El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) V #2
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V #2

Releyó sin pestañear. Tomó el pergamino y lo aproximó a los rescoldos de la chimenea. Las brasas reavivaron el color al contacto con la piel de becerro, levantando una llama dorada que devoró el texto en escasos segundos.

Mhairi acudió a media mañana con una bandeja de rebanadas tostadas, miel silvestre e hidromiel suave.

Fiona tomó el alimento sin percibir el sabor.

A las once en punto, con las hebras encendidas ordenadas en un moño alto, descendió a la sala privada.

Margaid la aguardaba en la soledad del hogar.

Callum se había retirado al patio de armas para inspeccionar los pertrechos junto a Hamish.

La conversación entre madre e hija se prolongó una hora.

Margaid desnudó la realidad del feudo con la precisión de quien había escuchado los pleitos del consejo durante dos décadas.

Defensas septentrionales. Alianzas que sostenían el comercio.

Pactos susceptibles de quiebra. Hombres que la tierra podía sacrificar antes de comprometer la cosecha.

Fiona escuchó sin interrumpir.

Cuando Margaid terminó, la quietud regresó al habitáculo.

—¿Por qué yo y no ellas?

Margaid sirvió una porción de hidromiel en la escudilla de la hija y luego en la suya. Tardó en contestar.

—El orden del nacimiento dicta. No fue una elección.

—Eso no es lo que vos pensáis.

Margaid la miró por encima del vapor. No respondió enseguida.

—No.

—Decidlo.

—Las madres sabemos cosas que escapan a las leyes de la razón.

Al oír el nombre de Lachlan MacThane en boca de vuestro padre, me bajó al pecho una pesadez que no me visitaba desde las noches del parto.

No es augurio de desastre. Es aviso de mudanza.

Vuestro abuelo y el señor de Ironhold sellaron un compromiso hace veinte inviernos, antes de saber si el norte tendría un varón y el sur una doncella que encajaran en las edades del honor.

Esa clase de concierto no responde a las casualidades de la política. Es lo único que mi boca os va a decir.

—¿Y vos qué haríais?

—Eso no me lo preguntéis. Si rechazáis Ironhold, vuestras hermanas no sufrirán la marcha. El feudo sí acusará la desprotección. Esa certeza también es respuesta. Pero no sale de mis labios.

Fiona apretó los dedos contra la greda caliente. Por el ventanal, la llovizna había cesado y las nubes clareaban sobre las aguas del lago.

—Hoy no doy respuesta. Una semana.

—Tomad la que necesitéis.

Margaid se incorporó. Acarició las hebras encendidas de la hija al transponer el umbral. Bajó hacia las cocinas. Fiona permaneció en la sala privada.

Al caer la tarde, la agitación se trasladó a las estancias de la torre oeste.

Isla irrumpió en los aposentos de Roselyn sin pedir venia. Encontró a la mediana recostada entre los almohadones con un pergamino entre los dedos. Fiona, que llevaba dos horas silenciosa junto al ventanal, observó la entrada de la pequeña por el rabillo del ojo.

—¡A vosotras dos os buscaba! ¡Lleváis la jornada escondidas como liebres en el brezo! ¿Hay alma en esta fortaleza dispuesta a revelarme las novedades del alba o he de arrancarle las verdades a Mhairi a base de pellizcos en el corredor?

Roselyn no apartó los ojos del pergamino. Dobló la esquina inferior de la hoja con la uña del pulgar. Era un tic suyo. No contestó.

—Vos calláis porque calláis siempre —insistió Isla—. Pero ella oculta algo en la cara. ¿Qué traía el jinete del norte?

Fiona enderezó los hombros. Roselyn pasó una página del manuscrito con una parsimonia excesiva. Isla acortó la distancia. Le plantó las dos manos en las caderas.

—Desnudad el misterio. ¿Es lo que sospecho?

Fiona apretó los dedos contra el chal. Llevaba todo el día evitando aquella pregunta.

Mintió.

—Alianza política. El clan precisa un báculo militar y la gente de Ironhold un aliado en los valles del sur. La mesa cuenta con la venia.

—¿Con la venia? —Isla entornó los ojos—. ¿Vos habéis dicho que sí o el yugo os lo han labrado nuestros padres en los hombros?

—He empeñado mi palabra por el bien del clan.

Roselyn pasó otra página. Los dedos demoraron el movimiento un latido más de lo necesario.

Isla la miró. Después volvió los ojos a Fiona.

—Eso lo recita la oveja en la que os habéis transformado esta mañana ante padre. No es vuestra voz.

—Isla, moderaos.

—Ahorraos el tono.

—La realidad del feudo dicta esas cláusulas.

—La verdad no viste tan limpio. Tiene un lenguaje más sucio.

Fiona apretó los labios. Le sostuvo la mirada a la hermana un instante demasiado largo.

—Sea conforme a la versión que habéis diseñado para el castillo —concluyó Isla, ya hacia la puerta—.

Mis veinte años no me dan derecho a opinar sobre vuestros pactos.

No soy la primogénita. No encajo en los baremos del MacThane.

Pero atended esto antes de que cierre la noche: a mí se me puede apartar con el silencio o conminar a la espera.

Cualquier cosa antes que mentirme. Cuando me llega una falsedad de la sangre, la guardo.

Cerró la hoja sin estrépito.

Más amenazador que sus portazos habituales.

Fiona permaneció junto al cristal. Roselyn depositó el manuscrito sobre las mantas. No la miró.

—Yo no os he oído mentir.

—Conozco vuestra discreción.

—No os voy a preguntar lo que pasó en la sala privada.

Roselyn alargó la mano hacia el frasco de agua de la mesilla. Lo abrió. Bebió un sorbo. Lo cerró.

—Si necesitáis a alguien que finja ignorancia ante el feudo, podéis buscar mi banco. Y si necesitáis a alguien que os recuerde que las razones que os inventáis son un engaño para vuestro propio corazón, también.

—Vos sois la más peligrosa de las tres.

—Puede.

—Y la que más me hace falta.

Roselyn bajó los ojos al pergamino. No respondió. Fiona se incorporó. Posó la frente contra la coronilla de la hermana durante un breve latido.