VII
Aileas llevaba desde el amanecer despotricando contra la nieve tardía, contra los corderos que el carnicero del valle bajo había enviado más flacos de lo acordado, contra la pinche nueva que no distinguía la harina de cebada de la harina de centeno y, sobre todo, contra el hecho de que la fiesta de noviembre le hubiera tocado este año en una semana en la que la milady no le había dado órdenes precisas sobre las cantidades.
—No me grite, Aileas.
—No os grito a vos. Le grito a la masa.
—La masa no oye.
—Eso es porque vos no os ponéis a amasar. Oye perfectamente. A los que oye peor es a los humanos que tiene delante. Sobre todo, si los humanos llevan horas sin pelar nabos.
Bridie, en su rincón, agachó la cabeza sobre el cesto de nabos y aceleró el cuchillo.
La niña, en las cinco semanas que llevaba en Dun Ailean, había aprendido a leer los humores de Aileas con la rapidez de quien depende de no agraviarla.
Aileas no era cruel. Tampoco paciente con dos horas por delante y noventa personas que cenar.
Fiona se cruzó de brazos contra el quicio.
La cocinera no la había mirado al entrar.
Tampoco lo hizo al hablar. Tres pinches.
Una mujer del valle bajo contratada por el día.
Niall, llevando leña. Y en el rincón opuesto, Margaid, sentada a la mesa pequeña con un cuenco de cebollas crudas y un cuchillo afilado, pelando sin que nadie se lo hubiera pedido.
La señora bajaba a las cocinas a pelar cebollas en las fiestas de clan.
Lo hacía desde el segundo año de su matrimonio.
Una costumbre que las cocinas habían aprendido a respetar sin entender.
—Vos no tenéis por qué pelar cebollas, madre.
—Vos no tenéis por qué decirme lo que tengo o no tengo que hacer en mi propia cocina.
—Los ojos se os van a poner rojos antes de la cena.
—Mejor. Así pareceré una madre que llora.
Fiona se quedó parada. Margaid no levantó la vista del cuchillo.
—¿Por qué iba a llorar esta noche?
—Porque mi hija mayor se casa. Y a las madres se les permite llorar en las hogueras sin que nadie comente.
Fiona apretó los dientes. Era la primera vez en cinco semanas que su madre pronunciaba la palabra delante de las pinches.
Aileas, sin levantar la vista de la masa, hizo un gesto con la barbilla y dos de las pinches salieron al patio a por más agua.
La cocinera llevaba quince días gobernando la cocina con la discreción profesional de quien sabe que no le toca a ella comentar el tema.
—No me lo digáis así.
—¿Cómo queréis que os lo diga?
Fiona no contestó. Margaid siguió pelando. La piel marrón caía sobre el cuenco con la lentitud de quien ha pelado miles.
—Así es como se dice. Y como se dirá esta noche y mañana y dentro de dos meses cuando os vayáis. Acostumbraos.
Fiona se acercó a la mesa pequeña. Cogió una cebolla y un segundo cuchillo. Se sentó a su lado. Aileas, en la mesa larga, esbozó algo que en otra cocinera habría sido una sonrisa.
Pelaron sin hablar.
A la quinta cebolla, Margaid soltó el cuchillo y se llevó el dorso de la mano a los ojos.
Fiona la imitó un instante después. Pestañearon las dos frente al cuenco, con las pestañas húmedas y los carrillos enrojecidos.
Aileas masculló algo en gaélico que sonó parecido a una bendición.
Bridie levantó por primera vez la mirada del cesto.
Y entonces, sin saber de dónde le nacía el impulso, Margaid se rio. Una risa pequeña, áspera, casi de tos. Fiona la siguió. Aileas, con la masa todavía pegada a las manos, sacudió la cabeza. Bridie no se rio. Aún no se atrevía delante de la milady . Pero entreabrió la boca, y eso ya era mucho.
—Aileas, una cebolla para vos. Que se note en el caldo que aquí también la cocinera pelaba.
—Llevo treinta años sin pelar una cebolla. Vos sois la encargada del lloro en esta casa. Yo, del grito.
—Justo. Hoy nos toca a las dos.
A las cuatro de la tarde, las hogueras del patio principal ya estaban montadas. Tres pirámides de leña seca, dispuestas en triángulo, aguardaban la caída del sol para que Fiona las encendiera. Era el rito desde que tenía catorce años.
Aquella tarde, mientras los mozos terminaban de apilar los últimos troncos, Fiona se quedó observando las pirámides desde la galería del primer piso.
Iba a ser la última vez.
Roselyn apareció a su lado sin que la hubiera oído llegar. Apoyó los antebrazos sobre la barandilla. No la miró. Contempló las pirámides.
—No las encendáis.
Fiona se volvió.
—¿Cómo?
—Que las encienda Aindreas con el pedernal. Como antes.
—Llevo seis años encendiéndolas yo.
—Sí. Y por eso esta noche, si las enciende Aindreas, el clan entero comprenderá lo que significa sin que vos pronunciéis palabra.
Fiona la miró por el rabillo del ojo. La mediana seguía con la vista en las pirámides. La cabellera oscura, recogida en un moño bajo, le caía sobre la nuca con esa pulcritud particular suya. Las manos juntas sobre la barandilla.
—Pensáis demasiado, Roselyn.
—Lo pienso desde anoche. Llevo tres días dándole vueltas y anoche se me cuajó. Si os molesta, ignoradme.
—Si no las enciendo yo, padre me preguntará por qué.
—No os preguntará. Madre tampoco. Y si os pregunta el resto del clan, contestáis que esta noche os duele la mano.
Fiona se rio sin sonido. Le pellizcó a la mediana el dorso de la mano con suavidad y se apartó de la barandilla.
Bajó al patio. Buscó a Aindreas en las cuadras. El joven guerrero, un MacLeod de diecinueve años con barba de tres días y los hombros aún sin ensanchar del todo, cepillaba el caballo gris de su padre. Al verla entrar, se cuadró.
—Esta noche encendéis vos las hogueras, Aindreas.
—¿Yo?
—Con el pedernal.
—Pero…
—No me hagáis explicaros lo que ya entendéis.
El muchacho se quedó muy quieto. Asintió una sola vez.
—Que no se note que lo he pedido yo.
—No se notará.
A la caída del sol, las pirámides ardieron por la mano de Aindreas con dos golpes secos de pedernal y un saco de yesca seca.
Hubo, en los primeros segundos, una pausa en el patio.
Los hombres del clan, acostumbrados a ver a la hija mayor extender la mano hacia las pirámides y a que estas se prendieran solas, miraron a Fiona desde el corro.
Ella, sentada en el banco de piedra junto a Margaid, no se levantó.
Sostuvo el cuenco de hidromiel entre las dos manos y devolvió la mirada a la primera fila del clan.
No preguntaron.
Las pirámides crepitaron. La música empezó. Las parejas se acercaron al fuego para calentarse.
Fiona miró a Roselyn. Ella no le devolvió la mirada. Sostenía el cuenco con la calma habitual. La comisura derecha de la boca le quedaba un poco más alta que la izquierda.
En Roselyn, eso era casi reír.
A las dos horas de fiesta, Isla estaba más borracha de lo que ninguno de los presentes había anticipado.
Había empezado con una jarra de cerveza floja y una sonrisa pícara.
A la primera hora, llevaba tres jarras y dos copas de hidromiel del bueno.
A la segunda, había bailado con cuatro primos y con un guerrero MacRae que pasaba por las tierras.
A mitad de la tercera, le faltaba uno de los pasadores del cabello y el moño se le había deshecho.
Y, ya avanzada la fiesta, mientras Fiona conversaba con la mujer de Hamish, Isla se acercó a la hoguera del centro con la jarra todavía en la mano y los pies tan poco coordinados que un mozo de las cuadras corrió tras ella.
Lo que ocurrió fue rápido.
Isla se inclinó sobre la pirámide para echar al fuego un manojo de hierbas perfumadas. El gesto era el habitual de noviembre. Con el cuenco de hierbas en la izquierda y la jarra en la derecha, perdió el equilibrio. Cayó hacia delante. Con todo el peso del cuerpo. Hacia las llamas.
El primo que estaba a su lado, un chico de dieciséis años llamado Eachann que llevaba media fiesta intentando mirarla sin que ella se diera cuenta, alargó la mano. La cogió por la manga. La manga era de lino fino. Se le rompió entre los dedos.
Isla siguió cayendo.
Fiona, desde el otro extremo del patio, se levantó.
Aindreas llegó antes. No por la velocidad del muchacho, sino porque estaba a tres pasos.
Le pasó el brazo por la cintura y la apartó de la hoguera en un único movimiento.
Isla, todavía con la jarra en la mano y el cuenco de hierbas volcado en mitad del fuego, soltó una carcajada gigantesca que sorprendió a todo el clan.
Las hierbas, al caer en plena combustión, levantaron una llamarada de medio metro.
Durante el espacio de un latido, la llamarada quedó suspendida sobre las cabezas del corro sin disiparse. Extraña. No por el tamaño. Por la forma. Tenía dos brazos curvados hacia los lados y la punta señalaba al oeste con la nitidez de un dedo marcando una dirección.
Margaid, sentada en el banco junto a Callum, soltó la jarra. El choque del barro contra el empedrado fue lo único que se oyó en el patio durante un segundo.
Después, la llamarada se disipó. Las pirámides recuperaron el tamaño habitual. Y los hombres del consejo retomaron las conversaciones con la naturalidad con la que el clan retomaba todas las cosas que ocurrían sin explicación dentro de las tierras MacLeod.
Fiona llegó al lado de su hermana menor jadeando.
—Qué bonito —murmuró Isla con la voz pegajosa—. Habéis visto qué bonito.
—Vais a vomitar.
—No.
—Sí. Y vais a vomitar conmigo detrás de las cocinas, no aquí. Aindreas, soltadla. Yo me la llevo.
El joven guerrero soltó a Isla con una reverencia tan torpe que casi se cae él también. Fiona le pasó el brazo a su hermana por la cintura, le quitó la jarra y se la entregó al primo Eachann, que la sostuvo como si fuera una reliquia.
Sin esperar la aprobación de nadie, condujo a Isla hacia la puerta lateral de las cocinas.
A mitad del patio, Isla se paró en seco. Se inclinó hacia delante. Vomitó la cerveza y dos copas de hidromiel sobre los adoquines.
—¿Estáis bien?
—No.
—Bien.
Isla escupió y se pasó el dorso de la mano por la boca.
—No le contéis a madre que he vomitado.
—Todo el clan lo va a saber antes del amanecer.
—Pero a madre no se lo contéis.
—No lo haré.
Isla volvió a inclinarse. Vomitó otra vez.
Esta vez con menos contenido y más arcadas.
Fiona le sostuvo el pelo con la mano izquierda y le acarició la espalda con la derecha.
Tras la segunda arcada, Isla se enderezó, se pasó el dorso por la boca y miró a su hermana con los ojos rojos.
Tenía la dignidad rota de una borracha que pretende no haberlo estado.
—No quiero que os caséis.
Fiona se quedó quieta. Era la primera vez en cinco semanas que Isla le decía a ella aquella palabra a la cara.
—No es el momento.
—Nunca habrá un momento. Por eso ahora.
—Vais a beber agua. Y a meteros en la cama.
—No me meto en la cama hasta que me contestéis.
—No me caso con ese hombre porque quiera. Me caso porque debo. ¿Os vale?
—No.
—¿Qué queréis oír?
—La verdad.
—Esa es la verdad.
—La otra.
Fiona apretó los labios. Sintió por dentro una rabia que la sorprendió. No hacia Isla. Hacia el momento. Y otra debajo, más sucia, que llevaba tres noches sin saber nombrar.
«Por qué no se va ella en mi lugar».
El pensamiento le cruzó el pecho tan rápido que Fiona apartó los ojos de su hermana como si acabara de cometer algo vergonzoso.
«Isla aguantaría Ironhold mejor que yo. Roselyn moriría en seis semanas. Pero Isla… Isla aguantaría. Isla sería feliz. Y yo me quedaría aquí. Con mis cocinas. Con mis cabañas. Con mis parteras».
Sintió cómo le ardía la cara. No de calor.
—Pensad lo que pensáis. No me lo digáis.
Isla la miraba desde abajo, con los ojos turbios y una sonrisa torcida. Esa sonrisa propia de quien lleva tres horas borracha y, aun así, ve las cosas con una claridad inquietante.
—¿Vos os iríais en mi lugar, Isla?
—¿En serio?
—Sí.
—No estoy lo bastante sobria para esa pregunta. Pero voy a contestarla.
Se enderezó. Se llevó las manos a las caderas. Casi se cae.
—Yo me iría a Ironhold de cabeza. Pero yo no soy la primogénita. Y eso es lo que ese MacThane ha pedido. A vos. Yo no le sirvo. Aunque me gustaría serviros.
Fiona se quedó muda.
—Vos no sabéis lo que decís.
—Sé perfectamente lo que digo. La que no lo sabe sois vos. Por eso lleváis cinco semanas enfadada conmigo. Y por eso me mentisteis en el cuarto de Roselyn como si fuera tonta.
Fiona se acuclilló. Quedó a la altura de su hermana. Le posó las dos manos sobre los hombros. Isla la miró con los ojos turbios. Y, sin pensarlo demasiado, la abrazó. No con dulzura. Con fuerza.
—Os mentí porque tenía miedo. Por nada más.
—Lo sé.
—No es lo mismo no contar que mentir.
Isla no contestó. Le hundió la cara en el hombro.
—No volveré a hacerlo.
—Más os vale. La próxima no os perdono.
—¿Esta vez sí?
—Esta vez… la olvido.
Fiona apretó el abrazo un instante más. Isla, pese a la borrachera y al vómito, le devolvió el contacto con la fuerza de su edad. Olía a hidromiel rancia y a sudor.
Se separaron. Fiona le pasó el dorso de la mano por la frente para apartarle el sudor.
—Si esa llamarada de antes apuntaba al oeste, ¿al oeste de qué?
—¿Qué?
—La llamarada. Cuando se os cayeron las hierbas. Apuntaba al oeste. Vos lo visteis. Madre, padre, Aindreas. Todos. ¿Al oeste de qué?
Fiona volvió a quedarse callada. Lo único que sabía, al pensarlo, era que el oeste no era el norte.
—Vamos a la cama, Isla.
—No es el norte, hermana. Tal vez mi esposo venga del oeste.
—Ahora mismo no pienso en nada.
Con esa frase como única despedida, Isla se dejó conducir hacia la entrada lateral de las cocinas.
Mhairi las esperaba dentro con un cuenco de agua tibia y un paño limpio.
No comentó nada. Le ayudó a quitarse el vestido.
Le ayudó a meterse en la cama. Y, cuando Isla se quedó dormida con la boca abierta y un brazo colgando, sopló la vela y se retiró sin pronunciar palabra.