IX
Al caer la tarde, las cocinas de Dun Ailean estaban más calientes que el horno de un herrero en plena cosecha y Aileas, según su propio diagnóstico, más cansada que el demonio que las custodiaba.
Llevaba desde el principio de la siesta amasando, pelando, dorando y rectificando lo que el instinto le exigía.
El cordero, en el espetón desde mediodía, soltaba un olor que se metía por los corredores hasta el ala oeste.
—Que se asomen los que quieran —masculló sin levantar la vista del caldo—. Yo cocino para el laird y para los huéspedes que mi señor manda atender. Si vienen a oler antes de que toquen las campanas, se vuelven por donde han llegado.
Margaid se había sentado a la mesa del rincón con una cesta de pan recién partido. Había bajado al territorio de Aileas porque a esa hora necesitaba estar en un sitio donde la cocinera no le permitiera pensar.
—Esta noche hay más hombres en la mesa familiar que la víspera.
—Es un motivo de celebración, mi señora. Por fin nuestro lord no se sentirá asaltado.
La carcajada de la cocinera, tras su explicación, pudo escucharla hasta el hechicero.
—Es un laird amado, Aileas.
—Sí, mi señora. Nuestro laird es el hombre más amado de esta tierra —continuó con su sarcasmo.
Margaid recorrió con la mirada todo lo que habían preparado para el banquete y se quedó observando un mantel que hacía años no se usaba.
—¿Por qué ese mantel? —preguntó señalándolo con un dedo.
—Es el más adecuado para el día de hoy, milady . El de las bodas no se saca hasta que vuestra hija mayor diga lo que tiene que expresar ante el cura del valle.
—Pensáis demasiado, Aileas.
—En esta casa alguien tiene que hacerlo mientras vos protegéis a las señoritas.
Margaid esbozó una sonrisa breve. Aileas removió el caldo con la cuchara grande de madera. Bridie, arrodillada en su rincón, terminaba de fregar una bandeja con la atención de quien llevaba tres horas concentrada en que no se le cayera nada.
Mhairi entró con la noticia de que los huéspedes estaban listos en el ala oeste. Margaid dispuso antes de marcharse:
—Decidles que pasen al comedor cuando suene la campana de la galería. Que los que primero lleguen aguarden. Y avisad a mi hija mayor.
—La acabo de ver salir de su alcoba. Ya bajaba ella sola.
—Dejadla, entonces.
Margaid subió al comedor familiar por la escalera principal.
Al cruzar el primer piso, se topó con Fiona saliendo del corredor de las alcobas.
Se había puesto un vestido azul oscuro distinto al de la sala privada, esta vez con el cuello menos cerrado y un pequeño bordado de hilo plata en el dobladillo de la manga derecha.
Llevaba el cabello en una sola trenza gruesa.
—¿Voy bien?
—¿Os habéis mirado al espejo, hija, o he de hacerlo yo desde aquí?
—Me he mirado de sobra. Pregunto si vos veis algo que se me haya escapado.
—No se os ha escapado nada. Bajad delante. Yo paso un instante por las cuadras.
—¿Las cuadras a esta hora?
—Las cuadras a esta hora son tan urgentes como a cualquier otra. Bajad.
Fiona la observó un instante más de lo habitual. Sabía perfectamente que su madre no iba a las cuadras. Iba a calmarse en algún corredor antes de entrar al comedor. Su madre lo hacía siempre antes de las cenas con huéspedes importantes.
Fiona entró en el comedor y encontró a Roselyn ya dentro.
Se había sentado en su sitio de costumbre, con el chal gris recogido sobre los hombros.
Mantenía las manos juntas sobre el regazo y los ojos fijos en la fuente vacía.
No giró la cabeza al percibir a su hermana mayor.
Y, sin darse cuenta, golpeaba el suelo con la punta del pie izquierdo en un compás de tres, el mismo tic que le salía siempre que algo la perturbaba sin admitirlo.
—La lluvia se ha calmado —dijo Fiona.
—Yo estoy calmada —contestó Roselyn.
—¿Lo habéis visto?
—Sí, lo he visto.
Fiona se sentó a su lado.
—¿Y? ¿Qué opináis?
—No sé qué contestaros. Tiene el aspecto de un animal fiero. Sin embargo… ¿qué hará cuando descubra vuestro don?
—Si no lo acepta, puedo convertirlo en animal fiero al carbón.
Roselyn la miró de reojo, evitando soltar una carcajada. No sería ni la primera ni la última persona que saldría con el culo chamuscado.
Fiona, sin pedir permiso, le robó un trozo de pan de la cesta. Se lo metió entero en la boca y sonrió.
Isla irrumpió un instante después. Traía el cabello rubio trigueño en dos trenzas a los lados, signo inequívoco de que Mhairi había ganado la batalla de la tarde.
Cerró la puerta con la torpeza habitual, se sentó frente a sus dos hermanas y, en un mismo gesto, se sirvió de la jarra del agua y se mordió la uña del pulgar.
—¿Cómo es él? Y no me digáis que no sabéis qué contestar. Llevo todo el día imaginándomelo de seis maneras distintas.
—No es lo que vos creéis. No es feo ni guapo. No es joven ni viejo. No es seco ni cordial. Es… complicado de describir si no lo veis.
—Eso parece más un acertijo que una respuesta.
—Y, aun así, es todo lo que tengo.
Isla masticó el pan que la mediana le había alcanzado. Habría querido tirar de la lengua de Fiona durante una hora. Por algún motivo, decidió no hacerlo. Cogió el cuchillo del plato y empezó a alinear las migas sobre el mantel.
Callum entró al comedor con la espada al cinto.
Era un detalle protocolario que sus tres hijas conocían: el MacLeod ceñía la espada en las cenas con huéspedes ajenos al clan, no por costumbre marcial sino por respeto antiguo hacia el huésped armado.
Saludó con un cabeceo. Tomó asiento a la cabecera.
Margaid entró un instante después y ocupó el extremo opuesto.
Mhairi abrió la puerta cuando sonó la campana de la galería.
—El laird MacThane —anunció.
Lachlan entró primero. Detrás, Iain. A continuación, los cuatro.
Eachann, alto, joven, con la barba clara y los hombros aún sin terminar de cuadrar.
Ailpein, fornido, de cabello rojo, con unas manos enormes y un modo de andar pesado, como si cada paso fuera el último de una marcha larga.
Diarmaid, mayor, con una cojera leve en la pierna izquierda que disimulaba apoyándose con discreción en los respaldos al pasar.
Lokan, el más callado, con el rostro tan inexpresivo como una piedra del río.
Todos se habían cambiado de ropa. Ninguno lucía broche, salvo Lachlan, que volvía a llevarlo en el cinturón en lugar del hombro. Un detalle que Callum advirtió antes de levantarse.
—Pasad. Esta es la mesa familiar y, mientras dure vuestra estancia bajo mi techo, también la vuestra.
—Os lo agradezco. No es habitual recibir a un laird del norte en una mesa familiar.
—Aquí no separamos a los huéspedes de la familia cuando el propósito es una unión.
Las presentaciones fueron breves. Callum nombró a sus tres hijas por orden.
Lachlan inclinó la cabeza una vez por cada una.
Roselyn, contra su costumbre, levantó los ojos durante la presentación y sostuvo la mirada del norteño medio segundo más de lo esperado.
Él no comentó nada. Pasó a Isla. La pequeña, en lugar de devolver la reverencia, sonrió.
La sonrisa franca, abierta y despreocupada que reservaba para los hombres adultos a los que pretendía ablandar.
Lachlan no se la devolvió. Pero una de las arrugas pequeñas del rabillo del ojo derecho se le movió.
Los seis hombres ocuparon los lugares que Mhairi había distribuido. Lachlan a la derecha de Callum. Iain a la izquierda de su laird . Los otros cuatro repartidos por la mesa larga añadida.
Bridie entró con la primera jarra. La niña, en sus cinco semanas en el castillo, había aprendido a servir la mesa sin tropezar.
Aquella noche, le habían encomendado la jarra grande de plata, la que pesaba más que ella misma.
Al llegar a la altura del codo de Iain, la jarra se le inclinó.
El agua salió. Medio cuenco cayó sobre la pernera izquierda del segundo del norte.
La niña soltó la jarra del todo. Cayó sobre la mesa con un golpe seco y rodó tres palmos.
Se llevó las manos a la boca. Empezó a temblar.
Hubo un silencio incómodo.
El primero en moverse fue Iain. Se levantó del banco con la lentitud propia de los hombres que pesan demasiado. Le quitó el delantal a la niña en un gesto rápido, lo dobló sobre su propia pierna mojada para evitar que el agua le calara más adentro y la miró.
—Pequeña. ¿Vos pensáis que merece la pena llorar por un pantalón mojado?
—Sí, señor.
—¿Por qué?
—Porque me van a regañar.
Iain soltó una carcajada corta. Áspera. Sincera. Se inclinó un palmo hacia la niña. Le devolvió el delantal sin entregárselo del todo.
—Pues escuchadme bien. Si os regañan, vais y decís que el segundo del laird del norte se mojó la pernera y se rio.
—Sí, señor.
—Marchaos a buscar un paño a vuestra cocinera mayor y, de paso, otro pantalón para vuestro huésped, que va a tener que cenar con esta pierna mojada porque no traigo otro.
Marchaos sin miedo. Si vuelvo a oír un sollozo vuestro esta noche, juro que se va a enterar la cocina entera de que es Iain MacThane quien protesta. Y Aileas no quiere oír eso. ¿Verdad?
La niña asintió dos veces. Antes de salir, levantó la mirada hacia Fiona durante un instante muy breve. Esta le devolvió un cabeceo perceptible. Bridie se marchó.
Iain volvió a sentarse. Recogió la jarra. La depositó recta sobre el mantel.
—Le pido disculpas a vuestra criadita en cuanto pueda. He levantado el codo cuando ella se inclinaba. La culpa ha sido mía.
—En este comedor no hay culpas. Hay accidentes. La niña va a recibir tres palabras buenas en la cocina por parte de Aileas, no tres regañinas.
—Os lo agradezco.
Callum miró a Lachlan.
—Vuestro segundo tiene mano con los críos.
—La posee porque su esposa ha parido seis. Tres varones y tres mujeres. Todos vivos. Todos en casa. Por eso le pedí que me acompañara. Necesitaba a alguien con la cabeza donde la mía no la tiene siempre.
—Eso es lo que en estas tierras llamamos una mano derecha.
—Eso es.