pena esforzarse demasiado.
Fiona volvió la cabeza hacia él. Lachlan seguía atento al camino. Sin embargo, ella ya empezaba a reconocer con perfección el instante exacto en que estaba conteniendo una sonrisa.