VIII
Fiona salió del invernadero con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo habitual desde el cuerno.
Subió por la escalera lateral. La de las criadas. A mitad de tramo se cruzó con Bridie, que bajaba con una jarra vacía. La niña se hizo a un lado y se persignó por costumbre. Lo hizo sin pensar, sin miedo y sin la solemnidad de las primeras semanas. Era ya, en realidad, casi un saludo.
Fiona le devolvió un cabeceo.
Llegó a la galería del primer piso. Era una pasarela cubierta que recorría tres lados del patio interior.
Una balaustrada a la altura de la cintura y, cada cinco pasos, una columna que sostenía el techo.
Desde detrás de las columnas, una mujer del castillo podía observar lo que sucedía abajo sin ser advertida.
Fiona se colocó tras la tercera columna. La que daba sombra.
Esperó.
La verja se abrió un instante después.
Y los hombres del norte entraron en el patio.
Eran seis.
Los contó dos veces para asegurarse. Cinco hombres armados, montados, con la capa empapada. Y, ligeramente por delante, un sexto. Un hombre alto, sobre un caballo bayo grande, con la capa más oscura que las otras cinco. Llevaba el broche de su clan en el cinturón, no en el hombro.
Aonghas y dos mozos salieron del portón. Los seis hombres desmontaron sin esperar ayuda. Eso también lo observó. Los del norte, evidentemente, no se dejaban ayudar a desmontar.
El hombre del bayo pisó el empedrado con la rigidez leve de quien lleva muchas horas sobre la silla. Se llevó la mano izquierda al muslo y se estiró media pulgada. Caminó hacia donde Aonghas esperaba.
Fiona lo miró por primera vez de cuerpo entero.
Era alto. Más que Callum. Más que Hamish.
Más que cualquier hombre del consejo MacLeod.
Pero no era una altura imponente. Era la altura de los hombres que han pasado la vida agachándose para entrar por puertas demasiado bajas.
La espalda no se le enderezaba del todo.
Hombros anchos. Manos grandes. La capa, mojada hasta el dobladillo, le pesaba.
No llevaba yelmo. Su cabello permanecía recogido en una coleta floja a la altura de la nuca. Negro. Con una mecha cana sobre la sien izquierda. Una sola.
Levantó la mano izquierda para apartarse un mechón.
Durante un segundo, Fiona vio la cicatriz.
Le cruzaba la mandíbula derecha desde el lóbulo de la oreja hasta la mitad del cuello. Vieja. Irregular, de las que se cierran mal porque no hay tiempo de coserlas como es debido. Aquel hombre había estado a punto de no llegar al día siguiente cuando se la hicieron.
No era guapo.
Esas fueron las palabras exactas que pensó. No era el Highlander de los cantares. Era un hombre. Sin más. Treinta años con la cara de alguien que había pasado once inviernos en guerra.
Y, mientras lo observaba caminar hacia donde su padre había salido a recibirlo, Fiona no pensó qué clase de hombre era.
Pensó otra cosa.
«Ese hombre viene a llevarme».
Se apretó las manos contra el pecho. No oyó el saludo. Solo vio que los dos hombres se daban un apretón de muñeca, no de mano, sino de muñeca, al modo antiguo. El MacThane lo había escogido conscientemente.
—Mi señor MacLeod —pronunció el recién llegado.
—Mi señor MacThane.
—La lluvia.
—Sí.
—No esperábamos llegar mojados hasta el hueso. Pido disculpas por presentarme así.
—En este castillo se llega con cansancio y con lo vivido por el camino.
—Os lo agradezco.
Era una voz grave. Pausada. Sin ese tono cantarín de los hombres del norte que Fiona había imaginado. Hablaba como un hombre que mide las palabras.
—Os presento a Iain MacThane. Mi mano derecha. Y los cuatro que vienen detrás son Eachann, Ailpein, Diarmaid y Lokan. Todos del clan. Hombres en los que confío.
—Sed bienvenidos. Hay cuartos preparados en el ala oeste. La doncella os llevará en cuanto hayáis comido. La cocinera tiene caldo caliente y pan recién hecho. ¿Os parece bien comer primero?
—Lo agradeceríamos. Llevamos desde las cuatro de la madrugada sin parar.
—¿De Inverness o directo de Ironhold?
—De la posada del paso de Cairnish. Hicimos noche allí. Los caballos no aguantaban otro día seguido.
—Sensato.
—En estos tiempos lo que importa es un buen descanso.
Callum se hizo a un lado. Lachlan y los suyos cruzaron el patio en dirección a la puerta lateral de las cocinas.
Iain, mucho más bajo que Lachlan, fornido y con la barba más roja que castaña, iba el último.
Antes de entrar, se detuvo y miró hacia arriba.
No vio a Fiona. Era una mirada profesional.
La de un segundo que comprueba si arriba hay alguien.
Después entró tras los demás.
Fiona soltó el aire que llevaba reteniendo. Se apoyó contra la columna. Aonghas y los mozos se llevaron las cabalgaduras hacia las cuadras. Una de las doncellas salió con una escoba a barrer el barro. La lluvia, que había aflojado durante la entrada, volvió a apretar.
Roselyn también los había visto.
Fiona bajó las escaleras laterales hacia su alcoba. No se dirigió a las cocinas. No habría sabido qué hacer allí.
Llegó a la habitación. Mhairi había terminado el equipaje del día. Los baúles cerrados. La cama hecha. Sobre la mesilla, una jarra de hidromiel suave y un cuenco.
Fiona se sirvió. Se sentó al borde de la cama y bebió.
Dos horas después, llamaron a la puerta.
—Adelante.
Mhairi entró con un vestido limpio, el de lana azul oscura con el cuello cerrado, y un par de medias gruesas dobladas sobre el brazo.
— Lady Margaid os pide que bajéis a la sala privada para una presentación formal.
—¿Ahora?
—En cuanto vuestra señoría esté presentable.
—¿Estoy presentable?
—No.
—¿Cuánto tardamos?
—Si me dejáis trabajar, poco.
—Hacedlo.
Fiona se desabrochó las cintas del corpiño. Mhairi le pasó la camisa interior limpia y la ayudó con el vestido. Le rehízo la trenza. Le ajustó el broche pequeño de plata sobre el cuello. Y le pasó por las mejillas, sin avisar, un paño humedecido en agua fría.
—No me digáis nada, Mhairi.
—No, mi señora.
Fiona se sostuvo. Luego cedió.
—¿Cómo es?
Mhairi se detuvo un instante. Tenía el paño en la mano derecha y la otra apoyada sobre el hombro de Fiona.
—¿El MacThane?
—Sí.
—No lo sé.
—Lleváis dos horas en las cocinas con él. Tenéis ojos.
—Los ojos de una doncella no se gastan en los hombres del laird . No me corresponde tener opinión.
—Hoy os la pido yo. No mi padre, ni mi madre. Yo.
Mhairi terminó de pasarle el paño por la mejilla. Lo dobló. Lo dejó sobre la mesilla.
—No ha sonreído ni una vez. Ha comido lo justo. Ha hablado lo justo. Le ha dado las gracias a Aileas tres veces. Y cuando una doncella se ha tropezado con la jarra y le ha mojado la pernera, no se ha enfadado.
Fiona no contestó. Apretó la trenza con dos dedos.
Bajó las escaleras hasta el primer piso. Mhairi la siguió tres pasos por detrás. Las voces de la sala privada le llegaron antes que la puerta. Tres voces. La de su padre, la de su madre y la del MacThane.
Se paró un instante delante de la puerta. Respiró. Llamó con dos golpes secos.
—Pasad.
Empujó.
Su padre estaba de pie junto al escritorio, con la jarra en la mano. Margaid, sentada en la silla más cercana a la chimenea, con el cuenco apoyado sobre el regazo. Y, en la silla opuesta, ligeramente girado hacia la puerta, Lachlan MacThane.
Se había cambiado de ropa. Una camisa gris oscuro, un jubón de cuero sin adornos, los pantalones limpios.
Tenía el cabello aún algo húmedo, sin recoger esta vez del todo, y le caía sobre la mejilla derecha cubriéndole en parte la cicatriz.
Estaba sentado con las dos manos apoyadas sobre las rodillas, ligeramente inclinado hacia delante.
Al verla entrar, se levantó.
Con la lentitud rígida de quien lleva diez horas a caballo.
—Mi señora —pronunció, inclinando la cabeza una sola vez.
Fiona no respondió de inmediato.
Lo miró. Esta vez de cerca. Con la sala bien iluminada. Los ojos tenían el color de las avellanas. Más claros que el castaño. Más oscuros que el ámbar. Mostraba unas arrugas pequeñas en los rabillos que sugerían una sonrisa antigua, anterior a la guerra.
Él le sostuvo la mirada unos segundos. Luego la apartó, hacia Callum, hacia Margaid y la chimenea.
No fue una huida. Era la conciencia de un hombre que sabía que no le correspondía mirar fijamente a la mujer con la que aún no se había casado.
—Mi señor, espero que el viaje no haya sido demasiado duro.
—Ha sido largo.
—¿Os han atendido bien en las cocinas?
—Vuestra cocinera mayor me ha dado el mejor caldo que he comido en siete años, mi señora. Si me permitís expresarlo así.
—Aileas se va a poner muy contenta cuando se lo diga.
—Ya se lo he dicho unas tres veces.
—Eso me ha parecido escuchar.
—Entonces ya sabéis qué clase de hombre soy.
Fiona reprimió la sonrisa. Estaba ahí. Le quemaba debajo de los labios. La apretó con los dientes y miró un instante a su madre. Margaid no la observaba. Tenía los ojos clavados en Lachlan con la misma atención con la que llevaba contemplando la chimenea para comprobar la emoción de su hija.
—Sentaos —ordenó Callum.
Fiona acató el mandato. En la silla que faltaba, junto a su madre. Hablaron durante una hora.
Callum llevó el peso de las preguntas formales.
Términos del matrimonio. Plazos. Fechas.
El cordero de cuatro jornadas. El día de la ceremonia, finalmente fijado para una semana exacta.
La comitiva. Los siete caballos. Los dos carromatos.
Las dos doncellas que Fiona se llevaría.
Margaid intervino tres veces, siempre para precisar detalles sobre la ropa y sobre las costumbres de Ironhold respecto al servicio femenino.
Lachlan contestó cada pregunta con la concisión de un hombre que se había preparado el viaje con honestidad. Cuando no supo algo, lo reconoció.
A Fiona se dirigió tres veces.
La primera, para preguntarle si tenía preferencia respecto al color del vestido de boda.
Contestó que no. La segunda, para preguntarle si conocía a alguna familia del norte con la que tuviera vínculo previo.
Contestó que no. La tercera, para preguntarle si tenía alguna costumbre personal sobre la cual prefiriera que Ironhold estuviera advertido por adelantado.
Fiona se detuvo. Era una pregunta inesperada. Y la hizo sentir, por primera vez en una hora, que él le estaba preguntando a ella, no a su padre ni a su madre, algo propio.
—Suelo despertarme antes del amanecer.
—¿Para?
—Nada en especial. Es una costumbre. Si una criada me lleva caldo caliente o pan a esa hora, lo recibiré. Si no, no.
—¿Y os movéis a esas horas por el castillo?
—Por mi castillo, sí.
—Lo advertiré en Ironhold. ¿Otra?
—No.
—Si recordáis alguna durante la semana, decídmela. No quiero que os encontréis con sorpresas innecesarias al llegar.
—Lo haré.
Lachlan asintió una sola vez. Después se volvió hacia Callum.
A la hora justa, el laird dio por terminada la reunión.
—Esta noche cenamos todos juntos en la mesa familiar —comentó.
—Allí estaremos.
—Mhairi os acompañará al ala oeste.
—Os lo agradezco.
—Subid con vuestra madre, hija.
Margaid y Fiona se levantaron. Lachlan hizo lo mismo y les inclinó la cabeza a las dos mujeres con la reverencia mínima con la que las había recibido.
Salieron y subieron por la escalera principal en silencio. Margaid no dijo nada hasta el rellano del primer piso.
—¿Necesitáis comentar algo conmigo o marchamos cada una a nuestra alcoba?
—Prefiero estar sola.
—Bien.
Fiona dio dos pasos y se detuvo.
—¿Habéis cerrado el puño durante toda la conversación porque sí o porque algo os ha llamado la atención?
Margaid no respondió enseguida. Miró a la hija por encima del hombro. Tenía los ojos verdes algo más serios de lo habitual.
—Los puños se cierran a veces solos.
—Eso no me lo creo.
—Lo sé.
—¿Y aun así me lo decís?
Margaid no contestó. Subió un peldaño más.
—Esta noche cenamos todos. No es momento de conversar sobre lo que pienso.
Fiona entró en su alcoba, cerró la puerta y se sentó al borde de la cama. Por la ventana, la lluvia seguía cayendo. En el patio, Niall había vuelto a cruzar con el brazado de leña y, esta vez, había esquivado el charco.