El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) IX #2
30%

IX #2

Iain, sin volverse hacia ninguno de los dos laird s, masculló entre dientes que los elogios entre clanes se pagaban con cordero y que él tenía hambre. Diarmaid, al fondo de la mesa larga, soltó una risa baja por la nariz. Eachann y Ailpein cabecearon. Lokan no movió un músculo.

Aileas mandó la fuente del cordero.

Durante un buen rato, la conversación se mantuvo en el terreno seguro de los hombres del consejo.

Los Cameron, los Murray, los Forbes. Las cosechas.

La frontera. Los pasos del invierno. Callum y Lachlan se entendieron sin necesidad de elevar el tono.

Margaid intervino dos veces, ambas para precisar detalles sobre la ropa que la hija mayor se llevaría al norte.

Roselyn se mantuvo en silencio. Isla, contra todo pronóstico, se contuvo durante toda la primera parte.

A media cena, la pequeña rompió la contención.

—Mi señor MacThane, perdonadme la pregunta, que ya os imagino la cara antes incluso de que me contestéis.

Lachlan levantó la mirada del cuenco. Callum no se atrevió a interrumpir a su hija menor.

—Decid.

—¿Cómo es Ironhold?

Lachlan dejó la cuchara sobre el plato. Se enderezó un palmo en el banco.

Era una pregunta que probablemente había anticipado.

Fiona vio el instante exacto en el que aquella respuesta preparada se le subía a los labios y se le quedaba atascada antes de salir.

Apretó la mandíbula. Bajó la mirada al plato un segundo. Luego volvió a alzarla.

—Ironhold es un castillo del norte. Está sobre una colina. Frente al mar. Es ventoso, frío y oscuro en invierno. No tengo mucho más que ofreceros sin engañaros.

—Eso es lo que contestan los hombres cuando no quieren contestar.

—Es posible.

—Lo que pasa, mi señor, es que mi hermana mayor va a vivir allí.

Y yo, que llevo veinte años acostándome cada noche en la alcoba pegada a la suya, necesito imaginarme bien el lugar al que vais a llevárosla.

Si vos no me lo describís, solo voy a poder imaginármela mal.

Y eso no nos conviene a ninguno de los presentes.

Lachlan se quedó muy quieto. Margaid, al otro extremo de la mesa, soltó la cuchara que había estado sosteniendo a un dedo de los labios.

—No sé contestaros bien a eso.

—¿No sabéis cómo es vuestra propia casa, mi señor?

—Sé cómo es. Lo que no sé es cómo va a estar vuestra hermana en ella. Ironhold lleva once años en guerra conmigo. No sé qué le va a parecer a una mujer que viene de aquí. No me he atrevido a imaginarlo.

Hubo en el comedor un silencio distinto al anterior. El que se cuela en una sala cuando un hombre, en mitad de una conversación, suelta más de lo que pretendía. Iain, junto a su laird , bajó los ojos al cuenco. Margaid no los bajó.

Isla tardó dos latidos en hablar. No estaba acostumbrada a recibir respuestas honestas a las preguntas que formulaba en mitad de las cenas.

—Os lo agradezco.

Lachlan inclinó la cabeza una sola vez. Isla siguió comiendo. La conversación retomó otros caminos con lentitud.

Aileas mandó subir el último plato caliente y, poco después, Mhairi comenzó a retirar los cuencos vacíos con la eficacia silenciosa que distinguía a las mujeres de Dun Ailean.

El hidromiel suave apareció para los hombres.

Té caliente para las mujeres. La tensión inicial de la cena se había aflojado un dedo.

Lo suficiente para que los hombres del norte dejaran de parecer una partida de guerreros entrando en territorio enemigo.

Iain fue el primero en apoyar la espalda contra el banco con cierta comodidad.

Eachann discutía con Diarmaid sobre el estado de los pasos orientales.

Ailpein había logrado que Isla se riera dos veces contando cómo uno de los perros del norte había robado un pescado entero y terminado perseguido por media cocina de Ironhold.

Incluso Lokan parecía menos rígido bajo la luz cálida de las velas.

Fiona, sin embargo, ya no participaba en la conversación.

Observaba.

No a los hombres del norte en conjunto. Solo a uno.

Lachlan hablaba poco. Escuchaba mucho. Y, cuando alguien se dirigía a él, levantaba los ojos con esa atención sobria que tenían ciertos hombres acostumbrados a cargar responsabilidades demasiado tiempo.

No parecía incómodo bajo aquel techo. Pero tampoco relajado.

Como si una parte de él siguiera preparada para levantarse de la mesa al menor cambio del viento.

La idea le produjo un cansancio extraño.

«Once años en guerra conmigo».

La frase seguía dándole vueltas en la cabeza.

Mhairi terminó de servir las bebidas. Callum apoyó las dos manos sobre la mesa y miró a sus huéspedes.

—Mañana el tiempo abrirá. Si el viento del este se mantiene, podréis ver el valle entero desde la muralla norte antes del mediodía.

—Mis hombres os lo agradecerán —respondió Lachlan—. Llevan dos jornadas viendo únicamente nieve y piedra.

—Entonces aún no han conocido las mejores vistas de estas tierras.

—¿Y cuáles son esas, padre? —preguntó Isla.

—Las cocinas cuando Aileas decide alimentar a más de diez personas.

La carcajada de Iain retumbó por encima de la mesa. Incluso Roselyn sonrió contra el borde de la taza.

La cena empezó a disolverse poco después.

Callum se levantó primero. Los hombres del norte hicieron lo mismo casi al instante, como si el movimiento del laird hubiera tirado de todos ellos mediante una cuerda invisible. Las sillas crujieron sobre la piedra.

—Os agradezco vuestra hospitalidad —dijo Lachlan.

—Mientras permanezcáis bajo este techo, no os faltará fuego ni comida.

Lachlan inclinó la cabeza una vez. Luego se volvió hacia Fiona. No fue más que un instante. Pero esta vez le sostuvo la mirada el tiempo suficiente para que ella percibiera el cansancio escondido bajo la severidad del norteño.

— Lady Fiona.

—Mi señor.

Nada más.

Y, aun así, cuando él salió del comedor junto a los suyos, Fiona sintió el silencio de la estancia distinto al de unos minutos atrás.

Isla bostezó sin molestarse en ocultarlo.

—Si mañana vuelvo a escuchar a Ailpein hablar de perros ladrones, pienso marcharme yo misma a Ironhold solo para comprobar si existen de verdad.

—Vos os marcharíais a cualquier sitio donde os dieran permiso para causar problemas nuevos —murmuró Roselyn mientras se levantaba del banco.

Las dos hermanas menores se despidieron y abandonaron el comedor entre discusiones apagadas. Mhairi empezó a recoger las copas vacías.

Margaid seguía sentada al otro extremo de la mesa.

Fiona la observó un momento antes de hablar.

—Os preocupa algo.

—Me preocupa que mi hija mayor se case dentro de pocos días y todavía siga bajando descalza a las cocinas cuando cree que nadie la ve.

Fiona soltó una risa breve.

—Entonces vuestro problema no tiene remedio.

Margaid sonrió. Después la observó con una calma mucho más profunda.

—¿Qué os parece él?

La pregunta la tomó desprevenida.

Fiona bajó la vista hacia el mantel unos segundos.

—No lo sé todavía.

—Eso no es una mala respuesta.

—No parece un hombre cruel.

—No. No lo parece.

—Y creo… —Fiona dudó antes de continuar— que carga cosas demasiado pesadas él solo.

Margaid no respondió enseguida. La contempló con esa mirada antigua que siempre parecía ver más de lo que decía.

—Los hombres que sobreviven demasiado tiempo a las guerras terminan haciendo eso.

Mhairi pasó junto a ellas recogiendo el último cuenco.

— Milady , ¿ordeno apagar ya el comedor?

—Sí. Nos retiramos.

Fiona rodeó la mesa y besó la coronilla de su madre antes de salir.

Encontró a Callum en el corredor principal, hablando en voz baja con Hamish junto a una antorcha.

—Buenas noches, padre.

El laird giró la cabeza.

—Descansad, hija.

Ella asintió y continuó hacia la escalera.