El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XII
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XII

Fiona bajó al comedor más tarde de lo habitual.

No tanto como para provocar un comentario de su padre, aunque sí lo suficiente para que Roselyn levantara los ojos de la taza en cuanto la vio cruzar el umbral.

Isla, sentada a su lado con una rebanada de pan entre los dedos, sonrió de una manera que no presagiaba nada bueno.

Fiona decidió ignorarlas a las dos.

Había dormido poco. Muy poco. Lo bastante para no caer rendida al amanecer, aunque no lo suficiente para impedir que el recuerdo de la noche anterior siguiera adherido a la piel con una persistencia irritante.

Se había lavado la cara con agua fría. Había permitido que Mhairi le recogiera el cabello en una trenza más pulcra de lo necesario.

Incluso había cambiado dos veces de vestido antes de decidirse por uno verde oscuro, sencillo, de mangas ajustadas y cuello cerrado.

Mhairi no había pronunciado una sola palabra durante todo el proceso. Eso había sido lo peor. Porque solo guardaba silencio cuando ya había entendido demasiado.

Fiona cruzó el umbral del comedor mientras una criada dejaba una cesta de pan caliente sobre la mesa.

Lachlan alzó la vista en ese mismo instante y el fuego de la chimenea creció.

No de forma violenta. Ni siquiera alarmante. Las llamas simplemente se alzaron entre los troncos con una bocanada seca que hizo crujir el hierro del hogar y empujó una oleada de calor hacia el centro de la estancia. Una chispa saltó sobre la piedra ennegrecida.

Mhairi dio un pequeño respingo. Callum levantó la cabeza hacia el fuego. Roselyn cerró los ojos un segundo. E Isla, al otro extremo de la mesa, se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que estuvo a punto de atragantarse de la risa.

Fiona continuó caminando hacia su sitio como si nada hubiese ocurrido. Margaid, sin embargo, ya la observaba.

—Buenos días os den los cielos —saludó Fiona.

—Y a vos, hija —respondió Callum desde la cabecera.

Margaid señaló el banco vacío a su derecha.

Fiona avanzó hacia la mesa procurando ignorar el calor incómodo que acababa de extenderse por su cuello.

Lachlan ocupaba el mismo lugar de la noche anterior, junto a Callum.

Iain permanecía sentado enfrente, con una jarra entre las manos y expresión de hombre que todavía no había decidido si odiaba más el frío o las mañanas.

Los demás hombres del norte desayunaban en silencio, con esa gravedad tranquila de quienes habían aprendido a no desperdiciar alimento ni palabras antes del mediodía.

Fiona tomó asiento.

Lachlan volvió a mirarla un instante antes de regresar la atención al plato.

Isla ocultó media sonrisa detrás de la taza de leche. Roselyn le dio una patada bajo la mesa sin siquiera molestarse en mirarla.

—¿Qué? —susurró la menor.

—Dejad de respirar así o padre terminará sospechando.

—Padre ya sospecha.

—Isla.

—No he dicho nada.

—Eso es precisamente lo preocupante.

Fiona cogió la cuchara antes de acabar lanzándoles una mirada asesina a las dos.

Aileas había enviado gachas espesas con miel, pan recién hecho, queso de cabra y una bandeja de carne fría destinada claramente a los hombres del norte.

El comedor olía a humo de turba, lana húmeda y mantequilla caliente.

Más allá de las ventanas, la nieve seguía acumulada junto a las murallas bajo un cielo gris claro que amenazaba otro temporal antes del anochecer.

—Habéis dormido poco —murmuró Roselyn sin apartar la vista de la taza.

—Y vos habláis demasiado para ser tan temprano.

—Eso no responde a mi observación.

—Tampoco pretendía hacerlo.

Roselyn inclinó la cabeza, satisfecha. Iain alzó fugazmente la vista hacia las hermanas MacLeod antes de volver al cuenco con una expresión peligrosamente cercana a la diversión.

Callum dejó la cuchara sobre la mesa.

—Si mis hijas han terminado ya de iniciar una guerra antes del desayuno, quizá podamos comer en paz.

—Sí, padre —respondieron las tres al mismo tiempo.

Iain agachó la cabeza con sospechosa rapidez. Fiona habría jurado que acababa de esconder una carcajada. Lachlan tampoco sonrió, aunque la pequeña arruga junto al rabillo de su ojo derecho volvió a moverse.

El detalle empezaba a resultarle absurdamente familiar. Y eso era un problema. Ella se concentró en el desayuno.

Durante un rato, la conversación se mantuvo en terrenos seguros.

Callum habló de los pasos de la linde oriental, del estado de los puentes bajos y de la última partida de ganado que había cruzado hacia las colinas.

Lachlan escuchó más de lo que intervino, haciendo preguntas breves cuando era necesario.

Iain añadió algún comentario sobre los caminos del norte.

Margaid permaneció callada casi todo el tiempo, aunque Fiona sintió varias veces la mirada de su madre sobre ella.

—Vuestro padre conocía bien las colinas del este —comentó Callum dirigiéndose a Lachlan—. Las recorrió conmigo una primavera, antes de que vos nacierais.

Él levantó la vista.

—Lo recuerdo hablando de ellas.

—¿Ah, sí?

—Decía que los MacLeod tenían tierras capaces de alimentar hombres, caballos y orgullo durante tres inviernos seguidos.

Callum soltó una carcajada breve.

—Eso suena exactamente a vuestro padre.

—También aseguraba que un hombre podía perderse allí con gusto siempre que no tuviera enemigos siguiéndole los pasos.

—Entonces las recordaba con cariño.

Lachlan apoyó los dedos sobre el borde de la mesa. Fiona vio el gesto porque llevaba varios minutos intentando no mirarlo. Las llamas del fuego volvieron a avivarse y Margaid tosió.

—Me gustaría conocerlas antes de marcharnos.

La conversación se aquietó lo justo para que Isla dejara de morder el pan. Lachlan volvió ligeramente la cabeza hacia Callum.

—Si no os parece una petición impropia, desearía cabalgar esta mañana por esa parte de vuestras tierras. Y, si lady Fiona acepta acompañarme, me honraría que fuese ella quien me mostrara el camino.

Fiona dejó la cuchara dentro del cuenco. Demasiado deprisa para alguien que pretendía aparentar calma.

Callum no respondió enseguida. Observó primero a Lachlan, luego a su esposa y finalmente a Fiona. No había desconfianza en su mirada. Solo esa gravedad silenciosa de padre que todavía necesita medir el mundo antes de permitir que una hija salga a él.

—Las colinas del este no son peligrosas si se conoce la senda —dijo al fin.

—Y yo no la conozco —respondió Lachlan—. Por eso pido guía.

Isla bajó la cabeza hacia el plato. Los hombros le temblaron. Roselyn volvió a patearla bajo la mesa.

Fiona decidió seguir fingiendo que ninguna de las dos existía.

Callum mantuvo la mirada fija en su hija mayor.

—¿Deseáis cabalgar esta mañana, Fiona?

La respuesta debió tardar algo más en salir. Un latido al menos. Lo suficiente para conservar cierta dignidad.

—Sí, padre.

Demasiado rápido.

La sonrisa de Isla ya resultó imposible de esconder. Margaid bebió un sorbo de tisana con una serenidad casi ofensiva. Callum miró a su hija menor.

—Isla.

—No he dicho nada.

—Eso me preocupa más todavía.

—Solo estoy desayunando.

—Intentad hacerlo con menos entusiasmo.

Iain tosió contra el puño. Lachlan bajó la vista hacia el plato con una prudencia que no consiguió ocultar del todo el gesto de la boca.

Fiona sintió deseos muy sinceros de patear a Isla bajo la mesa, aunque Roselyn volvió a adelantársele con admirable precisión. La menor soltó un pequeño quejido y recuperó la compostura.

—Está bien —concedió finalmente Callum—. Podéis salir después del desayuno. Tomad el camino bajo hasta la loma de San Bride y evitad el arroyo grande si el deshielo lo ha crecido. Llevaréis dos hombres a distancia.

Fiona alzó la vista.

—Padre.

—A distancia —repitió Callum.

Lachlan inclinó ligeramente la cabeza.

—Es justo.

—Lo sería, aunque no lo fuera —replicó Callum—. Seguís bajo mi techo y ella sigue siendo mi hija.

—No lo olvido.

Hubo algo en la manera tranquila en que Lachlan pronunció aquellas palabras que hizo que Callum lo estudiara un instante más antes de volver al desayuno.

La conversación continuó, aunque ya no fue el mismo desayuno.

Fiona lo notó en Roselyn, que fingía concentrarse en las gachas mientras seguía observándola de reojo.

En Isla, cuya felicidad empezaba a resultar irritante.

En Margaid, que permanecía callada porque no necesitaba decir nada para entender lo que estaba ocurriendo.

Incluso Iain parecía cada vez más entretenido con toda aquella situación.

Lachlan, en cambio, retomó la conversación sobre las colinas del este con absoluta normalidad. Aquello consiguió irritarla más de lo razonable.

Cuando los bancos empezaron a vaciarse, Margaid se acercó a Fiona con la excusa de corregir una arruga inexistente en la manga del vestido.

—Llevad la capa gruesa.

—No hace tanto frío.

—Llevadla de todos modos.

Fiona la miró.

—Madre.

—No he dicho nada.

—Eso empieza a convertirse en costumbre familiar.

Margaid ajustó mejor el cierre del cuello. Sus dedos permanecieron un instante sobre la tela.

—Las tierras del este son hermosas al sol de invierno. También engañosas si una se distrae mirando donde no debe.

Fiona apartó la vista antes de que alguien notara el calor que empezaba a extenderse por sus mejillas.

—No soy una niña.

—Precisamente por eso os hablo así.

Margaid se apartó antes de darle tiempo a responder.

En el patio, los caballos ya estaban preparados. Hamish había elegido para Fiona una yegua castaña de paso firme y carácter tranquilo, aunque ella sospechaba que su padre había tenido bastante que ver en aquella elección.

Lachlan salió poco después con los guantes puestos y la capa oscura sobre los hombros. La luz gris de la mañana endurecía aún más las facciones del norteño, devolviéndole el aspecto severo del hombre que había entrado en Dun Ailean acompañado por media guerra.

Al verla junto a la montura, se detuvo un instante.