El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) VI
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VI

—Pasad.

—Mhairi, a las tres de la madrugada las cortesías sobran. Si apremia, no gastéis aliento.

—Son las palabras exactas que dictó la señora.

Se centró en la conversación.

—El quinto, ¿no?

—El quinto que entrega a la tierra.

—¿Treinta y cinco años?

—Los cumplió la semana pasada. Aileas le preparó un dulce de manzana.

—Que aparejen las cabalgaduras. Despertad a Hamish para que vigile el camino de los pinos.

—La señora ha dispuesto que vayáis sin escolta militar. Un mozo y yo. El hombre cabalgó hacia la frontera al despuntar el alba de la víspera.

—¿Mi madre está abajo?

—Vistiéndose.

—Que se quede. La noche está demasiado cerrada para sus huesos.

Buscó en el arcón el sayo de lana marrón. Mhairi la auxilió con las cintas del corpiño en silencio. Fiona se calzó las botas de cuero crudo.

Bajaron a las cocinas. Aileas gobernaba ya una olla de caldo. Sobre la mesa de pino descansaba una bolsa de arpillera que la cocinera empujó hacia Fiona en cuanto sus plantas pisaron las losas.

—Pan de centeno. Tarro de miel silvestre. Dos cebollas asadas al rescoldo. Un jirón de queso curado. Dos redomas de hidromiel suave. Si el frío de la ladera debilita a la parturienta, metedle el lácteo entre los belfos antes de que el vigor la abandone. El queso da firmeza.

—¿A Eilidh o a mí, Aileas?

—A las dos, si el desvelo os nubla. Pero primero la que puja.

—Conforme.

—Y no olvidéis el manto grueso. El aire arrastra agua sucia.

—Ya lo llevo.

Aileas no pronunció deseos de ventura. Jamás lo hacía cuando las hijas del laird salían a esas horas.

Margaid las esperaba al abrigo del porche, resguardada de las gotas por el saledizo del tejado. Vestía un manto de paño tosco sobre las prendas de dormir y llevaba las hebras castañas recogidas a toda prisa con un pasador de hueso. En cuanto Fiona alcanzó las losas húmedas, la sujetó por el codo.

—No dejéis que el relente os tome el pecho en la cabalgada. Y no toquéis la mampostería sin aseguraros de que el embozo os cubre la cabeza.

—Conozco los modales del oficio.

—Cumplidlos igualmente.

Margaid entregó a Mhairi una pequeña ampolla de vidrio oscuro sellada con cera virgen.

—Si el trabajo se atasca y las fuerzas flaquean, dos gotas sobre la lengua. No más.

—Así se hará.

Fiona montó en la yegua. Mhairi imitó el movimiento en su jaca. El mozo, un muchacho de catorce inviernos llamado Niall que sumaba dos lunas de servicio, asumió la vanguardia portando un hachón de resina cuya llama chisporroteaba bajo la lluvia.

Cruzaron el puente levadizo.

La cabaña de los Cameron distaba media legua por el sendero que serpenteaba entre las hayas. Eilidh descendía de un primo segundo de Callum, una condición que la convertía en pariente lejana de la casa noble. Su marido, Tormod, trabajaba las tierras comunales junto al suegro.

A mitad de marcha, el muchacho volvió la cara en la silla.

—¿Creéis que los hielos regresarán antes de que la luna mude?

—¿Mi cara se parece a la de los astrónomos, Niall?

—No, pero pensé que…

—¿Qué?

—Que vuestros ojos perciben cosas vedadas al común. Y a lo mejor también las mudanzas del cielo.

Mhairi exhaló un resoplido desde atrás.

—Niall, mi entendimiento ignora el rumbo de las tormentas. Y si vuestra boca propaga esa clase de despropósitos por la cocina, le pediré a Aileas que os ponga a mondar nabos hasta el verano.

—Perdonad el atrevimiento.

Alcanzaron el asentamiento cuando las cuatro de la madrugada se anunciaban en la densidad del aire. El humo del tiro ascendía en línea recta, desafiando la llovizna. Un candelero prestaba su resplandor amarillo tras el lienzo de piel curtida que servía de ventana.

Fiona desmontó con presteza.

Tormod franqueó el acceso antes de que los nudillos tocaran la madera. Enjuto, las orejas grandes, los ojos hundidos por la falta de descanso. Vestía los pantalones de lana basta del revés. Fiona lo notó y se lo guardó.

—La sanadora no ha llegado, milady .

—Lo sé. ¿Cuándo empezaron las contracciones?

—Hace dos horas. Los primeros dolores respetaban los descansos. Después un grito desgarrador conmovió las vigas. Otro igual. Y luego la mudez. Eso es lo que más miedo me da.

—¿Quién la atiende?

—Su madre.

—Aguardad en el porche con el mozo.

Fiona cruzó el umbral.

El habitáculo constaba de una única estancia con muros de sillería basta, suelo de tierra batida y una chimenea dispuesta en la pared septentrional donde ardía un fuego que no alcanzaba a templar las losas.

Eilidh yacía sobre un jergón de paja en el ángulo más alejado, con las rodillas flexionadas y un lienzo arrugado entre las manos que delataba la violencia de los espasmos.

Tenía el rostro perlado por un sudor frío.

Saoirse, una mujer de sesenta inviernos, estaba sentada en el borde de las mantas aplicándole las palmas curtidas sobre la frente.

En el rincón opuesto, los cuatro vástagos mayores descansaban apiñados bajo una sola manta. La mayor, una niña de ocho estaciones bautizada como Niamh, despegó un ojo al notar la entrada de Fiona. La contempló durante un latido y volvió a sellar los párpados sin mostrar sorpresa.

—Saoirse. ¿Cómo va?

—Avanza. Pero el camino es tortuoso esta noche.

—¿Qué advertís?

—Las fuerzas se le batieron en retirada de pronto. La carne se ha detenido.

Fiona se aproximó al jergón. Se arrodilló. Aplicó la palma sobre la frente de Eilidh. La piel ardía. Desplazó los dedos hacia la base del cuello; allí el calor era menos riguroso. Le tomó las manos.

Heladas.

La peor combinación posible.

—Eilidh. ¿Me oís?

—Señora…

—¿Cuánto hace del último espasmo verdadero?

—No lo guardé.

Saoirse alzó dos dedos en la penumbra. Dos contracciones débiles desde que el silencio se había adueñado de los labios de su hija. La carne amenazaba con cerrarse antes de expulsar el fruto.

Fiona se despojó del manto empapado. Recibió la bolsa de Mhairi. Extrajo las cebollas, el queso y el tarro de miel. Untó la yema del índice en la esencia ambarina y le humedeció los labios resecos a la parturienta. Eilidh entornó la boca y asimiló el dulzor con un movimiento torpe de la garganta.

—Mhairi. Tocad los sillares de la chimenea. ¿Cómo están?

—Calor ordinario. Nada raro.

—Necesito que ese muro caliente más.

Mhairi asintió. Se apartó hacia el jergón a estrecharle los dedos a la anciana.

Fiona se aproximó a la pared septentrional. Posó las dos palmas extendidas sobre el sillar más próximo a la cabecera. El calor no brotó con violencia. Se filtró por el granito con la lentitud con la que una vasija de hidromiel se templa al lado de las brasas.

En pocos minutos, el aire de la cabaña mudó de carácter.

—¿Suficiente?

—Sobra.

Fiona regresó al jergón. Los labios morados de la parturienta habían perdido la rigidez de la helada y cobraban un rubor tenue. Saoirse la contempló por encima del cuerpo de su hija con una mirada muda.

No dio las gracias.

En el brezo no se daban.

—Eilidh. La tregua ha concluido. Volvemos a pujar.

—¿Niamh?

—Despierta desde que pisamos la tierra. Lo sabe.

La pequeña, en el montón de mantas traseras, despegó ambos ojos sin mudar la postura.

Eilidh esbozó una mueca que pretendía ser sonrisa.

El siguiente espasmo irrumpió al cabo de tres minutos.

Fiona dispuso la palma extendida sobre la redondez del vientre tenso.

Mientras la madre entregaba el aliento en la puja, sintió bajo los dedos el fluir de la tibieza que se trasvasaba de su propio cuerpo al organismo desfallecido.

Aquella era una de las pocas destrezas que se había permitido cultivar en la más estricta soledad.

Había comprendido a los catorce años que el fuego no solo servía para avivar pabilos: servía también para acompañar a las almas en el tránsito del dolor.

Tras tres pujas sostenidas por la corriente invisible, el infante se abrió camino.

Saoirse lo recibió entre los dedos. En el porche exterior, la voz de Tormod desgranaba asuntos ociosos sobre las siembras ante el mozo, buscando en la conversación un escudo. El recién nacido liberó las vías y exhaló un llanto agudo, bronco, que quebró el letargo de los otros tres hermanos.

Era un varón recio.

La anciana completó el aseo y lo envolvió en el lienzo limpio que el romero había perfumado en la víspera. Lo acomodó sobre el pecho de la madre.

Eilidh despegó los párpados, devoró las facciones de la criatura, desvió los ojos verdes hacia Fiona y, sin romper el silencio, extendió el índice y le rozó la muñeca durante el espacio de un latido.

Fiona devolvió el contacto aplicando una breve presión sobre los nudillos.

—Saoirse. La ampolla vuelve a mi madre sin abrir.

—Mejor para todos.

—¿Mando al mozo a por la sanadora oficial?

—Si no ha llegado todavía, esa mujer va a arrastrar la culpa hasta las festividades de mayo. Dejadla acabar el camino cuando le venga bien.

—Conforme.

La luz gris del amanecer empezaba a filtrarse por las rendijas.

La llovizna batía en retirada. Tormod cruzó el umbral atraído por el berrido del infante.

Se aproximó al jergón con la torpeza de los hombres que han permanecido horas tras la madera sin saber qué hacer con las manos.

Contempló al recién nacido, fijó los ojos en la esposa, luego en la anciana, recorrió el rincón donde Niamh custodiaba a sus hermanos y, finalmente, detuvo la mirada en Fiona.

—Tormod, lleváis los pantalones del revés.

—¿Cómo?

—Las costuras se ven por delante.

El hombre descendió la vista hacia los muslos. Tardó un latido en asimilarlo y el rubor le ascendió desde el cuello hasta las orejas.

—Lamento la descortesía.

—No me deis disculpas. Guardadlo para los días en que Eilidh recupere el vigor. Le va a devolver la risa. Buena falta le hace.

Fiona se embozó en el manto. Recuperó la bolsa vacía. Saoirse le ofreció una inclinación de cabeza. Fiona la devolvió con un cabeceo mudo.

Salió.

El alba rompía sobre los límites del bosque. Una niebla densa flotaba a media altura entre los troncos. Niall aguardaba sentado sobre un leño caído dando cuenta de un mendrugo.

—¿Cómo ha ido?

—Un varón recio. La madre descansa.

—¿Y la vestimenta del padre? ¿Sigue confundida?

—¿Qué sabéis vos sobre ese asunto, Niall?

—Le noté el desorden en cuanto cruzó el umbral. Pero preferí callarme antes que recibir un sopapo.

Fiona soltó una carcajada corta. Mhairi disimuló la suya entre los pliegues de la capa.

Montaron.

El viaje de regreso se hizo en silencio estricto. El mozo, contra la locuacidad de sus catorce inviernos, evitó preguntar por los milagros de las manos frías. Mhairi mantuvo la jaca a dos cuerpos de distancia.

A media altura del bosque, Fiona recordó el ademán de Eilidh al rozarle la muñeca. Repasó mentalmente cada una de las cabañas del valle bajo en las que había entrado a esas horas durante los últimos seis años.

Comprendió entonces que aquellas serían las últimas que reclamarían su auxilio.

Justo en el desvío donde el sendero del bosque confluía con la calzada principal, una sola lágrima se le escapó y le resbaló por la mejilla derecha. No hubo sollozos. Un flujo silencioso que no quiso limpiar.

Mhairi, desde la distancia prudente trasera, lo vio. Mantuvo los ojos en las orejas de su propia jaca hasta que las siluetas grises de las torres recortaron el firmamento violeta.

Aonghas hizo sonar el cuerno una sola vez. El portón giró sobre sus goznes.

Desmontaron en el patio de armas.

Fiona entregó las riendas al mozo, devolvió la bolsa vacía a la doncella y cruzó el espacio en dirección a las cocinas.

Aileas la esperaba junto al tablero lateral, frente a una escudilla de gachas. Hundía los puños corpulentos en una masa nueva. Llevaba un lienzo limpio dispuesto sobre el hombro derecho. No alzó los ojos.

—¿Cómo lo sabéis siempre antes de que yo entre, Aileas?

—Lo de Eilidh ya lo sabéis vos. Esto del cuenco es asunto mío.

Fiona tomó el utensilio. Advirtió que la cocinera, desafiando las normas de racionamiento del invierno, había depositado en el centro del plato una cucharada generosa de la miel del tarro pequeño.

La esencia oscura de las cosechas de septiembre que reservaba para las jornadas en que las mujeres de la casa noble volvían con el vigor mermado.

Llevó la primera porción a los labios.

—Gracias.

—Dejaos de discursos y comed.

—Voy.

—Despacio. La miel de septiembre no se recolecta para tragarla con prisa de soldado.

Fiona masticó. Aileas siguió amasando un buen rato.

—¿Hoy no me reñís por algo?

—Hoy estáis exenta.

—¿Por qué?

Aileas se detuvo. Las palmas en la masa. No la miró.

—Porque hay amaneceres en los que una sirvienta vieja comprende que las hijas del laird ya han arrastrado suficientes reprimendas en su propia cabeza durante la noche. En esos amaneceres, a las que guardamos el hogar solo nos toca poner el cuenco, arrimar la miel y callar.

Fiona bajó los ojos al barro del cuenco. Tomó la segunda porción, luego la tercera y la cuarta, siguiendo la cadencia que la cocinera le había impuesto.

El dulzor de las colinas conservó un resabio casi benévolo en la boca.

Casi.