X
Fiona alargó la mano sin pensarlo demasiado.
—Así le va a rozar el cuello.
Lachlan giró la cabeza al mismo tiempo que ella inclinaba la muñeca para recolocar el cuero. La grasa húmeda le manchó los dedos.
—Tenéis mano con los caballos.
—En Dun Ailean aprendemos pronto o acabamos en el suelo.
—En Ironhold también.
Fiona retiró la mano despacio. El caballo negro volvió a buscarla con el hocico, empujándole apenas la manga de lana. Ella le acarició entre los ojos por pura costumbre. El animal relajó las orejas.
Lachlan la observó un instante.
—No suele aceptar tan rápido a la gente que no conoce.
—¿Cómo se llama?
—Breac.
—Es hermoso.
—Es testarudo. La mitad del tiempo cree que manda él.
—Entonces os parecéis bastante.
La frase salió antes de que pudiera medirla. Lachlan alzó apenas una ceja. No parecía ofendido. Más bien sorprendido de escuchar algo así.
Fiona notó el calor subirle a las mejillas y apartó la vista hacia el cercado.
—Mi hermana Isla habla sin pensar. Empiezo a creer que convivir con ella resulta contagioso.
—En mi clan dirían que hablar sin miedo no siempre es un defecto.
—En el mío depende mucho de quién escuche.
El norteño soltó aire por la nariz. No llegó a ser una risa, aunque se acercó bastante más que cualquiera de las expresiones que había mostrado durante la cena.
Fuera, el viento volvió a golpear las paredes del establo. Más fuerte esta vez. Uno de los caballos del fondo se removió inquieto.
Fiona se ajustó mejor la capa.
—¿No tenéis sueño?
Lachlan apoyó un brazo sobre la división de madera del cercado.
—Lo tengo. Otra cosa es que consiga dormir.
Ella lo miró unos segundos sin responder. La luz cálida de la lámpara le marcaba las sombras de la cicatriz bajo la mandíbula. De cerca parecía aún más antigua. Más irregular.
—¿Os la hicieron en Ironhold?
Lachlan llevó la mano de forma inconsciente hacia el lado derecho del cuello. La rozó apenas con los dedos.
—No. En la frontera de Dunbeag.
—¿Muchos hombres?
—Los suficientes.
—Casi os matan.
—Sí.
No añadió nada más. Fiona comprendió que no lo haría.
Breac volvió a empujarle el hombro buscando atención. Lachlan le acarició el cuello con una lentitud automática, aprendida tras años de repetir el gesto.
—Roselyn tiene razón con una cosa —dijo Fiona al cabo.
—¿Con cuál?
—La biblioteca.
Lachlan alzó la vista hacia ella.
—¿Qué pasa con la biblioteca?
—Como sea realmente miserable, voy a considerarlo una ofensa personal.
La comisura derecha de la boca volvió a moverse.
—Entonces me aseguraré de que no lo sea.
El silencio que siguió ya no resultó incómodo. Afuera continuaba nevando sobre los muros de Dun Ailean y, dentro del establo, el calor de los animales convertía el aire en algo espeso y tranquilo.
Fiona observó cómo Lachlan terminaba de revisar las últimas correas sin prisas. No había rigidez en sus movimientos allí dentro. Solo cansancio. Y costumbre.
«Desde hace once años».
Comprendió de pronto que no había exagerado. Lachlan debió notar el cambio en su expresión porque dejó la mano quieta sobre el cuello del caballo.
—¿Qué ocurre?
Fiona negó despacio con la cabeza.
—Nada.
Él sostuvo la mirada un momento más, como si supiera que no era del todo verdad, aunque no tuviera intención de forzar la respuesta.
Y eso, por algún motivo, le resultó todavía más peligroso.
—Maldición.
Fue a limpiarse los dedos sobre la lana de la capa, pero Lachlan le sujetó la mano antes de que pudiera hacerlo. El gesto resultó rápido. Instintivo. Fiona dejó de respirar un instante.
Lachlan cogió un paño viejo colgado del poste y empezó a retirarle despacio la grasa oscura de los dedos sin soltarle la mano. Sus manos eran cálidas. Mucho más de lo que Fiona esperaba en alguien que acababa de venir del exterior.
Ninguno habló. Fiona terminó dándose cuenta de que Lachlan ya no fingía atender al caballo desde hacía rato. El establo parecía demasiado silencioso de repente.
Notó el roce áspero del paño sobre la piel y, peor todavía, la firmeza tranquila con la que Lachlan le sostenía la muñeca, como si aquello fuese la cosa más natural del mundo.
Levantó despacio los ojos hacia él. Lachlan también la observaba. No con dureza. Con una atención serena que le volvió el pulso extrañamente inestable.
Él le soltó la mano poco a poco cuando terminó de limpiarle los dedos. Fiona cerró los dedos sobre la palma todavía caliente antes de darse cuenta de lo que hacía.
El caballo resopló entre ambos. Fuera, el viento volvió a golpear las paredes del establo. Y ninguno de los dos pareció tener demasiada prisa por apartarse.