El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) XI
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XI

Fiona fue la primera en bajar la vista.

No retiró la mano de golpe ni dio un paso atrás. Simplemente respiró despacio antes de acomodarse otra vez la capa sobre los hombros. El calor de aquella mano seguía pegado a la piel.

Lachlan dejó el paño sobre el poste de madera y volvió a apoyarse en el cercado del caballo. Esta vez no retomó las correas ni fingió seguir ocupado en otra cosa. El animal resopló detrás de él y empezó a mordisquear distraídamente un montón de paja seca.

—No sois una mujer muy prudente —murmuró él al cabo de unos segundos.

Fiona levantó las cejas.

—¿Por bajar sola a los establos?

—Por acercaros a un hombre del norte al que apenas conocéis.

Ella sostuvo la mirada.

—No parecéis un hombre que necesite aprovecharse de una mujer para sentirse poderoso.

Lachlan soltó aire por la nariz. No llegó a sonreír del todo, aunque algo en la tensión de la mandíbula se relajó un instante.

—Eso no ha sido exactamente un insulto.

—Tampoco pretendía serlo.

—Va a nevar antes del amanecer.

—Vos y mi padre sois las únicas personas capaces de mirar el aire y saber esas cosas.

La comisura de la boca de Lachlan se movió.

—No es mirar el aire. Son los caballos. Cuando la nieve viene fuerte, se inquietan antes que nosotros.

Fiona dirigió la vista hacia el negro. El animal había dejado de remover la paja y mantenía las orejas erguidas hacia el exterior del establo.

—Entonces espero que se equivoquen.

—Yo también.

El silencio volvió a asentarse entre ambos, aunque ya no parecía necesario llenarlo constantemente con palabras. Fiona empezó a darse cuenta de que aquello era precisamente lo que más la desconcertaba del norteño. La calma.

No era un hombre especialmente amable. Tampoco seductor. No intentaba impresionarla ni agradarle. Y, aun así, junto a él, el aire no pesaba como llevaba pesando durante semanas.

Lachlan apoyó el antebrazo sobre el cercado de madera.

—¿Siempre bajáis aquí cuando no podéis dormir?

—A veces.

—¿Y siempre encontráis caballos?

—Los caballos y yo nos entendemos mejor que la mayoría de las personas.

—Eso os convierte oficialmente en una mujer del norte.

Ella sonrió.

—Roselyn diría que eso no es precisamente un cumplido.

—Roselyn parece difícil de impresionar.

—Roselyn cree que casi todo el mundo es decepcionante hasta que se demuestra lo contrario.

—¿Y vos?

Fiona tardó un instante en responder.

—Yo creo que casi todo el mundo carga algo que no dice.

Lachlan no apartó la vista de ella.

—Eso no es una respuesta sencilla.

—Nunca he sido demasiado sencilla.

—Ya me he dado cuenta.

El calor le volvió a subir despacio por el cuello. Le molestó que él pareciera advertir cada pequeño cambio en su expresión.

El norteño observó un momento el patio oscuro antes de hablar otra vez.

—¿Vais a echar mucho de menos este lugar?

Fiona soltó aire lentamente.

—Más de lo que quiero admitir.

—Entonces no intentéis fingir lo contrario.

La respuesta llegó tan tranquila que Fiona lo miró con el entrecejo fruncido.

—La mayoría de hombres preferirían una prometida encantada de marcharse con ellos.

—La mayoría de ellos son idiotas.

Ella soltó una risa corta antes de poder contenerla.

Lachlan bajó la vista hacia el suelo de piedra.

—No espero que una mujer abandone todo lo que conoce sonriendo como si fuera una bendición caída del cielo.

—¿Y qué esperáis?

El norteño tardó un momento en contestar.

—Honestidad.

Aquella palabra quedó suspendida entre ambos con más peso del esperado.

Fiona apoyó las manos sobre el borde del cercado.

—Entonces voy a ser honesta también.

Lachlan levantó la cabeza.

—Adelante.

—Todavía no sé qué pensar de vos.

—Eso es razonable.

—Y no me gusta que parezcáis entenderme tan rápido.

La mirada del norteño se sostuvo en la suya unos segundos.

—No os entiendo todavía, lady Fiona.

—A veces parece que sí.

—Lo que entiendo es el miedo de alguien que sabe que su vida está a punto de cambiar por completo y no tiene ninguna garantía de que vaya a salir bien.

Ella permaneció quieta.

Porque esa vez había acertado demasiado.

El viento golpeó con más fuerza el exterior y uno de los caballos del fondo relinchó inquieto. Lachlan volvió la cabeza hacia el sonido. Fiona aprovechó ese instante para respirar despacio y recuperar algo de calma.

Cuando él volvió a mirarla, la observó un momento más de lo habitual.

—Y también entiendo otra cosa.

—¿Qué?

—Que si os quedáis aquí conmigo mucho más tiempo, mañana vuestro castillo entero va a empezar a hablar.

Fiona sintió cómo el calor le subía directamente a las mejillas.

—No estaba haciendo nada impropio.

—Yo tampoco. Pero los castillos no necesitan demasiadas razones para inventar historias.

Ella desvió la vista hacia el suelo de piedra intentando ocultar la expresión.

—Mhairi ya inventa suficientes por todos.

—No. Mhairi observa. Que es bastante peor.

Fiona volvió a sonreír sin quererlo.

Lachlan se apartó finalmente del cercado y recogió el paño viejo que había dejado sobre la madera.

—Deberíais dormir un poco antes del amanecer.

—¿Y vos?

—Yo terminaré aquí y luego lo intentaré.

—Eso no ha sonado muy convincente.

—Porque no lo era.

El caballo negro empujó otra vez el hombro de Lachlan buscando atención. Él le acarició el cuello distraídamente.

Fiona lo observó un instante más antes de empezar a retroceder hacia la puerta.

—Buenas noches, mi señor.

Lachlan inclinó la cabeza.

—Buenas noches, lady Fiona.

Ella apoyó la mano sobre la madera de la puerta.

—Y mi señor…

—¿Sí?

—Si mañana realmente nieva, quiero verlo antes que Isla. O me lo recordará durante el resto de mi vida.

Por primera vez desde que lo conocía, Fiona vio una sonrisa real en el rostro del norteño.

Pequeña. Breve. Cansada. Pero real.

—Entonces procuraré que el castillo despierte antes que vuestra hermana.

El corazón volvió a golpearle una vez contra las costillas. Fiona salió del establo antes de que él pudiera notarlo.

—En el norte aprendemos rápido o terminamos enterrados bajo medio monte.

Fiona sonrió.

—Todo lo que contáis sobre el norte hace que parezca un sitio espantoso.

—A veces lo es.

—Y, aun así, seguís hablando de él como si fuera imposible vivir en otra parte.

Lachlan tardó unos segundos en responder.

—Porque lo es.

La firmeza tranquila de aquella respuesta le recorrió algo bajo la piel. Lachlan se separó por fin del cercado.

—Deberíais volver dentro antes de que el castillo despierte y decidan que he empezado a corromper a la hija mayor de los MacLeod.

—Creo que Isla estaría encantada de ayudaros con eso.

La sombra de una sonrisa volvió a cruzarle la boca.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Fiona terminó riéndose otra vez, más bajo esta vez. Después el silencio regresó, aunque ya no pesaba igual.

Lachlan abrió la puerta del establo y el viento nocturno volvió a entrar cargado de nieve fina. Fiona se acercó despacio hasta quedar a su lado. El frío le golpeó la cara de inmediato y se ajustó mejor la capa sobre los hombros.

Lachlan bajó la vista hacia ella un instante antes de levantar una mano y recolocarle la capa para cerrársela mejor contra el frío. El gesto resultó tan natural que Fiona dejó de respirar un segundo.

Los dedos de Lachlan rozaron la línea de su cuello al apartar un mechón de cabello atrapado bajo la lana oscura.

Ninguno habló. El viento siguió entrando desde el patio cubierto de nieve.

— Lady Fiona.

Ella levantó despacio la vista hacia él. Lachlan dudó un instante antes de hablar.

—No sé si Ironhold llegará a gustaros algún día. Pero haré cuanto esté en mi mano para que no os sintáis sola allí.

El corazón le dio un golpe fuerte contra las costillas y Fiona tuvo que bajar la mirada hacia la nieve del suelo antes de responder.

—Buenas noches, mi señor.

La voz le salió más baja de lo habitual.

Lachlan inclinó la cabeza.

—Buenas noches, lady Fiona.

Fiona cruzó el patio sin volver la vista atrás. La nieve empezaba ya a caer lentamente sobre las piedras oscuras de Dun Ailean y el viento le enredaba mechones de cabello alrededor de la cara mientras subía la escalera principal.

Cuando cerró la puerta de la alcoba, Roselyn seguía despierta. No dijo nada. Solo levantó los ojos del libro al verla entrar.

Fiona se quitó la capa despacio y la dejó sobre la silla junto al fuego.

Después, mientras empezaba a descalzarse sentada al borde del colchón, descubrió que todavía conservaba en la piel el calor de la mano de Lachlan MacThane.